El Magazín Cultural

Una banda sonora en busca de su película

El pasado 21 de octubre, una de las bandas de rock más grandes del mundo, Arctic Monkeys, lanzó su anticipado séptimo álbum de estudio: The Car. Aunque una obra tan profunda y matizada como esta es una que invita a ser apreciada con detenimiento a lo largo de múltiples escuchas —en especial si se pretende hacer una reseña— la tercera visita del grupo a Colombia es inminente: se presentarán este 17 de noviembre en el Coliseo Live de Bogotá.

Daniel Carreño León
17 de noviembre de 2022 - 06:27 p. m.
Arctic Monkeys es una banda británica de rock formada en Sheffield, Reino Unido, compuesta por Alex Turner, Matt Helders, Jamie Cook y Nick O'Malley. / Getty Images
Arctic Monkeys es una banda británica de rock formada en Sheffield, Reino Unido, compuesta por Alex Turner, Matt Helders, Jamie Cook y Nick O'Malley. / Getty Images
Foto: Getty Images - Paras Griffin

Tras una inmersión en los surcos de este recorrido atemporal por el que nos llevan Turner y compañía, a continuación un intento por capturar la esencia y dar sentido a aquello que yace detrás del álbum.

Don’t get emotional

Estas son las primeras palabras con que Alex Turner decide desafiar una vez más a su audiencia al iniciar lo que es tanto la primera canción como el primer sencillo de este nuevo esfuerzo. Independiente de a quién se esté dirigiendo, se trata de un requisito casi imposible ante la oda sentimentalista y nostálgica que está por seguir. The Car es un viaje introspectivo marcado por sonidos ambiciosos que se encargan de pintar cada kilómetro con romanticismo cinematográfico. Una evolución que se oye como si se viera por el retrovisor al atardecer mientras las característicamente crípticas letras de Turner dictan la ruta a seguir; en sus propias palabras, “mucha de esta nueva música intenta agarrar el pasado y entender qué tanto debería aferrarme a él”.

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Las primeras palabras de “There’d Better Be a Mirrorball”, entonces, no llegan sin antes sumirnos en una rêverie melódica que parece retomar en el salón lunar donde nos dejaron hace cuatro años. El piano, el bajo andante, la batería que acompaña casualmente, todo parece una continuación de Tranquility Base Hotel + Casino, pero algo ha cambiado; hay una nueva dimensión que pronto se hace aparente: un suave acompañamiento orquestal. Tras unos 40 segundos construyendo el ambiente etéreo, seis golpes instrumentales nos despiertan para sentenciar el inicio de la travesía. El tema se lleva lentamente, a su ritmo, con gusto en la ejecución y pena resignada en las letras —definitivamente algo muy Turner empezar un álbum con una despedida—, y es hacia el final, al repetir el coro, que la nueva adición instrumental hace su entrada triunfal a pesar del ligero spoiler que asomó al principio.

El ensamble de cuerdas redobla la emoción ya recorrida para elevarla a una particular pátina sónica —ojalá hubiera sido yo quien acuñó tan precisa descripción— reminiscente de una banda sonora, haciendo de este un tema como el que podríamos esperar al final de un drama romántico, marcado por miradas sostenidas que se despiden alejándose física y emocionalmente; o, como a la antigua, durante los créditos iniciales que nos dan una idea de lo que este filme está por traer.

The spare set of tingles’ll race up your spine

Inmediatamente después, sin embargo, el bajo y batería introducen “I Ain’t Quite Where I Think I Am”, canción que con su título describe aptamente la sensación que desciende sobre el oyente cuando, tras un extrañamente armónico y prolongado coro entre orquesta y voces, la guitarra —con un efecto wah— intercala con la voz de Turner un punteo indiscutiblemente retro, típico de una película policiaca de los años 70. Interesantemente, la concepción de este tema no podría haberse dado en un lugar más temáticamente distante.

Retrocedamos al verano de 2021, cuando la banda se reunió por primera vez a grabar, nada menos que en una callada abadía medieval del este de Inglaterra. Butley Priory, fundada por monjes agustinianos a finales del siglo XII, se convirtió por dos semanas en sede de un cónclave musical donde los Arctic Monkeys fueron a dar forma a todo aquello que venían rumiando los últimos meses.

