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90 años sin Lorca

El poeta Federico García Lorca representa como nadie la tragedia de la Edad de Plata de la literatura española que aquella Guerra Civil convirtió en ruina.

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Alejandro González
18 de agosto de 2026 - 10:00 p. m.
"Romancero gitano", una de las colecciones de poesía más famosas de Federico García Lorca, fue publicada en 1928. Esta obra consta de 18 poemas y fue fundamental para el reconocimiento de Lorca como uno de los grandes poetas de la literatura española del siglo XX.
"Romancero gitano", una de las colecciones de poesía más famosas de Federico García Lorca, fue publicada en 1928. Esta obra consta de 18 poemas y fue fundamental para el reconocimiento de Lorca como uno de los grandes poetas de la literatura española del siglo XX.
Foto: Agencia EFE
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Federico García Lorca era todavía un niño cuando se trasladó a Granada, «ciudad apta para el sueño y el ensueño» , que se convirtió en la tierra que amaría. Era entonces un hombre de música: pianista antes que escritor; y entre las notas de sus noches granadinas aprendió el ritmo que después poblaría su lírica.

Su vocación literaria floreció viajando, cuando en viajes escolares conoció los aires de Ávila, Córdoba y Galicia. Entonces escribió sus primeros textos: «Todos deben sentirse débiles en esta ciudad de formidable fuerza». Sus primeros escritos denotaban una gran influencia de Rubén Darío, pero ya asomaba en ellos el origen del universo lorquiano. Desde el comienzo, su poesía expresó una sensibilidad excepcional: Lorca convertía paisajes y objetos en reflejos de su interior, dominando el símbolo y la metáfora. Dos temas inapagables resonaron siempre: la relación con Dios, lucha espititual de su vida; y la frustración amorosa, unida a la homosexualidad que hubo de ocultar de la España su tiempo.

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Federico García Lorca se instaló en la Residencia de Estudiantes de Madrid en 1919. Allí coincidió con un grupo de talento insólito: Salvador Dalí, Luis Buñuel, Rafael Alberti, Vicente Aleixandre… De allí surgió buena parte de la Generación del 27, y juntos transformaron la cultura de su tiempo: rodaron películas, compusieron y escribieron. Algunas de las personalidades que Lorca conoció en Madrid, como Salvador Dalí o Juan Ramón Jiménez, fueron en su vida figuras complejas, decisivas en el desarrollo de su obra.

Si su infancia dio a Lorca su musicalidad, fue su contacto con Manuel de Falla lo que le hizo amar el flamenco. El Cante Jondo era para Lorca una tradición viva, un arrebato en movimiento. Tanto fue así que desarrolló su teoría del duende, a menudo mal entendida: el duende de Lorca no es gracia ni estilo, sino herida y sacrificio. La belleza de los sonidos negros, del duende, nunca es decorativa; tiene oscuridad y riesgo. «Para buscar al duende no hay mapa ni ejercicio. Solo se sabe que quema la sangre como un tópico de vidrios» . En 1928, es publicado Romancero Gitano. En él, Lorca expresó su admiración por un pueblo que encarnaba muchas fuerzas poéticas: libertad, tradición, violencia… Y, aunque escrito anteriormente, la publicación de Poema del Cante Jondo en 1931 inmortalizó a Lorca en la tradición cultural del flamenco.

Su viaje a Nueva York en 1929 transformó profundamente al poeta. Allí descubrió una oscuridad fascinante, la fuerza de multitudes alejadas de la intimidad andaluza, y encontró en los negros de Harlem una hermandad fatídica con los gitanos de su romancero, que cantaban en el blues la misma pena que lloraba en el cante jondo. «Por los barrios hay gentes que vacilan insomnes / como recién salidas de un naufragio de sangre» . Poeta en Nueva York, reflejo del encuentro entre un poeta y una ciudad incontenibles, regaló a la literatura española uno de sus más bellos libros.

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Fue entre 1931 y 1936 cuando Lorca escribió las obras que le llevaron al olimpo literario del siglo XX. Bodas de Sangre, Yerma y La Casa de Bernarda Alba forman el corazón de su teatro. Sus escenas retrataron España, dividiendo al público. En ellas, hombres y mujeres quedan atrapados entre sus deseos y la moral asfixiante de su tiempo. Mientras Lorca se convertía en enemigo del conservadurismo, tachado de blasfemo, Miguel de Unamuno y Valle-Inclán se levantaban a aplaudir sus obras.

En 1936 comenzó la guerra civil que nunca vio terminar. El conflicto le puso en peligro: homosexual y republicano, se había pronunciado contra el fascismo, y fue animado a huir por sus allegados. Pero decidió quedarse. Quizás confiado de que sus relaciones le ayudarían, regresó a Granada. E incluso rechazó el exilio ofrecido por Colombia y México. «Yo soy español integral, y me sería imposible vivir fuera de mis límites geográficos» . El 18 de agosto de 1936, Federico García Lorca fue fusilado a los 38 años. Su cuerpo jamás fue recuperado, y su asesinato le convirtió en símbolo de una España arrasada que aún lucha por cerrar aquella violenta herida.

Federico García Lorca regaló a la literatura un universo genial de símbolos poéticos. La luna, el agua, los caballos y la sangre ya forman parte de una tradición, de la música que el español escucha en su paisaje. Sus versos son bellos e íntimos. Aunque quizás en su gran musicalidad donde nazca uno de sus malentendidos: parece fácil porque canta, pero debajo hay una elaboración donde el estilo es una forma de genialidad. En la obra de Lorca, siempre hubo bajo el verso el espíritu de los sitios y personas que pasaron por su vida. Su obra es testimonio de un tiempo: en ella es inevitable encontrar una relación profundamente española con Dios, marcada por la culpa y la rebelión, así como algunos de los mejores retratos de la situación de la mujer en España.

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Entre su amplio legado, resulta especial aquella devoción que le profesaron los grandes flamencos, entre quienes su impacto fue inconmensurable: Camarón de la Isla, Morente y muchos otros cantaron sus versos en álbumes mayúsculos, manteniendo vivos sus versos. Así habló Camarón de su muerte en su Homenaje a Federico:

«muerto se ha quedao en la calle,

con un puñal en el pecho y no lo conoce nadie»

Lorca representa como nadie la tragedia de la Edad de Plata de la literatura española que aquella Guerra Civil convirtió en ruina. Y, aunque su figura ha sido elevada a mito, no puede reducirse a lo simbólico. Su cultura no fue una de bustos ni letras solemnes, sino la de las canciones vivas que sobreviven en la voz de un niño. Es importante seguir leyéndolo, seguir viviendo a Lorca, pues los símbolos tienen el peligro de asumirse antes de que empecemos a entenderlos. Y Lorca era mucho más que un símbolo. Ya la dijo en estos versos inolvidables:

«Quiero llorar porque me da la gana

como lloran los niños del último banco,

porque yo no soy un hombre, ni un poeta, ni una hoja,

pero sí un pulso herido que sonda las cosas del otro lado.»

Por Alejandro González

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