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Opinión: la generación Z se viste como si nunca antes hubiera usado ropa

Hubo un tiempo en el que, si querías saber cómo era alguien, te fijabas en su ropa.

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Thomas Morton l The New York
20 de agosto de 2026 - 08:00 p. m.
Jóvenes neoyorquinos pasando el rato en el parque Herbert Von King de Brooklyn, Nueva York, el 25 de julio de 2026. / Elinor Kry/The New York Times
Jóvenes neoyorquinos pasando el rato en el parque Herbert Von King de Brooklyn, Nueva York, el 25 de julio de 2026. / Elinor Kry/The New York Times
Foto: Elinor Kry/The New York Times
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Como un joven que trabajaba en una revista de moda urbana, que entonces era popular, solía deleitarme clasificando a la gente por lo que llevaba puesto. Podía decirte de un vistazo qué tipo de música escuchaban, si trabajaban, cómo serían en la cama, qué tipo de cerveza beberían, todo por el corte de la pernera de su pantalón o el número del peine de la máquina de cortar cabello.

¿Suéter de lana y gorra blanca que le tapa demasiado los ojos? Ese es un deportista. ¿Sudadera gris con capucha rota sobre unos jeans enormes cuyos dobladillos están absorbiendo el agua de los charcos? Esa persona fuma marihuana. ¿La misma sudadera con capucha, pero con las mangas arremangadas más allá de los codos? ¡Cuidado! Ese es el indicador universal de metanfetamina.

Hoy en día soy un hombre de mediana edad que trabaja en la puerta de un bar en Chicago que es razonablemente popular entre los jóvenes, y siempre me deja perplejo el desorden de ropa que termina mezclado sin orden ni concierto. La otra noche entró un tipo con el cabello hasta los hombros peinado con una raya en medio y su camiseta fajada en sus pantalones de mezclilla. “He aquí un bobo”, pensé. Podría haberlo detectado desde la otra cuadra. Pero no. Una hora más tarde salí, y se estaba besando apasionadamente en el callejón con una supermodelo de 1,82 metros… y ella era gótica. O al menos estaba vestida como lo que yo considero que es un estilo gótico; hoy en día ya ni sé.

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En la recesión de la década de 1990 en la que crecí, no había moda rápida y barata. En cambio, los adolescentes estadounidenses acudían a las tiendas de segunda mano y rebuscaban en el pasado disponible. Los teóricos sociales como Dick Hebdige se referirían al panorama general como un bricolaje de épocas anteriores y subculturas de la moda juvenil: un cajón de sastre de viejos estilos descartados reorganizados en una nueva combinación. Si bien los jóvenes sabíamos lo que significaban estas nuevas combinaciones (una camisa de vestir vieja con pantalones de cartero para los chicos de indie-rock, vestidos babydoll de los años cincuenta con botas para las chicas riot), para un observador externo, estoy seguro de que todos parecíamos locos.

Aunque desconcertar a las personas mayores nunca fue el objetivo, de todos modos se sentía bien tener una oportunidad legítima para decir: “Simplemente no lo entiendes, anciano”.

Pero ahora yo soy el anciano que simplemente no lo entiende. En serio y de verdad: ¿por qué todo el mundo menor de 30 años se viste hoy en día como un verdadero lunático?

Parece que nadie siquiera ha usado ropa antes. ¡¿Pantalones de mezclilla holgados con un blazer, un suéter tipo cárdigan fajado en pantalones de camuflaje sin cinturón, una camiseta sobre un vestido campesino con las mangas por debajo y un cinturón?! Y para una época en la que la gente les pide a extraños en internet que califiquen sus atuendos, es genuinamente una locura lo mal que le queda la ropa a todo el mundo. Los jeans de talle alto se abomban sobre los ombligos de las mujeres mientras que los dobladillos acampanados o de corte para botas chocan alrededor de sus pantorrillas; las camisas por fuera cuelgan de los lados como ropa de muñecas de papel; nadie usa los zapatos correctos. Verás a un joven de muy buen aspecto con una camiseta de la NFL y pantalones cortos de gimnasia, y luego llevará un par de mocasines sobre calcetines deportivos.

Lo peor de todo es que todo está limpio. Increíblemente limpio, limpio y con pliegues, como si acabara de salir de un sobre de envío directo. Y cuanto menos se hable sobre los cortes de cabello, para ser sincero, mejor.

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Una broma de adultos en las décadas de 1980 y 1990 era referirse, a menudo de forma nasal, a cualquier cosa que su hijo o hija llevara puesto como hacer una declaración de moda. Y aunque el objetivo era solo molestar a su hijo, había un grano de verdad escondido ahí. El atuendo más desconcertante y variopinto expresaba, no obstante, algo sobre quien lo llevaba, y la aplicación más común de este semáforo de vestimenta era señalarnos a los demás qué cosa era o aspiraba a ser la persona.

Ayudaba que solo hubiera unas 10 cosas que podías ser, aunque para finales de la década de 1990, las cosas se estaban multiplicando. El punk engendró al crust punk, al skate punk, al hardcore, al post-hardcore y al ska de la tercera ola (mucho ska). Los góticos se dividieron en góticos regulares, spooky kids de Florida e industriales, que se dividieron en dance industrial y rivet. Incluso los chicos de teatro se dividieron en facciones opuestas de intérpretes y técnicos de escenario, cada uno con sus propias señales de moda discernibles. Aquí tienes una regla útil para eso: si hay una corbata en una camisa sin cuello, tienes a un técnico.

