20 Apr 2020 - 9:59 p. m.

Coronavirus: El viacrucis de quedar atrapada en la India siendo colombiana

El drama de los colombianos varados en el exterior por cuenta del coronavirus no cesa. Este es el relato de una mujer que cuenta lo difícil que ha sido sobrevivir un mes en la India, en donde se ha visto expuesta a situaciones como el hambre, el estrés, la discriminación y el acoso sexual.
Jesús Mesa

Jesús Mesa

Periodista

Alexandra Salazar Echeverry es colombiana y lleva más de un mes atrapada en la India por cuenta de la cuarentena global para evitar la propagación del nuevo coronavirus. El Espectador publica su relato sobre su experiencia en el país asiático, en donde se encuentran varados cerca de 130 colombianos que esperan pronto volver al país

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El 3 de febrero toqué suelo indio. Se encontraron en mí un sinfín de emociones, solo comparables a cumplir un sueño. Esa aceleración de los latidos al conocer algo nuevo, recorrer las calles congestionadas de Delhi, subirse en uno de los trenes que lucen tan locos como se ven en las películas, llegar a una escuela de yoguis a convivir por un mes con más de 30 extraños, estar al lado del Ganges, estar en el medio de los Himalaya… Viajar siempre me ha dejado una gran lección.

Pero este viaje traería una lección más, una que compartiría ya no solo con algunos viajeros, sino también con el mundo entero.

El 20 de marzo me encontraba en la ciudad de Rishikesh, al norte de la India, conocida como la capital del yoga. Los planes de viajar a Nepal y Tailandia se habían cancelado desde que las fronteras cerraron por aquello que a esa fecha ya llenaba las redes y medios: El Coronavirus.

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Llevaba días sin dormir pensando en volver o no al país. A mi viaje aun le quedaba un mes más. Ahorré tres años para viajar tres meses, era un sueño que se estaba tornando gris. Las finanzas personales tenían el mayor peso en la balanza de mi decisión, no la salud, ni el inminente riesgo de quedar atrapada, mucho menos lo que se me avecinaba y yo ciegamente no veía.

Ese día desperté con un mensaje de mi padre: “llámame cuando despiertes”. Me dio las noticias en Colombia. El presidente finalmente había tomado la decisión de cerrar todas las fronteras del país a partir del 23 de marzo. Tenía tres días para volver, tres días y medio gracias a la diferencia horaria. Por otro lado, el gobierno indio anunciaba un toque de queda para el domingo 22 de marzo desde las 7:00 de la mañana.

A las 10:00 de la mañana, personal del hostal ingresó a la habitación que compartía con otras nueve personas: “you have to go. Se había dado la orden a todos los hoteles y hostales de cerrar y sacar a los extranjeros, así que teníamos hasta medio día para irnos. Tomé mi decisión. “Me voy”, me dije.

Pagué el doble en tiquetes para llegar a Europa con conexión por Dubái y Budapest hasta Barcelona. Afortunadamente Avianca cambio sin costo mi tiquete de regreso a Colombia para el 22 de marzo. Empecé una carrera contrarreloj que tendría algunos giros. Tomé un tren a Delhi y llegué al siguiente día. Cielo despejado y azul, parques llenos de color, sin tráfico, cualquiera diría que me equivoqué de ciudad.

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Pero en el aeropuerto me dijeron “el vuelo está cancelado”. Reaccioné después de varios segundos y la aerolínea demoró más de tres horas lidiar con los más de 20 pasajeros de diferentes nacionalidades que no podían volar. Todos en las mismas condiciones, desesperados por volver a casa.

El gobierno de los Emiratos Árabes Unidos decidió justo esa mañana del 21 de marzo, cerrar sus fronteras y no le permitió a la aerolínea embarcar a personas que no fueran nacionales de ese país. “Solo diplomáticos y tripulación”, nos decían, pero no había ni un diplomático ni un árabe. La única opción para alcanzar mi vuelo a Barcelona era un vuelo de 1.200 euros por Londres, pero ya no me daba el presupuesto.

Mi migraña aún no alcanzaba su punto máximo al entender que había quedado atrapada y ya contaba con la presión de quedarme o no en Delhi, si debía moverme antes del toque de queda. En el aeropuerto ya se escuchaban las historias de xenofobia en dicha ciudad, las rupias seguramente rendirían menos y no sabía por cuánto tiempo más esto se iba alargar. Y pensar que dos meses atrás me reía del alboroto en las redes por una “gripa”.

Hablé con mis compañeros de hostal que aún estaban en Rishikesh. Habían encontrado una residencia donde alojarse y cocinar. Es una ciudad más amable con los turistas, el dinero rendiría más y decidí volver. Alisté mi celular, busqué el tren y vi que salía uno a las 3:30 de la tarde. Llegué corriendo con mis dos maletas al punto de compra de tiquetes y no me atendieron. Era turista, debía ir a otro punto. Allí tampoco me atendieron, “no tourist” me decían.

