Por: Julio César Londoño

El test de Turing de la posverdad

Anda muy preocupado el mundo por las mentiras y las medias verdades que circulan en las redes y los medios, y las que propalan incluso los líderes más prominentes. La cosa ya tiene nombre, una palabrita ridícula que ha hecho carrera, posverdad.

¿Qué hacer? Los ingenieros de Facebook afirman que están trabajando en el diseño de algoritmos que detecten fakes (portales y noticias falsas). ¿Un test de Turing de la verdad? Lo dudo. La mentira es ágil y sinuosa. Es más factible pensar en un equipo humano que analice solo los posts virales, que son los más peligrosos.

Lo cierto es que los controladores de las redes tienen que hacer algo. También deben trabajar en el problema los medios de comunicación tradicionales. Garantizar el rigor, la autocrítica y el equilibrio pueden ser puntos de partida para luchar contra la amenaza de la desinformación (en periodismo, el equilibrio consiste en abrirle el micrófono a la parte y a la contraparte).

Hasta ahora, todas las propuestas se enfocan en un control vertical, de arriba abajo. Los investigadores, los gobernantes y los directores de medios proponen controles verticales. Legislaciones. Algoritmos. Sanciones. La gente exige, con razón, que los aparatos policivos y fiscales funcionen con más eficiencia, que la SIC meta en cintura la publicidad engañosa, que haya aparatos estatales que regulen a los medios y que, dentro de los medios, los controles sean más rigurosos.

Está bien. Algo tienen que hacer los gobiernos y los informadores. Pero es probable que la solución, si existe, sea horizontal.

Hemos olvidado un actor central: el receptor. Es el consumidor quien está en la obligación de ser el primer crítico de los contenidos que consume y tener criterios de criba de la información. Al fin y al cabo, siempre habrá políticos tratando de embaucarlo, y los medios siempre tendrán un sesgo editorial, y los publicistas no van a dejar de producir sus lucrativos publirreportajes.

El ciudadano del común debe participar de manera más activa en el proceso. Debe ser el primer filtro de control y el más eficaz. Debe ser capaz de detectar al menos las mentiras chapuceras. Es inconcebible, por ejemplo, que haya un movimiento “científico” mundial contra las vacunas.

Una persona que conozca fechas hito de la historia, que tenga algunas referencias sólidas en el campo de las humanidades y de los órdenes de magnitud de las cifras económicas, que retenga nombres propios (y algunos prontuarios) no es fácil de engañar.

Sí, la información nos desborda. Es difícil alimentar un aparato inmunológico que nos proteja de todas las camaleónicas formas de la mentira, pero siempre es posible acudir a un amigo en cuyo criterio confiemos; o incluso a los filtros que la misma internet nos brinda. Sería fabuloso que supiéramos aprovecharlos mejor.

El que no tenga estos mecanismos de defensa está supeditado al control de veracidad ejercido por el organismo X o Z… y sospechará siempre del sesgo de estos organismos.

Es infantil, es irresponsable que una persona adulta del siglo XXI dependa en todo momento de que alguien “de arriba” lo proteja de los chicos malos de la industria. En plena era del conocimiento, estamos en el deber de vivir bajo su signo. Parafraseando una vieja ironía, hay que decir que la información es demasiado importante para dejarla en manos de los informadores. La información en general, y la educación en particular, son constructos sociales, es decir, colectivos. O entendemos esto, o nos ahogamos en el caldo de babas de la posverdad.

 

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