
A Luiz Inácio Lula da Silva, como decimos en Colombia, “se le apareció la virgen” en la última semana de la campaña electoral por la presidencia en Brasil. Un rumor en redes sociales acusó a Flávio Bolsonaro, su principal contendor e hijo del expresidente Jair Bolsonaro, de querer retirarle el título de patrona de Brasil a la virgen de la Aparecida, uno de los símbolos religiosos más importantes para los católicos en el país y una figura que trasciende la Iglesia, pues también es un emblema nacional y popular. Esto no tardó en llegar a las casas.
Aila Ceres Santos, doctoranda en Lingüística Aplicada de la Universidad Federal de Rio Grande do Sul, se enteró por su mamá: “¿Viste lo último? Flávio Bolsonaro quiere quitar a Nuestra Señora Aparecida como patrona de Brasil”, le preguntó. “Quedó como un chisme, una ‘fake news’ que no sabíamos si de verdad era cierta, ni de dónde había salido”, cuenta.
Todo era falso, según la campaña de Bolsonaro, pero no salió de la nada. La chispa la encendió el propio Flávio, que se declara evangélico, cuando prometió que, de ganar, declararía que Brasil “le pertenece a Jesucristo”. Los evangélicos, en general, rechazan la veneración de los santos y de la virgen, que muchas de sus iglesias consideran idolatría. Para un evangélico, entonces, esa declaración era un guiño a su base. Pero esto resulta incómodo para los católicos.
Para entenderlo desde Colombia, imagine que un candidato evangélico promete que, si gana, declarará que el país le pertenece a Jesucristo. Eso, sin duda, despertaría alarmas por la separación entre Iglesia y Estado que tenemos. A muchos católicos no les preocuparía la parte de Jesús en esa oración, sino la pregunta que queda en el aire: ¿y qué pasa con la Virgen de Chiquinquirá, coronada como patrona en 1919? En la práctica, nada cambiaría para un creyente, pero sí se afectaría el lugar del catolicismo en la identidad nacional. Eso es precisamente lo que alarmó a los católicos en Brasil.
“Hoy tenemos este escenario que pone a Brasil como el país con el mayor número de católicos del mundo, pero también tenemos otras religiones, por nuestro sincretismo religioso. Pero hoy en día uno va a las encuestas y encuentra que la religión evangélica se está sobreponiendo a la católica en Brasil”, explica Santos.
La ley dice que la Virgen es patrona de todo Brasil, no solo de los católicos. Reducirla a “patrona de los católicos” la convertiría en el símbolo de un grupo, ya no del país. Esto fue justamente lo que intentó hacer en 2007 el entonces diputado Victório Galli, pastor evangélico, que presentó un proyecto para cambiar la expresión “Patrona de Brasil” por “Patrona de los brasileños católicos apostólicos romanos”.
La Cámara rechazó el proyecto por unanimidad en julio de 2008 y lo archivó en agosto de ese año. Pero Galli, cabe destacar, se integró al gobierno del expresidente Jair Bolsonaro en 2019 como asesor especial de la presidencia, y hoy vuelve a ser candidato a la Cámara. Entre los católicos hay un temor basado en antecedentes, por lo que el círculo evangélico que rodea a Flávio pueda hacer con la dirección no solo política sino también espiritual del país, y que estas viejas ideas se retomen.
Hay, además, una herida más profunda. El 12 de octubre de 1995, hace 31 años, Sérgio von Helder, un obispo de la Iglesia Universal del Reino de Dios, pateó una imagen de la virgen en un programa de televisión, desatando un escándalo nacional y hoy recordado como la gran ofensa de los evangélicos a los católicos. Así, este rumor terminó reavivando lo que es una vieja disputa muy sensible para la nación.
“Estamos en un ambiente polarizado con tono de guerra santa. Entonces, la guerra se hace en nombre de Dios, en nombre del Señor Jesucristo, ‘dueño de Brasil’, contra Nuestra Señora, contra quien no se puede ir, porque representa a la mujer, a la madre, a la protectora, a la intercesora. Esto mueve el imaginario y toca una fibra religiosa altamente sensible”, dijo a la AFP la profesora de Antropología de la Religión de la Universidad de Campinas, Brenda Carranza.
