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Después de varios años suspendida, la aspersión de cultivos de uso ilícito estaría cerca de ser, nuevamente, una realidad. Pero el Gobierno del presidente Abelardo de la Espriella tiene en la mira un herbicida diferente al que por mucho tiempo estuvo asociado con esta estrategia.
Se trata del glufosinato de amonio, un producto de uso agrícola utilizado para controlar malezas que compiten con los cultivos por recursos como agua, luz y nutrientes. Esas propiedades, similares a las del conocido glifosato, explican por qué ahora aparece como una opción para erradicar los cultivos de coca. Para determinar si puede ser utilizado con ese propósito, el Gobierno estaría preparando un proyecto piloto que pondría a prueba este compuesto químico.
Hay algunas diferencias importantes entre ambas sustancias. Gabriel Tobón, ingeniero agrícola, magíster en Planificación y Administración del Desarrollo Regional y profesor de la Facultad de Estudios Ambientales y Rurales de la U. Javeriana, explica que el glifosato tiene un efecto sistémico: una vez que la planta lo absorbe, puede desplazarse hacia otras partes, incluidas las raíces y los bulbos, y sus efectos pueden hacerse evidentes incluso 15 o 20 días después de la aplicación. El glufosinato de amonio, en cambio, actúa principalmente por contacto. Su efecto se concentra en el follaje de las plantas y es más rápido: los daños, según Tobón, pueden comenzar a observarse entre tres y cinco días después de la aplicación.
Un expediente técnico elaborado por Camilo Gonzalez Posso, ingeniero químico con una maestría en Economía y presidente del Instituto de Estudios para el Desarrollo y la Paz (Indepaz), explica con mayor detalle cómo actúa el glufosinato de amonio. Lo que hace, básicamente, es quemar los tejidos verdes de las hojas, por medio de los cuales las plantas hacen fotosíntesis. Así, bloquea la producción de una enzima llamada glutamina sintetasa, generando que el organismo se inunde internamente de amoniaco tóxico, destruyendo sus células vegetales y provocando su rápido colapso.
El glufosinato, de ese modo, no tiene la misma capacidad del glifosato para desplazarse dentro de la planta y llegar hasta estructuras como las raíces. Eso, en principio, limitaría su acción a las partes que entran en contacto con el producto. Quienes lo defienden argumentan, entonces, que sus resultados son más instantáneos y que se degrada mejor en comparación con el glifosato, al no ir directamente al subsuelo. Sin embargo, para los científicos que consultamos, que el glufosinato actúe de esa manera no resuelve completamente las preguntas que plantea su eventual utilización para erradicar cultivos de coca en Colombia.
Esas preocupaciones van desde la posibilidad de que el herbicida alcance vegetación distinta de la que se busca eliminar, hasta sus efectos perjudiciales sobre los ecosistemas, las fuentes de agua y la salud de las personas expuestas.
El mecanismo y el efecto “deriva”
Quienes llevan años estudiando el tema coinciden en que hay dos aspectos que no pueden analizarse por separado cuando se habla de estos herbicidas para erradicar cultivos de coca: qué contiene el producto y cómo se aplica sobre el territorio. No es lo mismo aplicar un herbicida de manera localizada, directamente sobre una planta, que dispersarlo desde una aeronave que vuela a gran altura sobre grandes extensiones de terreno.
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El segundo elemento resulta particularmente importante. Tanto el glufosinato de amonio como el glifosato son herbicidas de amplio espectro, es decir, no selectivos. En términos sencillos, esto significa que no están diseñados para actuar únicamente sobre una planta específica, sino que pueden afectar distintas especies. De ahí que la forma de aplicación sea especialmente relevante. “La gran preocupación es que, al ser un herbicida de amplio espectro y al aplicarse en cultivos de coca en Colombia (en contextos de violencia), en la mayoría de las regiones se hace por vía aérea y a través de vuelos que no son rasantes, sino que son a medianas y altas alturas”, dice Tobón. “Así como afecta la coca, también va a afectar al maíz, la yuca o especies forestales de nuestras selvas húmedas tropicales”.
Incluso considerando las diferencias entre ambos productos, para Alejandro Henao, biólogo, magíster en Agroecología y Desarrollo Rural e integrante del Consejo Seccional de Plaguicidas de Antioquia, el glufosinato no despeja esa inquietud.
“Es de contacto y daña los tejidos verdes cuando los toca, no se transporta a las raíces como sí lo hace el glifosato, pero eso se refiere a su efecto sobre la planta y no al destino en el ambiente”, explica Henao. En otras palabras, que el glufosinato actúe sobre los tejidos con los que entra en contacto no significa que el resto de la sustancia desaparezca allí. Una vez aplicada en aspersión aérea, su destino depende de las condiciones ambientales, que pueden favorecer su desplazamiento fuera de la vegetación que se busca tratar.
