Los muertos que no se van

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Es difícil mirar al futuro con algo de esperanza cuando pasamos tanto tiempo sin resolver los dolores del pasado. Para escribir esta columna me sumergí en mis archivos de los tiempos idos y fueron apareciendo esos muertos que no acabamos de enterrar. Estaba buscando una entrevista que le hicimos a Álvaro Gómez Hurtado con un colega de la revista Cromos en 1990 y mientras pasaba las páginas encontré a Luis Carlos Galán, Carlos Pizarro y tantos otros que también nos siguen rondando desde el más allá. Tal vez porque no acabamos de conocer las verdades sobre nuestra violencia y porque no hay justicia seguimos patinando en la misma desgracia.

No hay castigo para los crímenes, la impunidad alimenta las nuevas violencias y damos vueltas sobre lo mismo. Después de mucho buscar la entrevista descubrí que no estaba en mi archivo, aunque el viaje al pasado me sirvió para recordar el contexto de esos años duros cuando los muertos todavía tenían nombre porque íbamos de magnicidio en magnicidio. Hoy los muertos se olvidan cuando los cuerpos no se acaban de enfriar. ¿Quién hará justicia por los anónimos si no hemos podido hacerla en esos grandes asesinatos? Mi colega de entrevista de la época la encontró y me mandó una versión de fotografía por WhatsApp. Leí lo que nos dijo Álvaro Gómez después de las elecciones de 1990. Habló del narcotráfico como alimento de la violencia, de los grupismos en los partidos, de la Constituyente que venía, de la búsqueda de la paz... todo suena conocido porque todo sigue en la agenda de hoy. Hasta su muerte, porque de alguna manera aquellos que se han ido por la violencia nunca acaban de irse.

Cuando se acerca el aniversario 25 del crimen de Álvaro Gómez, toca barajar y repartir de nuevo con la versión de las Farc que no estaba en las cuentas. Me sorprende, y hasta me da envidia, la certeza de los que tienen su veredicto en las redes sociales con una claridad que ya quisiéramos en los investigadores. Que no fueron las Farc. Que sí fueron. Durante muchos años las teorías y las declaraciones se han movido sobre las alternativas del crimen de Estado o la conspiración contra un gobierno elegido con ayuda de dineros del narcotráfico. Ahora, las Farc.

Muchos de los que se manifiestan quieren ver sangre en la arena. Aquí por lo general no se reclama justicia con ecuanimidad, sino venganza para los enemigos y gabelas para los amigos. A los periodistas nos piden sentencias sin tener en cuenta que no es nuestro trabajo y que este caso, como otros, le quedó grande a la justicia. Doce fiscales generales, entre titulares y encargados, lo han tenido en sus manos o en sus cajones. En cada aniversario el de turno renueva los compromisos con la verdad y la justicia y de eso poco, entre otras razones, porque la investigación ha sido desviada varias veces. Eso de los testigos falsos no es cosa de hoy, es de siempre.

Lo que más recuerdo de la entrevista a Álvaro Gómez no fue lo que dijo con la grabadora encendida, fue el regaño con el que nos saludó apenas cruzamos la puerta de su casa. Estaba molesto por una entrevista anterior y nos dio una lección de periodismo: “Se puede editar lo que dice un entrevistado, pero no se puede tergiversar ni sacar de contexto”. Es un resumen que no le hace justicia al brillante llamado de atención que nos hizo sobre el deber ser del periodismo y que acatamos sin responder porque tenía la razón. Agradezco ese regaño. Cuánta falta nos hace entender la importancia del contexto, ese que necesitamos hoy para saber lo qué pasó el día de los muertos de 1995. Ese que se olvida cuando se usan los muertos de ayer para hacer política hoy. No sé quién mató a Álvaro Gómez. Espero que la justicia, la ordinaria o la JEP, llegue por fin a la verdad y que los culpables paguen. A ver si algún día Álvaro Gómez puede irse y descansar en paz, aunque algo me dice que no habrá consenso sobre ninguna versión final.

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