Elecciones y lecciones

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El peor enemigo de los Estados Unidos no estaba fuera, en países lejanos de arenas calcinantes o de selvas indomables, sino en lo más profundo de su propio terreno. El mayor peligro no eran los musulmanes de piel morena ni los comunistas obreros sucesores de Stalin o de Mao, sino un rico, rubio, encorbatado, sosteniendo con sonrisa de sádico una Biblia en la mano. Tanto declarar guerras en tierras ajenas para protegerse del enemigo, para descubrir, a fin de cuentas, que el monstruo había crecido tranquilo adentro, sin que nadie le pusiera coto. Muy caro están pagando los estadounidenses el error de creer que siempre el problema son los otros. Donald Trump es el producto destilado de un par de rasgos claves de ese capitalismo del que hasta ahora se había sentido tan orgulloso el país del norte: el individuo como medida de todas las cosas y las ganancias monetarias por encima de todo lo demás. Olvidaron que nadie, como decía John Donne, es una isla, un ser completo en sí mismo, sino que se debe a una comunidad (cada día más grande y que ya podemos decir que abarca a todo el planeta); y que nada justifica el afán de lucro si eso implica pasar por encima de los valores de la compasión, la solidaridad y la mesura. El resultado fue un monstruo de la egolatría, resuelto a prevalecer por encima de todo, aunque para ello tuviera que sembrar una destrucción salvaje a su paso.

Los colombianos hemos girado en torno a ese modelo, en una órbita sumisa y carente de espíritu crítico, y también a nosotros nos está llegando la hora de sentarnos a pensar en el futuro que queremos. Las próximas elecciones presidenciales parecen lejanas, pero el tiempo apremia. Los dos candidatos a presidente que más aparecen en los cálculos que hacen los “expertos” representan, cada uno de ellos, las dos características que tienen en vilo a la democracia estadounidense. Aquí, en nuestro trópico, en un extremo tenemos a los adoradores del capitalismo sin corazón, el uso de la fuerza bruta y las mentiras para meter miedo (pienso en Uribe y sus áulicos de derecha), y en el otro extremo tenemos el personalismo ególatra, la autocracia vanidosa y pendenciera que se vende como la salvación de un mesías maquillado de hijo del pueblo (pienso en Petro y su arrogancia bolivariana). Todavía estamos a tiempo de buscar propuestas mesuradas, de candidatos que respeten y cultiven conceptos que nunca pasarán de moda: la experticia técnica, la compasión lúcida, la búsqueda serena del bien común, que son los rasgos a los que debe aspirar todo político que quiera cumplir con un deber que va mucho más allá de los límites chatos de su partido. ¿En el 2022, caeremos de nuevo en la trampa de poner en la silla del presidente a uno de esos buscavotos, untados de la misma porquería de siempre, con la excusa fácil de que más vale malo conocido que bueno por conocer? Tendremos que ser audaces.

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