Lo que sucede es que, al emplear avionetas, entre más alto se lleve a cabo una aspersión, más posibilidad hay de lo que técnicamente se conoce como efecto deriva, que es cuando el viento dispersa las gotas del herbicida, ampliando considerablemente su radio de acción. Así, puede extenderse no solo hacia cultivos de coca, sino hasta otros como los de pancoger. “Lo hemos visto en Valle del Cauca, donde han pasado avionetas asperjando con glifosato y parcelas que antes tenían plátano se secaron; ya no son productivas”, recuerda Fabián Méndez, médico con un doctorado en Epidemiología y profesor de la Escuela de Salud Pública de la U. del Valle.
Además, apunta Henao, cuando estos productos se han utilizado para la erradicación de cultivos de uso ilícito, las concentraciones empleadas han sido mayores que las habituales en la agricultura. Menciona, por ejemplo, que para una aplicación agrícola con bomba de espalda puede utilizarse un litro de producto por cada 22 litros de mezcla, mientras que en Colombia, durante las operaciones de aspersión con glifosato sobre cultivos de coca, “la concentración era de diez litros, diez veces más de lo que se aplica comercialmente”.
El biólogo explica que, originalmente, estos herbicidas fueron diseñados para controlar, como su nombre lo indica, hierbas no deseadas. Sin embargo, la coca es un arbusto de un tamaño considerablemente mayor que muchas de las malezas, y por eso las sustancias se han utilizado en grandes cantidades. Entonces, las condiciones de uso (incluida la concentración) son fundamentales para evaluar sus posibles efectos.
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Aunque en lugar de aeronaves tripuladas se ha planteado la posibilidad de utilizar drones para esa fumigación, Henao advierte que eso no necesariamente elimina el problema de la deriva. Las hélices de estos equipos generan corrientes de aire y turbulencias que pueden influir en la trayectoria de las gotas durante la aplicación. Por ello, señala, el hecho de utilizar drones no significa que el producto vaya a quedar restringido al área a tratar.
Todo esto ha sido considerado por la Corte Constitucional en sentencias como la T-236 de 2017. Allí aparece un concepto muy importante para entender esta discusión: el principio de precaución. En términos sencillos, significa que si existe una posibilidad razonable de que una actividad cause un daño grave, las autoridades no tienen que esperar a que ese daño esté completamente demostrado para tomar medidas que lo eviten. La incertidumbre científica, en otras palabras, no es una licencia para actuar como si el riesgo no existiera.
Bajo ese principio, la Corte fijó una serie de condiciones para una eventual reanudación de la aspersión aérea de cultivos de uso ilícito, relacionadas, entre otras cosas, con la evaluación de sus posibles efectos sobre la salud y el ambiente. Para la Corte, el riesgo debe evaluarse sobre la actividad de aspersión en su conjunto, lo que incluye la sustancia utilizada, pero también el método de aplicación y las demás condiciones en las que se desarrolla. A pesar, entonces, de que no se conocen muchos detalles del piloto que el Gobierno esta preparando con el glufosinato de amonio, no está claro todavía con qué evidencia científica y bajo qué condiciones se pretende demostrar que esta nueva estrategia cumple con esos estándares.
¿Es perjudicial para el ambiente y la salud?
El efecto de la deriva es importante para entender los posibles impactos que puede tener el glufosinato si llega a otros lugares, además de las hectáreas de coca. Por ejemplo, cultivos agrícolas, ecosistemas naturales, fuentes de agua, especies que no son el objetivo de la aplicación e incluso, potencialmente, personas expuestas al producto.
Para entender eso, hay que hacer una distinción importante. El glufosinato y el glifosato son los ingredientes activos, es decir, las sustancias que producen la acción herbicida, pero la mezcla final del producto suele contener otros componentes. Entre ellos están los surfactantes, adherentes y coadyuvantes que, básicamente, ayudan a que el producto se “pegue” a las hojas y, en algunos casos, facilite su penetración o permanezca más tiempo sobre ellas. Méndez, de la Universidad del Valle, agrega que estos coadyuvantes pueden ser tan tóxicos como el glufosinato o el glifosato, o incluso más.
Henao coincide con esa perspectiva. Según explica, la combinación de los principios activos con esos distintos aherentes puede producir un efecto sinérgico, de manera que la mezcla tenga efectos potencialmente más dañinos que los de cada sustancia por separado.
Para los expertos, el problema es que buena parte de las pruebas toxicológicas se realizan sobre el ingrediente activo y no sobre la mezcla completa que finalmente se aplica. Esa falta de evaluación conjunta, advierte Henao, dificulta conocer qué ocurre cuando el herbicida entra en contacto con los demás componentes de la formulación. Un ejemplo de esto, dice, es el Cosmo-Flux 411F, un coadyuvante que fue utilizado en Colombia junto con el glifosato durante las operaciones de aspersión aérea de cultivos de uso ilícito.
