
Buena parte de Colombia aprendió a imaginar una casa en el aire, con un letrero muy grande de nubes blancas que dijera Ada Luz, sin haber pisado Valledupar. Supo también de Moralito y su desencuentro en Urumita. Además, recuerda a una Alicia adorada en cada parranda y conoció una sabana que sonreía cuando caminaba Matilde Lina. Consuelo Inés Araújo Noguera es, en buena parte, la responsable de que esas letras sean patrimonio de todos. Fue ella la que abrió espacio en un periódico nacional para esas historias de amores de aquellas canciones y se empeñó en crear un festival para escucharlos. Hace 25 años las Farc asesinaron a esa mujer que dedicó buena parte de su vida a sacar esa memoria de los límites de su provincia.
Los hechos ocurrieron el 30 de septiembre de 2001 y hoy volver a la Cacica Araújo exige recorrer el camino anterior al crimen: el de una periodista que entendió que en los acordeones también se contaba la historia de un país que también era el suyo. Era una mujer de otra época, formada entre los discursos liberales que su padre Santander Araújo recitaba de memoria y los poemas que leía su madre, Blanca Noguera, pero dispuesta a contrariar las costumbres conservadoras que prentenían señalarle su lugar. Uno de sus hijos, Andrés Molina Araújo, recuerda que se educó de manera autodidacta y que el divorcio de su primer matrimonio, en 1981, escandalizó a una sociedad que describió como “pacata y machista”.
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Prefería los pantalones a las faldas y vestidos, una elección que acompañaba su manera de desafiar las convenciones de la sociedad vallenata, pero nunca le faltó la mochila, que incluso llevó hasta su posesión como ministra de Cultura, en el año 2000, como símbolo de pertenencia a una tierra que siempre tuvo como prioridad. Eso sí, su devoción católica siempre convivió con esa independencia. Fue madre de seis hijos, lectora, jardinera y aficionada a los crucigramas. Su carácter aparecía en las discusiones públicas y en las organizaciones del Festival de la Leyenda Vallenata, su séptimo y más querido hijo, una apuesta, no por coronar a la mujer más bella, sino por ponerle la corona al rey del vallenato.

La primera versión de esa fiesta ocurrió el 27 de abril de 1968 y, de manera simultánea, Consuelo Araújo abrió una puerta para la música de su tierra. Ese día publicó en El Espectador su primera “Carta desde Valledupar”, la primera entrega de una columna que tuvo un espacio predilecto durante 22 años en las páginas de este diario y que arrancó con la descripción clara de lo que se vivía en la capital del Cesar: “La mejor expresión de un pueblo que vive orgulloso de su tradición”, escribió ella. Poco después entrevistó a Alejo Durán, primer rey vallenato, para el Magazín Dominical y retrató en su texto al hombre detrás del acordeón, pasando por su infancia campesina, sus recuerdos y amores.
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Desde su primera carta y entrega periodística, en la redacción en Bogotá fue claro que detrás de esa gestora cultural había una periodista cuya voz debía ser escuchada. Además de su columna, que pasó a llamarse “Carta Vallenata”, Consuelo Araújo contribuyó a las páginas de El Espectador con entrevistas únicas, como la que consiguió con el caricaturista Lucas Caballero, Klim, y luego con Jaime Bateman, comandante de la guerrilla del M-19. Entre esas entregas con contenido y comentarios políticos, nunca olvidó su gestión en la cultura vallenata y en esas ediciones quedaron también los primeros retazos de los tres libros que escribió: “Vallenatología”, “Escalona, el hombre y el mito” y “El lexicón del Valle de Upar”.
Fue también en el Festival donde Consuelo ganó el nombre que terminaría acompañándola toda su vida. Según la reconstrucción de su hijo Andrés Alfredo Molina Araújo, el periodista de El Espectador, Hernán Giraldo, la vio durante la segunda edición impartiendo órdenes, corrigiendo detalles y pendiente de cuanto ocurría. Le dijo que mandaba a todos “como una gran cacica”. Don Guillermo Cano, director del diario, convalidó el bautizo y la Cacica convirtió aquella capacidad de organizar en una tarea sostenida junto a Rafael Escalona y Alfonso López Michelsen, cofundadores del certamen. Convocó músicos, buscó apoyos y reunió alrededor del acordeón a visitantes que luego llevarían esas historias más allá de Valledupar.
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El último regreso al Valle
Lo único que interrumpió su colaboración periodística fue su nombramiento como ministra en el gobierno de Andrés Pastrana y la posterior designación de Edgardo Maya Villazón, su segundo esposo, como procurador general. Tras renunciar al cargo, para evitar posibles conflictos de interés, la Cacica regresó a su tierra. En septiembre de 2001, siguiendo las tradiciones, le avisó a Palmina Daza, una de sus amigas de la infancia, que no importaba dónde estuviera, el 24 de ese mes viajaría al corregimiento de Patillal para asistir a la misa de la Virgen de las Mercedes, la santa de su devoción. Pese a las advertencias de que no viajara sola, Consuelo Araújo hizo el viaje prometido para llegar a la misa de las 10 de la mañana.
Al salir de la iglesia, su amiga Palmina la invitó a almorzar a su casa, le pidió que no se fuera tan pronto y que compartieran un rato. “No, pero es que ando con un poco de gente, me da pena llegar a tu casa”, le respondió Consuelo Araújo, quien estaba acompañada de un conductor y un escolta. Pasaron juntas parte del día y, entre las 3 y 4 de la tarde, la Cacica se subió a su carro blindado, rumbo a Valledupar. La justicia ordinaria, la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) y la Comisión de la Verdad han documentado que a mitad de camino se encontraron con un retén de hombres vestidos con camuflado. Su escolta no quiso abrir la ventana, pero ella le pidió que lo hiciera para poder hablar con quienes pensaron que eran integrantes del Ejército.