Hacer un seguimiento de todas las tribus y subculturas divergentes requería una fluidez intuitiva en la semiótica adolescente, y la única forma de adquirir este lenguaje implícito era a partir de los chicos que te rodeaban en tu pueblo o suburbio y los rastros que podías encontrar en los principales medios de comunicación, las carátulas de los CD y alguno que otro fanzine. Sin embargo, era importante. Por ejemplo, no querrías preguntarle a un fanático del death-metal de Tampa con una camiseta de Terrorizer qué pensaba sobre el artista noruego de black-metal Mortiis. Ese sería el fin de tu credibilidad. Del mismo modo, no querrías pedirle ayuda con tu tarea de matemáticas a un nerd de los videojuegos. Ese es el tipo de nerd equivocado.

Entonces ocurrió algo notable. Con la llegada de internet, las tribus comenzaron a converger. Napster y las primeras redes sociales como Makeoutclub y Friendster eliminaron la barrera financiera de entrada para desviarse de tu subcultura. Podías probar música sin gastar 16 dólares en un CD que terminaras odiando. Podías basar tu estilo en lo que vestían los chicos de la costa oeste sin tener que esperar a que un estudiante de intercambio llegara a tu escuela a mitad del semestre o ver a Braid tocar en tu club local para todas las edades.

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Los chicos de indie-rock adoptaron la música de club; los metaleros agregaron un poco de rap a la mezcla. Los pantalones de todos se encogieron. A medida que las líneas que dividían a una tribu de otra cedían de manera gradual, todos comenzaron a mezclarse e hibridarse en una sola cosa nueva y amorfa. Fue hermoso.

Sin embargo, a algunas personas no les gustó y extrañaban a sus tribus. Llamaron despectivamente a esta gloriosa unión de todas las subculturas juveniles anteriores hipsters. En el mismo internet que había significado el fin de la división tribal, estos amargados inventaron diferentes subculturas y subsubculturas, la mitad de las cuales ni siquiera parecían estilos de vida, sino más bien bromas estéticas internas: cosas desgarbadas hechas a la medida que tenías que abreviar por la cantidad de guiones que involucraban. Bruja-urbana-gótica-de-la-pradera. Punk-financiero-poshegeliano-de-la-costa-oeste. Esteta-literario-de-cafetería-de-aldea-global. ¿Y de alguna manera todos seguían pareciendo extras del set de Friends? Indignante.

El desvanecimiento de esta destreza se siente más amplio y más significativo que la típica pérdida de estar en la onda propia del envejecimiento. Había una coherencia en la forma en que la gente usaba su ropa que permitía al simple observador asignar todo un conjunto de rasgos de personalidad a un estilo con poco conocimiento de la moda en sí. Podías deducir no solo quiénes eran, sino también quiénes aspiraban a ser. Podías captarlo al ver diferentes versiones del mismo tipo de persona una y otra vez. Y luego, una vez que te sentías cómodo con el panorama, podías decidir a qué tribu ibas a intentar pertenecer.

Una parte de mí quiere simplemente culpar a internet y dar el asunto por terminado. Y por cierto, sí es culpa de internet: cuando puedes pedir una réplica barata de cualquier prenda de vestir de la que hayas visto una foto (de cualquier periodo de la historia humana, te la entregan en días), se necesita una disciplina tremenda para no salir de casa luciendo como el equivalente de moda del helado suave de un niño de 10 años en el Tasti D-Lite donde está toda esa pared de coberturas.

Pero creo que todo este asunto duele en más que en los ojos. Las subculturas de mi juventud eran una especie de familia extendida sustituta. En una sociedad que desecha el tipo de organizaciones y comunidades que la mantuvieron unida durante el siglo XX, encontrar a alguien o a un grupo de personas que fueran lo mismo que tú servía como un baluarte contra la fracturante sensación de atomización. Inventar una subcultura cada dos meses básicamente hace lo contrario, te mantiene de forma permanente distanciado de los chicos que te rodean. Quiero decir, la mitad de estas cosas apenas suenan como grupos de nada. ¿Qué diablos es un chico matcha performativo? ¿Algún tipo que bebe una cosa? ¿Cómo va a ser esa tu tribu?

Las subculturas y la moda en sí mismas se descartan como un patio de recreo para los jóvenes. Sin embargo, incluso en mi vejez, sigo encontrando amigos y compañeros por nuestras afiliaciones adolescentes compartidas. Justo la otra noche logré que un exgótico —un gótico de verdad— me pasara corriente al auto porque le hice un cumplido por su corte de cabello estilo Clan of Xymox antes de pedírselo. Por más sometidos y resignados que parezcamos los veteranos, todavía puedes distinguir los rastros de la juventud descarriada de la gente en el corte de sus pantalones y el arremangado de las mangas de sus camisas y, obviamente, cuando corresponde, en los tatuajes. Todo el mundo sigue siendo legible, incluso si tienes que leer más de cerca.

Pero estos chicos, lo juro. Me van a llevar a enterrar con una cara de tonto.

*Thomas Morton es escritor y creador de la serie documental de televisión Balls Deep. Trabaja en un bar en Wicker Park en Chicago, que ya no es un vecindario hípster.

c. 2026 The New York Times Company

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Por Thomas Morton l The New York

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