En medio de la historia oficial de Colombia, esa que suele encontrarse en libros y archivos polvorientos, ha habido poco espacio para contar el paso en el tiempo de la población LGBTIQ+. Dicha ausencia ha ignorado su existencia, las formas de resistencia, acompañamiento y activismo que, desde los márgenes, han tejido su propia memoria. Ese vacío histórico es el punto de partida del trabajo del historiador bogotano Felipe Caro Romero, centrado en la revisión y reconstrucción de archivos y memorias.
Caro inició este camino con la convicción de escribir los textos que a él le habría gustado leer cuando era joven, cuando tenía preguntas y no encontraba registros. De niño devoraba los libros de Dan Brown, fascinado por la idea de que un historiador pudiera ser también un detective. Con el tiempo entendió que el carácter glamouroso no hacía parte del oficio, pero sí brindaba la posibilidad de encontrar respuestas. Y eso es lo que ha hecho en la última década: excavar en archivos, rastrear relatos, cruzar documentos institucionales con memorias personales para reconstruir el pasado de los movimientos LGBTIQ+ en Colombia.
Con la certeza de que esa tarea no puede quedar reducida a la “voluntad política” de los gobiernos de turno, Caro se ha convertido en uno de los autores más citados del país en este tipo de investigaciones. Ha escrito más de 15 textos sobre temas como los inicios de las marchas del Orgullo en América Latina, el papel del algunos movimiento sociales durante el proceso de despenalización de la homosexualidad, el surgimiento de organizaciones políticas LGBTIQ+, y cómo ha cambiado a lo largo del tiempo la acción colectiva de protesta de esta población en el país. Estos son solo algunos ejemplos que se pueden encontrar en su largo repaso por el pasado.
En conversación con El Espectador Felipe Caro, quien dirige el Instituto de Historia Marica de Bogotá, es doctor en historia latinoamericana, militante en organizaciones anarquistas y fundador de la Colectiva Libertaria Severas Flores, habló de los motivos que lo llevaron a investigar la historia LGBTIQ+.
Usted eligió contar la historia LGBTIQ+ desde su profesión. ¿Qué le motivó a ir por ese camino?
Lo que le decían a uno las y los profesores de la carrera de Historia, es que el historiador o la historiadora no escoge al tema, sino el tema lo escoge a uno. Son las fuentes las que lo empujan a uno a eso.
Cuando estaba terminando la carrera, empecé a militar en organizaciones de educación popular, organizaciones anarquistas y, sobre todo, organizaciones de disidencias sexuales y de género. Yo soy uno de los fundadores de una organización que existió por mucho tiempo, que se llamaba la Colectiva Libertaria Severas Flores. Y dentro de las discusiones políticas que tuvimos en la organización surgió la pregunta por el pasado del movimiento. Entonces hice el ejercicio de ponerme a revisar y, justo por ese entonces, estaba con la idea de presentarme a la maestría en Historia. Ahí conjugué las dos cosas y presenté un proyecto de investigación sobre disidencia sexual y género del Movimiento de Liberación Homosexual de Colombia.
Siento que sí hubo un momento muy particular que me radicalizó y que me empujó a la organización política, y esa organización política es la que me empujó a la investigación histórica. Fue el suicidio de Sergio Urrego, el 4 de agosto de 2014. Sergio era un compañero de una organización anarquista. Su suicidio fue algo que no solo a mí, sino que a toda una generación de personas que estaban muy curiosas dentro del movimiento, nos marcó muy de cerca. A partir de ahí, empezó toda una tendencia de movilización mucho más crítica a la organización tradicional, que es, al fin de cuentas, lo que yo también intento abanderar en mi investigación.
¿Hay alguna anécdota que pueda compartir sobre cómo llegó a involucrarse en estas organizaciones políticas?
Sí, yo entré a estudiar a la Universidad Nacional y es una universidad que lo expone a muchas discusiones políticas. En ese inicio de la discusión política me topé con la coordinadora de procesos de educación popular en lucha de Bogotá, Decidí participar de uno de ellos, en San Vicente parte alta, en San Cristóbal.
Es una historia chistosa porque en ese preicfes popular las chicas le pidieron a las profesoras que si podían crear un espacio solo de mujeres, y se creó una experiencia de círculo de mujeres muy bonito que duró como tres años. Ahí el proceso trascendió del preicfes y se convirtió en un espacio de educación de género y feminista. Habíamos dos profes en esa época y dijimos: pues hagamos nosotros un círculo de hombres, muy interesados como en la participación de los hombres en el movimiento feminista. Eso debió ser entre 2014 y 2015. Hicimos la convocatoria del “círculo de masculinidad” y, a diferencia del círculo de mujeres, no llegó ni un solo estudiante.