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El primer gesto del hombre vestido de camuflaje fue empuñar su arma contra la cabeza de Consuelo Araújo. Eran guerrilleros del frente 59 de las Farc, al mando de Ricardo Palmera Pineda, alias “Simón Trinidad”. En una imputación de mayo de 2025 contra exintegrantes del Bloque Caribe, la JEP señaló que una facción de las Farc, comandada por Luis Alejandro Cuadras, alias “Leonardo Muñoz”, adelantó una de sus llamadas “pescas milagrosas” y que en la vía entre Patillal y Valledupar secuestraron a 40 personas en la tarde de ese 24 de septiembre. Entre ellas estaba Consuelo Araújo y, según el documento, Luciano Marín Arango, alias “Iván Márquez”, dio la orden de apartarla del resto de secuestrados.

Según la JEP, lo hicieron para presionar al gobierno de Andrés Pastrana para que, en medio de la crisis que pasaba la negociación de paz que adelantaban en San Vicente del Caguán (Caquetá), la cambiaran por guerrilleros presos. Hubo temor de que la trasladaran a esa región para un canje, pero fue llevada hacia el corregimiento de Atánquez, en la estribación oriental de la Sierra Nevada de Santa Marta. Andrés Molina Araújo le narró a este diario que su madre tenía ese día unas sandalias que no resistieron la extenuante caminata que duró cuatro días. Intentaron calzarle unas botas que no le quedaron y la última opción fue ponerle en sus pies unas bolsas plásticas para que caminara entre las piedras y la maraña del monte.
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Los seis hijos de Consuelo Araújo, por seguridad, se quedaron en sus casas en Valledupar, Bogotá y Guatemala, mientras adelantaban las labores de liberación o rescate. La Segunda Brigada del Ejército desplegó las operaciones militares Libertad y Sagitario para intentar acorralar a la guerrilla y dar con la Cacica. Empezaron en el corregimiento de Guatapurí y se movieron cercándolos hasta llegar al corregimiento de La Nevadita, al interior de la Sierra Nevada, el 29 de septiembre. Según el relato de Andrés Molina Araújo, sobre las 10 de la noche hubo un enfrentamiento entre el Ejército y los guerrilleros de las Farc. Hacia las 3 de la madrugada del domingo 30 de septiembre de 2001, la tropa encontró el cuerpo de la Cacica.
Los exintegrantes del Bloque Caribe le dijeron a la JEP que el secuestro no fue planificado. Por el contrario, dijeron que “fue fortuito, pues no había sido un plan diseñado”, sino que ocurrió en uno de sus retenes usados para ejercer el control social y territorial. La magistrada Julieta Lemaitre, que ha liderado la investigación del caso, dijo en su momento que no hubo una orden concreta de asesinar a la exministra por parte de los mandos de las Farc. La instrucción era que, “si estaban a punto de quitárselas, no se los dejaran quitar vivos. Los guerrilleros sabían que si se dejaban quitar un secuestrado vivo, enfrentarían un consejo de guerra y probablemente el fusilamiento”.
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El asesinato de Consuelo Araújo fue un golpe en el estómago para cualquier intento del gobierno de Andrés Pastrana y de las Farc por negociar la paz. La estocada final para un diálogo que cesó el 20 de febrero de 2002. Pese a la reconstrucción del caso en la JEP, Andrés Molina es enfático en señalar que la justicia transicional no ha logrado el objetivo de que se conozca y se repare el daño colectivo que causó su asesinato. Por este crimen, la justicia ordinaria condenó a alias “Simón Trinidad”, que además había sido vecino de Araújo, a 40 años de cárcel. También sentenció a Samuel Galvis Arias, alias “Tigre”, Manuel Mendoza Rodríguez, alias “el Copy”, Luciano Marín, alias “Iván Márquez” y a Manuel Marulanda, más conocido como “Tirofijo”. Por su parte, la JEP ya condenó al secretariado de las Farc por su política de secuestros.
Andrés Molina Araújo asegura que el único homenaje que realmente le haría reconocimiento a la Cacica es mantener el Festival de la Leyenda Vallenata, su hijo mayor y el más consentido, “vivo y dinámico”, y que el país no deje marchitar su legado: “La obra de Consuelo Araújo habla por sí sola. El gran mérito que tuvo fue el de haber tenido la visión de que una música de campesinos, soslayada por las élites de entonces, era el elemento definitorio de nuestra identidad cultural”. Él, que hoy tiene 50 años y lleva media vida desgarrado por la muerte de su madre, seguirá recordándola y exaltándola aunque el dolor no cese: “El tiempo no te blinda ante el dolor. Solo le pone una capa de arena debajo de la cual está el dolor”.
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Veinticinco años después de su asesinato, Colombia sigue imaginando la casa de Ada Luz en el aire, recordando a la Alicia adorada en las parrandas y viendo sonreír a la sabana cuando camina Matilde Lina. Consuelo Araújo Noguera trabajó para que el país encontrara en esos versos una memoria compartida. En cada parranda que vuelve, a cantarlos queda algo de aquel empeño: reunir a otros alrededor de las historias de su tierra. Ella, que escribió tanto sobre la vida de los demás, también dejó una frase para cuando llegara el momento de contar su ausencia. La había escogido cinco años antes de que la asesinaran. Hoy se lee sobre su tumba en Valledupar: “Aquí yace Consuelo Araújo Noguera, de pie, como vivió su vida”.
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René(cey9f)•Hace 4 minutosY en donde hay UN momento que haha justisia a su memoria?. …