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En lugar de recluirse en su casa con piano y dictáfono para abordar a sus compañeros con ideas ya materializadas (como hizo con el álbum anterior) Turner compartió con ellos las etapas tempranas de bosquejo. Aunque inicialmente se reunió a solas con cada uno —el baterista Matt Helders, el bajista Nick O’Malley, y el guitarrista Jamie Cook— para explorar caminos, todos llegaron al “estudio” con una visión colectiva y la misión de permitirse explorar unidos “las dinámicas de estos nuevos y más grandes sonidos” para plasmarlos en pistas.

Al preguntarles sobre la experiencia de grabar en un antiguo monasterio, respondieron que simplemente les gustaba la idea de poder recluirse juntos en un solo espacio. Esta intimidad hizo posibles secciones tan atrapantes como el coro de la segunda canción, en el cual cada elemento construye una progresión robustecida por un crescendo que resuelven con delicadeza los falsetes ahora tan característicos de la banda. “Me di cuenta que […] el aire cambia totalmente cuando el resto de la banda se va,” declaró Turner en una entrevista, “estar con ellos es alcanzar esa magia que no he encontrado en ningún otro lugar”.

Puncturing your bubble of relatability

Es esa misma magia e instinto explorador es lo que les ha permitido reinventarse constantemente. Desde Humbug en 2009 a AM en 2013 y, obviamente, con Tranquility Base Hotel + Casino en 2018, la evolución ha sido rotunda e imparable; y aunque para sus audiencias haya podido parecer totalmente arbitraria, para la banda ha sido tan evidente como poner un pie en frente del otro. “Ya no hay reglas en este juego,” declaró Matt Helders en entrevista con Alejandro Marín, palabras que resuenan poderosamente cuando nos encontramos con el siguiente tema del álbum, ya que, justo cuando nos estamos haciendo una idea de lo que podemos llegar a esperar de The Car, “Sculptures of Anything Goes” arriba para derribar toda certeza.

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Un extraño, casi inquietante sonido industrial acecha al ritmo de un bombo electrónico, a medida que los instrumentos —indicios de ellos— se suman lentamente a la vastedad oscura donde Turner extiende las sílabas más allá de lo que cualquier cantante convencional se atrevería. Hacia el tercer minuto, las melodías orquestales entran entre el sonido electrónico como una cuerda que da al oyente atónito de qué agarrarse; una forma ingeniosa de cimentar como parte de la banda este nuevo elemento que introdujeron hace apenas dos canciones.

El invento del guitarrista Jamie Cook de conectar un sintetizador Moog a una caja de ritmos resultó en la canción más atípica de todo el repertorio de Arctic Monkeys, una que aprovecha la atrevida apuesta estilística para entreverar en sus letras las más evidentes denuncias al recibimiento ambivalente que tuvo su último viraje musical. Irónicamente, es esta la que mayor fascinación y elogio por parte de los fans parece haber generado en redes sociales.

Aunque única en su estilo, la canción cumple su misión al hacer evidente que hemos emprendido un recorrido capaz de sorprendernos a todos por igual, incluso a quienes llevan la mano en el timón mientras se dejan guiar por la ruta. The Car no será un álbum aburrido, y por más que el mismo “Anything Goes” del título parezca aludir a esta resolución, Turner insiste en que es simplemente una referencia a la primera escena de Indiana Jones y el templo de la perdición.

They shot it all in CinemaScope

Cosas así ocurren frecuentemente con un compositor como Alex Turner —conocido por sus capciosas y crípticas maneras de comunicar hasta el más sencillo de los mensajes—: a veces escrutamos profundamente sus palabras, tildándolas de la analogía perfecta, sólo para que en una entrevista nos venga a decir que sencillamente se trata de una referencia a un clásico de la pantalla o que la eligió pensando que era “una imagen interesante”.