Nos dimos cuenta de que igual queríamos hacerlo, entonces abrimos la convocatoria más amplia y empezamos a hacer algo que nosotros llamamos como la Escuela de Nuevas Masculinidades. La realizamos en distintas partes del centro y la Universidad Nacional. Y después de trabajar un semestre, decidimos crear una organización política que terminó convirtiéndose en la Colectiva Libertaria Severas Flores. Fue una escuela muy bonita donde trabajamos temas como qué significa la masculinidad y cómo desmontarla.
Entre las cosas que pensamos fueron las contramarchas. Por ejemplo, la contramarcha que se realiza actualmente en Bogotá viene de las Severas Flores. Organizamos muchos otros eventos, proyectos políticos, escuelas de formación y el Marica Fest.
De todo eso se alimenta mi investigación académica. Vengo de una línea de investigación dentro de la disciplina histórica que se conoce como historia radical o historia militante. Eso no desmerita el valor de la investigación, sino que deja claro cuáles son mis intenciones a la hora de investigar un tema. Manteniendo la rigurosidad de una investigación histórica.
¿Por qué decidió escribir y dejar registro en un país donde la historia LGBTIQ+ existe, pero no ha sido documentada?
Yo ahí sigo una máxima que le escuché a uno de mis directores de cine favoritos, que es Guillermo del Toro. Él decía que hace las películas que le hubiera gustado ver de chiquito y yo siento exactamente lo mismo. Yo estoy escribiendo los textos que a mí me hubiera gustado leer cuando estaba estudiando esta carrera, textos que responden esas inquietudes que yo tenía cuando era más pequeño o cuando estaba apenas iniciando en el tema.
Del lado personal está eso, pero del lado profesional también está la idea de que, si no se publica, pues jamás se van a llenar esos vacíos. La publicación, al final, es el registro que puede quedar de una interpretación del pasado, y es sobre ese registro sobre el que se construyen nuevas interpretaciones. Si no sacamos textos de historia del movimiento, pues entonces siempre va a ser un tema que no se estudia porque no hay textos.
Yo intento publicar mucho también porque me gusta escribir, pero además intento empujar a la gente a que publique. Que se arriesgue a publicar, porque solo así podemos construir un conocimiento cada vez más riguroso y ampliar un poco más nuestra comprensión del pasado para entender el presente.
¿Podría contarnos qué ha escrito y sobre qué han tratado estos textos?, ¿Cuántos ha publicado aproximadamente?
Hay varios, entre 15 y 20 textos, en español, inglés, alemán y creo que hay en francés. Los primeros empiezan a publicarse entre el 2016 y 2021, y se centran en la historia del Movimiento de Liberación Homosexual de Colombia, una organización que estuvo activa entre los años 70 y los 80.
Pero también empiezo a sacar textos sobre la historia de las marchas del Orgullo en Bogotá, que salen en un anuario del Museo Q. También sale un texto muy bonito que, desafortunadamente, no tiene mucha difusión aquí en Colombia, pero en otras partes de América Latina ha tenido una acogida muy grande, que habla de las primeras marchas del Orgullo en toda Latinoamérica. Entonces voy revisando, país por país, cuál fue la primera marcha del orgullo en cada uno y qué tienen en común.
También hay un texto muy divertido que surgió en el marco del estallido social de 2021. En ese momento hubo un movimiento muy iconoclasta contra personajes vinculados al racismo. En Colombia pasó con el Belalcázar en Cali y con Gonzalo Jiménez de Quesada en Bogotá. Durante las protestas, varias organizaciones me preguntaron cuáles son las estatuas de homofóbicos que podemos intervenir. Esa pregunta me tomó un poquito desprevenido porque, pues, no lo había pensado. Pero a partir de ahí, construí un texto que se llama “Necromancia Marica”, que publica el Centro de Memoria, Paz y Reconciliación de Bogotá.
Después publiqué mi primer libro, “La conquista de los corazones”, que es la tesis de doctorado en Historia Latinoamericana que hice en la Universidad de Eichstätt en Alemania, que se publicó a final del año pasado. Ahí intento hacer una historia de la protesta sectorial LGBT en Colombia a lo largo de unos 40 años, desde 1979 hasta 2019, que corresponden a los primeros años de historia pública del movimiento.
