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¿Cómo inició este camino?
La historia empezó hace 42 años. En 1984, cuando llegó la democracia en Argentina, había información de que las personas desaparecidas podían estar enterradas en cementerios de todo el país como NN, sin identificación. En ese momento, estamos hablando de febrero de 1984, la justicia ordena hacer exhumaciones, pero estas las hacen los sepultureros con la presencia de médicos forenses oficiales y durante dos meses sacaron cuerpos, los destruyeron sin ningún cuidado. Las Abuelas de Plaza de Mayo, que habían dado la vuelta al mundo tratando de buscar un método que permitiera relacionar a sus nietos desaparecidos con ellas, llegan a Estados Unidos y van a la Asociación Americana para el Avance de la Ciencia. Esta organización envía una delegación de forenses a Argentina para ayudar con la identificación de los cuerpos.
De esas personas había un antropólogo forense llamado Clyde Snow que decide hacer una primera exhumación, le pide ayuda a los graduados de antropología y le dicen que no. Entonces el traductor de la delegación, que era un estudiante de medicina argentino, le dice: “Yo conozco algunos amigos que son arqueólogos y les voy a preguntar si quieren”. Así conocimos a esta persona y lo ayudamos con la primera exhumación en un cementerio de Buenos Aires. Estuvimos 2 años trabajando con él para la justicia. Hasta que en el 87 creamos legalmente el Equipo Argentino de Antropología Forense con la confianza de los familiares, de algunos jueces, y con una exposición muy grande de la academia. Éramos unas siete personas hasta el año 2021, el año que yo me voy del equipo, ya eran 70 personas con oficinas en Estados Unidos, Argentina, Sudáfrica, México y España; trabajamos en 65 países del mundo a pedido de tribunales internacionales, Cruz Roja, Naciones Unidas, etcétera.
Fuimos el primer equipo que se creó en el mundo. Desarrollamos un modelo de trabajo que integra la investigación clásica —lo que normalmente hace la policía en un caso criminal ordinario: saber dónde, cómo, cuándo y por qué desaparece una persona— con un equipo multidisciplinario que hoy en día tiene 11 disciplinas científicas, desde médicos, antropólogos, arqueólogos, odontólogos, hasta geógrafos, físicos, matemáticos, arquitectos. Fui presidente por 20 años en el equipo de los 37 que trabajé. En el año 2021, la Cruz Roja Internacional me ofrece el cargo de jefe de la unidad forense en Ginebra. Estuve dos años a cargo de la unidad que tiene 120 forenses en todo el mundo hasta que renuncié en diciembre del 2022 y me fui a España como consultor independiente hasta el día de hoy. Esa es más o menos la historia.
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¿Por qué decidió ser un antropólogo forense?
En realidad no lo decidí. Llegué a esto como mis compañeros en ese momento, no por la academia, sino por la necesidad que tenía el país. Los familiares estaban desesperados, no tenían respuesta del Estado, no le creían. Éramos un grupo de jóvenes que acompañábamos el movimiento de derechos humanos, íbamos a las marchas, protestábamos en la calle. Eran los últimos años de la dictadura argentina y los estudiantes estábamos muy politizados. De repente viene este señor norteamericano y nos ofrece hacer exhumaciones de personas desaparecidas y dijimos: nos pasamos hablando de cómo vamos a arreglar el mundo y ahora tenemos una oportunidad concreta desde lo que estamos estudiando, y nos tiramos de cabeza sin pensar nada. En una época donde todavía no se sabía qué iba a pasar con Argentina, los militares estaban todos libres, había mucho desconcierto sobre lo que iba a pasar.
Pero bueno, éramos seis personas, teníamos el apoyo de los organismos de derechos humanos que confiaron en nosotros. Ellos nos dijeron: “Nuestros hijos tenían la edad de ustedes cuando desaparecieron. Entonces queremos que nos ayuden”. Y dijimos que sí. Algunos jueces al principio creyeron en nosotros, se dieron cuenta que no era lo mismo tener un sepulturero que tener un arqueólogo haciendo una exhumación. Así comenzamos a aprender cosas que no nos habían enseñado en la universidad. No sabíamos ni cómo decirle a un familiar que encontramos a su ser querido, ni cómo se arma un proyecto de trabajo para un donante. Fuimos aprendiendo con el apoyo de alguna gente hasta que de a poco se fue pasando la voz entre los familiares.
