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El mundo “invisible” de los hongos, explicado por la científica que ha tratado de entenderlo

Durante las últimas décadas, Toby Kiers se ha enfocado en estudiar las complejas redes de hongos que se encuentran bajo el suelo y que nutren la vida en el planeta. Este 2026, su amplia investigación es reconocida con el premio Tyler, uno de los más prestigiosos del sector ambiental.

Catalina Sanabria Devia

09 de febrero de 2026 - 07:19 p. m.
Para la científica, el premio Tyler de este año es como un “reconocimento a lo invisible”.
Foto: Tomas Munita
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Toby Kiers se presenta a sí misma como una “astronauta subterránea”. Es bióloga evolutiva y profesora de la Universidad Libre de Ámsterdam. Durante los últimos casi 30 años ha estudiado las complejas dinámicas de las redes de hongos bajo el suelo que, dice, han estado en un segundo plano para la ciencia. Su trabajo, que ha incluido innovadores experimentos, análisis de laboratorio e investigación de campo en muchos lugares del mundo, ha demostrado la importancia de estos hongos para sostener la vida en la Tierra.

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Kiers también es cofundadora y directora de la Sociedad para la Protección de las Redes Subterráneas (SPUN), una organización que se dedica a proteger la diversidad de estas especies en el planeta. Junto con su equipo, la profesora contribuyó a crear el primer “Atlas Subterráneo” global, que sirva para dirigir los esfuerzos de conservación.

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Este y muchos otros aportes de Kiers la llevaron a obtener, en 2026, uno de los reconocimientos más importantes del sector ambiental. El premio Tyler, popularmente conocido como el “Nobel de Medio Ambiente”, será entregado el próximo 23 de abril a la científica, durante una ceremonia en Ámsterdam. Kiers se refiere a esta como una victoria no solo para ella, sino para los ecosistemas subterráneos del planeta. “El mundo sería estéril y no habría vida como la conocemos hoy si no fuera por la alianza entre plantas y hongos”, afirma con fervor.

La investigación de Kiers la ha hecho merecedora de otros prestigiosos reconocimientos. En 2022, la revista “Time” la incluyó en la lista de los 100 líderes más prometedores en los campos de la ciencia, el arte y la política. Ha recibido el premio de ciencia Ammodo, el premio E. O. Wilson de Historia Natural y, en 2023, se convirtió en la persona más joven en obtener el premio Spinoza. Kiers también ha sido nombrada por el Comité de Diversidad Biológica de la ONU como una de las 22 científicas que desempeñan un rol clave para ampliar nuestra comprensión sobre la naturaleza.

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En entrevista con este diario, Kiers habla sobre el camino que la trajo hasta este punto, algunos de los proyectos que adelanta y lo que queda por conocer sobre el reino Fungi.

Se acaba de ganar este importante premio por su investigación, que ha tomado décadas. ¿Cómo recibe que lo otorguen a alguien que estudia las redes de hongos subterráneos?

Es increíblemente emocionante. En gran medida, se siente más como un premio para los hongos, que suelen quedar en segundo plano, que como un premio para mí. Mi trabajo ha sido convertirme en lo que llamamos un “astronauta subterráneo”. Se trata de explorar ecosistemas que están bajo tierra, así que, en muchos sentidos, parece un reconocimento a lo invisible. Es realmente genial.

Desde muy joven, a sus 19 años, empezó a estudiar los hongos en los bosques tropicales de Panamá. ¿Por qué comenzó a interesarse en este tema?

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Cuando estaba en Panamá era la persona más joven y noté que todos los científicos mayores estaban muy concentrados en lo que sucedía en la superficie. Es decir, estas selvas tropicales son increíbles: tienen todo tipo de primates, murciélagos y árboles enormes, aunque quería entender qué generaba esa diversidad. Los investigadores me enseñaban sobre lo que ocurría en la superficie, pero nadie me explicaba qué pasaba bajo tierra. Al preguntarles, me respondían que se sabía muy poco sobre la vida subterránea. Eso fue lo que me motivó a empezar a trabajar en torno a estas redes de hongos.

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Hablemos sobre la vida que, como usted dice, “literalmente vibra bajo nuestros pies”. Cuéntenos sobre ese flujo que posibilitan los hongos subterráneos, en particular las redes micorrízicas, para nutrir a las plantas.