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Algo parecido sucede en la siguiente canción, “Jet Skis on the Moat”, en la que no le basta con la estrafalaria idea de montar motos acuáticas en el foso inundado de un castillo; no, necesita agregar que la escena fue filmada con CinemaScope (un estilo de grabación característico de los años 50, 60 y 70) para mejor transmitir la estética musical que tiene en la cabeza. Turner no hace elecciones por accidente, pero sí se deja guiar por instinto, y el escoger ciertas pautas absurdas —aunque extrañamente claras— es una tendencia fuertemente influenciada por su afinidad hacia el cine.

Con su mecer entre más punteos con wah, el piano pausado, y sintetizadores sostenidos, la canción la saborean la cautelosa batería de Helders y el ornamentado bajo de O’Malley, dándole una vibra de seducción a paso lento. La decisión de dejar a la orquesta por fuera de esta es un acierto que da al sonido un tinte más íntimo —casi podemos vislumbrarlos tocando juntos en la abadía—, antes de sumirnos en una nostalgia sonora, esta vez no evocativa del cine setentero, sino de la propia historia de la banda. El break de slides que precede al solo, y este en sí, desatan un sonido inconfundiblemente Arctic Monkeys que todo conocedor sentirá podría pertenecer perfectamente a cualquiera de sus álbumes (es casi el tercer acto en una trilogía conformada por “Only Ones Who Know”, de 2007, y “Piledriver Waltz”, de 2011).

Don’t have to mean you’ve gone into hiding

El ensamble de cuerdas regresa en “Body Paint”, y si se debiera escoger una canción que pudiera —o bien, intentara— sintetizar la esencia de este álbum, el segundo sencillo sería el mejor candidato. Cuenta con casi todo: la lenta balada de piano, el bajo tambaleante que nos lleva de la mano, los motivos melódicos tocados en teclados, la paseante voz de Turner, los arreglos de cuerdas acentuando el sentimiento, los inesperados cambios de tempo que articulan la dinámica, los falsetes cortesía de Helders y O’Malley, el contrapuesto complementario entre orquesta y banda, y las guitarras distorsionadas que coronan con un solo meticulosamente metódico para recordarnos que este es y siempre ha sido un grupo de rock.

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Es una canción que nos hace dimensionar que, a pesar de su ingenio y magistral producción, Tranquility Base Hotel + Casino probablemente subutilizó al resto de los Monkeys al exigir interpretaciones más medidas de sus instrumentos, en especial cuando la banda declara que el jam final fue producto de la energía de tocar todos juntos después de mucho tiempo sin hacerlo. Aunque dejaron atrás su antiguo mantra de que toda canción debía poderse transportar fácilmente al escenario, volcar su enfoque al estudio nunca implicó relegar sus talentos o su espíritu rockero a un salón secundario.

En “Body Paint” la banda entera pisa fuerte; deja claro que este nuevo sonido es una evolución colectiva, proviene de Helders, Cook y O’Malley también, y no se trata de un simple capricho de Turner. Helders incluso agregó que este estilo de tocar en función del flujo de la música es muchísimo más técnico y retador que las frenéticas percusiones de clásicos como “Brianstorm” y “Library Pictures” que lo posicionaron como un ícono de la batería.

Tryin’ to adjust to what’s been there all along

Al iniciar la segunda mitad del álbum —sí, hasta ahora hemos recorrido un 50% de este viaje— nos espera una canción que, para describirla, tal vez sea mejor emplear el término en inglés “title track”. Existe una suerte de lazo inquebrantable entre un álbum y la canción que comparte su nombre, y “The Car” es un ejemplo perfecto del porqué detrás de esto. Mientras que “Body Paint” nos demuestra el potencial de una banda en armonía, con cada miembro contribuyendo el dominio y goce de su instrumento, la que la sucede se atreve a mostrarnos la extensión de sus ambiciones creativas y lo que están dispuestos a experimentar para alcanzarlas.

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Decir que esta es la más cinemática entre diez canciones que reflejan dicha cualidad es una declaración contundente. El amor de Arctic Monkeys por los spaghetti westerns es conocido desde que usaron un sample de la música de El bueno, el malo y el feo en “505″, el cierre de su segundo álbum. Quince años después, la banda sonora son ellos: la guitarra arpegiada, los tambores sentenciantes, la marcha del redoblante, y, finalmente, el acompañamiento orquestal pintan con brillante claridad y sorprendente precisión la cabalgata solitaria, el duelo mexicano, las miradas severas que definieron un género cinematográfico.

