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La “Madonna colombiana” que abrió camino al drag en el país: 36 años desafiando prejuicios

Mucho antes de que el drag ganara visibilidad cultural, Madorilyn Crawford ya hacía transformismo en Colombia. El Espectador habló con la pionera del drag sobre la evolución de esta forma de arte, los cambios que ha visto en tres décadas y las señales de discriminación que hoy le preocupan: “Esto está volviendo a parecerse a nuestra época”.

Luisa Lara
Madorilyn Crawford lleva 36 años haciendo transformismo en Colombia.

Madorilyn Crawford lleva 36 años haciendo transformismo en Colombia.
Foto: Madame Supernova

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Mientras Madonna llevaba la canción Vogue a los escenarios y convertía en fenómeno global una estética que bebía de la escena ballroom afroamericana y latina de Nueva York, en Colombia comenzaba a aparecer otra diva. En televisión, una transformista de cabello platinado era presentada como “la Madonna colombiana gay”. Su nombre es Madorilyn Crawford.

Oriunda de Villavicencio, comenzó su carrera a inicios de los años noventa, cuando el transformismo todavía era marginal en la vida nocturna y en los medios de comunicación. Su personaje nació de una tradición de espectáculos en la que el vestuario, el maquillaje y la actuación permitían jugar con las expresiones y los roles de género. Con el tiempo, esa práctica se transformaría en lo que hoy conocemos como drag.

Para Crawford, el transformismo se convirtió en un trabajo. Su historia comenzó en los bares de Bogotá, entre pelucas, shows de medianoche y caracterizaciones de Marilyn Monroe y Madonna, dos referentes cuya unión de nombres dio origen a “Madorilyn”. El personaje tomó forma en una época atravesada por la discriminación contra las personas LGBTIQ+. La homosexualidad llevaba poco tiempo despenalizada en el país, así que la persecución y los prejuicios seguían presentes.

Más de tres décadas después, Crawford, pionera del drag en Colombia sigue sobre los escenarios. En entrevista con El Espectador, recuerda cómo nació su personaje, las veces que tuvo que entrar por la puerta de atrás y cómo ha cambiado esta forma de arte LGBTIQ+ en el país. También habla de lo que significa hacer drag en un nuevo escenario social y político marcado por el aumento de discursos contra las personas sexodiversas.

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¿Cómo comenzó su trayectoria en el drag?

El drag es más actual frente a lo que yo hacía cuando comencé como performer. En esa época hablábamos más de transformismo, y yo vengo de esa escuela. No es exactamente el mismo género, pero sí viene de allí. Para mí, el drag fue prácticamente una representación de lo que yo ya hacía desde los años 90. Estoy hablando más o menos de cuando veníamos de una tradición de shows de los años 80 en los que predominaban la balada, la ranchera y lo que conocemos como música de plancha.

Personalmente, abrí mi carrera como performer de Madonna porque sabía que eso me permitía vivir y hacerme conocer. Lo mío no comenzó simplemente por quererme trepar o transformar para hacer un show, sino porque rápidamente me di cuenta que era un trabajo. Poco a poco me fui convirtiendo en una transformista más visionaria y tuve la oportunidad de llegar a medios de comunicación y ser entrevistada.

En ese entonces, Madonna estaba en su cuarto de hora —aunque siempre ha estado divina— y yo tenía cierto registro para llevar al escenario su imagen, el show, el parecido y todo lo que implicaba esa caracterización. Entonces empezaron a llegar más entrevistas y más visibilidad.

¿Cuáles fueron los primeros espacios en Colombia en los que se presentaba el transformismo? En Bogotá, donde usted residía, ¿estos espectáculos se concentraban principalmente en bares gay?

Los bares gay siempre han existido en Colombia de una manera u otra, algunos anónimos y otros visibles. Yo llegué en un momento en el que unos permanecían escondidos y otros eran medio visibles porque la homofobia venía incluso desde la ley. De cierta manera, estar en un bar bailando con otro hombre se veía como algo prohibido.

Los primeros sitios que se abrieron estaban en bares del centro y fueron una oportunidad para el transformismo. El show de medianoche era como un rito de la rumba. Los bares siempre apoyaron el transformismo porque la gente esperaba ese momento; también era una oportunidad para vender y llenar el sitio. Había un bar muy pintoresco que se llamaba Adonis Club, al que asistían personas de mayor estatus, digámoslo así.

Pero el drag vino a conocerse más en Zona Franca, prácticamente con los concursos. Ahí fue donde empezó a tomar más fuerza ese drag del que estoy hablando. También había muchos bares en el norte, desde la 72 hasta la 100, donde hoy en día prácticamente no queda ninguno. En la 100 con 15 había un amanecedero que se llamaba Disco Fuego. Allá llegábamos todas.