“Myco” significa hongo y “rhizo” significa raíz. Entonces, cuando hablamos de hongos micorrízicos, nos referimos a una clase especial de hongos que se asocian con las raíces de las plantas. Y no son solo con unas cuantas: entre el 80 y 90 % de todas las especies vegetales se asocian con hongos micorrízicos. Las plantas, tal como las conocemos, sobrevivieron durante decenas de millones de años sin un sistema de raíces y necesitaban a los hongos para absorber nutrientes y agua. Por lo tanto, se puede pensar en las raíces como una nueva adaptación evolutiva, pues durante mucho tiempo las plantas dependieron de los hongos.

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Toby Kiers es bióloga evolutiva y profesora de la Universidad Libre de Ámsterdam.
Foto: Tomas Munita

Estas redes facilitan intercambios muy importantes. Imaginemos a las plantas haciendo fotosíntesis, que están tomando carbono de la atmósfera. Lo que hacen, de hecho, es descomponer el CO2 y transformarlo en una forma de “alimento” que transfieren a través de sus sistemas rígidos a los hongos micorrízicos. Los hongos usan ese carbono para construir sus cuerpos, estas complejas redes subterráneas que funcionan como el sistema circulatorio de la Tierra. El carbono fluye hacia abajo y, en compensación, los hongos buscan nitrógeno y fósforo que devuelven a las raíces de las plantas.

Sorprendente ese intercambio entre hongos y plantas, y lo que sabemos al respecto…

Sí, es asombroso, y en el laboratorio podemos observar esto en tiempo real, porque tenemos equipos para estudiar los flujos de nutrientes dentro de las redes, que son translúcidas. De ese modo se pueden marcar los nutrientes con diferentes etiquetas fluorescentes, de colores intensos, y es posible ver el carbono moviéndose a través de la red.

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Es absolutamente impresionante, es muy hermoso. Me deja sin aliento cada vez que lo veo. Por un lado está el carbono yendo en una dirección, pero luego los nutrientes necesitan subir y llegar a la raíz de la planta. Casi parece un río fluyendo en dos direcciones al mismo tiempo dentro de un tubo. Cuando se lo mostrábamos a los biofísicos, decían: “Esto es imposible”.

Precisamente, estaba por preguntarle qué es lo que más le ha sorprendido en toda esta investigación. Supongo que ese es uno de los hallazgos…

Sí. Y creo que otro aspecto sorprendente a lo largo de mi carrera ha sido aprender que estos hongos no son simples accesorios pasivos de las plantas, sino que son muy poderosos y dinámicos en sí mismos. Han desarrollado estrategias “comerciales” muy sofisticadas para absorber los nutrientes y transportarlos a través de las redes hasta un lugar donde obtienen más carbono.

Desde hace tiempo se sabe que los sistemas de hongos cumplen estas funciones claves. Sin embargo, durante muchos años recibieron poca atención científica. ¿Por qué?

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Creo que es difícil esta nueva comprensión de los hongos cuando es completamente invisible, pues la gente tiende a interesarse en lo que puede ver. Por ejemplo, miremos los océanos. De repente, las personas se dieron cuenta de que existían increíbles arrecifes de coral, que alimentaban los ecosistemas oceánicos, y se empezaron a preocupar por ellos, a intentar protegerlos porque se sabía que generaban energía.

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Pienso que el mayor desafío ha sido que la sociedad conciba los ecosistemas subterráneos como el lugar donde comienza la vida. Y estas redes de hongos son algo así como los arrecifes de coral, porque son responsables de las redes tróficas, del transporte de todos esos nutrientes y de crear un entorno saludable bajo el suelo.

Científicos de la Sociedad para la Protección de las Redes Subterráneas (SPUN), la cual usted cofundó, trazaron un gran mapa de distribución global de hongos micorrízicos, utilizando muestras de 130 países. ¿Qué resultados destaca?

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En Colombia, de hecho, nos interesa mucho la comunidad de robles negros, los cuales están en peligro de extinción, de acuerdo con la Lista Roja de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN). Estos árboles albergan hongos muy singulares. Incluso, una de nuestras científicas, Adriana Corrales, identificó y nombró una nueva especie derivada de estas plantas, que son endémicas de Colombia.

El “Atlas de especies subterráneas” es una herramienta importante para ayudarnos a identificar dónde están estos focos de biodiversidad, ya que no se pueden ver en la superficie. Creo que el hallazgo más impactante de ese estudio fue que, al superponer los focos de biodiversidad de hongos micorrízicos, vimos que el 90 % de ellos se encuentran fuera de áreas protegidas. Nos preocupa que estas comunidades ricas, únicas y diversas no estén protegidas, como sucede en algunas zonas de la región de El Cerrado, en Brasil. Estamos tratando de hallar mejores formas de incluir a los hongos en las agendas de conservación, para que así adquieran tanta importancia como las plantas y los animales.

