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11 Feb 2022 - 9:13 p. m.

Opinión: La Palma Maligna

Las plantaciones de palma evidencian lo invasivo y depredador que son en nuestros ecosistemas y sociedades este tipo de cultivos, que por ejemplo, hace algunos años, cobró la vida de mi padre.
Hoy en día el aceite de palma hoy es el segundo en consumo después del aceite de soya en el mundo.
Hoy en día el aceite de palma hoy es el segundo en consumo después del aceite de soya en el mundo.
Foto: CHAIDEER MAHYUDDIN

Cuando la United Fruit Company se fue de la zona bananera del departamento del Magdalena, y empezó la decadencia de lo que en su auge fue la histórica bonanza, mi papá, que trabajaba para los gringos, dejó de prestar sus servicios a los cultivadores de guineo y se decidió por una finca en Sevilla, tierra óptima para sembrar palma africana. Mr. May, su antiguo jefe, le había avisado del promisorio negocio del aceite de esa palma.

Casualmente, el 23 de abril de 1968, justo cuando iba a cerrar la compra de la tierra, un camión chocó contra su carro, y murió él junto con el primo Andrés, mientras que Pacho, otro primo, sobrevivió y nos refirió el accidente causado por un camionero anónimo, que escapó impune.

Yo tenía nueve años, y cito aquí el trágico suceso porque entre los signos del accidente, por no sé cuál percepción infantil, culpo a la palma africana por la fatalidad que enlutó mi familia; acaso por este resentimiento, entre los monocultivos, son las plantaciones de palma las que más evidencian lo invasivo, y lo depredadora que es esta planta para nuestros ecosistemas, noto que esos palmares chupan para sí toda la humedad del suelo, arruinando la vegetación nativa y desplazando la fauna nativa.

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Acabo de leer el libro “Planeta Palma” de la periodista norteamericana Jocelyn Zukerman, y debo decir que corrobora mi tirria a esa planta con su investigación y sus denuncias sobre lo maligno que es el cultivo, la industrialización, la comercialización, y las oscuras políticas que pagan poderosos monopolios para evitar que prosperen las demandas contra los perjudiciales comestibles, cosméticos, golosinas y biocombustibles que se fabrican a base de aceite de palma.

Respecto a la historia de su cultivo sé que es autóctona de África occidental y central donde, por tradición milenaria, la utilizaban para hacer vino y potecas dulces. En el siglo XVIII los europeos la usaron como combustible para lámparas, y ya en el siglo XX los norteamericanos empiezan a aprovechar sus cualidades oleaginosas, porque del fruto de esta palma que se da en racimos, de la pulpa sacan aceite saturado y de la semilla aceite palmizcle.

Originalmente, el aceite es espeso, de olor fuerte y de color naranja, pero una vez se aprende a refinarlo, se vuelve un producto muy rentable, de tal manera que hoy en día es el segundo en consumo después del aceite de soya; y hasta los europeos ya remplazan con él algunos usos típicos del aceite de oliva.

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Las zonas óptimas para su cultivo están en la franja tórrida al norte y al sur de la línea del Ecuador, por eso los mayores cultivos están en Indonesia, la Malasia, y en el centro y sur América. Además, las plantaciones en todo el planeta ocupan un área equivalente a la de toda Colombia, y se calcula que tres mil millones de personas consumen productos que usan aceite de palma.

La periodista Zukerman, en su libro recoge y comprueba testimonios de comunidades de muchos países que denuncian desalojos de pueblos indígenas, talas de bosques en reservas naturales, incendios forestales inducidos en la selva amazónica, todo para cultivar la palma africana. Explica, además, que si bien hay cultivos de campesinos minifundistas, las grandes plantaciones y toda la cadena de la industria del aceite pertenecen a grandes empresarios y terratenientes con influencias en los gobiernos y en los grupos de poder en el mercado global.

Por lo mismo explotan con impunidad a campesinos, utilizan de mano de obra infantil, y se lavan las manos en la culpabilidad de la palma en la extinción de fauna y flora nativas, de las denuncias por robo de tierra, y también de las afectaciones ecológicas, incluidas sus implicaciones en el calentamiento global, y menos aún lo nocivo que es el aceite de almizcle para la salud humana.

En la cumbre ambiental de Río de Janeiro y en los acuerdos de París, se exigió el evitar el monocultivo de palma de aceite, y en donde los poderosos se comprometieron con las exigencias y crearon la Mesa redonda sobre Aceite de Palma Sostenible (la RSPO, por sus siglas en inglés), que está integrada por los grandes cultivadores del mundo que se hacen veeduría así mismos y le informan a las Naciones Unidas del modo en que contribuyen con la mitigación del calentamiento global.

Realmente todas las denuncias les resbalan, porque son muchas y poderosas las empresas que se sirven de las grasas de palma: Nestlé, Ferrero Rocher, la internacional de dulces Kraft, heladerías de marca, en Colombia Alpina, y varias fábricas de galletas industriales y casi todos los fabricantes de alimentos empaquetados y las empresas de comida chatarra.

Vanas son las serias demandas de oenegés defensoras de derechos humanos, de médicos y de ambientalistas, ya que la Mesa Redonda de palmeros tiene sus propios científicos que desmienten, por ejemplo, que el aceite saturado es el causante de enfermedades cardíacas y arteriales, de obesidad y de diabetes. Además, descalifican a los críticos del desbordado cultivo de palma africana y de la industria del aceite como neocolonialistas, racistas y desconocedores de los beneficios económicos que le deja el aceite de palma a los países donde se cultiva.

En 2005 fue noticia la manifestación de isleños de Sumatra por la tragedia que viven los ya escasos orangutanes rojos y tigres de la zona debido a que los palmeros los dejaron sin hábitat. Ese mismo año, campesinos de Honduras protestaron porque en las plantaciones de palma de aceite les cercaron las aguas. Colombia es absolutamente complaciente con Fedepalma, cuyos miembros, todos latifundistas, se ufanan de ser una industria agrícola que emplea mucha mano de obra y que deja regalías a los municipios.:

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Así las cosas, esta columna, y las denuncias de los afectados, apenas aspiran a que sirva esta información para crear conciencia sobre la importancia de proteger la biodiversidad y de advertir de la peligrosa tentación de ingerir alimentos chatarra. Nada más que la educación sensible con la vida y la autoconciencia nos sirve para contrarrestar las fatalidades que impone una noción de la vida mercantilista y consumista.

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