
Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
Mientras otros niños recibían regaños por rayar paredes o romper cosas, Carlos Díaz tenía permiso para dibujar sobre uno de los cojines de la sala. Cuando llegaban visitas, su mamá simplemente le daba la vuelta. Mucho antes de los reconocimientos internacionales, de los catálogos especializados y de los libros que hoy circulan dentro y fuera de Colombia, ya existía ese niño que parecía necesitar un lápiz para entender el mundo.
De hecho, Carlos recuerda que pasó buena parte, por no decir toda su vida escolar, con un lápiz y unas hojas en la mano. Quizás hoy no responda con seguridad si le preguntan por el símbolo del cadmio o la fórmula para hallar el coseno, pero, al final, ¿quién necesita eso si va a ser ilustrador?
Nacido en Bogotá, pero más bumangués que muchos, hijo de una familia numerosa que ha ido alimentando poco a poco los recuerdos que luego plasma en sus obras, este padre de dos niñas es uno de los ilustradores que tiene el país. No solo lo reconocen los autores a quienes ha ilustrado sus obras literarias, la mayoría en el desarrollo de la literatura infantil y juvenil, sino que además su palmarés incluye nominaciones y reconocimientos dentro y fuera de Colombia, también como autor.
Por solo mencionar algunos, Carlos Díaz fue finalista de la Bologna Children’s Book Fair con su libro Un pulpo, también nominado y reconocido por entidades como la Fundación Cuatrogatos, Fundalectura —en sus altamente recomendados— y el Ministerio de las Culturas y las Artes de Colombia. Además, hizo parte del catálogo White Ravens. Este año es el ilustrador representante de Colombia ante la IBBY Internacional.
Y más allá de los reconocimientos, sus dibujos han tenido recepción entre niños y adultos que tienen contacto con su obra. Modesto y pausado para hablar, Carlos está convencido de que dibujar ha sido su lugar seguro:
“Contar historias a partir de la imagen puede ser mi lenguaje. Desde que recuerdo, siendo muy niño, siempre he dibujado y encontré rápidamente en ello la manera de hablar, de expresarme, porque he sido muy tímido y, digamos, fue mi lugar seguro —esa es una palabra que me gusta—. El dibujo ha sido la forma de interpretar la vida y además sentir la tranquilidad de refugiarme en él”.
Barbero de oficio, el abuelo de Carlos tenía su local en el corazón de Bucaramanga, en la 15 con 15, y allí, cuando iba a acompañarlo, mientras motilaba a los señores de la época, lo dejaba jugar con los periódicos Vanguardia y El Estadio. Leía todo lo que saliera sobre fútbol, se aprendía las alineaciones de los jugadores y revisaba los sucesos del Atlético Bucaramanga.
Recuerda también las tiras cómicas de Kalimán y Memín como sus primeros referentes visuales del cómic. De la prensa que le sobraba a su abuelo en la barbería recortaba los jugadores de fútbol, los avisos y la publicidad, y armaba canchas en las que futbolistas de papel, dibujados por él, se debatían en jornadas deportivas narradas por el niño pintor.
“Es muy chévere recordarlo, eso y la libertad que tuve. Mis padres jamás me reclamaron. Nada de ‘deje de romper cosas’, ‘deje de rayar’ o algo así. Nunca. De hecho, había un sofá en mi casa que yo rayaba siempre. Mi mamá solo me decía que no podía rayar otro, únicamente ese”.
Fue solo cuestión de tiempo y del apoyo de su familia para que encontrara su camino, un recorrido que lo llevó a estudiar en Bogotá. Inundado por la ciudad, con el recuerdo anclado en Bucaramanga, admirando a los ilustradores que empezaba a reconocer, rodeado de referencias que llamaban a su mente, fue encontrando y palpando su propio tono. Aceptó, por una casualidad, un primer trabajo como ilustrador para una editorial, y eso sería el inicio de una etapa llena de reconocimientos.
Los días de los Díaz
Define uno de sus trabajos como una acumulación de recuerdos. Aunque todos los trabajos, así sean por encargo, tienen algo de su esencia, dice Carlos Díaz que este es quizás el libro más personal:
“Es un libro sobre mi mamá, su ausencia y el cómo era ella para su esposo, para sus hijos, para sus hermanos, para las casas, para las cosas y para esos días que vivimos aquí, en Bucaramanga y en Bogotá, durante los años 70, 80 y 90”.
