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22 Apr 2022 - 2:00 a. m.

Jorge Oñate: el eco de una voz

“El Jilguero de América” o “el Ruiseñor del Cesar”, como era conocido este artista, será el gran homenajeado en la edición 55 del Festival de la Leyenda Vallenata, que comienza este viernes en Valledupar.

Félix Carrillo Hinojosa*

Jorge Oñate en las instalaciones de El Espectador durante la última entrevista que concedió en este medio de comunicación.  / Archivo El Espectador
Jorge Oñate en las instalaciones de El Espectador durante la última entrevista que concedió en este medio de comunicación. / Archivo El Espectador
Foto: EL ESPECTADOR - LUIS ANGEL

En el recodo de la plaza de un pueblo que se niega a morir, un viejo acordeonero trata de poner en la lira de su destartalado instrumento la melodía que en sus años mozos fue el centro de las fiestas, en donde propios y extraños lo azuzaban hasta dejarlo agotado y tirado en un alto sardinel.

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Sus más de cien años daban cuenta de un ayer vigoroso, al tiempo que sus gruesos dedos recorrían la única hilera de su destartalado acordeoncito, su memoria viajaba lenta como un son, para poner en presente que de aquel pasado vivido por Héctor Bolaños no quedaba nada.

De repente, cerró con rabia su instrumento, como si estuviera al frente del público de otrora y dejó que su voz bronca exprimiera lo último que quedaba en su memoria. “A mí no me echan cuento, porque tuve la fortuna de escuchar su disco en el cumpleaños de Marta Acosta, el 12 de abril de 1970”, dijo, mientras sus ojos semicerrados se perdían en busca de alguien conocido.

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“Eso fue en una casa de bahareque contigua a la de Federico Rivero, del que decían, y lo pude comprobar, que era quien mejor hacía un milo en el puente los varaos”.

Trató de pararse en busca de recuperar fuerzas y hacer que sus recuerdos volvieran al sitio inicial de un repetido relato, que contaba sin que se lo pidieran. Decidió volver al sitio de siempre y acotejarse de nuevo en su raído sillón y continuar con su entrecortado balbuceo: “No fue una vez, sino varias, en que el elepé Lo último en vallenato fue escuchado por sus dos caras. Sobre ellos supe que quien cantaba era un joven de escasos 19 años y quien lo acompañaba con su acordeón distinto lo doblaba en edad”.

Su manera de contar historias se había vuelto un eterno monólogo, del que quedaban muy pocos detalles frente a sus protagonistas, cuyas faenas interminables rodaron por las calles y daban cuenta de tantos borrachos y serenatas que se perdían en las noches y amaneceres del pueblo.

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“Fue una noche de noviembre de un año que no me acuerdo. Creo que fue en 1970”, manifestó, mientras tomaba aire. La gente decía que había una caseta y que los personajes centrales serían ellos. Los mismos que escuchó hasta el cansancio en ese cumpleaños. Mientras acomodaba su instrumento, miraba a todos los lados como quien busca algo o a alguien.

“Esa noche vi cantar a un muchacho flaco, bajito y mechudo que, junto a su acordeonero, tocaban sin cansarse durante varias horas seguidas. Al día siguiente, recordaba como si los tuviera al frente, moviendo sus brazos y haciendo gestos como si fuera un cantante recorrido. Tomé mi instrumento y pasé mis dedos por los botones, remedando a su acordeonero”.

El tiempo pasó y Héctor Bolaños se convirtió en el músico del pueblo, al que siempre buscaban para amenizar las parrandas, donde sus arreglos eran tomados por quienes estaban en el disco y su protagonismo se desvanecía ante las nuevas formas de escuchar la música. Al tiempo que los artistas que conoció muchos años antes volaban por los senderos llenos de triunfos.

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Una tarde vio por televisión que entrevistaban al cantante al que le profesó una admiración por su manera profunda de cantar. Después de escucharlo, repitió durante más de cinco décadas lo que este dijo, que, sin pensarlo dos veces, lo expresaba como si lo hubiera investigado.

Su memoria recoge trozos de esos momentos y los traduce a su manera. Se acordaba de lo mínimo, de unos momentos especiales que muchas veces se borran porque la grabadora de la memoria va perdiendo la pelea contra el tiempo. Se levantó y volvió a sentarse en el lugar de siempre para contar con voz de león herido lo que sabía del cantante de su predilección.