Según Tobón, este coadyuvante puede aumentar entre tres y cinco veces la potencia tóxica del herbicida sobre el follaje o sobre la planta de coca. Henao también recuerda que su utilización en las antiguas operaciones de aspersión aérea generó polémica por sus posibles efectos sobre otros organismos. “Varios estudios en el país encontraron que el Cosmo-Flux era muy tóxico para peces como la cachama blanca o para renacuajos y ranas nativas”, señala.
El biólogo explica que esas consecuencias tienen que ver con la forma como actúan los coadyuvantes. Funcionan como una especie de “detergente”; ayudan a romper la capa cerosa que recubre las hojas y que las protege del exterior, facilitando así que el herbicida penetre en los tejidos de la planta. Pero esa capacidad de alterar membranas, de igual modo, puede afectar las membranas celulares de otros organismos, como animales, generando especial preocupación por especies acuáticas y anfibios. A esto se suma otro problema: qué ocurre con el producto que termina lejos de la coca. Las partículas que permanecen en el ambiente pueden ser arrastradas por la lluvia y acabar en cuerpos de agua.
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Y en un país como Colombia, con una geografía tan montañosa, Henao advierte que el relieve puede favorecer ese desplazamiento. “Todo va a terminar en las quebradas, se va lixiviando hacia allá, bien sea por escorrentía o por infiltración. Por cualquiera de esas dos formas, llega a las fuentes hídricas”, explica. Además, se trata de un plaguicida polar, es decir, con una alta capacidad para disolverse en agua, y su comportamiento varía según el medio en el que se encuentre. Mientras en el suelo puede degradarse en cuestión de semanas, en el agua puede permanecer mucho más tiempo: “Puede tardar cientos de días. Si llega a una quebrada o un humedal, se queda allí”, asegura Henao.
Como ocurre con otros plaguicidas, el glufosinato puede transformarse en el ambiente y dar lugar a otras sustancias, conocidas por los expertos como los metabolitos. Estos productos de degradación tienen características diferentes a las del compuesto original y, dependiendo de cuáles se formen y de las condiciones ambientales, pueden desplazarse por el suelo y el agua.
Por otro lado, están los posibles efectos sobre la salud humana. En la Unión Europea, el glufosinato de amonio está clasificado como tóxico para la reproducción, categoría 1B, una categoría que contempla posibles efectos adversos sobre la fertilidad y el desarrollo.
De hecho, la autorización europea de esta sustancia expiró el 31 de julio de 2018. Para Henao, esa es una clara señal de alerta sobre los efectos que esta sustancia puede tener en la salud. La Organización Mundial de la Salud clasifica el glufosinato de amonio como Clase II, moderadamente peligroso, mientras que el glifosato está en Clase III, ligeramente peligroso. Esta clasificación se refiere principalmente a la toxicidad aguda de las sustancias activas y no significa, por sí sola, que una exposición concreta vaya a producir un determinado daño.
“La principal razón es que oficialmente está clasificada como un tóxico para la reproducción, es decir, hay advertencias de que puede perjudicar la fertilidad y causar daño al feto. Lo más preocupante de investigaciones recientes, que son estudios realizados en animales, es que han demostrado un daño en el desarrollo del cerebro de las crías, incluso en dosis bajas o cuando la madre estuvo expuesta durante el embarazo”, detalla Henao. Cabe aclarar que la evidencia obtenida en animales no permite afirmar, por sí sola, que esos mismos desenlaces ocurran en humanos.
En todo caso, el glufosinato se ha relacionado con efectos sobre el sistema nervioso en casos de las personas. Al parecerse químicamente a una molécula que el cerebro usa para comunicarse, que es el glutamato, es considerado un neurotóxico. Es por ello que, en intoxicaciones agudas produce convulsiones y, de acuerdo con el expediente técnico de Indepaz, en los casos más graves puede generar pérdida de memoria e incluso, coma. El mecanismo exacto de su neurotoxicidad en humanos, no obstante, no está completamente esclarecido.
Por su parte, la Unidad de Investigación de Agricultura y Medio Ambiente (AERU) de la Universidad de Hertfordshire, en Reino Unido, resalta que el glufosinato de amonio es nocivo si se ingiere, inhala o absorbe a través de la piel y posiblemente tóxico para los riñones, la vejiga, la sangre y los pulmones. En caso de una intoxicación, el manejo depende del producto y de la gravedad de la exposición. A diferencia de algunas sustancias para las que existen tratamientos específicos, el glufosinato de amonio no cuenta en la actualidad con un antídoto. El tratamiento se basa, principalmente, en medidas de soporte, como controlar las convulsiones, mantener la respiración y la función cardiovascular y, en situaciones graves, recurrir a procedimientos para intentar eliminar el tóxico del organismo. Para Henao, esa ausencia de un antídoto constituye una razón adicional para mirar con cautela la utilización de la sustancia.