Es un libro que, confiesa, surgió en una sola sentada y, más que un capricho, fue consecuencia de la cantidad de recuerdos y vivencias de las que no pudo escapar:
“Tengo esos recuerdos de niño en la ciudad intactos, de cómo eran las ciudades donde vivimos con mis padres y mis hermanos. A finales de los noventa yo me fui a otra ciudad a estudiar y me quedé completamente allí, ejerciendo mi profesión de diseñador gráfico e ilustrador. Cuando volvía a Bucaramanga era prácticamente un turista. Había un vacío de ella, de todo lo que había sucedido en la ciudad hasta entonces. Empezar a recorrerla nuevamente siempre era un descubrimiento”.
Le sugerimos leer: Arte: los “Territorios imaginados” de Aníbal Vallejo se exponen en Bogotá
Esa nostalgia también es palpable a lo largo de sus propios libros, una obra que siempre vuelve a los amigos, al fútbol, a la música y a todo aquello que le permita ir recobrando esa memoria gráfica que tiene de los lugares y las situaciones vividas.
“Los Díaz días sin con ella”, así tachado, en un juego de palabras para el título de un libro ilustrado para adultos que recorrerán nuevamente los recuerdos de la infancia desde la narración de estas imágenes. Y es también un libro para niños y jóvenes que invita a crear un catálogo de aventuras por vivir. Un libro que se explora a partir de las memorias cercanas y que invita a seguir atesorando esas cosas que nos pasan en la vida y que, ya sumergidos en lo diario, obligan a detenerse y contemplar, recordar o sentir de nuevo como si nunca se hubieran ido.
Un Pulpo En un río
Dos de sus obras, ambos libros silentes, confirman su apreciación de que la imagen también cuenta un relato y surgen a partir de sus propias inquietudes y curiosidades que llegan finalmente a ser las de los lectores, porque esos libros sin letras también generan reacciones.
Un Pulpo, publicado por Océano Travesía, fue definido por la Fundación Cuatrogatos como una obra que “celebra la paternidad como una forma de arte cotidiano. Su protagonista no es un héroe ni un superhombre, sino un padre convencido de que el amor —cuando se multiplica— alcanza para todo”. Trata sobre las aventuras en un día de un pulpo que pasea perros, toca jazz, organiza el tránsito y cuida a sus hijos, transitando situaciones de lo cotidiano y la necesidad de multiplicarse para sobrevivir a escenarios posibles para quienes sienten que no les alcanza ni el día ni las manos para vivir y amar; esa empresa que parece imposible: sacar adelante una familia.
Este libro álbum tiene varias distinciones. Entre ellas, hacer parte del Club de Lectura de las Naciones Unidas para conversar sobre los Objetivos de Desarrollo Sostenible en México y estar incluido entre los libros altamente recomendados por Fundalectura IBBY.
Dice Carlos que sus libros surgen a partir de las anécdotas y de las cosas que pasan en su casa y en su vida:
“Una vez salí de mi casa con más maletas de las que debía y justo la que era indispensable se me quedó. La que más necesitaba para atender a mis hijas. Esto fue una tragedia. Cuando llegué a casa a contarle a mi esposa surgió esa referencia de que parecía un pulpo y de allí a la obra hubo un salto”.
En un río, por su lado, cuenta el paso de un habitante ribereño que, empujando su canoa, muestra el lugar por donde pasa su barca, pero que al mismo tiempo muestra las incidencias y dificultades de estar allí; es una obra que, con sus líneas, hace un trazado desde la selva hasta el lector.
El libro ha recibido varios reconocimientos. Publicada por Gato Malo, fue también recomendado por Fundalectura IBBY, reconocido por el Banco del Libro por su narrativa visual y, por si fuera poco, ganador en la convocatoria a editoriales colombianas del Ministerio de las Culturas.
Dibujar para otros
Carlos ha ilustrado libros para otros autores, es lo que más ha hecho en su carrera, muchos de ellos dentro de los más reconocidos y circulados dentro y fuera del país: Jairo Buitrago, Francisco Leal Quevedo, Celso Román, Edna Iturralde, John Fitzgerald Torres, son algunos. Ese diálogo entre autor e ilustrador también está respaldado con múltiples premios y reconocimientos al trabajo autor-ilustrador.
Por ejemplo, Eliador y el viaje de regreso, de Gloria Cecilia Díaz, publicado por Panamericana, fue seleccionado en el catálogo White Ravens de 2023.
“Lo que más me gusta que pase con mis libros es que la gente pueda preguntarse algo al leerlos y luego querer resolverlo de nuevo con la misma imagen”.
Un reconocimiento al trabajo de lo visual para crear, porque las imágenes también se leen.