El Magazín Cultural

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30 Sep 2022 - 7:30 p. m.

Laura García: “Mi expectativa es lograr que Colombia viva en paz”

En esta nueva entrega de la serie Historias de Vida, creada y producida por Isabel López Giraldo, presentamos una entrevista con Laura García de Pizarro.

Isabel López Giraldo

Laura García de Pizarro fue la encargada de manejar las comunicaciones de Gustavo Petro durante su paso por la Alcaldía de Bogotá.
Laura García de Pizarro fue la encargada de manejar las comunicaciones de Gustavo Petro durante su paso por la Alcaldía de Bogotá.
Foto: Diego Téllez

Soy una mujer tranquila en medio de los avatares de la vida. Alguien que ha tratado de vivir con dignidad, de ser coherente, con principios y que trabaja por la reconstrucción de una sociedad en paz, con oportunidades para todos, próspera, respetuosa con los seres humanos, con sus diferencias, costumbres y valores. Mi búsqueda ha sido la paz, esa que en ocasiones sentimos tan cerca y en otras se nos escapa por una tendencia al conflicto y a la violencia. Me gusta viajar, hacer jardines, no soy la mejor cocinera, pero hago buenos intentos. Soy buena lectora, me gustan la música, las tertulias y el cine.

Orígenes

Mi papá, Jesús María García Álvarez, fue buen padre, responsable, cariñoso, alegre, afable. Se dedicó al comercio, fue cultivador de café, hizo negocios inmobiliarios. Se casó a edad madura con una mujer muy joven, mi madre, por lo mismo, no alcanzamos a conocer a nuestros abuelos paternos. Tuve más referencias sobre mi abuela, Juanita Álvarez de los Ríos, una matrona, mujer muy decidida, conservadora, del eje cafetero.

Luis Mejía, mi abuelo materno, fue un hombre sabio de recio carácter, rubio de ojos claros. Tuvo fincas en Santander dedicadas a la actividad ganadera, estas las heredaron algunos de sus hijos, otras en Caldas con caña de azúcar, maíz, ganado, y en Caldas tuvo otra muy linda y apetecida por finqueros vecinos, de nombre Remolino. María Teresa Palacios, mi abuela, fue una mujer morena, muy cercana a sus nietos, amorosa. Murió cuando mis hermanos mayores estaban muy pequeños, entonces no la disfrutamos mucho.

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Judith Mejía, es mi madre, muy buena mamá, responsable, muy inteligente, bonita, puesta en su sitio, directa, pero dulce y detallista. Es la mamá que regaña, corrige, llama, pregunta, revisa. Mientras nos crió, adelantó estudios universitarios a distancia. Ha sido una gran lectora, recibió la influencia de los años setenta y por lo mismo compartía con nosotros temas referidos a la mujer, al feminismo. Ha sido siempre una mamá rebelde con el patriarcado y religiosa practicante. Hoy, en su adultez, vive de manera autónoma.

Fuimos ocho hermanos, divididos en dos grupos. Yo hago parte del segundo. Una de mis hermanas nació en el Tolima cuando mi papá, a razón de la violencia y de la seguridad en Colombia, tuvo que abandonar una finca cafetera próspera. La mayoría de mis hermanos vive en el exterior donde se han incorporado a sus costumbres y sociedades. La familia vivió la época después de la violencia de los años 50, cuando se frenó la expropiación de tierras y cuando acabó la persecución política de ese periodo para dar espacio a una relativa tranquilidad y estabilidad económica para mi papá y para la familia.

Quienes nacimos en familias numerosas, al crecer y partir del hogar materno, sentimos la orfandad de ese nido, extrañamos el cariño familiar. Creo que eso lo recuperé al vivir años después con Carlos y muchísima gente alrededor.

Infancia

Tuve una infancia feliz con unos padres excepcionales que nos rodearon de cariño y que nos brindaron seguridad. Fui muy consentida, caprichosa, inquieta, alegre. Me encantaba asaltar los postres de la cocina. Por los consentimientos de mi madre, en mi casa se preparaba a diario un menú diverso con el que sé que lograba atender los variados gustos de todos.

