En medio de la presión que ha intensificado Estados Unidos durante 2026, Cuba puede que estar cerca de un paso significativo que por lo menos permita aflojar la soga que aprieta el cuello de los habitantes de la isla. Con una situación permanente de apagones eléctricos, sin combustible y con una economía más que colapsada, la pregunta de qué tanto puede aguantar el país en esta situación solamente se alarga en una negociación política a expensas de una vida cotidiana llena de carencias de millones de habitantes que siguen allí.
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La gran diferencia en este contexto es que al frente, con el mazo, está Donald Trump. Un dirigente que si algo ha demostrado es que por encima de las cuestiones políticas o humanitarias están los intereses propios. Se vio en Venezuela, en donde la cooperación de Delcy Rodríguez con Washington permitió, por ahora, la supervivencia del chavismo en el poder. La diferencia es que en Cuba no hay petróleo, ni ningún recurso explotable a largo plazo más allá del turismo. Hace un mes largo, Lawrence Gumbiner, exdiplomático estadounidense, nos explicaba en El Espectador que “el método que utilizó en Venezuela es algo que a él (Trump) le gustaría repetir: quitar la cabeza y mantener la burocracia para garantizar la estabilidad del país, con la idea de que haya una transición hacia la democracia, aunque no se sabe ni cuándo ni cómo”.
Hoy parece que ese es el camino. Según USA Today, las negociaciones que estaría llevando Washington con el régimen castrista tendrían ese destino: garantizar la continuidad de los Castro en el poder a cambio de una apertura económica, flexibilización de restricciones para turistas estadounidenses y una serie de acuerdos energéticos y turísticos a cambio del levantamiento de sanciones históricas que han cercado las posibilidades internacionales de Cuba. De arranque podría ser un plan de choque que solvente las necesidades básicas de los cubanos, pues según dijo en días recientes el secretario de Estado, Marco Rubio, de origen cubano, por encima de cualquier asunto político, se trata de un país sin economía. A cambio, el doliente sería el presidente Miguel Díaz-Canel.
Pero bajo esa lógica, ¿cómo garantizar la continuidad de los Castro? ¿Existe la posibilidad de que alguna figura ocupe el rol que hoy tiene Delcy Rodríguez en Venezuela? Lo primero que habría que decir es que a diferencia del chavismo, el régimen cubano no cuenta con la pluralidad de bandos y figuras prominentes que sí tiene el gobierno venezolano. Todo esto puede interpretarse como una herencia de Fidel Castro.
“Fidel era él y punto”, explicó a BBC Mundo el politólogo e historiador cubano Armando Chaguaceda. Cuando Raúl Castro asumió el poder en 2008 en reemplazo de su hermano, la cosa cambió y su círculo familiar comenzó a cobrar cierta notoriedad. Probablemente allí está la respuesta a la incógnita sobre el relevo del poder en la isla. Según El País, serían dos los posibles interlocutores de Cuba con Estados Unidos y ambos son descendientes de Raúl: Alejandro Castro Espín, el único hijo varón del expresidente, o el primogénito de sus nietos, Raúl Rodríguez Castro, conocido como el Cangrejo. A pesar de que Castro Espín tuvo un rol clave cuando La Habana y Washington normalizaron relaciones en 2014, desde que su papá dejó formalmente la presidencia perdió relevancia en el régimen cubano. Por otro lado, del Cangrejo se ha hablado más e incluso medios como Axios lo sitúan en el centro de las conversaciones con Marco Rubio.
Se trata de un teniente coronel dentro del Ministerio del Interior que tiene poco más de 30 años y que desde los 11 se fue a vivir con su abuelo. Allí fue formado a la imagen del expresidente y al convertirse en adulto se volvió su guardaespaldas, su sombra. Según Chaguaceda, “la élite está concentrada en un pequeño grupo de ancianos envejecidos, militares o civiles, que hacen parte del Buró Político, y hay un componente familiar que es la familia de Raúl Castro”. De cierta forma es una influencia heredada. Si bien Raúl (abuelo) salió de la escena pública en 2021, son diversos los reportes de que sigue siendo quien maneja los hilos del agonizante Estado cubano.
Los registros públicos de Rodríguez Castro son pocos. A diferencia de su tío abuelo y de su abuelo, no se trata de un político de tribunas ni un discurso antiimperialista; no se conocen apariciones públicas suyas ni intervenciones en medios —a diferencia de su tío, Alejandro—. Su registro público se resume a ser la sombra de su abuelo. Estuvo con él cuando el papa Francisco visitó Cuba e hizo parte de las delegaciones estatales en visitas a México y Estados Unidos, entre otros. Sin embargo, según Telemundo existen múltiples registros de constantes viajes “a Panamá en jets privados desde 2024, con al menos una veintena de vuelos hasta finales de 2025. Estas estancias no son meras vacaciones: coinciden con fechas políticas clave y, según fuentes, implican contactos con empresarios regionales y adquisiciones de bienes de alto valor en territorios como Panamá y Venezuela”.
Un modus operandi diferente, lejos de las tribunas y los actos populistas, pero que dejan ver que su vocación militar y actividad clandestina le han garantizado cierta influencia que puede ser clave en los días venideros para Cuba. De ser cierto el plan de Trump, que ha insinuado en ocasiones como una “toma amistosa” de la isla, quien quiera que quede a la cabeza del Estado cubano tendrá que explicar cómo las mismas banderas que por más de 60 años fueron oposición en la región de Estados Unidos ahora pasen más allá de mantener relaciones diplomáticas a una alineación con sus intereses en el hemisferio.
Lo cierto, según el opositor cubano y secretario del Consejo para la Transición Democrática en Cuba, Manuel Cuesta Morúa, es que “en la presentación oficial donde Díaz-Canel reconoce que están en negociaciones con Estados Unidos él estaba presente. Allí, como se vio en las imágenes, luego hubo una reunión del Consejo de Ministros y él también estaba presente en esa reunión. Creo que sí sería lo más cercano, pero con una modalidad cubana: no con una ruptura dentro de la élite, sino con un desplazamiento de la élite hacia una mayor participación de la familia Castro en la conducción de un momento crítico para ellos”. Por ahí va el asunto, concluye.
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