La meticulosidad que la caracterizó no deja lugar a dudas. Su primera “Carta Vallenata” tiene fecha clara en el almanaque: sábado 27 de abril de 1968. Ese primer escrito en el diario El Espectador fue bautizado como “Carta desde Valledupar” y tenía por título “El Festival Vallenato”. Allí se refiere a lo que sería el primer Festival de la Leyenda Vallenata que se realizaría en Valledupar, del 27 al 30 de abril.
Desde el primer párrafo transpira la convicción de que ese evento (al que ella se refiere) no será uno más dentro del concierto de festivales del género que han proliferado por el país. En una cuartilla y con menos de 850 palabras, narró la historia de la Leyenda Vallenata, en la cual el festival homónimo hunde sus raíces, para que le quedase claro, a propios y foráneos, que ese certamen no sería el loco embeleco que le atribuyó con sorna el pintor Jaime Molina, ni un capricho de su imaginación, sino un evento con una identidad que amalgama el crisol de culturas que cohabitaron el Valle de Upar: tribus indígenas (tupes, chimilas, caribes, arhuacos, entre otros), negros esclavos y, por supuesto, conquistadores españoles.
Más claro lo dijo ella: “Estas fiestas son, pues, la mejor expresión de un pueblo que vive orgulloso de su tradición. Y para este año y los venideros constituirán el epicentro y base del Festival. Alrededor de ella y como espectáculos complementarios, el concurso de acordeoneros, la exposición de artesanías, las riñas de gallos y otros actos más con los que hemos intentado hacer este primer festival folclórico”. Esta primera Carta Vallenata, escrita casi 60 años atrás, sentó las bases fundacionales del festival.
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La Leyenda Vallenata debe ser el eje central del evento, como un sol alrededor del cual giran los demás planetas (concurso de acordeones, desfile de piloneras, expoartesanías, etc.). Nuestra leyenda es distinta a la del Francisco El Hombre y a otras tantas más que enriquecen la cultura caribe. En ella, una bella guaricha aparece en medio de la feroz confrontación entre indígenas y españoles, apagando flechas encendidas y guardándolas bajo su manto, reviviendo a soldados de la Corona caídos en combate y, de esta manera, poniendo fin a las rebeliones y conflictos entre unos y otros. Esa “Guaricha” (o Mujer de Milagro, como la llamaron los indígenas) no era otra que la Virgen del Rosario, Santa Patrona de Valledupar.
Así que no es coincidencia alguna que la primera vez que Consuelo Araújo envió una carta a El Espectador fue para hablar del entonces naciente Festival Vallenato, su hijo mayor, su preferido y consentido. No se desconoce, claro está, que el Festival tiene una paternidad compartida, como la misma triada fundacional de la música vallenata de caja, guacharaca y acordeón. Pero si bien Escalona y López fueron sus padres, nadie podrá negar que fue Consuelo quien crio al bebé, lo amamantó, le cambió los pañales, le lidió las fiebres y malestares, y se trasnochó como madre entregada, hasta formarlo y hacerlo grande para que caminara por sí solo.
No terminaba de reponerse del ajetreo de ese primer Festival cuando, días más tarde, en mayo de 1968, volvió a tomar la pluma para escribir una crónica más extensa y rica en detalles, bajo el título de “El mejor acordeonista del Cesar: habla Alejo Durán”, publicada en ese icónico suplemento cultural de El Espectador, el Magazín Dominical.
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En estas páginas, Alejo Durán aparece no solamente como el acordeonista que acaba de conquistar el primer Festival Vallenato de Valledupar, sino como un hombre hecho de tierra, memoria y música. Con esa capacidad increíble de curucutear, Consuelo desnuda con naturalidad los recuerdos de la infancia del juglar, transcurrida entre fincas, ganado y labores campesinas, en una vida en la que el acordeón llegó casi como llegan las cosas destinadas a quedarse: primero al oído, después a las manos y finalmente al alma.
