Los viejos queridos odios

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Esta semana los dirigentes de las Farc enviaron una carta en la que piden perdón, “desde lo más profundo de su corazón”, a todas las víctimas del secuestro y a sus familiares. El “secuestro —dice la carta— fue un gravísimo error del cual no podemos sino arrepentirnos”, un error que “dejó una herida profunda en el alma de los afectados” y que, además, “hirió de muerte su credibilidad y legitimidad”.

De todas las muestras de arrepentimiento que han dado las Farc (algunas poco creíbles y otras demasiado ambivalentes), esta me parece la más cierta y la más importante. Por primera vez en su larga historia de violencias, las Farc hablan de secuestro y no simplemente de retenciones, y esto es mucho más que una simple sustitución de palabras. Es el reconocimiento de que una guerra alimentada con el dolor de decenas de miles de personas inocentes es una guerra inmoral. Es también, de manera indirecta, la aceptación de que la izquierda radical, que justificaba la lucha armada, fracasó. No sobra decir que nada de esto se habría logrado sin el Acuerdo de Paz.

Todavía hay gente que sigue pensando de esa manera, pero ya son pocos y no tienen el protagonismo que tenían hace cuatro décadas, ni su arrogancia. “El odio —dijo alguna vez el Che Guevara— es un factor de lucha, ese odio intransigente al enemigo que impulsa más allá de las limitaciones del ser humano y lo convierte en una máquina de matar efectiva, violenta, selectiva y fría. Nuestros soldados tienen que ser así: un pueblo sin odio no puede triunfar”.

Tal vez hemos logrado algún progreso moral. La carta de las Farc, en donde finalmente, así sea de manera tardía, reconocen que el secuestro es algo inadmisible, algo que no puede hacer parte de ninguna guerra, me parece una prueba de ello. Muchas otras prácticas violentas, empezando por la toma de las armas contra el Estado, deberían correr la misma suerte. La violencia es moralmente reprochable. Hay excepciones, claro, nadie cuestiona el levantamiento armado contra Hitler en 1939 o contra Pol Pot a finales de los 70. Pero ese no es nuestro caso, así los gobernantes malos o incluso indolentes abunden en nuestra historia.

La violencia, en principio, no solo es moralmente cuestionable sino políticamente contraproducente. Los extremistas de cada grupo operan como enemigos complementarios que se necesitan mutuamente; los unos ven en el odio de clase y la violencia el único método posible para llegar al poder, mientras los otros ven en la violencia ilegal el único medio posible de mantenerse en el poder. En esa espiral de furias, cada parte construye al otro, lo hace a su imagen y semejanza. Si hay un legado claro de la guerrilla a este país, es haberle dado a la extrema derecha un motivo para exacerbar sus demonios y cometer toda suerte de atrocidades.

Los radicales violentos son una minoría, pero con sus gritos y sus balas tienen el poder de silenciarnos. Quienes no queremos la guerra quedamos reducidos a la impotencia, como lo estuvimos durante tantos años por causa de las acciones de la guerrilla y de los paramilitares. Régis Debray, el amigo del Che Guevara, decía esto: “En el nuevo panorama de la lucha a muerte no hay lugar para las soluciones bastardas, ni para la búsqueda de equilibrios entre la oligarquía y las fuerzas populares”.

Tengo la esperanza de que esta alabanza al fanatismo sea hoy tan inaceptable como el secuestro. También me hago la ilusión, viendo cómo van las cosas hoy, de que esta carta de las Farc contribuya a que no vuelvan, como tantas veces en el pasado, esos que don Carlos E. Restrepo llamaba “los viejos queridos odios”, con sus guerras.

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