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Entre intentar comprar el tiquete en una máquina, correr detrás de alguien que tomo mi maleta y discutir con aquella persona. Perdí el tren. Era un recorrido de 8 horas, mi última opción viable antes del toque de queda. Me senté a llorar. Nuevamente revisé mi celular, una última esperanza. Un tren que salía a las 10:00 de la noche y que llegaba en la mañana a Haridward. Llegaría sobre el tiempo.

El tren de la noche es más peligroso. Ser mujer y extranjera aumenta el riesgo. Ese día alguien me persiguió al interior del tren, parecía estar borracho. Cuando encontré mi silla se sentó diagonal a mí, me miraba y hacía gestos sexuales son sus manos. Le pedí ayuda a alguien que estaba cerca y la policía decidió quedarse conmigo. En la siguiente estación se escuchaban gritos afuera, me hicieron mirar. Al hombre que me acosó lo golpearon con palos y patadas. Llegué sobre el tiempo. Por haber llegado en medio del toque de queda, no me registraron en la residencia. Debía decir que estaba de paso en caso de que preguntaran. Esa noche extendieron la cuarentena.

Me vi obligada a esconderme dos veces en los siguientes días. A los vecinos no les gustaba nuestra presencia y llamaban a la policía. El 1 de abril lograron registrarme, luego de que 4 de las 6 personas que estábamos inicialmente lograran volver a sus casas, repatriadas por sus gobiernos. Mi situación es más estable ahora, tenemos algunas horas al día para salir a comprar los víveres. Si salgo debo taparme y la policía no nos deja cruzar al otro lado del pueblo. Cada vez que hay una luz, aparece un obstáculo que genera sombra.

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Hace unas semanas fui agregada a un grupo de Whatsapp de colombianos en India. Tuve la fortuna de conocer algunos que viajaban por turismo antes de que esta situación estallara. Ellos también quedaron atrapados, su vuelo era el 24 de marzo. En ese momento éramos 100 colombianos en India registrados ante el cónsul y el ministerio de relaciones exteriores de nuestro país, pero a hoy somos aproximadamente 130. Del consulado nos llaman casi a diario y nos preguntan si estamos bien de salud, si tenemos techo y comida.

Y si yo tengo una historia, cada una de las personas que componen este grupo también la tienen. Infortunadamente no todos pueden responderle al consulado de forma afirmativa.

En el grupo muchos callan, pero siempre leen. Otros hablamos cada que podemos, algunos son líderes natos como Alexander y Astrid, otros están dispuestos siempre a apoyar, hay artistas, periodistas, ingenieros, chefs, empresarios, abogados, arquitectos, negociadores, profesores de yoga, psicólogos y estudiantes.

Pero sobre todo hay madres como Victoria, que tiene a su niña menor de un año esperándola en casa, o Lina María, con su bebe de 4 meses, Laura, una mujer embarazada con 3 meses que ha sufrido algunos problemas de salud debido al estrés. También hay padres, como Hernando, quien se encuentra en un templo en Brindaban, acogido por los devotos de su religión, quienes no piden más que una oración a cambio de una comida al día. O como Jair, que se encuentra al sur de la India, donde los casos de Xenofobia son más severos.

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Hay mujeres a quienes las han acosado sexualmente luego de ofrecerles ayuda, a una de ellas por la misma policía, o como Ana Marcela, quien se ha visto obligada a esconderse constantemente en la casa de algunos amigos que la acogieron debido a que reciben visitas constantes de la policía quienes preguntan si albergan algún extranjero. De encontrarla, sus amigos enfrentarían hasta ocho meses de cárcel y a ella la sacarían del lugar. Y así varios casos como como Jonathan, un agente de viajes que quedó atrapado en Delhi con 3 adultos mayores, Jairo (70), Leonor (65) y Olga Cecilia (69), a quienes cuida, y niños como Noah, Maximo, Kunwar y Verma.

Los recursos a todos se nos acaban. No todos tienen la fortuna de contar con familiares o amigos que puedan apoyarlos así que dependen de la ayuda que el Estado Colombiano ha informado que proveerá, pero que sigue sin llegar. Físicamente aun resistimos, pues por suerte ninguno está infectado por el COVID-19. Pero, hay otras enfermedades que si nos afligen. Lo más crítico es nuestra mente, nuestro estado de ánimo, nuestra salud mental, talvez la batalla más dura a la que nos enfrentamos día a día.

En este grupo que se ha convertido en mi nuevo círculo social, nos apoyamos, nos enviamos constantemente mensajes de fortaleza, nos desahogamos, nos reímos de los memes que nunca faltan, nos inventamos ideas para salir de esta, escribimos cartas, hacemos videos, exploramos opciones. En este grupo no nos quedamos quietos, sabemos que nos tenemos los unos a los otros cuando los demás nos fallan.

Este grupo hoy ocupa un gran espacio en el capítulo de la India en la historia de mi vida. Hoy pedimos ayuda del gobierno para que, al igual que nosotros, no se quede quieto, y pueda gestionarnos corredores humanitarios y nos ayude a salir de la India. Para que nos ayude a volver a casa. #queremosvolveracasa, #quierovolveracasa.

Si usted está viviendo una situación similar a la de Alexandra y quiere contarnos su experiencia, escribanos a jmesa@elespectador.com

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