Por: Alejandro Marín

Cancelado Lollapalooza Colombia: Corre, Lolla, Corre

La historia de la cancelación más importante de un festival privado antes de que tuviera tiempo de nacer.

Hace un poco más de 15 días me senté con Sergio Pabón a almorzar salchichas alemanas en la 85. Pabón está al frente de la organización T310/Absent Papa, un negocio pujante de entretenimiento que ha abierto trocha cultural en Colombia y pavimentado el camino para que la música internacional esté cada vez más presente en el país en el panorama de conciertos en vivo. Pabón es alto y delgado; de pelo y bigote negro y corto pasado por canas presidenciales. Su voz es ronca pero plácida; articula bien al hablar. Es un hombre educado. No sé dónde, pero uno sabe de estas cosas. (Lea. Conoce qué pasará con el dinero de tus boletas para Lollapalooza). 

Nada ostentoso en su vestir, podría decirse a simple vista, de lejos, que es un millennial más, en un mar de jóvenes colombianos que transitan a diario por la 85. Pero Pabón lleva en su celular los conjuros que estallan cada cierto tiempo convertidos en afiches, en anuncios, en preventas, en boletas, en euforia, en públicos masivos. El whatsapp no deja de brillarle en el teléfono y cada minuto que invierte hablando conmigo es un minuto perdido en una agenda ofuscada en la que bookers y promotores internacionales, agencias, abogados, clientes, vendedores y artistas ambiciosos se pelean por su atención.

Sergio tiene en su celular el poder de los festivales más grandes del mundo, para Colombia.

O de pronto no.

Llego media hora tarde. Pabón es puntual. Le he quedado mal dos veces esta semana. Tengo la cabeza enredada. Quisiera el temple y la disciplina aparentes de Sergio, pero soy otro tipo de animal. No hago festivales. No hago conciertos. No me interesan. No me gustan mucho, la verdad. Y después de conocerlo por más de cinco años, prefiero seguir vendiendo cuñas y cuidando emisoras de otros. Algunos nacimos para ese tipo de cosas.

Después de un kebab y una cerveza, de conversar furtivamente sobre el día, el trancón, el agite diario, Pabón saca el celular. Abre un mail y descarga un archivo. El archivo es un jpg del cartel de Lollapalooza Colombia, la tercera franquicia que C3 Presents y la agencia William Morris logran coronar en territorio latinoamericano. Me lo muestra con el secretismo típico de los T310/AbsentPapa; él y sus socios han aprendido a guardar secretos. Han aprendido a hacer negocios de música. De música internacional. Pabón y compañía han apostado por la gran experiencia festivalera, inspirados en viajes al exterior, viendo crecer a Coachella, gozándose la música desde el vivo, una pasión que comparten con probablemente toda la juventud colombiana, independientemente de la clase social. Han traído a Nine Inch Nails. A los Arctic Monkeys. A LCD Soundsystem, dos noches antes de que se retiraran. Han hecho the xx. Tame Impala.

Pero no todo fue grande desde el principio, porque nadie arranca a caminar desde el natalicio. Comenzaron haciendo Bajofondo hace 15 años en el Downtown 7/27 y han ido creciendo, contra viento y marea y contra la cultura de la gratuidad que Rock Al Parque fomentó, inicialmente con el buen fin de promover la cultura por la cultura y que luego se convirtió en una herramienta más de las maquinarias políticas para sedar al pueblo a punta de tamales, mogollas y metal gratis.

Pabón me muestra el archivo. El fondo es azul, tirando a púrpura. El logo es famoso. Es Lollapalooza. Por primera vez en Colombia. El festival de Perry Farrell, el fundador de Jane's Addiction. El festival de C3 Presents. Los nombres están en colores vistosos. Veo cosas muy grandes. Veo artistas que me emocionan en el cartel. Unas semanas después, esos artistas irán desapareciendo del cartel, por la dificultad de tener un festival como Lolla completamente aislado de un circuito. Veré desaparecer a los Stereophonics; veré cómo desaparece Madeon, como la chica en Transmilenio que te echó el ojo y te gustó, y con la que te imaginaste la experiencia de la vida, pero que se baja en la estación de Las Aguas y jamás la vuelves a ver...