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Usamos toda esa información no solo para publicar revistas científicas, sino para hacer un llamado a la acción. Queremos convertir los datos en impacto. Y una de las maneras en que lo hacemos es trabajando con personas de todo el mundo. Iniciamos un programa llamado Exploradores subterráneos, el cual financia a investigadores, principalmente en el hemisferio sur. De esa manera, muchos científicos en Suramérica reciben pequeñas subvenciones para comenzar a distinguir hongos micorrízicos en sus propios hábitats. Esto nos permite crear grandes mapas y plantear preguntas locales y específicas.

¿Cuál es la importancia de las redes micorrízicas en la Amazonia? Nos preocupa la deforestación, ¿pero qué sabemos sobre el mundo subterráneo en esta región?

Los hongos son particularmente importantes para la Amazonia, pero allí también es muy complejo estudiarlos, llegar a ciertos lugares de la región para comprender mejor qué hay. Por ejemplo, al consultar el “Atlas Subterráneo”, existe una capa llamada “áreas de incertidumbre”, que es donde se necesitan muchos más datos. La Amazonia es una de esas áreas, pues probablemente sea uno de los lugares en los que los hongos han sido menos investigados.

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Pero sí sabemos que los hongos desempeñan un papel fundamental en la Amazonia. Como los suelos de la región son pobres en nutrientes, los hongos sirven para buscar fósforo de difícil acceso. La gran mayoría de los árboles de la región se asocian con hongos micorrízicos, y realmente dependen de ellos. Además, funcionan para detener la erosión y construir el “andamiaje” que mantiene el suelo en su lugar. También sabemos que las concentraciones de hongos son un componente clave para la formación de nubes que, a su vez, son cruciales para abastecer de agua a la Amazonia.

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Actualmente, estamos trabajando para recaudar fondos, con el fin de realizar más muestreos en esta región e incluso establecer estaciones de monitoreo para observar estas dinámicas a lo largo del tiempo y analizar cómo varían con el cambio climático.

Estos hongos toman carbono y cumplen una función importante en la regulación climática. ¿Cómo, al estudiarlos, se pueden plantear nuevas estrategias para comprender y enfrentar el cambio climático?

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Nuestro trabajo ha demostrado que estos hongos micorrízicos retiran carbono de la atmósfera, pero no lo almacenan; esa es una diferencia importante. Al año extraen alrededor de 13.000 millones de toneladas de CO2, lo que representa un tercio de las emisiones globales relacionadas con la energía. Es una cantidad enorme de carbono la que pasa a través de estas redes.

Por eso, en el laboratorio intentamos comprender cómo los hongos controlan esos flujos de carbono: qué los acelera y qué los ralentiza. Una de las razones por las que tanto estudiamos esto es que deseamos saber cómo se mantiene bajo tierra el carbono que transportan estos hongos. Tenemos otro proyecto en América del Norte y del Sur que estudia los hongos del suelo profundo, que están a más de un metro de profundidad. De hecho, estamos trabajando con el CIAT, en Cali (Colombia), realizando nuevos experimentos, indagando qué pasa si los hongos crecen más abajo en el perfil del suelo, preguntándonos: ¿Podrían retener más carbono allí?

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¿Qué cuestiones sobre este reino de los hongos aún quedan por resolver?

Es una pregunta difícil de responder. Todavía tenemos muchas dudas: ¿Cómo procesan la información? ¿Cómo transportan el carbono? Además, creo que 2026 será un año clave para la restauración fúngica, lo que significa que la gente empezará a darse cuenta de que, para recuperar tierras degradadas, no solo se requieren plantas nativas, sino también hongos nativos. Hay evidencia sólida que sugiere que la reintroducción de hongos micorrízicos puede generar mejores resultados en esos proyectos. Así que otra gran pregunta es: ¿cómo conseguimos los hongos que se necesitan para reparar sus ecosistemas degradados?

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Por Catalina Sanabria Devia

Periodista con enfoque en temas ambientales. En El Espectador escribe, principalmente, sobre la Amazonia. También le interesan los asuntos de género y construcción de paz. Ha colaborado en medios como Rutas del Conflicto y Mongabay Latam. Ganadora del Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar (2022).@catalina_sanabrlsanabria@elespectador.com
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