Mis abuelos vivieron casi toda su vida en una de sus fincas, de nombre Remolino, que visitábamos con frecuencia: allí nos tocaron las llamadas subiendas, hacíamos paseos, íbamos al río, comíamos pescado, las tías hacían comida típica paisa, frijoladas, en las temporadas de molienda de la caña de azúcar hacíamos panelitas, melcochas y demás. Mis hermanos, mis primos y yo nos sentamos en las barras del corral cuando estaban vacunando el ganado, fue tal el peso y por la recocha que la baranda se cayó causando una estampida situación que enfureció a mi abuelo, tuvimos que permanecer a distancia de él por unos días. No faltaba el nieto que hiciera el chiste, contara un cuento, al que lo picara una avispa o un gusano venenoso o el que se cortara o se cayera, situaciones que compartimos con gran alegría.

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Sin falta, mi papá nos celebraba el día del niño llevándonos galletas que acompañaba de vino de consagrar. Cuando veía que estábamos durmiendo de más y no nos levantábamos, nos llamaba diciéndonos: “Levántense que hoy se casa la reina”. Si tenía algún paseo, iniciaba el día con mucha alegría.

Nos criamos en la época de la bonanza cafetera, entonces, por fortuna, nunca faltó nada en la casa. Mi papá fue un liberal que hablaba mucho de política en la época de López Pumarejo, de Gaitán, de las reformas agrarias; se preocupó por brindarnos una buena educación, una formación que nos hiciera útiles a la sociedad, una vida responsable que le contribuyera al país, así, algunas de mis hermanas apoyaron las campañas políticas de Luis Carlos Galán.

Academia

Estudié en colegio de monjas bajo la tutoría de que mantuviéramos la fe y bajo la exigencia de que fuéramos buenas estudiantes. Años más tarde hice ciencias políticas y me especialicé en administración pública, tengo diplomado de atención de emergencias complejas y estudios en Cooperación Internacional, seguimiento y evaluación de proyectos.

En mi adolescencia y juventud disfruté más las actividades extracurriculares y por lo tanto les dediqué más tiempo. Jugué básquetbol, participé en teatro, danzas; preferí estar en espacios exteriores, más que en sitios cerrados. Terminado el bachillerato adelanté un semestre de economía y fue durante este tiempo en que conocí a un grupo de líderes estudiantiles con fuertes ideas políticas que comenzaron a frecuentar mi casa en Manizales, me regalaron libros para el estudio y análisis, posteriormente conformamos talleres literarios en los que se debatían temas políticos que me abrieron la puerta a una visión política que yo desconocía, eran políticos independientes con ideas que distaban de las de los partidos políticos tradicionales. A la vez, iniciamos la formación física, tanto con deportes como con ejercicio.

En este tiempo, sin saberlo y sin tener plena conciencia, empecé a compartir esos idearios políticos de centro izquierda en un mundo intelectual y en el debate político. Esta época fue absolutamente diferente a lo que había vivido en mi vida familiar. Eran los principios de los ochenta, momento en el que conocí a militantes del M – 19, como Cristian, alguien fundamental para mí en ese momento y quien murió poco después. También conocí a varios compañeros como Belford, quien tiempo después fuera muy cercano a Gustavo Petro y quien actualmente trabaja en el Congreso de la República. A Carlos Duque, gran líder de la Colombia Humana del Eje Cafetero y del Pacto Histórico. A Nelly Vivas, encargada de la regional del eje y quien murió en el vuelo en que viajaba Jaime Bateman. Nelly tuvo el rango de comandancia más alto del género femenino en esa época.

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Ingresé a grupos de estudio político en los que compartíamos poesía, leíamos a los clásicos, a Gaitán, José Martí, hablábamos sobre los procesos revolucionarios de Centro América. También escuchábamos trova cubana, a Pablo Milanés, Silvio Rodríguez, boleros, salsa etc. Nos acercamos a los líderes del frente Farabundo Martí en El Salvador.

Lo más importante fue que compartimos sueños y esperanzas, aprendimos que, más que una lucha por una doctrina política, nos interesaban ideales muy fuertes en los que soñábamos una patria grande, libre y en paz. Entendimos a la vez que estos ideales eran muy difíciles de concretar en Colombia. Vivíamos un bipartidismo en el que no había espacio para la pluralidad, la diversidad o para los movimientos políticos alternativos y mucho menos para la participación de grupos poblacionales diversos; se contaba con una escasa democracia, poco participativa, excluyente, clasista y feudal. Trabajamos por abrirnos espacios como una alternativa política de carácter criollo, arraigada a nuestras costumbres, quereres y sueños, un proceso acompañado de mucha juventud, ideales que iban desde no querer más niños con hambre y en desnutrición, hasta un país del tamaño de nuestros sueños, de oportunidades e inclusión. Posteriormente pasamos por la misma dinámica a una etapa de militancia mucho más comprometida. Bateman, en esta época, con su discurrir político marcó la guía a seguir.