Trato de memorizar todos los artistas, para llegar a casa a contarle a mi esposa. No puedo evitarlo: me gusta el cartel. Me lleno de euforia, pero trato de ocultarla. Sergio la siente. Igual, guarda silencio. Me pregunta qué pienso. Le digo que es un buen cartel. Me gusta el headliner. Me parece ganador. Hay otros nombres allí que muchos queremos ver. Luego me confiesa que por enésima vez -esta puede ser la cuarta vez que me los menciona- pidió a Arcade Fire para traerlos. Es amante furibundo del grupo. No tienen nada nuevo. No importa. Es uno de sus sueños: traer a Arcade Fire. Me cuenta que por razones personales -alguien amigo de la banda se casa y no pueden bajar- dicen nuevamente que no.

Sin que tengan un solo punto de comparación, pero pensando aún en nombres grandes, en las mediciones que les dan los comentarios en social media, en Facebook, Pabón me dice que al no estar disponible lo que quiere que la gente vea, agenda lo que la gente ha pedido. Y por eso está allí Lana Del Rey. No es mentira. En el anuncio de Estéreo Picnic 2015, en octubre de 2014, la gran decepción -fuera de Coldplay, que no giró ese año, sino el siguiente- es que Del Rey no esté en el cartel.

Semanas después, la presencia de Del Rey en el cartel de Lolla será el polo completamente opuesto de 2014: será el objeto más poderoso y contundente que lanzará la turba enfurecida contra el anuncio del festival Lollapalooza Colombia y contra sus organizadores. Será el disgusto más grande de la opinión pública, o por lo menos, así se sentirá para todos los que veremos pasar en tiempo real, tuit tras tuit, comentario tras comentario en facebook, odio tras odio, a los anónimos y a los fanáticos, lanzando escupa, piedras y veneno contra el cartel anunciado, cual paseo de la vergüenza, deseoso de sangre, oprobioso y vulgar, cual escena de Game Of Thrones.

Dos semanas después, Sergio y sus socios de T310/Absent Papa cancelan Lollapalooza Colombia.

***

José Norberto Flesch es un periodista de Brasil, pero más que eso, es uno de los trolls de empresarios más grandes de América Latina. En su cuenta en Twitter, que siguen más de 99.000 personas, “derrama la leche” de cuanto evento pasa por América Latina, sin pudor y sin remordimiento. Es un personaje vil y oscuro, que se esconde detrás de un avatar con la cara del comediante Jerry Lewis y un amarillista letrero tipo meme que dice "Stay Tuned!", como una especie de pérfida imagen del tío Sam de los sapos que le caen a la sopa del negocio del entretenimiento en América Latina. Personajes como Flesch hacen sufrir a los empresarios por anunciar conciertos de manera extraoficial; nunca he entendido verdaderamente cuál es el misterio de anunciar a un artista, pero entiendo que haya detrás de hacer un anuncio cierto deseo de controlar todo como lo hacen los gringos.

Flesch especula días antes de mi reunión con Pabón que el encabezado de Lollapalooza Colombia es Rihanna. Ha dado en el blanco múltiples veces, por lo que su credibilidad es sostenida más por su audacia que por las veces en las que se ha descachado. En esta ocasión particular, se descachó mal, pero igual, las redes explotan incontrolables y pronto empiezan las multitudes detrás de los computadores y los móviles a preguntarnos a los medios. Muchos no decimos nada. ¿Qué vamos a decir? No sabemos. Algunos. En mi caso, prefiero no saberlo. Es demasiado problema.

Lollapalooza Norteamérica viene alimentando el Estéreo Picnic desde 2012, cuando las primeras franquicias empezaron a florecer en América Del Sur. Brasil, Chile, Argentina. El circuito es bastante conveniente. Farrell, fundador de Lolla, le decía a Billboard hace un par de años que gracias a ese circuito muchos artistas que cobran sumas altísimas de dinero pueden venir a Suramérica por menos plata. Es un negocio de agencias. Es un negocio de abogados. De bookers.

El negocio comienza en la primavera, con el lanzamiento de Coachella. De allí muchos artistas bajan a hacer Vive Latino en México y luego van hasta el final del continente, a Argentina, a Chile y luego a Brasil. Paran en Colombia y hacen el Picnic.

Estéreo Picnic, sin embargo, es una idea colombiana que comenzó siendo pequeña y que en la medida en que ha ido avanzando el tiempo y la industria de la música se ha ido acomodando a las nuevas dinámicas de negocios se convirtió en una gran empresa de entretenimiento. Cuando New Order vino a Suramérica a comienzos de la década, vino a hacer Lolla y Picnic. Lo mismo los Killers. Los Peppers. Jack White. Los Kings Of Leon. Vampire Weekend. Calvin Harris.

