Pereira está en silencio. Bomberos, funcionarios de la Cruz Roja y voluntarios levantan sus puños y piden a quienes se encuentran en el parque La Libertad, en la carrera 8 con calle 13, que enmudezcan. Buscan un ruido, el más mínimo, que indique que entre los escombros todavía hay vida. Tal vez la persona más silenciosa del lugar es doña Mariela Nieto. No emite un sonido. Permanece completamente quieta, con la mirada fija en los escombros. Su hija podría estar allí, debajo de lo que hasta el lunes era un edificio de cuatro pisos. “Ella frecuentaba mucho esta zona. Pero han pasado tres días y sabemos que ya las esperanzas de encontrarla vida se agotan”, explica las madre, sentada en un anden de la cuadra.
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Doña Mariela Nieto a veces se para de la baldosa, donde no deja de rezar en silencio. Lo hace para recoger ella misma los escombros que. Ella misma quiere escarbar en esa montaña de destrucción para encontrar a Laura Estefanía López Nieto, de 26 años, madre de una niña de siete años que su abuela no desampara. Pero su hijo mayor, que llega en un momento de la noche del pasado miércoles para seguir buscando a su hermana, le pide que deje de hacerlo porque puede terminar herida. Quien lleva tres días sacando piedras sobre sus hombros es Andrés López, reservista activo de primera clase. Lo hace con la convicción de que hasta retirando el último grano de arena, va a ayudar a sacar a alguien con vida.
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A sus 23 años, Andrés llegó al parque La Libertad pocas horas después del terremoto. Ha hecho de todo. Ha removido piedras, coordinado voluntarios y repartido insumos para quien lo ha necesitado. Tiene formación en primeros auxilios y experiencia en operaciones rurales, pero nadie lo envió hasta allí. “Estoy prácticamente presto para todo, para cualquier situación”, dice. La tarea, sin embargo, se vuelve más angustiante con el paso de las horas. El martes, los rescatistas detectaron dos posibles señales de vida bajo los escombros. Por eso, cada vez que necesitan escucharlas, Andrés López levanta su mano y Mariela Nieto es la primera en quedar como una estatua.
El rescatista lleva un pasamontañas negro y un casco de bicicleta como protección. Estaba descansando cuando comenzó el temblor. Su familia está a salvo, pero tampoco se quedó en casa: mientras él escarba entre las ruinas, sus parientes reparten víveres en Pereira. Tal vez por eso insiste en que la ciudad podrá levantarse, aunque antes deberá atravesar estos días de incertidumbre. “Tengo corazonadas de que puede haber personas con vida”, asegura. Después mira de nuevo hacia los escombros y resume la única certeza que parece mantener en pie a quienes siguen buscando: “Estamos haciendo lo posible por rescatar las vidas que podamos”.
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El terremoto de 7,4 de magnitud que sacudió a Colombia el pasado 10 de agosto dejó a la capital de Risaralda sumida entre los escombros. Al cierre de esta edición, 260 personas están desaparecidas, 259 resultaron heridas y 93 fallecieron en la ciudad. En cuanto a las edificaciones, siete centros de salud se encuentran afectados, mientras que 60 colegios y edificios educativos sufrieron daños. En total, 66 edificaciones colapsaron por completo. De ellas, al menos 30 se encuentran en el barrio Providencia, uno de los sectores más afectados por el sismo. Las casas, llenas de recuerdos, fotografías, ropa y momentos compartidos, ahora son polvo.
En sus fachadas aparece marcada una X de aerosol rojo, hecha por funcionarios de diferentes entidades. El significado es tan sencillo como doloroso: los lugares donde cientos de pereiranos crecieron y construyeron sus vidas deberán ser demolidos porque ya no son habitables. Sin embargo, personas que llegaron hasta la capital de Risaralda para auxiliar a la ciudad durante la catástrofe, así como voluntarios que crecieron en el mismo sector, se organizan para repartir aguapanela y sándwiches, mientras remueven los escombros en busca de quienes aún podrían estar con vida y rescatan los restos de lo que quedó atrás después del temblor.
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A pocas cuadras, en el edificio La Lorena, ubicado en la calle 21 con avenida del Alcázar, la escena es aún más desoladora: las estructuras del conjunto se desplomaron casi por completo. Y no es un caso aislado. La misma imagen se repite en distintos puntos de Pereira, como en las viviendas aledañas a la plaza de Bolívar, en el centro de la ciudad, donde todavía existe riesgo de colapso. Pese a la conmoción, la capital de Risaralda no baja la guardia: en total, 260 personas y 15 animales han sido rescatados con vida. Personas como Mariela Nieto permanecen junto a los escombros, esperando una señal que les permita aferrarse a la esperanza de encontrar a sus seres queridos con vida.
El problema es que este jueves dejaron de escuchar señales de vida en el edificio parque La Libertad a donde doña Mariela Nieto ha llegado con devoción cristiana desde el lunes. Aún así, los rescatista continúan retirando pedazo a pedazo lo que queda del edificio. Saben que las máquinas están en la esquina. Y eso solo significa una cosa: ya no hay esperanza de encontrar vidas, por lo que la garra de retroexcavadora empezará a remover los escombros y rescatar los cadáveres. Andrés López sigue en pie, con su fe intacta de que antes de que empiece la “operación limpieza” va a encontrar a alguien con vida. Entre la multitud de gente que lo mira, detrás de una cinta de seguridad, está Hectór Fabio Arias Echeverry.
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Al parque Libertad llegó por buen amigo. Allí vivía un compadre y su pareja, que tuvieron que refugiarse en un albergue de la ciudad porque no encontraron en dónde más refugiarse. Quiso ayudarles yendo al edificio destruido para ver si podía rescatar algo de sus pertenencias. “Aquí llegué para ayudarles, pero se le robaron todo. La lavadora, la nevera, un celular y una ropa. Pero bueno, hay que seguir. Bregando a ver si encuentran a alguien con vida. Está difícil, pero lo último que se pierde es la esperanza, ¿no?”, dice Héctor Fabio.
Al cierre de esta edición, en la tarde del 13 de agosto, después de esperar a doña Mariela Nieto en el parque Libertad durante varias horas, entró una llamada a mi celular. Era ella: “Mi niña, mi hija apareció. Está viva”. La esperanza que durante tres días mantuvo a doña Mariela inmóvil frente a los escombros se hizo realidad. Es la misma a la que todavía se aferran cientos de familias en Pereira y Cali aunque, bajo las ruinas, el tiempo se agota.
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