Al maestro Jorge Cardona

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La única vez que lo vi desencajado, y con razón, fue cuando en un partido del torneo interno del periódico un adversario lo cogió mal parado y le fracturó la tibia y el peroné. Su rostro palideció, hizo una mueca de dolor y salió en hombros, como los buenos y aguerridos toreros. Comenzó para él una etapa muy parecida a la que ha llevado por casi 35 años en El Espectador: trabajó día a día por su recuperación, con la disciplina de un atleta, el rigor de un juez, la precisión de un cirujano y la visión de un sabio.

Atributos suficientes para que Jorge Cardona haya sido reconocido con el Premio Simón Bolívar a Vida y Obra de un Periodista, de un verdadero maestro, que no sólo sigue corriendo como si fuera la primera vez, sino que conserva la esencia de lo que lo ha hecho grande: defender la justicia, ser preciso en lo que habla, dice y hace, y, por supuesto, tener la capacidad y el olfato de ir siempre un paso adelante de los demás, pero sin arrogancia ni suficiencia, sino de la mano de su inteligencia y su humildad.

Nunca entendí bien, menos mal, por qué un economista, hincha de Millonarios, terminó siendo uno de los pilares fundamentales, precisamente, del periódico que fue capaz de enfrentarse a los más encopetados grupos económicos y cuyos dueños vestían con orgullo los colores del Independiente Santa Fe, el rival de plaza de los azules.

Eso como anécdota, porque Jorge Cardona es al periodismo lo que Pelé al fútbol y Adam Smith a la economía, para bien de la humanidad, y ahí entro yo para dar testimonio de un gran maestro, de un líder natural hecho a pulso, pero no exento de pecado.

Él mismo cuenta que apenas despuntaba como reportero, la noticia lo cogió tan mal parado como ese día del partido de fútbol, pero ahora no había fractura, sino vergüenza: acababan de asesinar al candidato presidencial Luis Carlos Galán, en Soacha, y Jorge corrió a buscar un teléfono para pedir en la emisora para la que trabajaba que lo pusieran al aire para dar la primicia. Se la dieron y con la sangre caliente de los buenos toreros dijo: “Atención, acaban de asesinar a Luis Carlos Sarmiento”. El banquero. Gajes del oficio, diría yo.

Tal vez de esa experiencia, que Jorge convirtió en humildad, es que se acostumbró a revisar cada palabra, medir cada afirmación y asegurarse de que los postigos de la redacción siempre estén tan bien cerrados que no permitan que se filtren las reclamaciones.

Jorge huele a papel periódico. En sus bolsillos no carga billetera, sino cuadernos Norma que, al día de hoy, no sé todavía cómo hace para doblarlos de tal manera que le caben en la parte trasera del pantalón y, lo mejor, que nadie pueda leer con facilidad lo que en ellos escribe. Así como el Grupo Bolívar le ha reconocido su Vida y Obra, la compañía Norma debería premiar su fidelidad o hacerlo cliente ilustre y compartirle dividendos.

Esa periódico-dependencia de la que sufre Jorge Cardona es proporcional a la contraindicación que carga por los eventos públicos, los cocteles, el agite social y los círculos de poder, porque de no ser por sus apellidos y ser hincha de los Millonarios, podría decirse que Jorge es más Cano que Cardona. Para bien del periódico y del oficio.

Hubiera querido felicitarlo personalmente, pero quizás a esta hora esté cumpliendo con su ritual de siempre: sentado en cualquier rincón con una de las tantas colecciones del periódico, amarillas por el polvo, revisando cada una de sus páginas con la precisión de un cirujano, el rigor de un juez, el arrojo de un torero y la madurez de un sabio que ya sabe que en El Espectador está parte de su vida y por completo su obra.

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