La campaña de Lula no dejó pasar la oportunidad para explotar esto. Luego de que el rumor se viralizó en redes y empezó a causar impacto, la primera dama, Janja da Silva, publicó una foto del presidente sosteniendo la imagen. Por su parte, el vicepresidente Geraldo Alckmin grabó un video en el que prometió que las tradiciones religiosas estarían protegidas en un eventual nuevo gobierno. Lula también habló.
“Mientras sea presidente de la República, nadie va a burlarse de Nuestra Señora de Aparecida”, prometió el presidente y candidato, quien no dudó en alimentar la polémica.
Incluso después de desmentirse el rumor, Lula dijo en televisión que no sabía si de verdad se trataba de una noticia falsa. Flávio, por su parte, negó cualquier intención de cambiar el título de la virgen y apareció en São Paulo con una imagen de Aparecida en las manos.
Lo que parecía entonces un episodio más de desinformación en la última semana deja ver algo mucho más grande: por primera vez en décadas, es la izquierda la que agita la bandera religiosa en Brasil. Durante casi cuarenta años la carta de la fe fue patrimonio de la derecha. Desde 1989, pastores evangélicos advertían que el Partido de los Trabajadores cerraría las iglesias, y en 2010 el tema del aborto se usó contra Dilma Rousseff.
Apenas en 2018 la religión fue clave en la victoria de Jair Bolsonaro, empujada por la creciente comunidad evangélica y por un eslogan que lo decía todo: “Brasil por encima de todo, Dios por encima de todos”.
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Para el sociólogo Alexandre Landim, autor de “O Deus das urnas” (“El Dios de las urnas”), la novedad está en la forma inédita en que la izquierda usa estos mensajes en una disputa religiosa con la derecha. Hasta ahora, explica, esa retórica era exclusiva de la derecha, y hoy “la retórica es muy parecida, solo que con el signo cambiado”. Según Landim, en esta recta final, sin un debate intenso, las campañas entendieron que la religión anima al electorado.
La transición, sin embargo, no empezó con el rumor de la Virgen, sino que viene de un giro de los últimos meses. En agosto, decenas de obispos del movimiento “Diálogo pelo Reino” publicaron una carta contra lo que llamaron “conservadurismo autoritario” y a favor de opciones electorales comprometidas con los pobres, la democracia, la soberanía y el medio ambiente.
Una comisión de la Conferencia Nacional de los Obispos de Brasil (CNBB) lanzó además una serie titulada “Elecciones 2026: Acción Sociotransformadora por la Soberanía”. En la misa del 7 de septiembre, Orlando Brandes, arzobispo emérito de Aparecida, llamó a los fieles a defender la soberanía. Y el cardenal Leonardo Steiner, arzobispo de Manaos, fue el más directo: “Vote por la democracia”.
Ninguno pidió votar por Lula, y la posición oficial de la CNBB es que no indica candidatos ni partidos. Pero las palabras usadas por los obispos católicosrecientemente en sus homilías son justamente las que se asocian con las banderas del gobierno y de la campaña de Lula, como la defensa de la soberanía, impulsada por los choques diplomáticos con el gobierno de Donald Trump.
¿Tuvo esto algún efecto? Las encuestas registraron el movimiento, aunque no lo pueden aislar. Según Datafolha, en la semana del rumor Lula pasó de 45 % a 50 % de preferencia entre los católicos, mientras Flávio se mantuvo en torno al 32 %. Quaest midió un salto similar, de 43 % a 48 %. Entre los evangélicos ocurrió lo contrario: en Datafolha, Flávio subió de 47 % a 52 %. Si esos datos son acertados, el episodio no solo acercó a los católicos a Lula, sino que también hizo cerrar filas a los evangélicos alrededor de Flávio.
Sin embargo, es difícil atribuir la oscilación específicamente a la polémica de la virgen, porque coincidió con otras medidas, como la prohibición de las apuestas en línea. Y los cambios entre los católicos están al borde del margen de error, de tres puntos.
El voto católico, además, no es un bloque. Según el Instituto de Estudios de la Religión (ISER), la ventaja de Lula entre católicos se sostiene en los votantes negros y pardos, mientras que entre los católicos blancos hay empate. Y Lula tiende a ser más rechazado entre quienes se declaran practicantes, que representan el 31 % de la población.