Pero Lollapalooza es un monstruo más grande. Es un animal fuerte y respaldado, y una marca codiciada. De manera que, pase lo que pase, terminará haciéndose en Colombia. Y la mejor forma de hacerlo es que el Picnic mute y se convierta en Lolla. Pero sus organizadores aún aman la idea del Picnic; es el festival de ellos. De alguna manera también ha sido el mío. Y estoy seguro que el de mucha gente. Así no lo reconozcan.

El Picnic es un pionero en la experiencia festivalera del nuevo milenio desde lo privado y es un éxito después de muchos años de perder y de remar. Ha sido también una plataforma importante para música local que nació en el circuito nacional alternativo en vivo de la pasada década y de la actual: Bomba, Periné, los Fellas, los Alcolirykoz, la Crew Peligrosos, Pedrina y Rio, Juan Pablo Vega, Herencia de Timbiquí. La lista es larga. El esfuerzo también. Los frutos muchos. La memoria: poca.

Al convertirse en una fuerza comercial codiciada e independiente, Picnic empieza a volverse un animal que deja entrever las cosas buenas y las malas de la cultura de la música en Colombia: hay bandas, hay músicos, hay grabaciones, hay gente, hay anunciantes, hay plata, hay ganas. Hay trancones. Enormes. Imposibles. No hay vías. No hay lugares donde hacer esto. El Simón no lo prestan.

Efestival empieza a crecer, en la conciencia de la gente, la gente empieza a apropiarse del concepto, de la idea. Lo critican pero lo visitan. La gente viene a ver a estos artistas. El abanico de la música en vivo, precario y escaso hace diez años, de repente se abre, como un penacho de colores musicales, como un pavo real, evidenciando el poder de un público hermoso e inteligente y el potencial de una ciudad como Bogotá de convertirse en una verdadera y legítima ciudad de festivales. En Miami al Ultra, con sus problemas de drogas y líos de alcohol, la Alcaldía les abre la puerta. En Chicago, el librito de bolsillo del festival que le entregan a uno a la entrada tiene una carta escrita por el alcalde Rahm Emmanuel: “Bienvenido a Chicago. Bienvenido a Lollapalooza”. En todas partes las ciudades saben, o parecen saber, el poder que tiene la cultura, el poder de convocatoria y el enorme poder financiero que traen a la ciudad. En Bogotá…no tanto.

El festival sigue creciendo, respaldado por Lolla. De repente la ciudad se llena de “festivales”; ahora todo el mundo quiere hacer un festival. Nada malo en ello, dicen por ahí que no hay mejor cumplido que cuando te copian las ideas. Pocos sobreviven. El Picnic se mantiene.

Hasta que alguien que no sea el Picnic quiera comprar la franquicia de Lolla para Colombia. Ahí sí estamos todos en problemas.

***

De manera que no queda otra opción: o matar el Picnic y rebautizarlo, o comprar Lollapalooza y hacerlo en otra fecha. Lolla se anuncia en octubre de 2015 para octubre de 2016. T310/Absent Papa prometen una experiencia para la familia y prometen algo aún más interesante: usar el Simón Bolívar. Quizá vaya por buen camino todo.

Los meses siguientes prueban ser los más difíciles para T310/Absent Papa. Anuncian el Estéreo Picnic 2016 y se van de nuevo al parque de la 222 a sufrir y a pelear, a cantar y a llorar con un gran cartel. Nuevamente los Lollas vecinos dan de beber a la sedienta multitud colombiana. Pero en octubre no habrá Lollas. En octubre no hay circuitos cercanos.

Así que arrancan a hacer la que me dijo Gabriel García en una comida el 27 de mayo es “la tarea más dura de booking de nuestras carreras”. Al no tener el circuito de Lolla en octubre, los esfuerzos son monetariamente más costosos. Hay que traer a los artistas a un show, en muchas ocasiones un show que no tiene una gira, o una gira que no pasa por Colombia porque está en Europa o en otra parte. El secreto se mantiene bien guardado hasta la fecha del anuncio, y todo parece marchar bien. Hay expectativa del público y una preventa exitosa con el Grupo Aval de 10.000 boletas, que esperan se duplique cuando la gente conozca el cartel.

