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¿Cómo nació la idea para “Te prometo un bosque”?
Todo empezó por un episodio de ecoansiedad que tuve hace unos seis años, que estuvo muy relacionado con la crisis de la Amazonía y el aumento de la deforestación en ese momento, tras la firma del Acuerdo de Paz. Eso me llevó a una búsqueda para tratar de entender qué podía hacer y me di cuenta de que era muy poco. Ahí comencé a preguntarme qué me correspondía a mí hacer; me reconcilié un poco con esa idea, pero algo que fue muy importante fue el nacimiento de mi hijo Silván. En ese momento descubrí que este mundo se puede cultivar desde el asombro. La mirada de Silván era una mirada de asombro permanente y sin prejuicios. Pensé que sería lindo cambiar las narrativas que escuchamos sobre el cambio climático, que están basadas en el colapso y la crisis. Silván me inspiró a ver esto de manera diferente; me pregunté qué historias le iba a contar más adelante y quise empezar desde lo que él podía percibir desde la dimensión más pequeña y cotidiana del mundo, que todo el tiempo está colapsando y renaciendo.
¿Cómo se convirtió esa idea en un pódcast?
Fue muy importante entender que iba a ser una carta a Silván, porque está dirigida a él y a los niños que están naciendo y a los que vienen en relación con la pregunta por el futuro y la esperanza. Necesitaba que el lenguaje fuera sencillo y estuviera a su alcance. Por eso las cartas tienen esa suerte de intimidad, porque estaba escribiéndole a mi hijo. Luego aparecieron los temas que íbamos a abordar. Tembe Laboratorio Sonoro se unió al proyecto y comenzamos a desarrollarlo. El pódcast se sitúa en una finca en Choachí, que es la dimensión que está al alcance de Silván. En este contexto empezamos a pensar en temas que surgieran a partir de ese entorno como, por ejemplo, el subsuelo y los procesos que ahí se dan, el alimento silvestre, las aguas subterráneas y los bosques. Para cada capítulo invitamos a una persona cercana a nosotros pero que pudiera explicar esos procesos, sin perder la estructura epistolar.
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¿Qué otras preguntas se hizo en el proceso de creación del proyecto?
La más grande, que también fue un reto muy bello, fue cómo incluir a Silván y su voz. Parte de lo que hace parte del pódcast son las conversaciones y recorridos que hicimos juntos por la finca; existía esa dimensión documental espontánea. Me cuestioné mucho cómo contar esta historia, porque no quería hacerlo desde una preocupación ambiental, sino desde las preguntas que Silván se hace. Además, otro elemento que no se aborda del todo es su relación con la tecnología, que es tan natural para alguien de su generación. Esa es otra arista que me generó preguntas, pero que al mismo tiempo surgió de manera espontánea a través de la visión sin prejuicios y llena de asombro de Silván.
¿Cuál ha sido la reacción a estas cartas?
Ya llevamos un tiempo al aire, pero constaté que este proyecto, aunque empezó siendo para Silván, es para todos los niños y para el futuro. Hay cierta complejidad en los temas que se abordan y, aunque las cartas son muy sencillas, esa dificultad de las temáticas puede hacer que los niños a veces no las sigan. En ese sentido, las cartas también podrían ser para los niños que llevamos dentro. Las personas de alguna manera sienten esa conexión con la infancia y el llamado a redescubrir un poco del mundo. Esa es una de las invitaciones del pódcast: redescubrir el asombro viendo el mundo con la mirada de un niño. Creo que esto resuena con los padres y madres de ahora y con los jóvenes también.
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¿Qué lo ha asombrado a usted después de atravesar este proceso?
Desarrollando el pódcast, caí en cuenta de una cantidad de temas y dimensiones que no comprendemos ni nos percatamos de ellas, pero que son fundamentales para definir el mundo. Si abordáramos la realidad desde esa reverencia o esa humildad hacia lo que no vemos, desde ese misterio, podríamos también cultivar una forma más sagrada de relacionarnos cotidianamente con el mundo. Hay que honrar el misterio de lo invisible. Es como una espiritualidad no religiosa: detrás de una semilla que germina hay una cantidad de procesos y cosas que, a veces, ni la ciencia conoce. Necesitamos, en este momento planetario, volver a sentir confianza para honrar el misterio de estar vivos.
¿Cómo desarrolló su interés por contar historias?
Siempre he tenido un perfil muy híbrido en las ciencias sociales y he trabajado desde ahí en consultorías y asesorías, pero creo que la forma en la que podía darle sentido al mundo y la manera en la que me afectaba era a través de la narración. Eso me llevó a descubrir que soy un narrador y que, además, me gusta mucho la educación. Creo que ser pedagogo pasa también por la narración. Con el primer documental que hice, “La Siberia”, descubrí que tenía ese afán por contar. Primero trabajé en lo audiovisual, pero me fui yendo más hacia la escritura. Me gusta explorar lenguajes y sentirme como un canal entre el mundo y quienes escuchan las historias que narro.
¿Por qué cree que es importante continuar explorando lenguajes en un momento como el que atravesamos actualmente?
Siento que, como dicen algunos científicos sociales, nos estamos enfrentando, no a historias del fin, sino a veces al fin de las historias. No sabemos cómo narrar en este momento, en medio de las narrativas que hay sobre el colapso y de la saturación de información y de imágenes e historias. El intento de este pódcast es mostrar que hay muchas maneras de narrar y que, para mí, una clave fundamental está en los niños. Porque toda noción de futuro que tengamos ahorita solo está basada en las creencias que nosotros tenemos actualmente, pero si nos dejamos llevar por el asombro, podemos también descubrir el mundo de otras maneras y narrarlo en consecuencia.
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