El año de los rectores

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El sábado 18 de abril, dos días antes del retorno a clases de manera remota, un grupo de rectores entregó material pedagógico para que no se detuviera el proceso educativo de los 2.500 estudiantes que viven en Ureña, Venezuela, y que cada madrugada pasaban la frontera, se montaban en un bus y llegaban a seis colegios ubicados en Cúcuta. Esta acción la siguieron haciendo durante todo el año, logrando coordinar agencias de cooperación y autoridades de ambos países, en una frontera que desde su cierre ha visto transitar la educación que no paró. Este esfuerzo impidió la deserción de estudiantes que esperan no tener que pasar por trochas cuando vuelvan a abrirse las aulas en sus colegios.

El rector de un colegio oficial puede tener a su cargo más de 4.000 estudiantes, 200 docentes y, cuando tiene suerte, un par de personas que le ayudan con aseo, vigilancia y temas administrativos. Bajo su responsabilidad está la custodia y el mantenimiento de dos o cuatro sedes educativas. Pero cuando se es rector en la ruralidad, esta cifra llega hasta 16 sedes, como ocurre con el Instituto Técnico Jorge Gaitán Durán en Cúcuta. Ser rector implica administrar un escaso presupuesto para arreglos locativos o inversiones en calidad. En ocasiones sus instituciones son priorizadas por alguna iniciativa de la administración local, pero esto no depende de las necesidades educativas, sino del comportamiento político de la región.

A este panorama se sumó la pandemia. El 15 de marzo se 6 las clases presenciales y el 20 de abril comenzó esa extraña realidad de una educación remota y en casa. Esta modalidad, con más creatividad que conectividad, permitió terminar el año más duro de sus vidas profesionales. Su liderazgo hizo posible que las guías de aprendizaje, cuadernillos, datos móviles y la alimentación escolar continuaran llegando a sus estudiantes. Detrás de cada acción y cada material pedagógico que era recibido por los niños, niñas y jóvenes en sus hogares, estaba cifrado el cariño y el amor que tienen por ellos.

Pocos servidores públicos conocen de primera mano el nivel de precariedad en que viven las comunidades que atienden. Muchos rectores organizaron jornadas con sus equipos de trabajo para entregar mercados a los estudiantes y sus familias, gestionaron ayudas y priorizaron a los más vulnerables entre los vulnerables. Estas decisiones se toman con dolor y rabia pues quisieran llegar a todos sin tener que explicarles a los acudientes y a las comunidades por qué no fueron llamados en esa oportunidad.

Al terminar el año, cada rector decidió la mejor forma de graduar a sus estudiantes de once. Algunos organizaron ceremonias bioseguras, otros crearon ingeniosas despedidas virtuales para su comunidad educativa y hubo quienes recorrieron puerta a puerta las casas de los estudiantes para entregarles su diploma.

Ha sido un año largo para los rectores y las rectoras y, aunque los estudiantes ya hayan salido a vacaciones, ellos siguen pensando la mejor forma de regresar a clases en 2021. No será una decisión fácil, pero harán todo lo que esté a su alcance para lograrlo. Hay que acompañarlos en sus decisiones, porque este año demostraron que están dispuestos a todo para garantizar los derechos y el bienestar de sus comunidades.

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