Cuatro meses después del accidente en el que cayó el avión Hércules de la Fuerza Aeroespacial Colombiana (FAC) en Puerto Leguízamo (Putumayo) —en el que viajaban 11 tripulantes, 115 soldados y dos policías—, el soldado profesional del Ejército Nacional Óscar Piedra Tejada, de 29 años, recuerda a detalle la tragedia. “Antes de abordar, todo el mundo estaba contento porque íbamos a visitar a nuestros familiares, pero nunca nos esperamos algo así. Pasó ese siniestro que nos ha cambiado la vida a muchos de los que pudimos sobrevivir”, dice.
Óscar Piedra es una de las 57 personas que sobrevivieron al accidente. Antes del siniestro tenía planeado viajar a las playas de Cartagena (Bolívar) con su esposa, Luz Miriam; y su hija, Emily Sofía, de cuatro años. Planes que quedaron en el aire cuando la aeronave se precipitó a tierra el pasado 23 de marzo, pocos minutos después de despegar. El soldado, quien se desempeñaba como socorrista de su unidad militar, recuerda que lo último que escuchó fue a una de sus compañeras decir: “Agárrense que vamos para abajo”.
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Un mes después del accidente, el coronel Luis Fernando Giraldo Escobar explicó que “aproximadamente cuatro segundos después del despegue, la aeronave impactó tres árboles”. Según detalló, el primer impacto se produjo entre el fuselaje y una sección de la hélice del motor número tres. “El segundo y el tercer árbol habrían sido impactados por la sección izquierda del fuselaje y las hélices de los motores número uno y número dos”, precisó el oficial.
Por el impacto, se desmayó. Al recuperar el conocimiento, el Hércules ya estaba envuelto en llamas. “A mí me despertó el olor a gasolina. Lo único que veía era fuego, humo y a mis compañeros atrapados. Me gritaban: ‘¡Ayuda, ayuda!’. En ese instante solo pensé en sacarlos”, recuerda. Dice que, impulsado por la adrenalina, no sintió dolor y logró rescatar entre siete y ocho de sus compañeros, entre ellos a la única mujer que sobrevivió al siniestro, la aerotécnica de la FAC Juana Valentina Lozano.
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“Lo primero que hice fue ayudar a mis compañeros a salir de debajo de los equipos, desenredarlos y sacarlos de ahí. Yo no veía ninguna salida; todo era oscuro. Entonces pensé: ‘¿Y por dónde vamos a salir?’. En ese momento miré hacia arriba y vi una luz blanca, como un bombillo. No recuerdo mucho, pero les decía a los que estaba sacando: ‘Si ven esa luz blanca, salgan por ahí, busquen salir por donde sea’. Al final, alcanzamos a salir en una fila de unas siete u ocho personas”, relata entre lágrimas.
Entre los militares que murieron en el accidente estaban amigos a quienes Óscar Piedra consideraba casi como familia. Uno de ellos era el soldado Wilmer Petevy Pantoja, a quien recuerda como una pieza clave en su carrera militar: “Eran personas exitosas, con muchos sueños por cumplir, muy dedicadas a sus familias y a su trabajo. Tenían una vocación muy bonita: ayudar, aportar y hacer las cosas bien, siempre con energía. Yo presté servicio en otra fuerza, así que no conocía mucho la vida en el Ejército, y Wilmer Petevy Pantoja fue una de las personas que me orientó, me enseñó y me ayudó a adaptarme. Andábamos de arriba para abajo y compartíamos todo el tiempo”.
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El accidente dividió la vida de Óscar en un antes y un después. Desde entonces, asegura que cambió su forma de ver la vida y que hoy procura aprovechar cada oportunidad que se le presenta. “Si Dios estuvo allí para darme esas fuerzas y esa fortaleza, para ayudar a mis compañeros, seguir viviendo y contar esta historia, es porque quizás me tiene destinado para grandes cosas. Tengo que dar lo mejor de mí en mi trabajo, asumir cada tarea con compromiso y tratar de destacar, no por ser el mejor, sino por estar entre los mejores”.
Cuatro meses después del accidente, Óscar está de nuevo en las filas del Ejército Nacional. Actualmente realiza el Curso de Mantenimiento de Armamento en la Escuela de Logística, en Bogotá, y su mayor sueño es estudiar Enfermería para especializarse en Sanidad Militar. Asegura que la tragedia cambió el rumbo de sus aspiraciones profesionales. “La verdad, yo tenía otros sueños en mente. Pero después de conocer un poco la enfermería y la especialidad de sanidad militar, se me quedó ese chip en la cabeza. Entendí que es una profesión muy bonita. Todas las cosas hay que verlas por el lado positivo”.
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Asegura que el Ejército le ha brindado acompañamiento y nuevas oportunidades. Sin embargo, reconoce que, con el paso del tiempo, la institución ha debido atender otras prioridades y que el accidente quedó atrás. “Han pasado muchas cosas desde el accidente y es normal que, con el tiempo, los días sigan pasando. Poco a poco, ese momento va quedando atrás y vienen nuevas historias y nuevos retos para el Ejército”, afirma. No obstante, asegura que, cuatro meses después del siniestro, los sobrevivientes aún no conocen nuevos detalles sobre las causas del accidente y que la última explicación que recibieron fue la entregada por las autoridades semanas después de la tragedia.
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