Recordemos el campo

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Seguramente muchos extrañamos el campo: su verde extensión de tierra, los variados colores que cubren las colinas y laderas, las flores extrañas que nos encontramos en el camino, los tonos y texturas de los distintos cultivos, el silencio de las caminatas. Antes de que todo esto empezara con cierta frecuencia cogía la carretera y en cada curva iba observando todos los detalles de nuestro campo, todas las miradas, todos los colores y los aromas que manan desde el centro de la tierra. Y es que viajar al campo en Colombia es como transferirse a otro tiempo. Pasear por una vereda significa encontrarse a un hombre montado en burro, vistiendo la ruana y el sombrero de otros tiempos, significa ver a los niños bañándose en el riachuelo, significa encontrarnos con un país lleno de encantos y secretos.

Sin embargo, también significa encontrarse con un país olvidado, con una tierra abandonada que se ha levantado a punta de esfuerzos. Con salir unos cuántos kilómetros afuera de la ciudad, podemos ver chozas que no cuentan con los servicios básicos de agua y luz, podemos notar enseguida la escasez de estructuras hospitalarias, la falta de colegios y escuelas: si encontramos una de seguro en kilómetros a la redonda no habrá otra. El campo y los municipios rurales no cuentan con ninguna comodidad o facilidad de transporte ni cuentan con una base fuerte de comercio y producción. Únicamente se sostienen con la fuerza del campo, que con el recurso inagotable de la tierra puede hacer medianamente sostenible la difícil situación de municipios y veredas de nuestro país.

Gabriel García Márquez, en Cien años de soledad, ya retrataba esta situación penosa. Después de la fundación de Macondo a mano de José Arcadio Buendía y otros patriarcas, el gobierno nacional decide enviar un corregidor: don Apolinar Moscote, que llega al pueblo con la autoridad investida y las faldas de sus siete hijas. Los patriarcas van a reclamarle la justificación de su poder, y mientras Moscote les muestra su triste papel, José Arcadio Buendía le responde: «En este pueblo no mandamos con papeles (…) Y para que lo sepa de una vez, no necesitamos ningún corregidor porque aquí no hay nada que corregir». La sentencia de García Márquez es clara: el campo ha sido abandonado, los habitantes han aprendido a contruirse solos y las pocas autoridades que allí existen son apenas decorativas: autoridades que reclaman sueldo pero que poco hacen para construir mejores condiciones de vida.

Tristemente estas son las circunstancias normales de nuestra zona rural colombiana. ¿Cómo estarán enfrentando la crisis de Covid-19? A lo lejos alcanzamos a oír que los niños, por falta de internet, no han asistido a clase; que los campesinos no tienen cómo transportar sus cosechas para la venta y que a muchos les ha tocado quemar sus cultivos, pues al no tener cómo vender, lo mejor es dejar que todo muera, que todo se convierta en polvo y cenizas. Aunque no han tenido aún grandes azotes por la enfermedad, sí imagino su preocupación, su silencio angustiante mientras trabajan con el azadón: si llega la maldición de la enfermedad toca morirse, quemarse poco a poco y ser uno con la ceniza de esta tierra abandonada.

@valentinacocci4, valentinacr424@gmail.com

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