El 31 de julio de 1986, Susana Sampedro de Baquero recibió tres impactos de bala en su brazo y su mano derecha. Ninguno de los disparos iba para ella. El objetivo de los criminales era su esposo, el magistrado de la Corte Suprema de Justicia, Hernando Baquero Borda, uno de los togados que se salvó de morir casi nueve meses atrás en la toma y retoma del Palacio de Justicia, en el que 11 de sus colegas fueron asesinados. A pesar de los esfuerzos de su esposa, en la mañana de ese jueves, el togado no pudo escapar de un destino sentenciado por los criminales. Han pasado 40 años de la tragedia y la mujer mantiene intactos los recuerdos del padre de sus tres hijos, uno de los hombres que no cedió ante el terror del narcotráfico.
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Hernando Baquero y Susana Sampedro se enamoraron en Bogotá, en 1964, cuando tomaban clases de inglés en el Centro Colombo Americano y caminaban por las calles del centro de la ciudad para llegar a sus trabajos. Un año después de empezar su noviazgo, se casaron. De esa unión nacieron Ana, Sylvia y Hernando Borda Sampedro. Ella recuerda que llevaron por casi 20 años un matrimonio lleno de amor, respeto y colaboración. Sin embargo, la violencia que permeó el país en la década de los 80 marcó también los meses más difíciles de la familia Borda Sampedro, a la que la muerte pareció rondar cada día desde el 6 de noviembre de 1985, cuando la guerrilla del M-19 se tomó el Palacio de Justicia, en el centro de Bogotá.
El entonces magistrado de la Sala Penal estaba en una conferencia de informática jurídica, por lo cual no llegó desde temprano a su despacho como era habitual. Su esposa y su hijo Hernando se enteraron de la toma del edificio por radio y una llamada del togado los tranquilizó un poco en medio del horror que vivía el país ese día. El 6 y 7 de noviembre estuvieron encerrados en su casa y el 8 de ese mes el magistrado, acompañado por su hijo, regresó al Palacio de Justicia que, según recuerda la familia, “tenía olor a carne quemada”. Ana María y Sylvia Baquero no estaban en el país cuando ocurrió el holocausto. Se enteraron de los hechos por televisión y por la llamada que lograron tener con sus familiares.
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Las hermanas se habían ido a Alemania meses atrás para perfeccionar el idioma y solo estarían en ese país durante un año. Sin embargo, tras la toma, el magistrado les pidió buscar oportunidades académicas allí, pues sabía que Colombia no era un lugar seguro para él ni para su familia. Su esposa también lo sabía y lo vivía de primera mano. Después de la retoma, casi a diario, a la oficina del magistrado y a su casa llegaban amenazas de muerte. Muchas veces, recuerda Susana Sampedro, “las dejaba en la oficina para que ni yo ni Hernando (hijo) las viéramos”. Sin embargo, hubo una que marcó su vida. A su casa, en el barrio Niza, llegó una carta que decía: “Usted no murió en el Palacio, ahora le toca”.
Aunque le insistió por meses que se fueran del país, su esposo no accedió. “Hernando me decía ‘No me puedo ir, ¿cómo me voy si tenemos que nombrar 11 magistrados para reemplazar a los que se murieron? Y que yo invite a alguien que conozca para que venga a trabajar aquí de magistrado, ¿y salir con que me voy porque tengo miedo? No, yo no puedo hacer eso’”, recuerda Susana Sampedro. “Él era muy comprometido a pesar de que la muerte estaba encima. Fue la época más dolorosa que vivimos. Tuvimos un matrimonio muy normal, muy feliz. Pero esa época de la toma del Palacio hasta el día que lo mataron fue la más dolorosa y angustiosa”, relata. Decidido a quedarse y hacer lo correcto. La muerte lo alcanzó.
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Su hija Ana María había regresado a Colombia de vacaciones. Recuerda que quería visitar a la primera profesora que tuvo de alemán, que también le enseñó a su padre, y acordaron ir juntos a verla el 31 de julio de 1986. El magistrado Baquero Borda era muy puntual. Esa mañana su hija se demoró un par de minutos más y siguió adelante con su esposa en el Renault 6 que la Corte le había asignado con un conductor y dos guardaespaldas. Después, salió su hija en otro vehículo. En la esquina de la carrera 56 con calle 125A, un hombre en moto disparó contra el vehículo. Primero, asesinó al guardaespaldas que iba en el puesto de copiloto. Luego, al conductor. Por último, disparó contra los pasajeros.
Susana Sampedro puso su cuerpo para que su esposo no fuera herido. Pero 27 balas acabaron con su vida. Su hija Ana María llegó dos minutos después y solo vio la escena. Recuerda que el cuerpo de su padre yacía al lado del vehículo y su madre herida estaba arrodillada a su lado. “Yo lo que sentí fue impotencia. Eso es lo que le queda a uno, porque no se puede hacer nada”, señala Ana María Baquero. En medio del shock, salió a avisarle a su hermano. Aunque el dolor era grande, sabían que solo podrían hacer algo por su madre, que pasó más de un año en recuperación y sufriendo intensos dolores en el brazo herido. Su padre, como recuerda, siempre les enseñó a ser fuertes ante adversidades. Y eso hicieron.
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A pesar del dolor, Susana Sampedro, ahora viuda de Baquero, le pidió a los doctores que la atendían que no le aplicaran morfina el día del sepelio. A pesar del dolor que era casi insoportable, quería darle el último adiós, con plena conciencia, a su compañero de vida. La única que no pudo estar presente fue Sylvia, quien se enteró del crimen de su padre por una amiga de la familia en Alemania. Regresó al país un día después del entierro y no pudo ver por última vez la cara del padre que no se echó para atrás a pesar de las presiones criminales. Las investigaciones judiciales nunca llevaron a nada. Pero la familia sabe que Pablo Escobar, jefe del cartel de Medellín y líder de los llamados extraditables, ordenó su asesinato.
Sus hijos y los seis nietos que no llegó a conocer lo recuerdan como un hombre con temple y de valores inamovibles. Aún lo lloran, pero saben que vivió y murió respetando sus convicciones. “Si se hubiera ido del país, tal vez seguiría vivo, pero nunca se hubiera perdonado a sí mismo haber huido”, asegura su hija Sylvia. Por su parte, Ana María recuerda que “fue un esposo, un padre, un profesor y un servidor público que creyó profundamente en la justicia y que pagó con su vida por mantenerse fiel a sus convicciones”. Susana, su compañera de vida, aún lamenta que le hayan arrebatado al país un hombre ejemplar que, como promotor y redactor de la ley de extradición a principios de los años 80, puso a temblar a los criminales aunque le costara la vida.
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