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Plinio Apuleyo Mendoza y la memoria plasmada en la literatura

Plinio Apuleyo Mendoza, quien murió este 28 de julio de 2026, conoció de primera mano algunos de los episodios que marcaron la historia política y cultural de Colombia y de América Latina durante el último siglo. Perfil.

Redacción Cultura

28 de julio de 2026 - 07:25 p. m.
Plinio Apuleyo Mendoza junto a García Márquez, amistad de la que surgió el libro "El olor de la guayaba".
Foto: Archivo El E
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Escuchó los balazos que mataron a Jorge Eliécer Gaitán tan cerca, que pudo ver cómo dos policías desarmaban a Roa, su asesino, cuando se acercó a la escena para asegurarse de que su papá no era el muerto: su padre era amigo del caudillo, que alcanzó a dar los últimos parpadeos a los ojos de Apuleyo cuando se detuvo ante su cuerpo herido.

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Fue periodista, novelista, ensayista, diplomático y memorialista. Atravesó el auge del “boom” latinoamericano, las redacciones de varios países y la vida diplomática sin abandonar nunca la escritura. En una trayectoria que se extendió por más de siete décadas, dejó ficciones, testimonios, entrevistas, crónicas y ensayos.

Algunos registros ubican su lugar de nacimiento en Tunja, mientras que otros, entre ellos referencias posteriores del propio Mendoza y publicaciones de El Espectador, señalan a Toca, Boyacá, como su lugar de origen. Esa discrepancia documental no impidió que el departamento boyacense fuera una referencia constante en su vida y en su obra.

Su carrera comenzó muy temprano, y se desarrolló entre el periodismo y la literatura. Dirigió las revistas “Elite” y “Momento”, en Venezuela; “Acción Liberal” y “Encuentro Liberal”, en Colombia, y coordinó en París la revista “Libre”, proyecto que reunió a varios de los escritores latinoamericanos más importantes de su generación.

Durante sus primeros años como periodista, iba todos los meses a La Habana y veía a comunistas conspirar contra una revolución que se suponía unitaria. Tal vez fueron los primeros atisbos cercanos que tuvo de las tensiones sociales, políticas y económicas de la región, que luego analizaría no solamente como periodista o analista, sino como escritor.

Más adelante desempeñó cargos diplomáticos, entre ellos las embajadas de Colombia en Portugal e Italia.

Su primer libro de relatos, “El desertor”, ya anticipaba algunas de las preocupaciones que recorrerían buena parte de su obra. La violencia política, el desencanto y las contradicciones de una generación. El crítico uruguayo Ángel Rama opinó que Mendoza representaba un cambio dentro de la literatura colombiana. En un ensayo publicado en el número 200 de la revista “ECO” escribió que “construyó la novela desde la vida de ciudad con su más complejo sistema de relaciones, su grado de sofisticación mayor y una pluralidad de planos y de historias”. Aquella lectura situaba a Mendoza dentro de una literatura que buscaba comprender un país transformado por la violencia y la modernización.

Sin embargo, una parte importante de su legado quedó ligada al periodismo y a una amistad que terminó formando parte de la historia de la literatura latinoamericana: la que sostuvo durante décadas con Gabriel García Márquez. Ambos se conocieron cuando todavía eran jóvenes periodistas y mantuvieron una relación que sobrevivió al reconocimiento internacional del Nobel colombiano.

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En palabras de Apuleyo, decidió que efectivamente sería amigo de García Márquez cuando confirmó los rumores que había escuchado de él: si corrió como un niño al ver por primera vez la nieve, si jugó con ella sin importar que un desconocido como él lo estuviera mirando, estaba loco. Y a ese loco de vida desorganizada al que había desahuciado como escritor lo quería cerca.

Esa cercanía dio origen a uno de los libros más conocidos de Mendoza, “El olor de la guayaba”, construido a partir de una extensa conversación con García Márquez. Años después publicaría “Gabo. Cartas y recuerdos”, un volumen en el que reconstruyó esa amistad desde la memoria. En una entrevista digital concedida a “El País” en 2013, explicó que había querido dejar el testimonio de alguien que vio cómo un amigo pasaba de las dificultades económicas a convertirse en una celebridad mundial. “No es fácil ser testigo de una celebridad que le cae de pronto a un amigo, que por largos años uno lo vio pobre y desconocido”, afirmó.

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En esa misma conversación recordó que cuando supo que había recibido el Premio Nobel no pudo contener las lágrimas.