Es una hazaña formidable, indicativa de la evolución y visión artística de este grupo, el pasar de tomar apenas un extracto a crear un tema digno de su propia película de vaqueros, y encima luego transformarlo en una canción de rock con un desgarrador solo de guitarra. Han llegado muy lejos desde esa época en que aseguran les “costaba lidiar con la idea de agregarle algo más a las canciones”, y es tal vez el haberse permitido —atrevido— recorrer ese camino lo que hace de este uno de los temas favoritos del grupo.

The ballad of what could’ve been

Al finalizar su última gira —la cual terminó el 7 de abril de 2019 en el Festival Estéreo Picnic de Bogotá—, la banda sentía una gran inspiración. Llevar su transformación al escenario había traído grandes ideas para continuar —pero no retroceder— con un sonido más energético y rudo que querían llevar al estudio cuanto antes; algo que tal vez habría respondido las plegarias de tantos que reclamaban el regreso de los Arctic Monkeys pre-2010. Pero en el momento de la verdad, cuando se reunieron a grabar, se dieron cuenta que “la idea ya no estaba ahí”.

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Ese sentimiento parece ser evocado en la séptima canción del álbum, “Big Ideas”, una obra que desnuda la inseguridad artística y, entre un piano Rhodes, la orquesta, y la sencillez de la guitarra punteando la progresión, construye una anhelante aura digna de ser el tema de la siguiente película de James Bond (“Déjemoslo fuera de esto,” diría Turner riendo ante una observación similar).

Sobre este trasfondo cinematográfico, Turner canta de ambiciosas empresas creativas y espectáculos fantásticos con un imaginario éxito rotundo que utiliza para aludir al correr sin límites que puede tener la mente inquieta. Es inevitable pensar en el entusiasmo de esas creaciones efímeras que nacieron en el backstage de su última gira: “I had big ideas, the band were so excited / The kind you’d rather not share over the phone”, antes de darse cuenta —como ocurre a tantos creadores— que en el momento de tangibilizarlas no evocan el mismo sentimiento o han perdido la magia que solían tener, “But now the orchestra’s got us all surrounded / And I cannot for the life of me remember how they go”.

El break instrumental transforma el ambiente Bond en uno más evocativo de El Padrino, antes de cerrar con un sensacional solo de guitarra de tonos beatlescos que demuestra a la perfección lo que Turner quiso decir cuando reveló que este tema evolucionó de una melodía con “aspiraciones más allá de una canción pop”.

The kind where the harmonies feel right at home

Esas sesiones a finales de 2019 prometían un sonido totalmente distinto al que la banda terminó creando, pero de ellas sí sobrevivió un tema que se lograría ubicar entre el listado de The Car. “Hello You”, con sus licks de guitarras remembrantes de “Knee Socks” y con la forma en que frases del ensamble de cuerdas intercalan y acentúan la voz, es la canción más fácil de ubicar en otra temporalidad de la banda.

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Esto segundo en realidad la hace sonar más como un tema atribuible a The Last Shadow Puppets, el otro proyecto musical de Turner junto a Miles Kane, el cual, hasta ahora, gozaba la exclusividad de los arreglos orquestales. Por más que esta canción suene como si hubiera podido ser tomada directamente del segundo álbum de esta banda —Everything You’ve Come to Expect, de 2016, uno que para muchos fue indicativo de la trayectoria que Arctic Monkeys tomaría dos años después—, la evolución de las ambiciones musicales se siente en su métrica engañosa e irregular.