Cuba

Ya en militancia política viajé a Cuba por año y medio con un grupo importante de personas que tenían una trayectoria en regiones de conflicto como Caquetá, Putumayo, Santander, Huila, algunos habían sido presos políticos acusados de rebelión. Ya habían pasado por la toma de la embajada de República Dominicana, el Cantón Norte entre otros. Previo a esta escuela, y en grupo, pasamos un período largo en Panamá dadas razones de seguridad. En Cuba me encontré con una realidad completamente nueva, con personas que ya habían estado en el M – 19, en la selva, en la guerra, obreros de unas luchas enormes en Colombia, mujeres feministas muy fuertes con experiencia al lado de Jaime Bateman con quien habían combatido en Mocoa, en el Putumayo, en el Caquetá. Esta nueva realidad fue bastante fuerte para mí dada mi escasa militancia y salida del hogar familiar para encontrarme con líderes regionales y nacionales ya con formación, discurso e historias de vida de mucho compromiso y lucha, mujeres y hombres que habían sido perseguidos y torturados.

Llegué al curso después de iniciado, lo ofrecían en un espacio netamente militar. Tenía el pelo largo, suelto; vestía falda, camiseta y tenis. En el trayecto a Cuba recuerdo a las azafatas con un estilo, color de pelo y diseño de sus trajes que correspondían a una tendencia rusa, en general muy distintas a las que conocíamos en América Latina. Me costó adaptarme al trato de compañero o compañera y a la formalidad militar, a la competencia en destrezas militares y desempeño físico, razones por las que más adelante opté por aprender y trabajar en comunicaciones. Comenzamos el entrenamiento militar en un batallón, con diana, barracas, plaza de armas, levantada a las cuatro de la mañana; disponíamos de diez minutos para asearnos, segundos para pasar a formación militar e iniciar duras y largas jornadas de trabajo y estudio.

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Cuba contaba estándares muy altos en atención médica, había eliminado en salud pública enfermedades típicas de la región lo que nos obligó a hacer revisión médica al llegar y cuarentena. También contaba con un nivel alto y generalizado de educación. Esta era una Cuba diferente a como nos la habían pintado, donde la solidaridad, el bolero y el Caribe se sentían en la piel.

Contamos con instructores cubanos que habían participado en guerras como la de Angola. En la escuela estudiamos los clásicos de la guerra, tiro al blanco, táctica, estrategia, todo esto mezclado con una fuerte preparación física, con ejército enemigo revisando sus estructuras. Durante las noches hicimos estudios políticos, tuvimos momentos de recreación en los que disfrutamos de la música cubana y de su comida; también viajamos a sitios simbólicos de la Isla. Por un tiempo trabajamos durante las noches, pues sabíamos que, una vez en Colombia, tendríamos jornadas nocturnas. Todo esto era nuevo para mí, realmente fue un choque muy fuerte. Este año fue decisivo, marcó mi futuro.

Carlos Pizarro Leongómez

Desde el primer día en Cuba conocí a Carlos. Se trataba de un contexto masculino, de militantes del M, donde se mezclaban personas de todos los niveles socioeconómicos que contaban sus historias de dolor y hambre, sus luchas y necesidades. Me encontré con académicos, constitucionalistas, expertos catedráticos como Alfonso Jacquin quien marcó gratamente nuestras vidas con risa desparpajada, su estilo samario – barranquillero, con su guitarra, boleros, sueños, poemas, y gritos de alegría o de dolor por los cansancios de las duras jornadas. Compartimos con gentes que les había tocado vivir la exclusión social, la marginalidad, pero con unas ganas inmensas de vivir y entregar hasta lo imposible por una Colombia diferente.