El propio Landim no cree que las declaraciones de los obispos cambien la orientación del voto, porque entre los católicos lo que dice un líder religioso pesa aún menos que entre los evangélicos. Aun así, en una carrera tan estrecha, unos pocos puntos y una pequeña oscilación en un grupo específico de votantes pueden decidir quién gobierna.
Y teniendo en cuenta que el próximo 12 de octubre Brasil celebra a su patrona con un feriado nacional, menos de dos semanas antes de una eventual segunda vuelta,prevista para el 25, el fenómeno de la virgen de Aparecida y la controversia está lejos de terminar en la campaña y podría inclinar la aguja en el punto final.
Más allá del domingo, el episodio deja abierta una pregunta de fondo: ¿Qué indica esto hacia adelante? Sería tentador leer un giro global de los católicos hacia la izquierda, empujado por un Vaticano que, primero con Francisco y ahora con León XIV, ha puesto el acento en los pobres, los migrantes y el medio ambiente. De hecho, el jesuita Luís Corrêa Lima, profesor de la PUC-Rio, vincula los mensajes de los obispos brasileños con la doctrina social de la Iglesia y con documentos recientes de ambos papas.
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Sin embargo, los fieles no siempre siguen a sus pastores. En Estados Unidos, el 54 % de los católicos votó por Trump en 2024, según la AP. Y allá se repitió la misma fractura que el ISER encuentra en Brasil: cerca de seis de cada diez católicos blancos apoyaron a Trump, mientras seis de cada diez católicos latinos respaldaron a Kamala Harris. La fe, en ambos países, se cruza con la raza y la clase.
Lo que Brasil puede mostrarnos, entonces, no es tanto un viraje ideológico de los católicos hacia el progresismo, que sería la primera lectura al ver la controversia sobre la virgen y el renovado apoyo a Lula, sino algo más inquietante: la identidad religiosa se está convirtiendo en una frontera política. Cuando una fe se vuelve la bandera de un partido, la otra fe termina definiéndose en la oposición. Y esto es un problema.
“Una introducción excesiva de la religión en la política tiende a fomentar mayor polarización y puede aumentar los niveles de intolerancia”, advierte Marcela Ríos Tobar, directora para América Latina de IDEA Internacional.
El riesgo, explica, crece cuando las iglesias abandonan su papel de mediadoras y se abanderan con un sector, hasta convertirse en movimientos políticos. Y las democracias, recuerda, están diseñadas para regular la competencia entre partidos, no el comportamiento de las iglesias.
Es cierto que la jerarquía de la Iglesia comparte con la izquierda causas como los pobres, la Amazonía o la soberanía, y que los obispos venían hablando de ellas desde agosto. Pero lo que movió a los fieles en la última semana no fue una política pública, sino la sensación de que su fe, que durante siglos definió al país, estaba siendo desplazada por otra.
Para el filósofo Rodrigo Nunes, de la PUC-Rio, la polémica fue una reacción a la actividad política cada vez más agresiva de las iglesias evangélicas, que desafía la posición tácita del catolicismo como religión dominante. Y ahí hay un riesgo enorme, si estos elementos empiezan a ser explotados por las campañas políticas.
Activar al elector a través de la religión puede funcionar, pero como proyecto de país es dañino, porque genera animosidad religiosa. Ríos Tobar comparte la advertencia. La religión en la política, dice, puede ser una expresión legítima de los ciudadanos en una democracia abierta y competitiva, pero cambia cuando entran en juego los dogmas.
“Es un arma peligrosa de utilizar desde la política si se utiliza para fortalecer posiciones extremas y dogmáticas”, advierte. Por eso, concluye, “hay que tener extremo cuidado en la relación entre política y religión para que no se transforme en una dinámica de debilitamiento de las normas y de la convivencia democrática”.
“La religión no debería pesar a la hora de votar, pero pesa, y mucho. Tenemos una polarización muy grande hoy en Brasil entre el catolicismo y la religión evangélica, y lamentablemente nos estamos definiendo a partir de la religión para decidir también nuestro voto”, agrega Santos.
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