Una entrevista memorable

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El domingo 20 de septiembre estuve conmocionada con ese diálogo tan sentido que sostuvo la periodista María Jimena Duzán con la excandidata presidencial Íngrid Betancourt. Lo primero que noté fue cómo se parece (llegada la edad grande) a su madre, Yolanda. Tal vez así sucede con todos, terminamos con el vestido físico de la madre o del padre. Lo segundo fue su voz, su tono sereno que le permitía pensar cada palabra y cada frase que iba a expresar; también estaban sus breves silencios, largos para la televisión o su equivalente hoy en día, es decir, YouTube.

Esta entrevista es memorable teniendo en cuenta la significación de esta palabra; es decir, este diálogo merece ser recordado, merece ser guardado en la memoria por varias razones. Una es la arriba enunciada, la estética de la comunicación empleada por la entrevistada difiere con lo inarmónico de las entrevistas a las que estamos acostumbrados: entrevistas con parlamentos de tono agresivo, pedante, estructurados a partir de frases clichés y previsibles en defensa falaz de lo indefendible, en ausencia total de propuestas creativas propias de imaginar un mundo posible para la vida digna.

Íngrid Betancourt expuso un libreto totalmente opuesto. Fue precisa y emotiva cuando describió brevemente la dimensión de las torturas a las que fue sometida por las Farc durante los seis años que estuvo secuestrada, pero también fue capaz como víctima de reconocer el avance del actual proceso de paz que ha llevado a que este grupo guerrillero reconozca que definitivamente el fin no justifica los medios, que se equivocaron grandemente. Y eso es realmente importante, toda vez que Colombia es un país en el que los protagonistas de la guerra no se hacen cargo de sus errores (crímenes) y los colombianos no víctimas son los más endurecidos y se niegan a perdonar. Íngrid valora esto en sus victimarios.

Desde su voz autorizada enuncia las causas del origen del miedo a la verdad y apunta al señalamiento social imperante en Colombia que se ha empleado como arma de muerte política. Por ello quizás es que no avanzamos en la búsqueda de esa verdad. Y he allí que sentencia con serenidad: “Es que la verdad es la única manera digna de confrontar el miedo”. En ese sentido lee a las Farc como seres con miedo, pues en la carta del 15 de septiembre aún hablan de los errores que cometieron cuando todos sabemos que son crímenes. Ese no nombrar los hechos por su nombre real es muestra profunda del miedo a reconocer la propia monstruosidad. E igual pasa con los paramilitares. Afirma Íngrid Betancourt que esa carta de las Farc (leer carta aquí) es un inicio del camino hacia el perdón personal que es absolutamente revolucionario, porque se puede tomar distancia del propio mal que infligí y decidir que ese actuar no me seguirá caracterizando.

La serena sabiduría de Íngrid Betancourt, puesta en escena a través de una interlocutora respetuosa y humana como María Jimena Duzán, nos permite a los colombianos aprender a reconocer situaciones tan evidentes como que es una mentira que el senador Uribe esté secuestrado; o que más allá del dolor personal que la guerra le ha brindado, ella piensa es en Colombia, por eso respeta el camino del proceso de paz; que votó por Petro, pero que él debe reconocer que tiene muchas deudas con quienes le dieron su confianza; que la protesta social es justa porque esa es una evaluación que la gente hace de sus dirigentes, que en Colombia impera el miedo al desmadre social vivido tanto por el pueblo (incluidos los policías victimarios) y que se debe evitar el abuso de poder, que es la utilización del miedo para violar la ley desde el poder mismo; que es necesario no retroceder porque en la guerra no opera la justicia.

Esta voz pausada, serena, que piensa cada palabra, que hizo un llamado constante a liberarnos de ser marionetas de otros, a pensar en Colombia más que en los intereses personales, porque finalmente lo personal es colectivo, es muy necesaria en estos momentos en que la república peligra.

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