Esta mezcla de poetas, enamorados, cantores, donde las mujeres, quienes éramos escasas, por lo mismo un tesoro, jugamos un papel preponderante en la toma de decisiones. He de mencionar que estaban prohibidas las relaciones de pareja, pues en el curso anterior al nuestro, el que se tomó la embajada de República Dominicana, las mujeres elegían y determinaban por su posición, con ello generaban dificultades, por lo mismo prefirieron no sortear en nuestra escuela.

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Dentro de la organización se mencionaba lo que había sido de la vida de Carlos en los años sesenta, la misma que se dividió en dos cuando, en Vélez, Santander, cayó preso mientras se encontraba en una móvil enviado por Bateman. Estuvo privado de su libertad, permaneció tres años como preso político en la Picota de Bogotá. Su pareja de ese momento llegó a la cárcel de mujeres en Santander.

Carlos logró su libertad con la amnistía ofrecida por el presidente Belisario Betancur. Muy rápidamente llegó a Panamá a la cumbre del M – 19 con Bateman y todos los líderes. Luego viajó a Cuba donde inició el curso que nos unió en la vida. Para ese momento él se encontraba solo, no estaba en ninguna relación de pareja, lo que hizo posible que empezáramos a conocernos, a compartir todo, desde el alimento, la ropa, las actividades, el estudio, la lectura, las miradas hermosas, los poemas, los sueños, las canciones. Muchas veces, en mis debilidades y enfermedades, Carlos fue la mano amiga, el abrazo fraterno, la palabra dulce y la mirada tierna y cómplice. Muchos años después fue a mí a quien me correspondió retribuir a este gran apoyo ayudándolo en su enfermedad y aliviando heridas del alma. Todo esto permitió que fuéramos estrechando lazos. Compartíamos todo el tiempo como si no tuviera comienzo ni fin: me daba serenatas, me escribía poemas y notas que encontraba debajo de mi almohada. Compartimos también el proyecto político, los ideales. Eso sí, fuimos muy discretos hacia los demás, pero muy abiertos el uno con el otro. Entre nosotros no había sombras, en medio de un todo estábamos los dos y así fue por muchos años. Soñamos, construimos y compartimos juntos. Cada uno tenía responsabilidades distintas, pero nos apoyábamos. Respetamos nuestros espacios, el suyo, el de la comandancia; por mi parte me encargué de las comunicaciones tácticas y estratégicas de la comandancia de Carlos.

En la última fase Carlos salió a hacer curso de general y comandante. Este fue un periodo importante para él y para nosotros que afianzábamos las relaciones de cariño, confianza y amistad, también con el grupo. Visualizábamos el regreso, porque sentíamos esas ansias de volver al país, a nuestra comida, porque la preferíamos por más maravillosa que nos pareciera la cubana con su pescado fresco, postres, enlatados rusos que disfrutábamos enormemente. En ese momento una nueva Colombia era y sigue siendo nuestro sueño. Fue un tiempo en el que todo estaba por verse y construirse.

Antes de salir de la escuela, Carlos me consultó y comentó sobre una operación de varicocele que le debían practicar, de otra forma no podría tener más hijos. Aun no habíamos vivido la intimidad, por lo mismo me sorprendió. Después entendí que con él todo era así: contaba, preguntaba y compartía sus temas, por fuerte que fuera la situación. Me preguntó si estaba dispuesta apoyarlo en esto. De otro lado, me pidió también que lo acompaña en su nueva tarea: “El Monte: encargarse de una estructura político militar”.

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Su regreso fue una gran alegría para todos dado el reconocimiento y afecto del grupo por él. Empezamos a caminar juntos, de la mano, a abrazarnos, a ver sus películas favoritas con las personas más cercanas, a contarnos todo lo vivido en ese espacio de tiempo. Me trajo regalos, poemas escritos en la ausencia. Así fuimos encontrando nuestros espacios íntimos y compenetrándonos en todo.

En la Habana vivimos en casas de seguridad. Seguíamos organizando actividades por nuestra cuenta. Conversábamos con la gente de diferentes sectores y estructuras. Vivimos veranos en donde el día era totalmente diferente a los nuestros, con altas temperaturas, por encima de cuarenta grados. Nos levantábamos antes del amanecer. Nos veíamos obligados a parar actividades por las fuertes temperaturas hacia las diez de la mañana, retomábamos finalizando la tarde hasta entrada la noche. En los inviernos el mar abrazaba aún más la isla y llenaba las playas. Nos regalábamos las olas más grandes y competíamos. Era desconcertante que a quienes afectaba el invierno y le destruía sus casas, pasaban a ser los primeros en el listado de entrega de viviendas: eso aquí nunca sucedía. En esa época conocimos muchas cubanas, los compañeros eran expertos tejiendo lazos de amistad y haciendo nuevos amores: ya saben cómo son para enamorar los colombianos, aún más después de un periodo de soledad. Las parejas que se habían conformado se hicieron públicas y sus romances fueron evidentes, a flor de piel.

