Las maneras de escuchar música no desaparecen, solo se transforman y sobreviven en la memoria de Bogotá. Los tocadiscos se conservan en las casas, los radiocasetes se ocultan bajo algunos bolsillos y los CD resuenan a diario en los reproductores de los taxis. Sin embargo, la forma en la que la capital descubre y consume sus sonidos ha tenido cambios radicales en las últimas tres décadas.
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En los años 80 y 90, el oído bogotano se había vuelto paciente. Constantemente se realizaban llamadas a las emisoras AM y FM para escuchar una canción. La audiencia buscaba mover la cabeza al ritmo de la música en casa o en el tráfico. Era común la cacería de vinilos y casetes importados a lo largo del centro de la ciudad. El rock era un género codiciado, que no solo se escuchaba en la radio local. Por el contrario, se buscaba como tesoro difícil de conseguir en esa época.
La llegada de Rock al Parque a mediados de los 90 rediseñó la experiencia musical capitalina. El estallido de internet y el imperio de las plataformas digitales cambiaron radicalmente el consumo musical. Desapareció la costumbre de tomarse el tiempo para reproducir físicamente los vinilos y casetes. Aquel ritual melómano fue reemplazado por la inmediatez de pulsar una pantalla en los celulares.
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Para entender el consumo de rock en la Bogotá de finales de milenio hay que caminar por el pasaje comercial Omni 19, sobre la carrera octava. En los años ochenta y noventa, la calle 19 era el sitio predilecto de los jóvenes para encontrar reliquias musicales y, hoy en día, representa una parada en el tiempo.
Entre estantes cargados de vinilos, casetes y CD que sobreviven al paso del tiempo, la música todavía suena lejos del polvo. A solo unos metros de allí, sobre la carrera séptima, la escena es distinta: cientos de peatones caminan con auriculares, conectados a un flujo digital e infinito de canciones.
Al cruzar la puerta de Top Musical, en el Centro Comercial Omni 19, el ritmo acelerado del centro se frena de golpe. Las luces blancas y tenues iluminan un espacio pequeño y acogedor donde el aire huele a papel guardado y vinilo conservado. De fondo suena una mezcla de música antigua, salsa cubana y jazz que proviene de una vitrola que demuestra que los discos funcionan en su totalidad.
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“Al comienzo, en los 80, lo que más se movía eran los acetatos, el LP y los casetes”, recuerda John Vargas desde el mostrador del local. Con 45 años de vinculación al sector de la música en este lugar, Vargas es testigo directo de cómo el comercio melómano y análogo resistió a las transformaciones urbanas y tecnológicas. “Acá en la 19 eran quioscos de música que quitó la alcaldía de Andrés Pastrana, pero nosotros nos dimos en la tarea de no irnos del sector, volver a revivir con las uñas y mantener esta cultura”.
En esa época, la circulación del rock funcionaba de forma artesanal e independiente. Las bandas locales grababan sus canciones en cintas analógicas con recursos propios. John Vargas menciona que “todo era muy precario. Los mismos grupos o muchachos venían, traían los casetes y hacían intercambios de música”. Ese intercambio musical era un gran apoyo para la comunidad melómana: las bandas adquirían reconocimiento y la gente disfrutaba su música.
A finales de los ochenta, la llegada del CD revolucionó el mercado por su novedad y calidad sonora. Décadas después de la aparente muerte del formato físico, el centro de Bogotá está presenciando un fenómeno totalmente inesperado. El regreso de lo vintage impulsó nuevamente la búsqueda de estas joyas musicales entre los coleccionistas y jóvenes interesados por lo clásico.
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“La gente se dio cuenta de que el sonido análogo del casete y de las primeras grabaciones en LP eran de excelente calidad”, señala Vargas. Según el comerciante, la reparación de tocadiscos y la reapertura de fábricas en Europa y Estados Unidos reactivaron el mercado. Hoy en día, dicho sector ha vuelto a llenar las estanterías de los hogares con formatos análogos.
Mientras que las tiendas melómanas del centro eran el lugar donde se encontraba la música de forma física, las tarimas públicas se convirtieron en el lugar donde se masificó la cultura roquera. A mediados de la década de los noventa nacía un fenómeno institucional que cambiaría la dinámica de la ciudad: Rock al Parque.
El festival surgió a mediados de 1995, en una era previa al acceso masivo a internet. Su llegada le mostró a la gente una forma diferente de escuchar y descubrir música en Bogotá. “Los primeros eventos se hicieron con conciertos pequeños en varios lados, pero la idea se agrandó con el propósito de hacer un gran festival”, recuerda John Vargas sobre los inicios del evento. “A los primeros que empezaron con esto les tocó con las uñas”, señaló.
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Ese esfuerzo coordinado en la Media Torta y el Parque Simón Bolívar fue bastante productivo. Miles de jóvenes de diferentes localidades disfrutaron del rock en un mismo espacio público sin pagar una boleta.
Antes de la llegada de las plataformas digitales, asistir a Rock al Parque era la única vía para descubrir en directo las nuevas apuestas por el rock local e internacional. El festival no solo presentaba proyectos consolidados y bandas reconocidas, también educaba el oído del público bogotano. Para John Vargas, la existencia y éxito del festival influía directamente en la venta de música análoga. Los bogotanos querían escuchar en su cotidianidad a los artistas que veían en el festival.
Con el paso de los años y el éxito del festival, la logística comenzó a especializarse por los géneros musicales que caracterizan al país. “Se dieron a la tarea de organizarlo más por géneros, por ideales de carrera musical. No revolver el pop con el metal ni el reggae, sino buscar un día especial para el género que se quiere mostrar”, explicó Vargas.
Con el cambio de siglo, la relación de los bogotanos con la música experimentó su quiebre definitivo. La multiplicación del café internet, la llegada del formato MP3 y las plataformas para descargar música impusieron su presencia. El público capitalino dejó de depender del álbum físico y pasó a la descarga digital.
No obstante, la resistencia de este sector comercial nunca dejó de existir: “Nos hemos dado en la tarea de volver otra vez a revivir la música. Nos ha tocado prácticamente con las uñas, porque no hemos tenido de repente un aporte del Estado o de emisoras que vengan y nos den el aval de la labor que estamos haciendo”, puntualizó el comerciante.
Este espacio contrasta con la inmediatez del algoritmo que ofrecen plataformas como Spotify o YouTube. Las tiendas físicas del Omni 19 se convirtieron en centros de recomendación personalizada y pedagogía musical. Ante la escasez de difusión en medios tradicionales, Vargas destaca la vigencia de su labor frente a clientes locales y extranjeros: “Nosotros nos encargamos también de informarles las novedades, la música que estaba de hace 30 años, decirles ‘Vea, escuche esto, que esto sonó a comienzos de los 90’. Es también la información que le brindamos al cliente”.
Rock al Parque consolidó la experiencia comunitaria en vivo y, a su vez, el uso del formato análogo sobrevivió en el corazón de la ciudad y de los bogotanos. Como concluye John Vargas, “en Colombia, la ciudad más roquera es Bogotá”.
* Joseph Fernando Sobrino Pinilla – CrossmediaLab de la Utadeo.
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