La entrevista deja finalmente la imagen de un hombre que acaba de recibir un reconocimiento histórico, pero que continúa hablando desde la sencillez de sus raíces. Alejo Durán no aparece allí como una leyenda terminada, sino como un juglar en plena construcción de su leyenda, todavía cercano a los caminos, a las historias, a los amigos y a esa música que aprendió escuchando la vida.
Y quizá allí reside el mayor encanto de estas páginas: antes de que el tiempo convirtiera a Alejo Durán en patrimonio de la memoria vallenata, Consuelo consiguió sentarlo frente a nosotros como un hombre de carne y hueso, con sus recuerdos, sus amores, sus canciones, sus amigos, sus nostalgias y su acordeón, que en sus manos no es simplemente un instrumento: es una manera de contar la vida.
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De Consuelo de Molina a La Cacica
En estos primeros escritos ella firmaba aún “Consuelo de Molina”. Alcanzó a publicar un par más ese mismo año, 1968, con el nombre de su sección “Carta desde Valledupar”. Fue el domingo 25 de agosto de 1968 que aparece por vez primera el nombre “Carta Vallenata”, en una columna con el título “¡Nos quitaron el gobernador!”.
Allí se refiere a la intempestiva partida del entonces gobernador del Cesar, Alfonso López Michelsen, quien renunció a su cargo el 14 de agosto de 1968 para asumir la Cancillería, en el mandato del presidente Carlos Lleras Restrepo. Con un estilo mordaz y sarcástico, Consuelo lamenta la salida de López y especula sobre sus posibles sucesores. Y finaliza con una pulla (no vallenata) para Lleras: "Tú no los diste, tú nos lo quitaste, ¡maldita la gracia que nos haces!"
Desde entonces y por más de 22 años ininterrumpidos, Consuelo escribió su “Carta Vallenata” en El Espectador, diario en donde también se desempeñó como reportera y corresponsal. Fue en El Espectador donde la bautizaron con el apodo de La Cacica y fue don Guillermo Cano, quien convalidó la idea del periodista Hernán Giraldo, quien al verla, en el segundo festival, dirigir el evento como una matrona, dando órdenes aquí y allá, corrigiendo detalles, en ese perfeccionismo suyo a ultranza, Giraldo le dijo que mandaba a todos "como una gran cacica" y así se quedó.
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La historia de Consuelo, del Festival y de El Espectador se entrecruzan muchas veces. En las páginas del diario, La Cacica plasmó los bocetos de los que serían sus dos primeros libros: Vallenatología y Escalona, el hombre y el mito. Si es cierta la frase atribuida al cofundador del Washington Post, Philip Graham, de que el periodismo y los diarios son el primer borrador de la historia, es indudable que gran parte de la historia de la música vallenata, sus orígenes, sus juglares, sus reyes, su idiosincrasia, su identidad, entre otros aspectos, quedó escrita por primera vez en El Espectador, gracias a Consuelo.
Allí ella encontró un segundo hogar. Hizo amigos entrañables como el Mono Salgar, el propio Hernán Giraldo, María Jimena Dussán (posteriormente madrina de su último hijo), don Gabriel y don Guillermo Cano, Camilo Cano Busquets, entre muchos otros nombres que se me escapan.
Desde allí ejerció por más de veintidós años un periodismo valiente y combativo, caracterizado por su peculiar estilo provinciano, audaz y mordaz. A través de El Espectador, Consuelo le contó a Colombia las seductoras historias de un valle que hasta entonces cabía en una parranda y no en un diario: las de Escalona y Alejo, las de Leandro y Moralito, las de Tobías Enrique y Chico Bolaños, las de la Leyenda y la plaza, las de juglares y reyes, pero también las otras, las de un Cesar recién nacido y una provincia que exigía ser tomada en serio. Desde esas páginas, el país aprendió a leer el acordeón; y Consuelo terminó de convertirse en La Cacica.
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