En el año 1986 nos invitaron a Filipinas, por primera vez salimos del país, vimos otra realidad. En el año 89 fuimos a Chile, nos llamaron los familiares de detenidos desaparecidos. En el 92 ya salimos a la ex Yugoslavia, Irak y así poco a poco se fue pasando la voz. El equipo en sus 41 años de existencia nunca hizo lobby, siempre nos llaman, nunca nos ofrecemos y siempre pensamos que era muy importante formar gente local. Lo hicimos en muchos países del mundo. Cuando la gente está formada, nos vamos, no nos perpetuamos ni queremos que la gente dependa de nosotros.
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¿Cuántos años tenía cuando empezó a encontrar a los desaparecidos o exhumarlos?
Yo tenía 19 años. Mis otros cinco compañeros tenían 22, 23, 24.
Pero ¿usted qué quería ser cuando era niño? ¿Qué soñaba ser?
Futbolista. Hasta los 16 años jugué en la quinta división de Boca Juniors y mi padre me dijo un día: o estudias o sigues jugando, pero las dos cosas no se pueden hacer. Bueno, me puse a estudiar. Yo era muy malo en matemáticas y en física, así que decidí una carrera que era amplia, que no tenía matemáticas en esa época, como era la antropología. Así fue surgiendo.
¿De qué equipo es hincha?
De Boca Juniors todavía.
¿Y de qué posición jugaba?
De cinco.
¿Y por qué decidió estudiar y jugar fútbol?
No sé, por el ambiente que había en el país... El fútbol y el ambiente de la universidad era efervescente. Se pensaba que iban a cambiar las cosas e iba a haber justicia para los familiares. En América Latina siempre hablamos de cinco conceptos: verdad, justicia, reparación, memoria y no repetición. En esa época no los teníamos claros, pero sí el sentido de que la gente que había hecho esto tenía que ser juzgada y el familiar tenía derecho a recuperar los cuerpos de sus seres queridos, saber la verdad. Eso lo teníamos muy claro. Desde el principio fuimos conscientes que lo que hacíamos iba a tener repercusiones judiciales, íbamos a tener que declarar por esos casos. Estaban muy unidas las dos cosas.
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¿La consciencia social es por el mismo país que tenía el ambiente o desde tu hogar?
Soy de una familia de clase media. Mis padres eran odontólogos y farmacéuticos, no estaban involucrados en política. Pero uno veía en las calles cosas. Después, poco a poco, uno se daba cuenta que para ir a la universidad en Argentina, como en muchas partes del mundo, hay que tener suerte. Mucha gente no puede ir porque no tiene dinero. Entonces yo fui a la universidad pública y cuando terminé pensé: bueno, lo que la sociedad invirtió en mí, de alguna manera tengo que devolverlo haciendo este trabajo. La universidad nos dio una base teórica, pero interactúas con un grupo de gente haciendo su trabajo. Interactúas con un fiscal, con la policía. Los primeros años era la misma policía que había matado y desaparecido gente. Interactúas con otros forenses que no te quieren porque sos antropólogo y no sos médico. Interactúas con los familiares y te das cuenta que es todo un mundo aparte. A mí no me gusta el rótulo de “víctimas”. La gente son seres humanos, que sea una víctima es un detalle, pero es gente como vos, como yo, que piensa, tiene proyectos, sueños, trabajo. Llamarlo víctima todo el tiempo a mí nunca me gustó. Al mismo tiempo, desde el principio, teníamos un trato horizontal, no los tratamos como niños, no les decimos lo que quieren escuchar, sino lo que encontramos; no les prometemos lo que no podemos prometer. Eso reforzó mucho la relación con los familiares, en el sentido de tener siempre una relación muy horizontal, muy verdadera, donde la información no es mía, sino de ellos.
¿En algún momento sintió miedo? ¿Se sintió amenazado por los mismos policías que habían cometido los crímenes?
Hasta el día de hoy cuando veo un coche de policía en Argentina no me gusta, a pesar que he tenido que trabajar muchos años junto. En Argentina somos muy repulsivos con la policía. El miedo está siempre. A veces al principio recibimos alguna amenaza indirecta, pero nada directo. En otros países sí tuvimos que salir evacuados o no pudimos trabajar directamente. El problema es para la gente que se queda ahí. Yo tomo un avión y vuelvo. Pero sí hay momentos, contextos de guerra, que estás ahí.
¿Recuerda alguna exhumación que se le haya quedado grabada en la mente?
