
El caudal púrpura atraviesa el papel acuarela como una herida abierta. Paula lo pintó para representar el veneno que alguien tomó y esa pista sería esencial para revelar el misterio que dejó la muerte. Tiene 14 años y, cuando se gradúe del colegio, quiere estudiar criminalística. Si ese día no hubiera ido a la fundación, dice, seguro estaría haciendo oficio en la casa, mientras su mamá cumple su turno como vigilante.
Es sábado. Son las 11:30 a.m. y, después de una bruma profunda, el sol enciende las calles despiertas del barrio El Paraíso, en Ciudad Bolívar. El rugir de los motores, que no dejan de ascender a Quiba Alta, se mezcla sin sentido con un merengue que sale a todo volumen de un supermercado. A una cuadra, en la casa azul de la carrera 27F, sede de la fundación Nueva Vida para Todos, 25 niñas, niños y jóvenes, entre los 6 y los 18 años, exhiben sus pinturas sentados en el suelo del segundo piso. Quien pase una mirada rápida se dará cuenta de que ese universo multicolor es tan disímil que hay desde figuras terrenales, como animales y montañas, hasta alas doradas y planetas paralelos.
María Ángel tiene 11 años y uno de sus objetivos es descubrir su propia voz en el mundo de la moda. Luce un anillo en cada dedo anular; su pelo está peinado por la mitad y sujeto por dos moñas simétrica, y viste un saco de lana nívea y jeans de estética desgastada. Recuerda el momento en que tuvo la certeza de que quería dedicarse al diseño de modas: se encontró viendo un desfile en televisión y quedó deslumbrada con los trajes, las luces y el estilo. Corrió a contarle a su mamá, quien dicta clases de manualidades, y la animó por tratarse de una profesión en la que puede liberar su creatividad. A su voz dulce le imprime firmeza cuando asegura que en el futuro quiere tener una línea de ropa “muy chic”.
“Para seguir construyendo mi sueño, debo terminar el colegio y empezar a buscar universidades que me enseñen todo eso. Porque mi estilo puede estar en diseños más actualizados o en otros que son más vintage. También están los clásicos o elegantes…”, asegura María. Su obra incluye un maniquí, tijeras y una máquina de coser, que ya sabe manejar.
Los niños que hacen parte del proyecto, denominado Compaginados, intentaron responder qué quieren ser cuando sean adultos y qué tendrían que hacer para conseguirlo. Primero escribieron un cuento en el que se imaginaron siendo los protagonistas de ese camino. “Cuando se graduó, lo hizo con honores y las oportunidades de trabajo eran muchas. Logró convertirse en una de las mejores investigadoras por sus hallazgos en el caso del mayor asesino en serie de Colombia”, escribió Paula sobre su yo del futuro.
Después llevaron las ideas a un collage hecho con recortes de revistas. Nelson Daniel, de 15 años, plantea la disyuntiva profesional que experimentó al escribir su cuento: ¿convertirse en jugador de baloncesto profesional o ser el autor de un nuevo paradigma tecnológico? Los representó como dos mundos que chocan y se enfrentan. Incluso, los “monstruos”, que representan la competencia en el baloncesto, intentan devorar a la tecnología. En su cuento, Nelson resuelve que es posible que ambos escenarios coexistan.

Mientras los artistas suben las escaleras en fila, en el segundo piso suceden muchas conversaciones al mismo tiempo. Al ver ingresar al primero de ellos, los niños guardan un silencio repentino, que dura apenas unos segundos. Desde un extremo del salón se presentan y los niños los escuchan con la cabeza levantada.
Uno de los artistas les cuenta que estuvo en la Antártida como parte de un proyecto cultural y científico. Se detiene de repente y les pregunta si saben qué es y dónde queda la Antártida. “Es el continente del Polo Sur”, dice Dylan, aún con la mano levantada. Las formalidades se extienden por muy poco tiempo, porque, de los 25 artistas, ese día fueron siete a El Paraíso. Todos se mezclan, se dividen en grupos y se sientan en el suelo. Inicia entonces el diálogo sobre la primera mitad de la obra.