Disfrutamos de Cuba de manera intensa: descansamos, fuimos al cine, compartimos con amigos cubanos, disfrutamos la rumba y la trova cubana, conocimos a Santiago Feliú, a Silvio Rodríguez, entre otros que nos apoyaban y alentaban en nuestra lucha. Llegado el fin de este hermoso tiempo, viajamos por Europa, llegamos a Checoslovaquia, después a otros países buscando apoyos internacionales y temas de cooperación. Hicimos contactos con países socialistas, visitamos también países de América Latina donde tuvimos reuniones con líderes. Meses más tarde, finalmente llegamos a Colombia donde iniciamos una vida nueva en sus montañas.

En los días de descanso conocí la historia de Carlos, las experiencias de su infancia, sus gustos, supe de su vida en los Estados Unidos, en Cartagena donde nació, en Cali; conocí detalles de su vida familiar, de su experiencia en la universidad, en el seminario en Rio Negro, posteriormente en Bogotá; conocí de sus estudios y de sus luchas estudiantiles en la Universidad Javeriana de donde fue expulsado y de la entrada a la Universidad Nacional con Aida Avella y otros líderes con quienes hizo marchas y proclamas. Eran los rebeldes de la época.

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De la Nacional se fue a las FARC. Supe de su desengaño de la revolución idealizada y su posterior deserción de esta guerrilla; su regreso a Bogotá y el encuentro con Bateman, con Toledo, con Almarales, con NINA, mi cuñada, a quien amamos. Fue el inicio de un nuevo proyecto de organización, en ella se le asignó la tarea de crear una organización en Santander llamada “Móviles”. A los tres meses los asaltaron dejándole a Carlos una gran experiencia. Fue preso político, pasó por la tortura, por días aciagos y de soledad en la cárcel.

La selva es indomable, recia, fuerte, pero a la vez abriga, pocas veces estuvimos en ella porque decidimos tener una presencia político militar en zonas de contacto más directo con la comunidad, sin aislarnos. Vivimos una juventud plena, la cotidianidad, desde la primera armada del cambuche que compartí con él. Como todas las relaciones, tuvimos nuestras altas y bajas, pero permanecimos juntos hasta el final de su vida.

Carlos fue un hombre suave, aunque fuerte cuando las circunstancias obligaban, muy puesto en su lugar, muy maduro, con una claridad política que lo llevó a estar dispuesto a entregar su vida por la causa. Vivió intensamente bajo la certeza y la convicción de la paz, porque todo giraba alrededor de ella y de la construcción de un cambio político en el país. Logramos plantear una propuesta política alternativa en la que sí fuera posible hacer negociaciones de paz y buscar la reconciliación en Colombia. Lo hicimos a través de un único líder, de un único vocero, como era Carlos Pizarro, y lo logramos con suficiencia.

Heridas profundas

De mi paso por la guerrilla guardo recuerdos que me han dejado no solo heridas en el alma, sino en mi cuerpo. En el año 1984 cuando estábamos bajo un acuerdo de paz en el gobierno de Belisario Betancur, nos desplazábamos en el Valle del Cauca hacia al sitio de negociación y concentración de todas las fuerzas. A pesar de que se había acordado un cese al fuego y un despeje, es decir, la no presencia de fuerzas militares, nos emboscaron, detuvieron los vehículos de la caravana en la que íbamos, identificaron a Carlos, pidieron que nos bajáramos del vehículo a lo que Carlos se negó y nos pidió que no nos dejáramos bajar. Entonces un policía con un fusil le apuntó en el pecho. Se dieron unas discusiones con la gente que estaba en el lugar.

