Por: Columna del lector

Mis abuelas no nacieron como ciudadanas

Por Charlie Ruth Castro*

La lucha por los derechos de las mujeres no empezó ayer. Sólo hasta el 1° de diciembre de 1957 las colombianas empezamos a votar y a ser reconocidas como ciudadanas con derechos. Gracias al legado de las primeras sufragistas y activistas, en los últimos 60 años las colombianas hemos sido parte de nuestra democracia.

En 1853, la Constitución Provincial de Vélez consagró el derecho al voto de las mujeres, medida que duró muy poco tras la anulación de dicha normatividad por parte de la Corte Suprema.

Las mujeres no tenían ni voz, ni voto. Mucho menos derecho a la propiedad, control natal, acceso a la educación, al trabajo o al reconocimiento de un salario, pese a trabajar codo a codo en las fincas y en los hogares colombianos (como le sigue sucediendo hoy en día a muchas, en todos los estratosy en todas las regiones).

Pasaron 100 años más de exclusión y las mujeres seguián sin ser consideradas ciudadanas. En 1954, el general Gustavo Rojas Pinilla impulsó una reforma constitucional para que las mujeres obtuvieran su cédula y pudieran votar. En 1956, Carola Correa, esposa del general, fue la primera mujer en obtener la cédula de ciudadanía número 20’000.001.

Cuando el dictador Rojas Pinilla cae el 10 de mayo de 1957, se derogan todas las normas expedidas en su administración. El Frente Nacional y la alternancia de mandato entre los partidos Liberal y Conservador impulsaron a Alberto Lleras Camargo y Guillermo León Valencia a buscar en cada rincón colombiano votos nuevos que los posicionaran en el poder.

Llegan a Medellín y se encuentran con la Asociación Profesional Femenina que era conformada por las primeras mujeres ingenieras, médicas y arquitectas de la ciudad. Estas líderes no podían desaprovechar el momento, y ejercieron presión para que las mujeres pudieran votar oficialmente en el plebiscito del 1° de diciembre de 1957 en el que se les consultaba sobre el nacimiento del Frente Nacional.

Se aceptó el derecho al voto universal de las mujeres, sin diferencias de razas, credos o afiliaciones políticas. Rosita Turizo de Trujillo exclama con elocuencia que la primera vez que votó, sintió “alegría y miedo”. Esta última emoción no era para menos. Desde ese momento las mujeres empezabamos a ser corresponsables de la democracia y las decisiones políticas de un país que también en seis décadas ha visto el infierno del conflicto armado interno y ahora se esfuerza por entender cómo se genera una paz incluyente y sostenible.

En 60 años han cambiado muchas cosas. Pero faltan muchas más por cambiar. Mi abuela me cuenta cómo ella y su gemela, fueron abandonadas al nacer por una madre que ya no soportaba los abusos de un marido alcohólico, y me pregunto si esa historia no se le parece a algo que leí el último mes en algún periodico latinoamericano.

Lo peor que podríamos hacer las nietas y bisnietas de estas mujeres valientes es dar por sentado que ya lo tenemos todo, todas. Nuestras sufragistas se atrevieron a innovar y a desafiar el statu quo, en una época donde a la que pensara por sí misma no la bajaban de “pecadora” o de “puta” por desafiar a una sociedad brutalmente machista. Hoy más que nunca, el tiemple de estas damas nos debe motivar a ser más ambiciosas: ¡necesitamos reconstruir el mundo a través de la equidad y en esta generación!

Las colombianas debemos seguir cambiando, y debemos exigir cambios con más fuerza. Ya podemos elegir, pero aún seguimos sin ser elegidas en las mesas donde se toman las decisiones más importantes desde lo privado y lo público. Es hora de dar más de nosotras mismas, para nosotras mismas y paras las hijas y nietas que tendremos algún día. Por la abuela que sacó la cédula y votó pese a las amenazas de una golpiza. Por las mamás que han sido la otra mitad del motor ecónomico del país. Por las que sí nacieron como ciudadanas, pero aún no pueden hacer ejercicio pleno de sus derechos por la violencia y el machismo que nos asfixia, y que no se va a curar con un proceso de paz, hasta que no hagamos la paz con todas las mujeres, en todos los espacios. Por todas y para que todas vivamos con dignidad, libres, seguras, diversas, plenas y felices.

Para sus propias conclusiones: Nueva Zelanda fue el primer país en aceptar el sufragio femenino en 1892. Finlandia, en 1906; Canadá, en 1917; Estados Unidos, en 1920 (sólo para mujeres blancas); España, en 1931, India en 1950, Paraguay 1961, Suiza en 1971, Emiratos Arabes Unidos en 2006, Arabia Saudita en el 2011.

@CharlieRuth

* Directora ejecutiva de la Fundación Mujeres con Derechos.

 

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