Con la mirada fija en el papel, Ana María Montenegro analiza la pintura que escogió para culminar. Es docente y su trabajo ha sido exhibido en espacios de arte contemporáneo en Suramérica, Estados Unidos y Europa. La imagen surrealista muestra a un individuo del que se desprenden un gato, un pájaro y un rayo amarillo. “Pictóricamente están pasando unas cosas divinas, muy bellas con los animales. Me parecen de una genialidad tremenda”, reflexiona, mientras subraya la claridad mental con la que los niños hablan de su porvenir.
Entre ellos está Sara. A sus 9 años considera que la pasión y el talento no son suficientes para alcanzar el sueño de ser arquera de fútbol. De hecho, su cuento parte de la derrota y de las goleadas frecuentes. Sugiere que deben entrenar más, por lo menos tres veces a la semana. Esas horas extra costarían una plata que no tienen, le responden. Pero ella insiste. Hay que ahorrar, llenar la alcancía, esforzarse. Al final del cuento ella y su equipo son ovacionadas por una multitud que celebra su victoria en el Mundial Femenino de Fútbol.
La obra de Sara conectó con el artista visual Daniel Salamanca cuando la imagen le evocó al legendario portero mexicano Jorge ‘El Chapulín’ Campos, reconocido en los años 90 por sus espectaculares uniformes. “Recuerdo cuando de niño jugaba fútbol y quería ser él”, rememora. Desde entonces piensa cómo complementar el cuadro: “El hecho de que haya dejado un primer boceto me invita a seguirlo. Una suerte de continuación, donde tal vez haría algo con lápiz o con colores inversos. Creo que ahí podría pasar algo interesante”.
Pero no a todos los niños les llaman la atención los deportes, la moda o el misterio. A sus 11 años, Dylan, el de la Antártida, asegura que quiere ser contador público y la razón es muy sencilla: le encantan los números y se siente orgulloso de haber recibido en múltiples oportunidades reconocimientos por su excelencia académica. Tiene la convicción de que ese desempeño se reflejará en viajes por todo el mundo. A pocos pasos está Juan José, de su misma edad. Es elocuente y circunspecto. En una clase defendió los intereses de sus compañeros y descubrió que lo suyo es el derecho. Expresó en su obra que el mundo explotaría si los abogados se fueran a vivir a otro planeta.
Hay representaciones que llevan la imaginación por otros caminos. Al escultor Andrés Vergara Bonilla le llamó la atención el profundo sentido espiritual de la obra que escogió: la de Daniel Velásquez, de 18 años. “Él dice que quiere ser un guerrero de Dios a través de la música y su obra tiene que ver con imaginarse a sí mismo con el corazón abierto”. Daniel es pianista y está en la fundación desde que tiene memoria. Cuenta que en El Paraíso no solo es muy fácil conseguir que la juventud se convenza de que no tiene valor, sino que las bandas delincuenciales pueden aprovecharse de eso. “Hubiera sido muy difícil no reconocerme como un ser humano, como una persona con propósito. De pequeño, esto era mucho más difícil, era como muy secreto. Estaba la presión social de: ‘Bueno, toca producir’, ‘Usted va allá a perder el tiempo’. O: ‘¿Para qué sirve hablar de sus sentimientos?’, ‘¿De qué sirve que le enseñen resolución de conflictos?’”. Es posible que la obra de Daniel, que tiene un par de alas doradas que sobresalen del papel, sea complementada con un marco esculpido por Andrés. Esa es apenas una primera idea.
A la hora de la partida, algunas niñas del grupo guían a los artistas por el barrio y les explican el significado de los grafitis que bordean el sendero principal. Se despiden en la entrada de Mirador del Paraíso, la última estación del Transmicable, con la certeza de que se reencontrarán el 13 de octubre. Para ese entonces, los 25 mundos estarán listos para su exhibición y venta en el espacio cultural Animal de Monte. Son las 3:00 p.m. y las partes desérticas de la montaña empiezan a teñirse de naranja.
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