Lo que está detrás también de esta obra es una base de datos. Es la primera base de datos sobre la protesta LGBTIQ+ en Colombia en ese periodo, que se alimenta de la base de datos de luchas sociales del CINEP. Y que incluso yo, pues, le pase al CINEP para que ellos le incorporen a su base de datos.
¿Qué tanto se ha contado sobre la historia LGBTIQ+ y qué tanto hace falta por contar?
No se ha contado casi nada. O sea, si se compara el nivel historiográfico de Colombia con otros países latinoamericanos, pues estamos muy por debajo de lo que sabemos realmente de la historia de disidencias sexuales y género en el país. Las investigaciones rigurosas que existen son muy pocas. Una es la del Walter Bustamante, que es otro historiador de Medellín, por allá en el 2004. Y de resto, hasta 2017, que empiezan a publicarse libros raros, por ejemplo, que es este granito en la historia, que es “Raros: historia cultural del homosexual en Medellín”.
Pero no existe una historia nacional del movimiento, ni historias regionales, ni de lesbianas. Claro, hacer historias de la lesbianidad, pues, es difícil en cualquier contexto por la situación precaria particular de las mujeres dentro del patriarcado, pero en Colombia no solo nadie se ha atrevido a escribir un texto así, sino que nadie ha encontrado la forma de hacerlo. Hasta hace poco también se publicó un texto de Caribe Afirmativo sobre la historia del carnaval gay de Barranquilla y apenas estamos explorando la historia de los carnavales LGBTI y los certámenes de belleza.
Todavía existe un vacío enorme también de historia de las estructuras estatales de persecución. La historia del VIH y del sida prácticamente no existe, a excepción de esa gran exposición que se hizo en el Mambo hace tal vez unos cuatro años, “Hilos de sangre”.
Siento que sí estamos en un escenario muy precario. En el lanzamiento del libro “La conquista de los corazones” una lectora decía que yo escribía como con urgencia. Y le hallo razón. Yo también escribo con ansiedad porque en cualquier momento los archivos pueden desaparecer, porque el papel es frágil y, si desaparece, ya no vamos a tener forma de acceder a ese pasado. Yo sí siento que tengo esa urgencia porque falta muchísimo. Igual la historia LGBTIQ+ nunca ha sido la prioridad de ninguna administración, ni regional, ni distrital, ni nacional.
Para eso se requiere voluntad política de hacerlo. No es solo decir cómo: “vamos a hacer un evento LGBT o vamos a sacar una banderita el día del orgullo, un post en Twitter”, sino vamos a contratar descriptores o archivistas que nos permitan revisar todo lo material que tenemos y ver qué de esto sirve. Porque los documentos ya están en los archivos. Eso es lo que descubrimos, por ejemplo, con la exposición de “Cuerpos Archivados”.
A partir de todo este recorrido, ¿cómo evalúa el panorama actual en Colombia?
Es muy fácil ser cínico y decir que nada ha cambiado,que la violencia sigue siendo el orden del día. Pero yo he encontrado algo más: la homofobia y la violencia, son cosas que se sienten tan etéreas, tan eternas, tan grandes, pero en realidad tienen responsables históricos concretos y surgen en momentos muy concretos.
La homofobia no es inherente a nuestra especie ni ha existido siempre de la misma manera, sino que han sido decisiones políticas las que han llevado a que se construyan estas estructuras culturales e institucionales, que son las que reproducen esa violencia. Y darme cuenta de eso es supremamente empoderante, en el sentido de que, reconocemos que estos son problemas humanos hechos por humanos y que los humanos mismos podemos desmontarlos.
Entonces, el trabajo que tenemos que enfocarnos es en los sectores populares y en la reconstrucción de unas nuevas formas de interpretar el género y la sexualidad. Y también apuntarle a la inversión en el proceso educativo. Hoy existe una resistencia muy fuerte de sectores conservadores frente a la educación sexual y de género. No es que no exista educación sexual en Colombia, sí existe, pero es parcializada y responde a una tradición histórica muy clara: el sexo reproductivo en función de la familia.
Así como reconocer las terapias de conversión. Las están denunciando las organizaciones políticas desde los sesentas. Incluso cuando se despenalizó la homosexualidad, El Movimiento de Liberación Homosexual de Colombia advirtió que, mientras existan terapias de conversión, iglesias que le dicen a las personas que esto es pecado, pues el problema se va a mantener, y la historia les dio la razón.
Al final, casi de todas mis investigaciones concluyen con que el propósito es construir herramientas que nos permitan transformar el presente. Entendiendo cada vez un poquito más el pasado, pues podemos reorientar nuestra acción colectiva en el presente para para construir un mejor futuro.
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