Aunque por el momento no planean tocar en vivo con una orquesta, Turner insiste en que el ensamble de 18 cuerdas —que se grabó separadamente tras acabar las sesiones con la banda— no se trata de un simple acompañamiento. Es esta canción, en especial con el break que lleva al tercer verso, la que mejor ejemplifica lo entrelazados que están los arreglos orquestales con el resto de los instrumentos. Tal vez es en parte porque, a diferencia de The Last Shadow Puppets, Turner esta vez compuso las melodías él mismo y participó activamente en su traducción a arreglos junto al productor James Ford (quien los ha acompañado desde su segundo álbum) y a la compositora Bridget Samuels (quien ha participado en bandas sonoras como las de la película colombiana Monos).

It’s like your little directorial debut

Sólo Turner puede explicar realmente de dónde viene su obsesión por llevar el cine a su música, y aunque la cualidad ilustrativa de sus letras siempre lo ha hecho un narrador prolífico, su confesión de la forma en que “Les Choses de la vie” de Philippe Sarde (perteneciente a la banda sonora del filme homónimo de 1970) lo llena de una emoción capaz de sacarle una lágrima “sin acercarse a utilizar letras” es tal vez indicación de por qué gradualmente ha ido optando por un camino más cinemático para envolver sus relatos.

“Mr Schwartz” es una canción que parece contar la historia de un director de cine emproblemado, con la guitarra acústica arpegiada e instrumentos que se le van sumando sutilmente incrementando poco a poco la melodramática desolación que envuelve al personaje. Se trata tal vez de la romantización de un sueño aún por realizar, pero que podría no ser muy distante; después de todo, durante las sesiones de grabación con la banda, Turner documentó distintos momentos con su cámara análoga de 16 mm que más tarde conformarían el video del primer sencillo, dirigido enteramente por él.

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El título de la canción también llevó a muchos fans a especular que esta podía ser una referencia al poeta estadounidense Delmore Schwartz, e incluso una misteriosa lista de reproducción de Spotify titulada “DEL SCHWARTZ” y llena de bandas sonoras francesas e italianas de los 60 y 70 se atribuyó a su autoría. Aunque ambos reclamos son categóricamente negados por él, hay que reconocer que el segundo probaría ser una coincidencia portentosa digna de una línea escrita por el mismísimo Turner.

If that’s what it takes to say goodnight

Es así que llegamos al final de este recorrido. Como tantos viajes en carro, parece terminar abruptamente preciso cuando más se estaba entrando en sintonía con los paisajes, las sinuosas carreteras, y todo el ambiente dentro de este. Es un sentimiento que aplica tanto para el álbum como para la canción que lo cierra, dado que “Perfect Sense”, con una duración de apenas 2:47 es de lejos la más corta del álbum.

No hay coro. Tan solo tres versos con una ligera variación en el segundo. La sencillez de la estructura podría parecer simple en demasía, pero es en ella donde recae su ingenio. Según Turner, a diferencia del resto del álbum, escribirla fue “simple y directo”: una revelación que se presentó en la última sesión de manera tan natural como para ameritar su título.

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Las melodías orquestales que acompañan la voz generan genuinos escalofríos mientras que la batería marca con certero grandeur la despedida. Al final, Turner entona el último “Then that’s what it takes” sin resolver la progresión, dejándonos con un profundo sentimiento de expectativa a pesar de haber presenciado la perfecta conclusión. Aunque para nosotros pueda sentirse inconcluso, para quienes hicieron de este álbum una profunda retrospectiva del camino que han recorrido y un intento por comprender y empuñar la trayectoria en la que se encuentran, tal vez no hace falta decir más.

The Car ha sido para Arctic Monkeys un esfuerzo titánico, la continuación del más crítico punto de inflexión en sus veinte años de carrera, la cual, guste o no, cada vez se distancia más de lo que ideaban cuando eran apenas adolescentes. Para quienes hemos crecido con la banda, se trata de un hito más en el largo —o corto— viaje que es la vida, coherente con las transformaciones que sobrellevamos todos, mientras que para quienes apenas la están descubriendo, es tan solo el inicio prometedor. Esta no es la banda sonora de ningún filme dramático, policiaco, western, de espionaje, ni nada por el estilo: acompaña la película de un grupo de amigos de toda una vida, tocando solos en una abadía o ante decenas de miles en un estadio, pero en un viaje que, con o sin nosotros, continuará.

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Por Daniel Carreño León

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