La “gente” contra Jineth Bedoya

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En Estados Unidos los procesos criminales se dividen entre los intereses del público y los intereses del acusado o defendido. En algunos estados esta dicotomía se hace evidente con el nombre que se les otorga a los casos. Cuando un jugador de fútbol americano estuvo en juicio, por ejemplo, el caso se llamó: “The People v. O. J. Simpson” (“La gente contra O. J. Simpson”). Esto da la idea de que existe un interés público del que hace parte la gente, que es defendido por el representante de la Fiscalía o de eso que se entiende en teoría como lo público.

La idea de “la gente” se me vino a la cabeza con el caso de Jineth Bedoya. Pensé en el modelo de lo que debería ser la justicia: que quienes representan a “la gente” de hecho estén en la búsqueda de la verdad y tengan la convicción de que eso que todos consideramos el “bien común” se lleve a cabo. Aunque en el caso de Bedoya ante la Corte IDH el Estado entra como parte y requiere también de una defensa jurídica, uno esperaría que después de toda la evidencia su papel fuera distinto al de una contraparte ranchada.

Como sociedad llevamos años oyendo el cruel y devastador caso de Bedoya. Hemos visto la inhumana revictimización que la valiente periodista ha tenido que padecer. Jueces ya condenaron a Mario Jaimes Mejía, el Panadero; a Alejandro Cárdenas, JJ, y a Jesús Emiro Pereira, Huevoepisca, a 28, 30 y 40 años de prisión por el secuestro, la tortura y la violación de la periodista. Hoy en día Bedoya es además una abanderada de las víctimas de violencia sexual. ¿Es en serio que para Camilo Gómez la mejor estrategia es recusar a casi todos los jueces, retirarse y después proponerle a la víctima que sean “amiguis”? ¿No ha pensado el director de la Agencia Nacional de Defensa Jurídica del Estado que su estrategia de litigio es pobre jurídicamente, además de insensible?

Después de tantos años de daño, Gómez, el representante del Estado, de “la gente”, nos dice de nuevo que la violencia contra la mujer es un asunto de segunda. Que el caso icónico de violación y maltrato a una mujer por parte de miembros de grupos armados dentro de una entidad custodiada por la Fuerza Pública se puede tratar como un jueguito de abogados. Que el Estado prefiere asumir la actitud pretenciosa e irrespetuosa de las instituciones a lo Trump, de “yo tengo la razón”, en lugar de disculparse públicamente y asumir su parte de la responsabilidad. ¿Será que nuestro Estado realmente no es de la gente? Pregunto porque, hasta donde tenía entendido, la gente incluía a las mujeres.

Claro, el Estado sí debe velar por sus intereses, pero debe pensar también en lo que lo hace viable: la verdad, la justicia, el pacto social y sobre todo el cuidado de sus ciudadanos. Un Estado que piensa en la verdad aprende a repensarse y a replantearse, crece y mejora. Uno que se dedica a negar sus fallas se queda en el simplismo mediocre que, por su falta de grandeza, solo puede ser cruel.

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