Aunque el nombre de García Márquez ocupó un lugar central en su vida, Mendoza nunca redujo la literatura latinoamericana a una sola figura. En “El País” mencionó a Mario Vargas Llosa, Julio Cortázar y Jorge Luis Borges entre los autores que, a su juicio, también habían alcanzado una dimensión universal. Y cuando le preguntaron si la literatura escrita fuera del país de origen perdía su identidad nacional, respondió con una frase que resumía su concepción de la creación literaria: “La buena literatura no tiene nacionalidad, pertenece al mundo entero”.

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Con el paso de los años, Mendoza dirigió la mirada hacia su propia memoria. El libro “Muchas cosas que contar” nació, en parte, gracias a la insistencia de un grupo de amigos. La escritora y periodista Aura Lucía Mera recordó en una columna publicada por El Espectador que, durante una reunión en casa de Mendoza y de la pintora La Tavera, el escritor apareció con un manuscrito inédito. Comenzó a leer un capítulo titulado “El día que nos cambió todo”, dedicado al asesinato de Jorge Eliécer Gaitán.

El episodio tenía una dimensión profundamente personal, y Mera contó que, al terminar la lectura, le pidió casi como una orden que publicara aquellas memorias. Los demás asistentes apoyaron la idea. El escritor aceptó.

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El libro terminó reuniendo recuerdos de distintas etapas de su vida: los años de escasez en París, la amistad con Pablo Neruda, la relación con Barranquilla y con la escritora Marvel Moreno, sus viajes por ciudades como Roma, Lisboa y París, así como un retrato de su hermana Elvira Mendoza, a quien consideraba una de las grandes periodistas colombianas. También dejó una reflexión sobre la vejez y la memoria. Al llegar a la tercera edad escribió: “Uno descubre que no ha vivido una sola vida, sino varias, ligadas a personas, lugares y mundos que desaparecieron con el paso del tiempo”.

En los últimos años en los que contestó entrevistas, costaba entenderle: como si la información lo atropellara, las historias iban saliendo de sus labios, pero se confundían entre los pequeños momentos de confusión que la vejez manda como trampas. A esos olvidos tramposos se habrá referido también en esas reflexiones.

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En paralelo con esa faceta de memorialista, Mendoza consolidó durante las últimas décadas una intensa actividad como columnista y ensayista político. Su defensa de Álvaro Uribe y sus críticas a distintos procesos judiciales quedaron plasmadas en “Cárcel o exilio”, libro presentado en 2016 junto al entonces senador y expresidente. Allí sostenía que la justicia colombiana atravesaba un proceso de politización y analizaba varios casos que, a su juicio, ilustraban esa situación.

Sus posiciones también lo enfrentaron públicamente con el entonces presidente Juan Manuel Santos. En 2014, durante un discurso sobre el proceso de paz con las FARC, Santos cuestionó una columna publicada por Mendoza en “El Tiempo” y la calificó de contener “mentiras, falacias y desinformación”. Sin mencionarlo directamente, el mandatario rechazó varias de las afirmaciones que el escritor había hecho sobre las negociaciones de La Habana. Fue uno de los episodios más visibles de una controversia que acompañó a Mendoza durante esos años.

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Él, sin embargo, diferenciaba con claridad su trabajo literario de su actividad como columnista. En la entrevista con “El País”, al responder una pregunta sobre sus posiciones políticas, afirmó: “Mis trabajos periodísticos se ocupan de la realidad colombiana tal y como yo la veo, pero nada tienen que ver con la literatura”.

En 2021 recibió la Orden de Boyacá, la máxima distinción del Estado colombiano. Durante la ceremonia, el presidente Iván Duque lo definió como un “maestro irreemplazable” y destacó su labor como periodista, escritor y diplomático, así como su capacidad para narrar algunos de los acontecimientos más importantes de la historia reciente del país.

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El pensamiento y la obra de Plinio Apuleyo Mendoza resultan difíciles de reducir a una sola faceta. En 1997 ya decía que el ritmo de la vida era acelerado y que los libros pasaban inadvertidos si no tenían suficiente difusión. Que era un problema de mercado y se sentía un poco atropellado, pero que también creía que las obras se defendían solas y que lo importante era el voz a voz.

Despertó simpatías y rechazos por sus posturas políticas e históricas. Se consideraba un demócrata. Tenía un sentido del humor evidente y reconocía, casi con una resignada vergüenza, que los colombianos éramos dados a las especulaciones, y que tal vez por eso nos merecíamos nuestra suerte. “No estamos preparados para afrontar la violencia: si entras a negociar, te gana el violento”.

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