Hay dos casos que me quedaron marcados. El primero fue en 1992, cuando nos pidieron investigar lo que se llamó la masacre de El Mozote. Es un pueblo en El Salvador donde, en 1981, el ejército mató durante 10 días a 1000 personas, la mayoría mujeres y niños. Nos tocó abrir una fosa que tenía 152 cuerpos de niños en un espacio de 5 por 7. Ver los juguetes de los niños, los chupetes, esas cosas, fue muy fuerte. Y la vez siguiente fue mi primera vez en Bosnia; me tocó trabajar en una fosa con 250 cuerpos y me impresionó ver los zapatos. La gente estaba vestida, eran cadáveres, y ver la ropa me impresionó mucho.
A uno siempre le impresionan las cosas, pero yo lloraba mucho menos antes de lo que lloro ahora. Me emociono. A mí me emocionan dos cosas: Maradona y, a veces, cuando hablo con los familiares o se hace una entrega del cuerpo de un chico. Era más fuerte. Uno nunca se acostumbra a esto. Nunca se acostumbra porque cada persona que tenés enfrente es especial y cada persona es un mundo. Es una frase hecha, pero es así. Entonces, aportar un granito de arena para que esa persona por lo menos se sienta mejor... porque nosotros no devolvemos vida, devolvemos muertos. Por lo menos que pueda mitigar la angustia, tener un lugar donde llevar una flor, visitarlo cuando quiera; es lo que hace la diferencia.
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¿Alguna vez pensó que iba a encontrar a un desaparecido?
No. Cuando comencé trabajando buscaba desaparecidos, pero antes de eso nunca lo pensé. Teníamos la idea de encontrarlos. Para eso decidimos hacerlo y aplicar la ciencia. Eso siempre lo tenemos claro. Fracasamos muchas veces, pero cada hallazgo, notificar a un familiar, es como para un científico publicar un artículo en una revista.
¿Y recuerda lo que sintió en el primer hallazgo?
Satisfacción. Satisfacción de que lo que estaba haciendo iba a ayudar a una familia específica.
Lleva 41 años en este trabajo. ¿Cómo ha logrado mantener esa sensibilidad?
En primer lugar, trabajar en equipo. Yo no podría hacer esto solo y siempre trabajé con un equipo donde confías mucho en la otra persona. Eso ayuda mucho. Por otra parte, en mi caso, hacer otras cosas fuera de mi trabajo. Esta es una opción de vida que tomé hace 42 años, pero no mucho más. Argentina es una sociedad totalmente psicoanalizada, pero no he ido nunca a terapia, no la he necesitado.
¿Se imagina cómo hubiera sido su vida de futbolista?
Era bueno. A mí me gustaba jugar mucho al fútbol. Lo hice hasta hace 20 años. No me imagino cómo hubiera sido.
¿Cómo este trabajo empezó a tener un impacto en la política y en la memoria colectiva?
Argentina recorrió un camino desde el 84 donde se dieron diferentes pasos que fueron consolidando la versión de lo que pasó en el país. A pesar de que el nuevo gobierno tiende a negar el pasado, está consolidado a través de diferentes mecanismos: desde el arte, el cine, libros, esculturas hasta la educación. Argentina es el país que más ha hecho cosas en términos de memoria. Caminas por Buenos Aires o Córdoba y tienes una placa en el piso que dice: “Acá desapareció fulano de tal”. Lo que ha hecho nuestro trabajo es aportar algo en una tarea colectiva mucho más amplia. Nosotros solo somos una parte de la ciencia; no construimos la historia, sino que colaboramos. Por otro lado, con el tema de justicia, somos muy conscientes de que nuestro trabajo tiene repercusiones judiciales. Cada vez que declaro en un juicio en Argentina y cuento lo que encontramos, es una prueba contundente de lo sucedido. Eso da satisfacción personal y a los familiares. También está el tema de la memoria, esa construcción constante que previene el olvido para las nuevas generaciones. Me siento muy satisfecho de que desde la ciencia podemos hacer algo. Yo fui a la universidad pública, la sociedad invirtió dinero para formarme y esta es una forma de devolver lo que invirtió en mí.
¿De qué manera el trabajo que hace combate el silencio y el negacionismo?
Una foto de un cráneo con un orificio de bala en la cabeza vale más que mil palabras. Una foto de un nieto recuperado por las abuelas es lo mismo. Nuestro trabajo son datos muy concretos. Cuando hago mi trabajo no hablo de política, hablo de los hallazgos, de lo que le pasó a esa persona y cómo le pasó, fundamentado con documentación. Es muy concreto lo que ofrecemos. Después podemos discutir de política, pero el trabajo que haces en la ciencia tiene esa contundencia irrefutable.
