
Antes de que llegue el primer tren llegaron las vallas, las polisombras, los cierres, las máquinas, el polvo y los cambios en las rutas. Las calles que durante años fueron transitadas por vehículos y peatones ahora conviven con una obra que modifica el paisaje y obliga a quienes permanecen en el sector a acostumbrarse a un entorno distinto.
En medio de esa transformación siguen abiertas las ferreterías, las tiendas y los pequeños locales comerciales. Algunos llevan décadas allí. Otros apenas comienzan. Todos deben mantener sus negocios mientras la obra avanza y modifica las dinámicas del sector.
Para María, propietaria de una ferretería que lleva 15 años en el sector, el cambio ya se siente en el bolsillo.
—Para mal.
La razón, explica, es que “se puso mal solo para el comercio”. Los cierres de vías y las dificultades para circular han reducido el movimiento que antes llevaba clientes hasta los establecimientos. Su negocio continúa funcionando, pero el entorno cambió.
Aun así, María no mira la obra únicamente desde las dificultades actuales. Espera que, cuando llegue la estación, aumente el flujo de personas y el comercio vuelva a activarse. La misma obra que hoy aleja a los clientes podría ser la que mañana los acerque.
Un barrio acostumbrado al movimiento
El Tejar, en la localidad de Puente Aranda, nació el 14 de agosto de 1961. Su nombre recuerda los antiguos tejares y alfarerías que aprovechaban la arcilla de la zona para fabricar ladrillos y tejas. Más de seis décadas después, el barrio atraviesa una transformación que alcanza sus calles y modifica la vida cotidiana de sus habitantes. Su cercanía con la Avenida Primero de Mayo lo conecta con el trazado de la Primera Línea del Metro y con la troncal de TransMilenio de la Avenida 68.
Blanca Pedraza conoce un Tejar diferente al de los cerramientos. Su negocio lleva cerca de siete décadas vinculado al sector y recuerda una zona marcada por el tránsito constante. Hoy, una de sus principales molestias es cotidiana: el polvo.
—La tierra, el polvo. Eso entra aquí mucho polvo. Entonces toca estar limpiando. Va uno a vender una cosa y todo está sucio.
La construcción no solo modificó las vías; también entró en los negocios. Blanca asegura que las ventas han disminuido porque las personas se desvían, los vehículos ya no circulan como antes y algunas vías perdieron capacidad de paso. Según su experiencia, las ventas han caído más del 30 %. En un sector donde cada local hace parte de una economía construida durante años, la afectación no se limita a la movilidad: también toca la forma en que sobreviven los pequeños comercios.
Cuando salir del barrio se vuelve un problema
José Vicente Contreras Mojica, líder y vocero comunal de El Tejar y habitante del sector desde hace más de 50 años, también señala que los trancones, los cierres y las dificultades de movilidad han cambiado incluso sus recorridos cotidianos. Para evitar quedar atrapado en el tráfico, a veces prefiere caminar hasta la carrera 50.
—La afectación a los negocios de toda índole que quedan cercanos a la obra ha sido tremenda. Me voy a veces caminando hasta las 50 para evitarme el roundabout, hermano. Si no, no salgo; me tiro media hora en el trancón saliendo.
La paradoja es evidente: la movilidad es una de las principales promesas del Metro, pero antes de que el sistema pueda descongestionar la ciudad, su construcción está generando nuevas dificultades para quienes viven y trabajan alrededor de la obra.
Blanca relaciona, además, los cierres con la seguridad. Le preocupa que algunos espacios queden encerrados y tengan menos posibilidades de salida o vigilancia. También teme que, una vez terminado el viaducto, el espacio bajo la estructura pueda convertirse en un lugar para cambuches o asentamientos informales. Por eso insiste en la necesidad de garantizar presencia policial, aseo y vigilancia.
Vender mientras construyen
No todos los comerciantes viven el proceso de la misma manera. Valentina Duque llegó al sector hace apenas un año, cuando abrió su local de ropa. Su experiencia contrasta con la de quienes llevan décadas dependiendo del movimiento de estas calles. Asegura que, hasta ahora, no ha tenido una afectación significativa en el negocio y que las obras no han modificado sus horarios. Sin embargo, espera que, cuando el Metro comience a funcionar, haya más personas circulando y que ese movimiento se traduzca en mayores ingresos.
Su expectativa muestra otra cara de la transformación. Para algunos comerciantes, el Metro representa una oportunidad de crecimiento; para otros, la valorización puede convertirse en una presión económica. Blanca reconoce que los predios probablemente aumentarán de valor, pero señala una preocupación más inmediata:
—Pues pronto va a haber más ingresos y más gente por el sitio. Lo que le preocupa a uno es por el impuesto.
María también espera que la valorización beneficie al comercio. No cree necesariamente que los propietarios tengan que vender, pero sí espera un aumento en el valor de las propiedades. Su principal expectativa es recuperar el movimiento y que “se reactive todo el comercio como tal”. José Vicente, aunque crítico, también reconoce que el sistema puede mejorar la movilidad y agilizar los desplazamientos. Su cuestionamiento está en el costo de llegar hasta ese futuro: para él, que el Metro sea necesario no significa que deban ignorarse las afectaciones actuales.
La obra vista desde adentro
Sebastián Alarcón, ingeniero civil vinculado al proyecto, reconoce que una construcción de esta magnitud tiene efectos sobre el entorno. Habla de contaminación auditiva y admite que hay aspectos que podrían haberse desarrollado mejor.
—Creo que todo proceso constructivo no es perfecto.
Según Alarcón, uno de los puntos por mejorar son los cronogramas. Cuando varias actividades coinciden, explica, el espacio puede concentrar demasiados procesos y generar una mayor sensación de saturación.
Su explicación no elimina las molestias relatadas por los habitantes, pero ofrece otra perspectiva: una obra de estas dimensiones implica intervenir las calles por las que tendrá que pasar. El ingeniero también sostiene que la presencia de trabajadores ha activado algunos puntos de la economía local, especialmente restaurantes, tiendas de barrio y comercios informales.
A estas experiencias se suma un dato de la Encuesta de Corredores Estratégicos 2024 de la Cámara de Comercio de Bogotá. El estudio, aplicado a 1.202 negocios ubicados a menos de 300 metros de estaciones, encontró que el 51,5 % de los locales en corredores con obra activa consideraba que la seguridad había empeorado, frente al 41 % en corredores sin obra activa. Sin embargo, la diferencia no fue estadísticamente significativa, por lo que los datos no permiten atribuir directamente las situaciones de seguridad a las obras.
En El Tejar, mientras las máquinas avanzan, el Metro sigue siendo una promesa de futuro. Para algunos significa más clientes, mayor valorización y mejores conexiones. Para otros, representa un presente marcado por cierres, polvo, dificultades para desplazarse y menores ventas. El tren todavía no pasa, pero la transformación ya llegó.
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