“Él estaba en Bogotá, estudiando el bachillerato en el colegio de la Libre, cuando su primo Alonso Fernández lo llamó para que cantara una canción junto a Emilio Oviedo. Cuando llegó al cuarto piso donde estaba el estudio del sello Vergara, Emilio, que se sabía las doce canciones, se las fue mostró, mientras el doctor Esteban Salas pasó en limpio las letras. Al cantar el paseo ‘Campesina vallenata’ todos coincidieron en que debía cantar el elepé, pero al final decidí hacerlo con ocho de las doce canciones y que Emilio grabara las cuatro restantes. La portada fue Deniris Arzuaga y en la contraportada, salió una foto de su carné de estudiante. Eso fue en 1968”.

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Desde niño, siempre le gustó la música de las bandas. Tenía como quince años cuando Gustavo Gnecco Oñate y Luquita Gnecco Cerchar lo llevaron a una caseta donde se presentaba la orquesta de Antolín Lenes y su combo Orense con la voz de la cieguita Lucy González. Después del vallenato, es la música junto con la ranchera que más le gusta. Eso lo llevó a grabar con el músico Nelson Díaz para el sello Epic, por insinuación de Santander Díaz y Esteban Salas, reconocido director artístico, y allí cantó cumbias, porros, fandangos y paseos orquestados.

Luchó mucho junto con Poncho Zuleta en Bogotá. Se rebuscaban en la Jiménez con décima, sitio donde se concentraban los músicos. Él paraba con su guacharaca metida en el bolsillo de atrás y Jorge con su voz para lo que saliera. Unas veces les iba regular, otras mal. El vallenato no significaba nada en la capital del país. Sin embargo, miren cómo es de raro el mundo, hoy esa ciudad es más vallenata que muchas del Caribe.

Su primera grabación no iba a ser con Miguel López, sino con Emilianito. Tenían varios temas escogidos, pero Miguel llegó a Bogotá a unos chequeos médicos y todo cambió. Con él fue a varias casas disqueras, pero le dijeron que no. Eso se dio a raíz de una invitación que les hicieron al Círculo de Periodistas de Bogotá. Allí se encontraba Santander Díaz, quien los invitó a tocar varios temas. Todo cambió cuando él escuchó “El siniestro de Ovejas”, un merengue de Carlos Araque Mieles, quien, de una, autorizó ir al día siguiente a las oficinas de CBS.

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Hay personas que dicen sin sentido que él odiaba a Rafael Orozco y Diomedes Díaz. Eso no es verdad. Lo que hubo siempre fue una competencia, que, si no se da, el vallenato no tendría el crecimiento que vive hoy. Jorge Oñate siempre vivió pendiente de lo que pasaba en la música vallenata y algunos lo vieron como si fuera envidioso. Él fue un artista competitivo y estaba pendiente de lo que pasaba a su alrededor. Eso fue lo que sirvió para que ellos lograran su madurez.

Muchos hablan por hablar, que Diomedes Díaz no era cantante, que Rafael Orozco no cantaba bien el vallenato. Todo eso no es cierto. Los dos, más Poncho Zuleta y Jorge Oñate, inmortalizaron al vallenato, pero, cuando él lo decía sonaba a egolatría y vanidad. Si no aparecen ellos, la historia no sería la misma.

En el vallenato tengo varios ídolos. En el acordeón, Alejo Durán, Luis Enrique Martínez, Alfredo Gutiérrez y Emilianito Zuleta. En la composición, Leandro Díaz, Freddy Molina, Rafael Escalona, Emiro Zuleta, Gustavo Gutiérrez. Ahora hay muchos que son buenos, pero el cantante eterno del vallenato es Jorge Oñate.

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“Si la nueva generación mira con respeto, así como lo hicieron los anteriores con sus antecesores, pueden hacer un buen aporte. Ese edificio tiene varias puertas y ventanas que no las derrumba nada. Ahí debe estar el nombre de Jorge Oñate”.

Mientras su rostro se transformaba en un rictus de dolor, solo atinó a decir, “ni la muerte lo puede vencer. Cuando Jorge Oñate canta, los que saben de vallenato hacen silencio”, al tiempo que se quedaba dormido, abrazando a su instrumento eterno, la gente pasaba cerca de él. Unos lo ignoraban por completo. Otros se mofaban y decían en voz baja: “Miren en lo que quedó, tanto tocar para nada”.

*Escritor, periodista, compositor, productor musical y gestor cultural.

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