Notas al vuelo

Abrocharse el cinturón

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Bajo un entorno de incertidumbre, expectativas y sobradas dosis de cautela, continúa el lento y gradual proceso de reactivación de las operaciones aéreas internacionales. La mayoría de los países levantan las talanqueras que impiden el acceso a sus territorios en procura de retomar el ritmo de la actividad, duramente asolada por la cuarentena, sobre la que se soportan sectores estratégicos de la economía como el turismo y el comercio.

Al 1° de septiembre, el 53% de los destinos globales —equivalente a 115 lugares del mundo— habían abierto sus aeropuertos para el servicio internacional, 28 más que la lista divulgada al inicio de la segunda quincena de julio. Las economías avanzadas, en un 79%, según cifras de la Organización Mundial de Turismo (OMT), lideran la apertura de sus territorios, caso contrario a lo que sucede con los países emergentes, que en buen número mantienen puesto el freno: solo el 47% ha dispuesto reducir las restricciones de viaje.

Todavía, 93 destinos en el planeta, cerca del 43% del total, persisten en priorizar el aislamiento hermético —algunos con más de 30 semanas ininterrumpidas—, presionados por el avance de la crisis sanitaria. El grueso de ese paquete está conformado por países vulnerables económica y socialmente, que tienen, además, una marcada dependencia del transporte aéreo para la movilización de turistas y viajeros.

En América Latina el despegue de la aviación se desenvuelve de manera pausada, a través de una parsimoniosa incursión en el mercado, tanto el doméstico como el internacional. Varios países incluyen sus nombres en el portafolio de las conexiones aéreas, conforme superan el pico del contagio, y para finales de octubre se espera que las señales de normalización se extiendan a todo el continente, cuando los gobiernos, sin excepción, hayan esclarecido el marco de sus aperturas.

Ecuador, que navegó entre la emergencia humanitaria y la debacle económica, fue el primer país suramericano en reabrir fronteras aéreas, en junio pasado; Brasil lo hizo en julio, y Bolivia, el 1° de septiembre; Uruguay y Paraguay tienen todo el andamiaje preparado, mientras Perú anuncia luz verde en octubre y Argentina sigue sumida en vacilaciones. En el norte, México y República Dominicana reanudaron sus vuelos en junio; Costa Rica, Honduras y Nicaragua, en agosto; El Salvador y Guatemala arrancaron este mes, mientras Panamá lo hará en el próximo.

Colombia se acaba de sumar esta semana a la lista de naciones que comienzan a diseñar ese nuevo trazado de la aviación comercial en el espacio aéreo internacional, luego del aislamiento obligatorio y la consecuente parálisis a que ha estado sometida por la pandemia del coronavirus durante un semestre. El arranque de la operación empieza con una tímida y estrecha cobertura de mercado, compartida con siete países de la región, que será repartida entre las aerolíneas acreditadas de acuerdo con sus intereses comerciales y la viabilidad de los destinos.

Las operaciones se ampliarán a nuevos lugares en la medida en que los demás gobiernos con los que existen acuerdos bilaterales abran fronteras, activen rutas y permitan el intercambio, y se garantice por parte de las terminales aéreas que se ponga en servicio no solo la capacidad para atender los vuelos, sino el cumplimiento de los protocolos de bioseguridad.

El inicio de esta nueva fase, largamente esperada por el sector, fija la trayectoria de lo que será para el país un proceso de reactivación aérea escalonado y en cámara lenta. La reanudación de las operaciones internacionales, dos meses después de abrirse el espacio aéreo a las domésticas, es el paso que precede a la aviación normalizada, la de la reapertura total, y con él se propende por la sostenibilidad del sector aeronáutico nacional y de toda su cadena de valor, en la que el turismo y el comercio son grandes beneficiarios.

El transporte aéreo es un servicio público esencial y su retorno gradual será determinante para la reactivación de la movilidad y la integración del territorio. La prohibición de sus servicios tenía en trance a las compañías de aviación que, consecuente con el desolador panorama que se vive en el mundo, enfrentan situaciones financieras delicadas y arrastran problemas de liquidez. La parálisis local ha generado pérdidas cercanas a los US$4.000 millones y ha provocado un fuerte impacto en el PIB, al que le aporta US$7.500 millones, equivalentes al 2,7%. Su incidencia, medida además en 600.000 empleos directos e indirectos, se refleja en el flujo de la inversión y en la formación de capital.

Entre tanto, la situación sanitaria sigue sobresaltada en el mundo, con el continente americano como epicentro de la pandemia. Al cierre de la primera quincena de este mes, la región en su conjunto registraba 8,3 millones de casos y más de 310.000 muertes. De los siete países con los que se iniciaron conexiones aéreas, tres de ellos —Estados Unidos, Brasil y México— presentan un considerable aumento de contagios, los dos primeros con el mayor número de muertes en el mundo. Los otros cuatro —Ecuador, Bolivia, Guatemala y República Dominicana— atraviesan una relativa etapa de estabilización.

En medio de la peor turbulencia de su historia y bajo la amenaza latente de la pandemia y sus rebrotes, la aviación comercial potencia motores para emprender un largo recorrido hacia su próximo destino. Para superar la crisis, transformar en éxito la calamidad y alcanzar la velocidad de crucero —posiblemente hasta 2023—, será inevitable que tenga que abrocharse el cinturón y, necesariamente, apretarse el bolsillo.

Posdata. Por resolución del Gobierno Nacional cada pasajero que salga del país deberá presentar prueba PCR de COVID-19 con resultado negativo, tomada en un plazo no mayor de 96 horas previas a la fecha del vuelo, y a cada viajero que llegue a Colombia se le practicará la prueba de coronavirus y se le condicionará a guardar cuarentena por 14 días.

gsilvarivas@gmail.com

@Gsilvar5

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