Amenazas de “destripar a la izquierda”. Advertencias de “incendiar el país” y de “ir a las calles” si gana la derecha. Denuncias de presiones a las comunidades para votar en los territorios. Información de inteligencia de posibles disturbios violentos. Esta es buena parte del panorama al que llega hoy Colombia, cuando un poco más de 41 millones de ciudadanos elegirán al próximo presidente. Una decisión que define quién será el próximo huésped de la Casa de Nariño y cuál será la línea para gestionar los temas claves de la agenda nacional: la crisis en el sistema de salud, el hueco fiscal, la violencia sin tregua, los riesgos de la crisis energética, entre otros. En este contexto, el miedo y la incertidumbre han cogido fuerza.
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Por eso, y en un intento de invitar al país a una reflexión sobre la importancia de votar a consciencia, respetar los resultados, entendernos entre las diferencias y no acudir a la violencia, le hicimos tres preguntas a personas que, desde distintos sectores, saben que hoy lo más importante para Colombia es respetar la democracia, creer en las instituciones, reconocer los resultados y no recurrir a la violencia, así los propios líderes políticos busquen, en ocasiones, avivarla. Sus voces tienen un objetivo: recordar que existen instituciones sólidas, que los funcionarios públicos deben ser transparentes, que se puede confiar en la justicia y que esos valores, sea quien sea que quede elegido hoy, son innegociables.
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La primera invitación es a recordar que la diferencia no es una amenaza. “La democracia no nos pide renunciar a nuestras convicciones, pero sí nos exige reconocer la legitimidad de quienes piensan distinto”, señala Iris Marín Ortiz, defensora del Pueblo. La funcionaria agrega que, en un país que ha atravesado décadas de violencia, aceptar que el otro puede pensar diferente sin convertirse en enemigo es una condición básica para convivir. “Ninguna diferencia política justifica romper los vínculos básicos que nos permiten convivir. Pensar distinto no debería convertirnos en enemigos. Tal vez el reto más grande de la democracia no sea ganar una elección, sino aprender a habitar el desacuerdo sin destruirnos en el intento”, agregó.
Los entrevistados también hicieron un llamado a la responsabilidad de quienes hoy tienen mayor capacidad de influir en millones de personas. Para Ángela María Buitrago, exministra de Justicia, “es una obligación con el país que los políticos le bajen la intensidad a esa polarización desde ahora”. A su juicio, Colombia necesita “un lenguaje más dialogante, menos estridente y más inclusivo”, especialmente en un momento en el que cualquier palabra puede contribuir a la calma o alimentar nuevas fracturas. “Invito a reflexionar sobre cómo apoyar a Colombia en vez de rechazar la democracia, lo único que nos queda tras tanta violencia. Nuestra actitud puede y debe ayudar”, puntualizó la jurista.
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Desde la academia, el padre Harold Castilla, rector general de Uniminuto, considera indispensable que, una vez termine el escrutinio, exista “un comunicado oficial de los líderes que reconozcan los resultados y llamen a la convivencia”. Para él, la verdadera prueba democrática empieza cuando termina la votación. Una reflexión similar plantea el padre Luis Fernando Múnera, rector de la Javeriana. “La democracia no se termina el día de las elecciones, implica la opción de vivir juntos, con perspectivas diferentes”, afirma. Por eso considera especialmente peligroso “apelar al miedo y la frustración de quienes se sienten derrotados para llamarlos a convertir esos sentimientos en actos que pueden llevar a la violencia”.
La directora de Dejusticia, Diana Guzmán Rodríguez, insiste en que el desacuerdo no debe asustar. “No le tengamos miedo al desacuerdo”, sostiene. Por el contrario, considera que una sociedad en la que las ideas se confrontan en el debate público es más democrática e incluyente. “El desacuerdo político es normal. Lo importante es tramitarlo sin usar la violencia. Por eso es fundamental evitar la lógica del amigo-enemigo, atender los argumentos y evitar los ataques personales. Cuando logramos hablar sobre las diferencias sin apasionamientos y desde la escucha auténtica, podemos entender mejor al otro y descubrir mejores caminos para la convivencia”, insiste.
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Su llamado para quienes hoy se sientan derrotados es clave: “Está bien sentir que las cosas no salieron como esperábamos. Pero si queremos construir un país mejor, debemos aprender a convivir con esas emociones y transformarlas. Después de la derrota viene la posibilidad de crear algo distinto, ojalá desde la esperanza y la conexión. Lo valioso de una democracia es que en cuatro años el resultado puede ser diferente. Pero sobre todo, que durante estos cuatro años, hay muchos canales e instancias a través de los cuales tramitar las discrepancias. Mi llamado es a pensar desde la calma, bajarle a las emociones negativas, trabajar para mantener la democracia y empezar a trabajar en cómo construir un mejor futuro”.
Maximiliano Rodríguez Fernández, director del Departamento de Derecho de la Empresa y los Mercados de la Universidad Externado, hizo referencia a un hecho que, quizás, puede olvidarse entre tanta tensión política. “La pérdida de las elecciones no es el fin del mundo. Colombia tiene un sistema democrático e institucional que está diseñado para evitar abusos de poder. Un sistema que además determina la manera en que debe funcionar el Estado, sus fines y los medios para alcanzarlos. Con ese marco institucional y legal podemos tener la absoluta tranquilidad de que quien resulte elegido tendrá el deber de trabajar para y por todos los colombianos”.
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A su vez, Moisés Wasserman, profesor y exrector de la Universidad Nacional, explicó que “si una lección se puede sacar de nuestra historia reciente es que la aceptación de los resultados es la salida de menor riesgo y la estrategia que menos daños irreversibles produce. La democracia es el mejor sistema político que los humanos nos hemos inventado. Con ella podremos ver cómo nuestras visiones triunfan y nuestras posiciones políticas prevalecen. El precio que tenemos que pagar para que eso sea posible es aceptar la posibilidad de que las posiciones contrarias se impongan cuando son las de la mayoría. Solo la aceptación de ese hecho nos dará el derecho de exigir lo mismo cuando sea nuestra visión la mayoritaria”.
Desde el Centro Internacional para la Justicia Transicional, su directora para Colombia, María Camila Moreno Múnera, hizo un ejercicio de memoria clave: “Son ya casi cuatro generaciones que, de una u otra manera, han tramitado las diferencias de opinión y los debates ideológicos mediante la violencia. Pareciera que no somos capaces, como sociedad, de anteponer el diálogo y la concertación a la descalificación del que piensa distinto y a la agresión verbal y física. Ya deberíamos haber aprendido de nuestros dolores: el exterminio de la Unión Patriótica; el asesinato de líderes políticos de todas las vertientes ideológicas; la combinación de todas las formas de lucha; el cierre del espacio democrático por décadas, etc. Pero no nos podemos resignar a que la violencia política sea el único camino”.
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Sobre todo porque, agrega Moreno, en esa historia de guerra y violencia, Colombia también ha tenido momentos de “lucidez y grandeza”: la creación de la Constitución de 1991, la negociación con las Farc que terminó con 50 años de conflicto y los encuentros que han permitido el reconocimiento y reconciliación de cientos de víctimas y victimarios. “Tenemos que recordar que sí somos capaces de hablar con quien piensa distinto. Las diferencias las debemos tramitar mediante el diálogo. Debemos evitar la violencia porque podemos entrar de nuevo a una espiral de odio que solo va a dejar dolor”, advirtió Moreno, con un llamado que sirve de conclusión de cara a esta jornada electoral: “Recordemos nuestra historia y tengamos la lucidez para demostrarles a las nuevas generaciones que otros caminos son posibles”.
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