Ante este panorama, los expertos que consultamos coinciden en que lo ideal, en este caso, sería aplicar el principio de precaución al que se refiere la Corte Constitucional. Para Tobón, el solo grado de toxicidad en el que está clasificado el glufosinato de amonio sería suficiente para adoptar esa medida. Méndez concuerda, y agrega que, más allá de contar con la evidencia científica, el Estado está en la obligación de garantizar la seguridad especialmente de poblaciones vulnerables, pues esta sustancia podría tener repercusiones transgeneracionales.
Finalmente, y después de revisar los posibles efectos de la aspersión sobre los ecosistemas, los animales y la salud humana, los expertos plantean una pregunta básica: ¿realmente funciona para lo que se propone, es decir, para erradicar los cultivos de uso ilícito?
Varios se refieren a otro efecto, conocido como “balón” o “mercurio”, en el que la aspersión no elimina los cultivos de uso ilícito, sino que genera que se desplacen hacia otras zonas, ejerciendo presiones sobre áreas protegidas o comunidades étnicas. Tobón recuerda, por ejemplo, el caso de Putumayo, que para finales de la década de los 90 era el departamento con más coca sembrada. Aunque la fumigación redujo miles de esas hectáreas, eventualmente se desplazaron hacia Nariño, que hoy es el departamento que más cultivos de coca presenta, un primer lugar que ocupa desde 2021. Para 2024, según un reciente informe de la UNODC, tenía un área de más de 70.000 hectáreas sembradas.
Pero eso no es todo. El profesor de la Javeriana afirma que tampoco está garantizado que una planta fumigada muera definitivamente. Puede haber rebrotes, especialmente en el caso del glufosinato de amonio, cuyo efecto se concentra principalmente en las partes de la planta que entran en contacto con el herbicida y no va hasta las raíces, como ocurre con el glifosato. A esta discusión sobre la eficacia se suma otra preocupación: quién termina pagando el costo de la estrategia. Julio César Estrada, exsenador de la República, oriundo de Vaupés y dirigente indígena del pueblo wanano, considera que la aspersión aérea puede terminar afectando al “eslabón más débil de la cadena”, es decir, a campesinos e indígenas que dependen de estos cultivos como una de sus pocas alternativas de subsistencia. “En esos territorios hay necesidades básicas insatisfechas que se pueden identificar con un diagnóstico”, afirma.
Por eso, y a la espera de que el Gobierno de Abelardo de la Espriella entregue más detalles sobre lo que está planeando hacer, los entrevistados coinciden en que la discusión sobre cómo reducir los cultivos de coca no debería limitarse a qué sustancia utilizar para fumigarlos. Desde su perspectiva, la erradicación manual y, sobre todo, la sustitución de cultivos acompañada de alternativas económicas para las comunidades pueden ofrecer una respuesta más integral.
En palabras de Méndez: “El principio de precaución dicta que se debe tomar una decisión para proteger la vida. En ciencia trabajamos con incertidumbre, y cuando los efectos son tan potencialmente negativos, como abortos, malformaciones congénitas, toxicidad para riñones, vejiga, entre otros, no podemos esperar a ver si el daño se produce”.
*Este artículo es publicado gracias a una alianza entre El Espectador e InfoAmazonia, con el apoyo de Amazon Conservation Team.
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UnaVezMás(22193)•Hace 1 horaTerrible, que ojalá no suceda
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Alfredo(18088)•Hace 2 horasLa aspersión aérea siempre ha sido considerada como ineficaz y negativa para el medio ambiente. En este artículo se hace evidente. Esperemos que el Gobierno nunca emplee ese mecanismo. Además, debemos recordar que Colombia debió indemnizar a Ecuador por daños ambientales, sociales y humanos causados por las fumigaciones en la frontera.
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Alfredo(18088)•Hace 2 horasLa aspersión aérea siempre ha sido considerada como ineficaz y negativa para el medio ambiente. En este artículo se hace evidente. Esperemos que el Gobierno nunca emplee ese mecanismo. Además, debemos recordar que Colombia debió indemnizar a Ecuador por daños ambientales, sociales y humanos causados por las fumigaciones en la frontera.
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Mar(60274)•Hace 2 horasComo siempre, de la espriella pensando en matar.
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Lenin(am8zz)•Hace 3 horasEn otras palabras, el gobierno no debe hacer nada. Genial. Una respuesta de genios.