Chile y sus nativos

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La fotografía muestra a un grupo de jóvenes chilenos izando la bandera Mapuche en la plaza central de Santiago. Los opinadores de prensa encuentran irónico que un emblema ‘del pasado’ haya llegado a significar un futuro posible. ¿Por qué? ¿Cuál es el papel de la ironía en la escritura de una constitución diferente? En otro proceso constitucional reciente, el del pueblo Ashinaabe de Norteamérica, los redactores decidieron incluir una cláusula que protege la ironía. Pues se trata de un medio universal para hacer presente el desacuerdo.

¿Que significa entonces haber izado la bandera de un grupo indígena y no la del estado nacional? Una pregunta clave para la Asamblea Constitucional chilena será aquella de la organización política. En los contextos amerindios, constitutivos y contemporáneos, la cuestión de la organización política se postula en términos de movimiento, no estáticos. No tanto como una cuestión de relaciones de reconocimiento y complementariedad dentro de un sistema coherente basado de reglas y voluntades constantes en una jurisdicción espacial bien determinada. En cambio, “soberanía significa aquí la capacidad y visión para moverse en la imaginación en el sentido de los derechos sustantivos al movimiento de las comunidades nativas”, explica el redactor principal de la Constitución Ashinaabe del 2013 Gerald Vizenor.

En vez de oponer al poder colonial alguna versión de soberanía que imita al estado colonial, con territorios cerrados y tiempos estáticos o fríos, ‘movimiento’ implica aquí un tipo de organización no circunscrita por el cierre territorial. Aunque los derechos territoriales son un desafío para sociedades nativas afectadas por el desplazamiento forzado, la expropiación, la eliminación de formas comunes, diplomacia ecológica y reciprocidad, el punto es que la política de demandas territoriales no necesita seguir los modelos coloniales que han resultado insuficientes.

Es la lección que debemos en Colombia a Orlando Fals Borda, y que nos negamos a escuchar. En el contexto de las reivindicaciones de soberanía nativa, las prácticas iuris-creativas sacan a la luz la incoherencia de instituciones y rúbricas aparentemente consistentes que a menudo son utilizadas para evaluar la validez de estas reivindicaciones: por ejemplo, la idea de un nativismo intocado por la historia y el cambio.

Si esta presunción de vivir un tiempo inmóvil o frio es la condición de que se les conceda el estatus de ‘indios’ en el status quo del colonialismo interno de los estados-nación existentes, entonces el renovado énfasis en la inestabilidad y el movimiento a la hora de articular las reivindicaciones de los pueblos basadas en su derecho a la autodeterminación da a éstos los puntos de inflexión de un proceso de diferenciación histórica, orientación y transformación, así como la confianza en la dirección que ellos mismos otorgan al acto transformador: los conflictos y la disidencia, la imaginación, diferencia y desigualdad.

Cuestionar el control territorial que reduce la cuestión de la organización política a una cuestión de límites y otras líneas de demarcación (fronteras, muros, la muralla del color, la policía y las guerras de auto-defensa de tales fronteras) abre la pregunta de la organización política a la cuestión no menos practica pero si más amplia de las relaciones inter-generacionales y la justicia histórica.

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