¿Y qué opina del caso de Colombia?
Colombia ha sido el país que más ha invertido a través de diferentes mecanismos. El más novedoso es el que salió de los acuerdos de paz. Hoy en día la Unidad de Búsqueda es un modelo a nivel mundial; ningún mecanismo de búsqueda en el mundo tiene 550 funcionarios en 28 regionales y más de 100 forenses. Es un modelo en un país que aún tiene conflictos armados activos. Es muy valiente lo que está haciendo Colombia.
Al mismo tiempo, es un país que, desde la ley de Justicia y Paz y luego con la JEP, tiene una justicia que no es justicia. Para mí esta justicia es impunidad para el futuro, los perpetradores caminan por las calles libres. Nunca escuché en 42 años a un familiar que me diga: “Me quiero reconciliar con el asesino de mi familia”. Los argentinos tenemos un sentido de justicia muy arraigado; un juez analiza la prueba y juzga. Colombia es un modelo en la búsqueda, pero falta mucho. Esto tiene que ser una política estatal permanente. Es una obligación del estado porque fue el que permitió que esto sucediera. La Unidad de Búsqueda no tendría que tener un límite temporal, tiene que ser permanente, como una oficina que se sigue encargando de estos temas. Para el familiar el tiempo está parado hasta que no sepa qué pasó; está como en un limbo esperando respuestas. Por supuesto, los tiempos del familiar no son los tiempos de la búsqueda, pero ahí va Colombia.
El caso del Che Guevara. ¿Cómo fue ese proceso de hallazgo e identificación?
Lo del Che surge porque a principios de 1995 un periodista norteamericano, John Lee Anderson, le hace una entrevista a un general boliviano retirado quien dice que el Che está enterrado al costado de la pista de aterrizaje de Vallegrande, en Bolivia. La noticia da la vuelta al mundo y el gobierno de Bolivia se ve obligado a formar una comisión. Nos llaman a nosotros y se incorpora el director de medicina legal de Cuba. En el lugar señalado no encontramos nada. A los pocos meses se encontraron cuatro cuerpos de gente del Che, pero no era él. Después de un año y medio, un 7 de junio nos llamaron porque creían tener la sepultura. Viajamos y trabajamos en esa sepultura donde estaba el cuerpo del Che entre otras seis o siete personas. Se hizo la exhumación y se trasladó a Santa Cruz de la Sierra. La identificación no fue dificultosa porque teníamos los moldes dentales y las lesiones que sufrió en el Congo. Le faltaban las manos al cadáver, pero tenía la chaqueta que utilizaba.
¿Fue rápida la identificación?
Fue más o menos rápida. Todo rodeado por una presión enorme de periodistas y del gobierno boliviano, que tenía miedo de que los veteranos de guerra sacaran los cuerpos. Los cubanos se quedaron ahí como 5 años más y encontraron los otros cuerpos.
¿Y le impactó algo de ese hallazgo?
No, porque a mí los personajes famosos no me atraen particularmente. Me da igual, y lo mismo a mis compañeros.
También participó en la identificación del expresidente Allende
Con Salvador Allende nos convocaron a formar un equipo internacional en el 2011 para establecer la causa de la muerte. La versión oficial era suicidio y otra versión decía que lo habían matado. Pudimos determinar que se había suicidado.
¿Y en el caso de Neruda?
Similar. El Partido Comunista decía que lo habían envenenado. Fue un caso muy complejo porque lo que adquirimos en el cuerpo muchas veces se volatiliza. El protagonismo lo tuvieron los toxicólogos. Hasta ahora sigue habiendo una controversia sobre si lo que tienen los huesos es por envenenamiento o por los medicamentos contra el cáncer.
Ahora hablemos del padre Camilo Torres, ¿Cómo fue esa validación de la información?
La directora de la Unidad de Búsqueda me llamó hace unos 10 días. Yo colaboro y asesoro. Viajé para ver qué opinaba de la investigación y vi los restos óseos. Me pareció una investigación impecable, bien llevada, cumpliendo las diferentes etapas con diferentes disciplinas científicas. Hasta no tener la certeza, no confirmaron.
¿Cómo ha sentido trabajar bajo esa presión de encontrar, por ejemplo, al Che o ahora a Camilo Torres?