Carlos le dio la orden al conductor de arrancar. En ese momento vi que el policía desaseguró el fusil, entonces puse la mano presintiendo que lo iban a matar. Quise proteger su vida. Sentí el disparo. El carro arrancó y rodó cien metros bajo una balacera. Carlos me vio herida, entonces me protegió con su cuerpo. Pero alcanzó a recibir un tiro en la espalda. Cuando reaccionamos, la camioneta no pudo avanzar más. Carlos me tomó de la otra mano y buscamos ponernos a salvo. Por supuesto, hubo más heridos.

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La prensa nos acompañaba y esa imagen de dolor y nuestra angustia fueron registradas por El Espectador. Aún hoy, cuando veo esa foto, recuerdo todo lo que sentimos en ese momento.

Valoro la valentía que tuvo Carlos, porque después de eso pudimos haber dejado la paz a un lado y volver a la guerra, pero para nosotros ese no era el camino que queríamos para nuestro país, ni para nuestra vida. Y así, con dolor, continuamos con los diálogos hasta llegar a ser los firmantes del proceso de paz del M-19. No nos quedamos en el odio, trazamos un camino que terminó en la nueva Constitución del 91, que fue avance democrático en América Latina.

María del Mar

Me parece ver a Carlos en mi hija, María del Mar, en su rostro, en sus ojos, en sus gestos, en su forma de caminar. Una anécdota fue cuando la inscribí en modelaje para que aprendiera a caminar, solo que una vez se bajaba de la pasarela, la de Hernán Zajar para la que desfiló, retomaba el paso de su papá.

Como Carlos, María del Mar es suave con las personas y dura con los problemas: los dos incluyentes, pausados, moderados, respetuosos, expertos en sus temas, estudiosos y grandes lectores, preocupados por los demás. Su nombre “Mar” vino de su abuelo que era almirante y del amor de Carlos por su padre y su gran talante, este “El Almirante Pizarro”, todo un capítulo. Mi Mar fue un regalo de cumpleaños, soñada, esperada, ansiada: la ternura vuelta persona. Durante mi embarazo, Carlos almorzaba de último sin que le importara si debía esperar a que lo hicieran cien personas o más antes que él; fueron muchas las veces que dejó de comer para que yo lo hiciera y sin que yo me percatara de su sacrificio, solo hasta mucho después.

María del Mar es una gran lectora, de altas exigencias académicas, constante en el trabajo, leal como lo fue su padre. Interpreta muy bien las palabras de su padre en las que menciona algo como: “Para mí lo más indigno es vivir en una sociedad donde algunos se creen con derechos, sobre todo, sobre los bienes, sobre los servicios, en una sociedad que pasa por encima de los otros, que cree que tiene el derecho de esclavizar a otros. Esto me resulta muy doloroso”. Porque Carlos no aceptó jamás el maltrato ni la discriminación, temas sobre los que trabaja María del Mar.

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Para Carlos fueron muy importantes sus dos hijas pues a Carlos Andrés no alcanzó a conocerlo. Fueron muy importantes en especial por haber nacido en una sociedad machista, patriarcal. Más allá de la preocupación por el bienestar de sus hijas le aterraba ver la manera como la infancia en Colombia moría por desnutrición, sin alternativas ni posibilidades; sentía la lucha de sus padres, en un Estado que les daba la espalda, que los abandonaba.

Ruptura temporal

Una vez negociada la paz con el gobierno me instalé con Carlos en la casa de sus padres en Bogotá. Carlos permaneció en Bogotá cincuenta y un días, veinte de los cuales yo lo esperé en Cartagena. Durante este tiempo sostuvo una relación de la que nació Carlos Andrés. Me abordó el tema con dignidad y con respeto, aunque para mí fuera algo muy doloroso. Me pidió un tiempo, entonces decidí alejarme de toda la actividad política.

Finalmente decidimos continuar con nuestra relación. Conseguimos una casa en la calle 45 bajo la Caracas, en la que adaptamos el primer piso en el que viviríamos. Aunque todo el tiempo tuvimos la presión de las amenazas de muerte que caían sobre él. Supimos que en Antioquia y en los Llanos estaban sumando recursos con empresarios para pagar su asesinato. No fueron pocas las veces en que abordamos el tema, porque la preocupación era enorme. Carlos me decía: “¡Ojalá me den un año más de vida! Por favor, enséñale a María del Mar que habrá quienes nos quieran y validen, pero también habrá quienes nos desprecien y maltraten”. Fue mucho lo que me pidió que la orientara, que le transmitiera nuestros principios y luchas.

