Por los tiempos en los que comenzó la cruda persecución a León Trotsky por parte de Iosef Stalin, de sus subalternos y los órganos policiales y de inteligencia soviéticos, varios de los antiguos bolcheviques que habían logrado la Revolución de Octubre se definieron como trotskistas. Víctor Serge fue uno de ellos. Con los años, y las distintas fugas, Serge diría que muchos de los que habían declarado que eran adeptos al viejo camarada en realidad no lo eran, pero que llamarse trotskista era un signo de distinción. De dignidad. Él lo era y no lo era. Había escrito que “Más que lucidez de sus juicios de economista y de político, más que el vigor de su estilo, esa firmeza hacía de Trotsky, en una época de desgaste moral, un hombre ejemplar cuya sola existencia, aunque estuviese amordazada, devolvía la confianza al hombre”.
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En abril de 1928, Serge fue detenido en Leningrado pues ya había afirmado que hacía parte de la oposición de izquierda a Stalin, y de la Internacional. Lo acusaron de traición. Para Serge, como escribió la documentalista chilena Carmen Castillo en el libro “Víctor Serge, actor y testigo de la Revolución Rusa”, siempre sería posible “revertir el curso trágico de la historia”. En la cárcel, Serge continuó llenando cuartillas y cuartillas con sus pensamientos y con algunos de los hechos que había vivido. Escribió, por ejemplo, “Defensa del hombre. Respeto del hombre. Hay que devolverle derechos, una seguridad, un valor. Sin ello, no hay socialismo. Sin ello, todo es falso, fracasado viciado. El hombre, cualquiera que sea, aunque fuese el último de los hombres. ‘Enemigo de clase’, hijo o nieto de burgueses, poco me importa…”.
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A continuación, se desgajó con dos frases que fueron parte de su legado: “Nunca hay que olvidar que un ser humano es un ser humano. Se olvida todos los días bajo mis ojos, en todas partes, es la cosa más indignante, la más antisocialista del mundo”. En la medida en que Serge escribía, los procesos represivos de Stalin se agudizaban. Incluso, se perfeccionaban en su mecanismo de horror y terror. Más del 90 por ciento de los protagonistas de la Revolución del 17 fueron desaparecidos, la mayoría, después de haber tenido que confesar una sarta de mentiras con un fusil enfrente. Cayeron los bolcheviques, y más tarde los anarquistas y los seguidores de Trotsky. Y luego, centenares de intelectuales de todos los colores, o sus hijos. Y miles de profesores y de estudiantes, de científicos y de abogados.
Quienes no morían, terminaban por vivir muertos en vida. Les habían borrado su honra y su nombre, su pasado, su dignidad. En 1933, Víctor Serge fue condenado al exilio dentro de la misma Rusia. Lo llevaron a Orenbourg, una ciudad pegada a los Urales. “Cuando llegamos allí —escribió—, en julio de 1933, un hambre sin nombre reinaba junto con la destrucción y el deterioro. En las ruinas de las iglesias, bajo porches abandonados, en el borde de la estepa bajo las ropas de Ural, veíamos a familias kirghizes, tumbadas en montón, morir lentamente de hambre. La gente pasaba sin mirarlos. No se sabía con precisión si estaban vivos o muertos. Decidí trabajar (escribir) como si tuviera un porvenir ante mí; después de todo, era posible”. Sin detenerse en los riesgos, Serge estaba convencido de que lucharía por mantener su derecho a pensar libremente.
La noticia de su detención se regó por Europa, y sobre todo, por la Europa de los intelectuales. Quienes apoyaban a la Unión Soviética, lo respaldaban en defensa del concepto de la credibilidad. Quienes la criticaban, hicieron de Serge un caso para mostrarle y demostrarle a los comunistas lo que acontecía dentro del sistema comunista. En 1935, Romain Rolland fue invitado por el gobierno soviético. En un desayuno con Stalin, le pidió que liberara a Serge. Rolland había sido uno de los críticos más vehementes de lo que había ocurrido en la Primera Guerra Mundial, y en general, de las guerras. Tuvo que exiliarse en Suiza, en donde trabó amistad con Hermann Hesse, y desde donde luchó por la libertad, tuviera el color que tuviera. Sin embargo, su relación con Stalin tuvo muchas y variadas consecuencias.
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Una de ellas fue la liberación de Víctor Serge, que acabó exiliado. Vivió en Bélgica, Francia, y por último, en México. Rolland, por su parte, se convirtió por momentos en una especie de vocero del régimen estalinista ante sus críticos. En palabras de León Trotsky, “R. Rolland trata de justificar el terror que Stalin dirige principalmente contra su propio partido, señalando que Kirov fue asesinado ‘por un fanático, apoyado en secreto por personas como Kamenen y Zinoviev. ¿Con qué fundamenta Rolland una acusación tan grave? Quienes le pasaron esa información mentían. Es precisamente en este terreno, en el cual la política se entrecruza con la sicología, donde Romain Rolland no debería haber tenido la menor dificultad en juzgar; pero el exceso de celo lo enceguece”.
En su texto, titulado “Romain Rolland cumple una misión”, Trotsky dejó muy en claro que era inconcebible que a Kamenev y Zinoviev se les acusara de un crimen “carente de significado político”, toda vez que Kirov era un personaje de tercera categoría dentro del sistema burocrático y político que gobernaba la Unión Soviética. Unas líneas más adelante, Trotsky recordó cómo un periodista francés, de apellido Duclos, escribió en “L´Humanité” que su participación en el crimen estaba “demostrada”. “Con el pretexto de la participación en el caso Kirov, la burocracia quitó la vida a decenas de personas dedicadas en cuerpo y alma a la revolución, pero que se oponían a las comodidades y privilegios de la casta dominante. Que el señor Rolland lo niegue, si se atreve”, señaló.
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