
Todos los premios deportivos, como lo es el Balón de Oro, tienen algo de injusto. Pretenden resolver con un nombre debates que, por naturaleza, admiten varias respuestas. ¿Cómo comparar a un goleador con un defensa? ¿Pesa más una temporada extraordinaria o una final decisiva? ¿Se reconoce al mejor futbolista o al que más ganó? Son preguntas que reaparecen cada año y que acompañan cada gala que busca reconocer el talento de los mejores. En El Espectador también sucede, por ejemplo, cuando llega el momento de escoger El Deportista del Año, cuya ceremonia se celebrará este diciembre. Elegir significa, inevitablemente, dejar fuera a alguien que también tenía argumentos.
Por eso resulta llamativo lo ocurrido el lunes con Harry Kane. El inglés recibió el Balón de Oro 2026 entre más expresiones de aprobación que de inconformidad. Sus 73 goles en 65 partidos con Bayern Múnich e Inglaterra, los títulos nacionales conseguidos en Alemania y su actuación en el Mundial construyeron una candidatura difícil de discutir. Kylian Mbappé y Lamine Yamal, segundo y tercero, contaban con razones para aspirar al premio. Sin embargo, la elección de Kane no pareció exigir una explicación extraordinaria.
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Eso no significa que exista una fórmula infalible. France Football, creadora del galardón en 1956, pide valorar primero las actuaciones individuales, después los logros colectivos y, finalmente, la clase y el juego limpio. El orden está escrito; el peso concreto de cada criterio depende del votante. Una goleada puede impresionar más que diez partidos sólidos. Un Mundial puede terminar imponiéndose sobre once meses de regularidad. Y el reconocimiento, concebido para un individuo, suele depender de conquistas que solo pueden conseguirse en equipo.
Cuando ganar no es suficiente
Quizás ningún caso explica mejor esa tensión que el de 2010. Lionel Messi fue elegido después de una gran temporada con Barcelona, aunque España había ganado el Mundial gracias, entre otros, a Xavi e Iniesta. Wesley Sneijder también tenía una candidatura formidable: triplete con Inter de Milán y final mundialista con Países Bajos. Si únicamente hubieran votado los periodistas, como ocurría antes de la fusión del premio con la FIFA, el neerlandés habría ganado y Messi habría sido cuarto. ¿Fue un robo? Más bien, una muestra de cómo distintos jurados pueden premiar virtudes distintas.
En 2013, Franck Ribéry vivió una frustración comparable. Había ganado Bundesliga, Copa de Alemania y Champions con Bayern Múnich, además de ser elegido mejor jugador de Europa por la UEFA. También lideró el voto de los periodistas, pero acabó tercero detrás de Cristiano Ronaldo y Messi. La FIFA amplió el plazo de votación y avivó las sospechas, aunque sostuvo que esa decisión no cambió el orden final. El debate de fondo seguía intacto: ¿cómo premiar al más determinante sin convertir el Balón de Oro en una suma de trofeos?
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La discusión es mucho más antigua que las redes sociales. En 1956, Stanley Matthews recibió el primer Balón de Oro a los 41 años, por delante de Alfredo Di Stéfano, campeón de Europa con Real Madrid. Pareció pesar también una trayectoria excepcional. En 1974, Johan Cruyff venció a Franz Beckenbauer, pese a que el alemán había ganado tanto el Mundial como la Copa de Europa. Allí se impuso otra idea de excelencia: el impacto de un futbolista que transformaba la manera de jugar.
La justicia depende de la mirada
En 1996, Matthias Sammer, campeón de la Eurocopa con Alemania, superó por un margen mínimo al joven Ronaldo Nazário, que maravillaba con su fútbol ofensivo. Diez años después, Fabio Cannavaro conquistó el premio tras liderar la defensa de Italia campeona del mundo. Se cuestionó que siete partidos pesaran tanto frente a las temporadas de Thierry Henry o Ronaldinho. Pero también había un reconocimiento poco habitual para una posición que rara vez protagoniza estas ceremonias.
La misma contradicción persiste. En 2021, Messi ganó después de conquistar la Copa América, mientras Robert Lewandowski acumulaba goles y lamentaba la cancelación del premio en 2020. En 2024, Rodri superó a Vinícius Júnior por apenas 41 puntos: el español venía de ganar la Eurocopa y la Premier; el brasileño había sido decisivo en la Champions. No faltaban méritos. Lo que faltaba era acuerdo sobre cuáles debían valer más.
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Quizá la palabra "injusticia" se utiliza con demasiada facilidad. Que Ribéry, Sneijder o Lewandowski no ganaran no implica que sus rivales carecieran de merecimientos. También hubo elecciones difíciles de cuestionar, como la de Kane, precisamente porque confluyeron rendimiento, resultados y continuidad. No obstante, incluso entonces el galardón no establece una verdad definitiva: registra la preferencia de un jurado en un momento de la historia.
El Balón de Oro seguirá provocando discusiones mientras el fútbol permita varias formas de ser extraordinario. Tal vez esa sea su contradicción esencial: necesita proclamar a un solo ganador en un deporte donde la grandeza nunca pertenece a uno solo. Y acaso allí radique parte de su atractivo: no clausura la conversación sobre quién fue el mejor; la inaugura.

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