Muerte de Carlos Pizarro

El día en que murió Carlos, yo estaba en la casa de mi suegra disfrutando de una ducha. En ese momento estaba la radio prendida y escuché a lo lejos la noticia de que lo habían asesinado. Salí corriendo, no sé cómo, me vestí y llegué a CAJANAL. Allí sentí que mi vida había acabado, nuestro proyecto político quedaba herido, pero recordé, en esa soledad acompañada, que mi hija era el motor que movía mi vida.

Después de la muerte de Carlos fui jefe de hogar. Nunca se me reconoció mi condición de viuda. Más allá de la relación de pareja, Carlos y yo fuimos amigos, compañeros, una unidad. Tuve que afrontar su ausencia, lo hice trabajando, retomando la universidad, pero priorizando el colegio de María del Mar, por lo mismo me tomó mucho tiempo terminar mis estudios. Fueron las mujeres de Colombia, jefes de hogar, quienes me dieron el aliento que necesitaba para seguir adelante. Asumí asesorías a las que llegué a través de amigos y aliados políticos, fue desde allí donde pude ver cómo salían adelante estas mujeres, valientes, luchadoras, pese a estar en lugar de vulnerabilidad. Si ellas podían, yo podría.

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María del Mar estudió con media beca algunos semestres en Inglaterra, se ayudó tomando un apartamento y subarrendándolo, tomando trabajos de medio tiempo e inició varios emprendimientos. Solo así logró complementar la mesada que yo le hacía llegar, la misma que me implicaba grandes sacrificios de los que nunca le hablé.

La vida continúa

Con gran esfuerzo y con la claridad de que debía seguir adelante, a mis veintiséis años y con una hija, tuve que seguir adelante. Entonces me dedique a educar a María del Mar, tanto humana como académicamente. Fuimos afortunadas al contar con mi familia y con la familia de Carlos; nuestros sobrinos fueron un gran apoyo y compañía. Pudimos hacer paseos a la finca de Margoth y Nina, mi cuñada. Busqué realizar mis estudios con mucho esfuerzo, trabajando y priorizando las necesidades de mi hija.

Estudié Ciencias Políticas y Resolución de Conflictos, me especialicé en la ESAP en Administración Pública Contemporánea. Trabajé con el sector y privado y público, obtuve experiencia en entidades del orden nacional y local, en proyectos, administración y formulación de políticas públicas, investigación, ejecución, seguimiento y evaluación de proyectos, en planeación.

Doy gracias a Dios, a la vida y a quienes me ayudaron pacientemente. Por ellos siento que debo seguir contribuyendo al desarrollo de este país.

Gustavo Petro

Desde los primeros tiempos conocimos a Gustavo Petro, quien trabajó de cerca con Carlos Pizarro. Nos sentimos todos muy orgullosos de lo logrado, de trabajar en torno a un proyecto y a una propuesta política que Carlos lideró y que Petro supo recoger. Son muchas las personas involucradas sin que hubieran sido visibles, pero sí muy importantes.

Siempre hemos tenido claro que, detrás de su nombre, hay un país dolido, sufrido, que espera un cambio. Si bien nosotros cometimos errores, hemos pedido perdón para rectificar. Tenemos claro que no podemos perseguir al opositor como nos persiguieron a nosotros. Nos fuimos a las armas porque no teníamos la libertad de reclamar por derechos básicos, por fortuna, nuestro clamor fue recogido en la Constitución del 91, aunque todo esté por hacerse.

Manejé las comunicaciones de Petro en su Alcaldía de Bogotá. Monté las rendiciones de cuentas para acción comunal llamadas: “Usted tiene la palabra”. Monté la tarima, de la que me bajaba para darle todo el protagonismo, con Carlos fui igual porque nunca me vieron ahí, pues soy muy buen segundo, sé trabajar en equipo.

Proyección

Mi expectativa es lograr que Colombia viva en paz, en un verdadero Estado de Derecho, en un país de libertades en el que nuestros líderes sociales, comunitarios, nuestros jóvenes y niños puedan vivir en paz, con alternativas, con desarrollo económico. Carlos siempre habló de un país de propietarios con desarrollo agrario y sé que estamos en el momento para lograr ese sueño desde el Pacto Histórico y llegar a un verdadero acuerdo nacional.

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