¿Cómo nació el personaje de Madorilyn Crawford?

Yo llegué de Villavicencio y quería conocer una discoteca. Por medio de unos amigos llegué a una de las que había en el centro de Bogotá y ahí empecé a rumbear y a familiarizarme con ese mundo. Ya entrando los años 90 comencé a conocer los shows de transformismo. Me parecían encantadores y, al mismo tiempo, una tarea muy difícil.

Había un bar que se llamaba Tasca, que era como un altar a Marilyn Monroe. Uno entraba y encontraba cuadros de ella por todos lados. Los fines de semana hacían diferentes actividades: la hora del desahogo, la hora del transformismo, el concurso de Marilyn, entre otras. De tanto ver esos shows, se me presentó la oportunidad de hacerlo y ahí tuve una de mis primeras caracterizaciones.

Una vez asistí trepada con una peluca que alguien me había dado, que yo misma arreglé y acondicioné. Ahí empezó la historia de Madorilyn, aunque todavía no fuera Madorilyn. Comencé a moverme dentro del mundo del transformismo y a entender lo que necesitaba para construir una caracterización: la peluca, los zapatos, la actitud y, sobre todo, aprender a manejarse dentro de ella.

Después quise seguirme trepando y acompañé a unas amigas a otra discoteca, que podría decirse que era la competencia en ese entonces. Allí gané un concurso caracterizada como Marilyn. El dueño del bar trabajaba con eventos, le gustaban las caracterizaciones y me propuso que interpretara a Madonna. Me ofreció todo para montar el show: el bar, los ensayos, el DJ y hasta los bailarines. Prácticamente, él me dio la oportunidad para que naciera Madorilyn. Y aquí estoy 36 años después.

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¿Qué curiosidades buscaban los medios de comunicación cuando se acercaban al transformismo en esa época?

Era amarillismo. En esa época se hablaba de “la loca”, entonces a mí me tocaba ser muy directa: “Vamos a hacer la entrevista, pero no quiero que me digan loca”. Yo sabía que el machismo y el amarillismo llamaban la atención y que los medios vendían de eso. Les decía que podían llamarme homosexual, gay, por mi nombre jurídico o por el nombre con el que trabajaba, pero “loca” no.

Cuando tenía entrevistas en televisión eran apariciones pequeñitas en los noticieros del mediodía o de la noche. Salía un minuto como “la Madonna colombiana” o “la Madonna colombiana gay”, y eso bastaba para que después me llamaran por teléfono y me contrataran. Eso era como mi internet. Generalmente las notas giraban alrededor de mi parecido con Madonna, aunque tampoco puedo decir que me hayan irrespetado; en general, todo salió muy bien.

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Claro que siempre había retos. Mi primera entrevista fue en la Javeriana y me hicieron atravesar, a las dos de la tarde, el patio donde estaban todos los estudiantes. Yo llevaba el cabello platinado porque en esa época no llegaban las pelucas rubias como ahora. Salir así a la calle o montarse en un bus llamaba muchísimo la atención; hoy es algo mucho más normal.

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¿Cómo era abrirse espacio como transformista en una sociedad que todavía no comprendía muy bien las diversidades sexuales y de género?

Yo fui de esas artistas que, si hablamos del mundo heterosexual, entraban por la puerta de atrás y salían por la puerta de atrás. Gracias a esas pequeñas apariciones en televisión me contrataban para interpretar a Marilyn o Madonna, y fui creando mi propio estilo de show.

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Por ejemplo, repliqué ese Happy Birthday de Marilyn, pero aparecía dentro de una torta gigante de icopor. Me metía en la torta desde la cocina, entraba por detrás y después salía por ahí para hacer el espectáculo. La sorpresa era esa: el maricón estaba pegando, estaba de moda y era genial tenerlo en la fiesta.

¿Pero por qué digo que entraba por la puerta de atrás? Porque si tú eras una modelo y salías en la prensa con el maricón que habías invitado a tu fiesta, entonces empezaban a decir que eras lesbiana. Si eras un actor, pasaba lo mismo. Querían vernos, querían tenernos en sus fiestas, pero no querían que se supiera. Entonces me pagaban y para afuera. Yo también terminé acostumbrándome a eso.

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¿Cómo ha cambiado hacer drag en Colombia?

Antes era más escondido, todo era más “enclosetado” por la misma situación social. Yo puedo contarlo porque, de alguna manera, soy un portal entre esas épocas. La gran diferencia es que ahora hay mucha más visibilidad y el drag se puede apreciar de otra manera.