Yo recibo la presión, pero cuando uno sabe lo que hace se puede aislar. A mí no me afectó tanto ni Allende ni esto. Conozco la importancia de la figura de Camilo Torres en la historia, pero uno se concentra en el trabajo.
¿Qué sí le da orgullo del trabajo que hace?
Me parece que esto le da esperanza a las personas. Pero hay que tener cuidado con las expectativas. Hay miles de personas cuyos cuerpos fueron quemados o arrojados al río que nunca van a aparecer. O cuerpos que la tierra ácida destruyó. La investigación demuestra que hay gente que todavía puede “hablar” y que el trabajo se hace con seriedad. Pero no se van a encontrar todos los familiares, ni en Argentina ni en ningún lugar del mundo.
¿Qué se le dice a esas familias en esos casos que no van a encontrar a su ser querido?
Se dice que la ciencia ha hecho todo lo posible, que se han invertido recursos y tiempo. Pero hasta acá llegamos desde el punto de vista científico; no hay más magia. Si uno demuestra que ha agotado todos los recursos, no tiene otra forma.
¿Cuál ha sido la experiencia más compleja?
Trabajé varios años en Timor del Este. Había información de una fosa en un basurero enorme con basura acumulada durante 7 años. No había recursos en el país para investigar eso. Le tuve que decir la verdad a los familiares: técnicamente se puede hacer, pero cuesta millones y nadie lo va a pagar. Como el caso de La Escombrera, es muy complejo tener que decirle a un familiar que no voy a buscarlo más.
¿Cree que en el caso de La Escombrera se van a seguir encontrando cuerpos?
No sé. Quizás hay más y debería seguirse trabajando, pero es una inversión monetaria muy grande. Un helicóptero Black Hawk cuesta entre 25 y 40 millones de dólares; el Estado tiene que decidir las prioridades. El presupuesto de la Unidad de Búsqueda es bueno, pero el Estado decide cuánto invierte. Obviamente los desaparecidos no votan; los vivos votamos, y eso influye. Solamente 14 países del mundo tienen proyectos a largo plazo de búsqueda de desaparecidos. Eso te muestra la voluntad política mundial.
¿Cree que la falta de voluntad política es una dificultad al momento de buscar?
Sin voluntad política no se puede hacer nada. Tiene que ser una política de estado más allá de los gobiernos de turno. ¿Y quién lo empuja? La sociedad civil. Si la sociedad civil no se moviliza, no pasa nada. En Argentina, cuando intentaron achicar las penas a los militares, medio millón de personas salieron a la calle y la justicia tuvo que retroceder. La búsqueda de los desaparecidos debería ser una prioridad siempre.
¿Por qué debería ser una prioridad?
Primero, porque el Estado tiene la obligación. Segundo, porque hay que reinsertar a esas personas en la sociedad. Desde que somos Homo sapiens tenemos rituales de pasaje; cuando morimos tenemos que cumplirlos. Que una persona no pueda enterrar a sus muertos con dignidad interrumpe ese ritual y hay que revertirlo. En España, por ejemplo, no se hizo nada hasta el año 2000, cuando Emilio Silva buscó a su abuelo. A partir de ahí empezó el movimiento de memoria histórica. En América Latina tenemos la tendencia de salir a las calles y reclamar, y eso es bueno.
¿Qué le pasa a una sociedad que no busca sus desaparecidos?
Impunidad, repetición, volver a lo mismo. Si desaparezco a 500 personas y no me pasa nada, ¿por qué no voy a hacerlo de nuevo?
A sus 19 años pensaba que quería arreglar el mundo ¿Ha logrado algo de eso?
He devuelto historia. Trabajo en la microhistoria, que al final del día es la historia de un pueblo. Creo que he hecho mi contribución, muy pequeñita, en una tarea colectiva. Estoy satisfecho, aunque he fracasado muchas veces.
¿Y cómo ha mantenido la esperanza durante todo este tiempo?
Con la fuerza de los familiares. Me acuerdo la primera vez que vine a Colombia en el 91. Las señoras de ASFADDES me llevaron a Zipaquirá en un bus, cantando y riendo. Yo decía: “¿Cómo estas mujeres, con lo que les ha pasado, pueden estar así?”. La fuerza, especialmente de las mujeres, es lo que te da esperanza.
¿Qué hace Luis cuando no está buscando o identificando un desaparecido?
Leo, escucho música, voy al cine, veo a mis amigos, hago deporte. Cosas normales. Termino de trabajar y me desconecto. Más tiempo no significa más calidad.
¿Ve fútbol?
Veo fútbol todavía.
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