Horas antes de que el cartel se anuncie, el artista principal decide retirarse. Pabón me llama preocupado a las 11 y 30 de la noche. Me dice que van a hacer el anuncio de todos modos. Yo tengo un directo vendido desde Armando Records con una agencia de viajes. No sé qué decir. ¿Qué dice uno ahí? ¿Cómo echarse para atrás?

Al día siguiente vamos al directo. Tenemos fallas técnicas. El anuncio no queda bien registrado en radio. Empiezo a monitorear redes. A las 10 de la mañana hay una avalancha de improperios y de insultos. No reviso el Facebook. Solo miro Twitter. Salgo al aire y trato de calmar los ánimos. Vamos a desayunar con los de la emisora. Atiendo las múltiples quejas de la gente. La gente esperaba a Radiohead. Otros dicen que Queen. Otros que Metallica. En términos generales, la reacción es tan negativa que provoca cerrar el Twitter.

Contesto todas y cada una de las inquietudes que aparecen por el frente. Peleo por el cartel. No me parece un mal cartel. Es una lástima no tener el encabezado, pero confío en que lo tendrán pronto. Invito a Pabón y a Philippe a que usen la emisora para hablar del cartel. Nada sale bien. La gente sigue brava. No hay cómo explicarlo. Hay cosas en este negocio -porque esto es un negocio- que simplemente no se pueden decir.

Me asombra, entre otras cosas, el odio contra los locales. En particular contra Krápula. Que es tan de aquí, tan de estas calles, de esta gente. Como si no hubieran tocado nunca. No menciono el tema. Escribo un post tratando de explicar por qué creo que el cartel está bien, comparado con las ediciones previas de Estéreo Picnic y, por supuesto, de los Lollas latinos. Se replica muchas veces, en muchas ocasiones por trolls y detractores. En el amanecer del sábado 19, pasado de copas, escribo algo más sentido, pido que se calmen los comentarios. Que se diga todo con respeto, con amor. Imploro un poco.

Al día siguiente, me levanto y leo el post. What the fuck. Que pase lo que tenga que pasar. Y lo borro.

Viajo a Miami a verme con J Balvin el lunes en la mañana. Sergio Pabón y Santiago Vélez viajan a Austin, Texas, a intentar cerrar el nombre principal. Hay varios nombres en la lista. Uno acepta. Cobra el 30% más. Llego a Los Angeles el miércoles y el jueves, en el teatro Novo, me encuentro con alguien de una agencia grande, de las que ayuda a traer artistas a Colombia. Hablamos un poco. “Son muy buenos muchachos”, me dice la fuente, “hemos hecho cosas muy buenas con ellos. Me entristece que esto les esté pasando”.

La conversación no puede ser más desalentadora. Me tomo unos whiskeys y me deja el avión. Ese fin de semana la paso con Dilson Díaz de La Pestilencia viendo sus ensayos para la gira de los 30 años. Díaz me dice que se sintió amenazado por el cartel de Lolla, hasta que vio el cartel. Dice que sintió rabia al verlo; yo sigo sin entender cómo un festival que tiene a The Weeknd y a Sam Smith como headliners siga siendo visto como “un festival de rock”. Lo discutimos abiertamente. No llegamos a un acuerdo. Es normal.

Y ahora, solo queda esperar. Un empresario conocido me dice tarde en la noche que "los T310 saldrán de esta”. El golpe financiero es duro. Algunos shows se harán, como Disclosure. Otros habrá que pagarlos, independientemente de que no vengan. Está en el contrato. Algunos en full, otros el 50%.

¿Qué le dices a los patrocinadores? ¿Cómo negocias con los anunciantes? ¿Cómo recuperas la credibilidad? Son preguntas que irán resolviendo en la medida en que pasen las horas.

Y surgen ya muchas más, de carácter personal:  ¿estamos preparados para avanzar en el desarrollo cultural? ¿Aprenderemos a disfrutar de los esfuerzos colectivos para poner a Bogotá en el mapa del entretenimiento mundial sin vituperar a los locales y sin demeritar todos los esfuerzos? ¿Aprenderemos a descubrir cosas nuevas? ¿Construiremos esta audiencia como una audiencia ejemplar, o nos contentaremos con seguir estando veinte años atrasados en el tiempo, pensando en los lollas del 91 y añorando a los Guns N' Roses? ¿Estamos preparados como público?

Pero la que más me raya el coco es: ¿En realidad vale la pena? 

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