Antes era más difícil. Uno podía estar en una discoteca y de repente llegaba la Policía, prendía las luces, acababa la rumba y todos para el camión. A mí nunca me pasó, pero lo vi y lo viví a través de otras personas. Con papeles o sin papeles, podían llevarlos a la estación y soltarlos a la hora que quisieran al día siguiente, simplemente por molestarlos. No importaba el estrato ni quién fuera; podía pasarle a cualquiera.

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Y volviendo al tema de la visibilización, las cosas fueron cambiando. Ya no se trata solamente de esas entrevistas que exaltaban el mundo gay desde el amarillismo, sino que se fueron abriendo oportunidades para reconocer también lo artístico.

Los espectáculos empezaron a ser vistos como arte. Yo he tenido la oportunidad de presentarme en museos y galerías, y la gente ya lo reconoce de otra manera. Antes era muy difícil que incluso los dueños de los bares entendieran esto como un arte. Era un trabajo mal pago y lo que esperaban era simplemente que la marica llegara y se presentara. Yo siempre tuve una posición muy clara: no me visto para verme bella ni solamente para que me aplaudan; necesito que me paguen porque este es mi trabajo. Ahora hay nuevas oportunidades, buenas activistas, otras relaciones y lugares a los que uno puede llegar y encontrar apoyo. Entonces sí, las cosas han cambiado.

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Haciendo el ejercicio de mirar atrás, tanto desde el drag como desde la experiencia de las personas LGBTIQ+, ¿cómo siente que ha cambiado la discriminación con el paso de los años?

Las experiencias siguen siendo las mismas, solo que son otros tiempos. La discriminación sigue y siento que ahora algunas cosas se están volviendo a parecer a las de antes: papá, mamá, hijos, religión, y se empieza a cuestionar nuevamente la inclusión. Entonces la situación se pone difícil. En mi caso, que ya viví esto, pensar en volver a lo mismo da un poquito de pereza.

Hoy la juventud es más parada porque tiene mayor visibilidad. En nuestra época también podíamos ser paradas, pero no teníamos las mismas posibilidades de demostrarlo. Ahora pueden plantarse y responder, y eso también me preocupa porque pueden ocurrir tragedias. Ojalá no lleguemos a eso.

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Uno vuelve a encontrarse con mensajes y memes de odio. Y no estoy hablando solo de Colombia; vienen de México, de Buenos Aires, de distintos lugares. Hubo un tiempo en el que dejé de ver esas cosas y ahora están apareciendo otra vez. Entonces pienso: “Wow, esto está volviendo a parecerse a nuestra época”. Y eso no aguanta.

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Dentro de la cultura drag y ballroom, las “casas” han funcionado históricamente como familias elegidas, lideradas por figuras de madres o padres que acompañan a sus integrantes. Usted también creó la Casa Crawford. ¿Cómo nació y qué significa para usted?

Mi casa nació de una manera distinta. Surgió con unos chicos que querían ser trans y buscaron en mí esa oportunidad de acompañarlos en su tránsito. Llegaron como capullos y terminaron como mariposongas; se me iban convertidos en unas chicas guapísimas, todas. Esa fue mi primera Casa Crawford.

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Sin querer, ahí me convertí en madre y decidí ponerle a la familia el apellido Crawford, que viene de una luminaria de Hollywood. Me parecía que el apellido jugaba muy bien con Madorilyn.

Después de esa primera experiencia vino una segunda casa, que es la familia que tengo actualmente. Ya no está conformada solamente por personas trans; hay chicos que cosen, otros que son activistas, todos son muy distintos. Esta casa es más una familia diversa, con otros valores. Como la mía pueden existir muchas casas y cada una, de cierta manera, refleja su propio ejemplo. El mío es que estemos ahí, fuertes, y salgamos adelante.

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Yo soy la persona mayor. Ellos todavía están empezando, tienen entre 20 y 28 años, y pienso que hay cosas que quizá no pueden ir a contarle a su mamá biológica, pero aquí tienen a la madre. Ahí uno evoluciona de amigo a familia.

Con esta segunda casa ya llevo 11 años; con la primera creo que duré ocho o nueve. Los he visto madurar y hemos madurado todos también. Me siento bien porque es una familia muy chévere.

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Luisa Lara

Por Luisa Lara

Comunicadora social con énfasis en periodismo. Tiene estudios de género y diversidad en el Knight Center for Journalism. Interesada en contar historias con una perspectiva interseccional y feminista.
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