No es Hong Kong, es Taiwán

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Hong Kong no se convirtió en una pesadilla para Xi Jinping, pero Taiwán puede convertirse en un problema para los EE. UU.

El Politburó chino desconoció las protestas, luego minimizó su importancia, después calificó a sus líderes de terroristas y, al final, para evitar un segundo Tiananmén, retiró la ley de extradición que provocó la parálisis de la ciudad durante varias semanas. Esos cambios de estrategia revelan un conocimiento más sutil del sistema internacional, de sus pesos y contrapesos, del papel que tiene la opinión pública en la estructuración del poder en las sociedades occidentales. Pekín sabe que Hong Kong no es un asunto de política interna, tanto por la cantidad de inmigrantes europeos, asiáticos y estadounidenses radicados allí, como por la posición predominante del Hong Kong Stock Exchange en el mundo.

Según el acuerdo de retrocesión firmado entre la Corona británica y las autoridades de la República Popular China (RPC) en 1997, Pekín debe garantizar la autonomía política y económica de Hong Kong hasta el 2047. Después de esa fecha esa garantía finaliza y es imaginable que la voluntad de los políticos que gobernarán a la RPC sea uniformizar las leyes de Hong Kong con las del resto del país. Creo que la presión política sobre Hong Kong va a aumentar, pero no creo en las invasiones o en el despliegue de violencia que previeron ciertos analistas. Los chinos van a esperar. Y van a hacerlo porque tienen de su lado la legitimidad que concede un tratado internacional.

Algo diferente sucede con Taiwán (también llamada República China o Formosa), la isla en la que se refugió el gobierno nacionalista derrocado por los comunistas tras el triunfo de la revolución de 1949. Para la RPC, Taiwán es una provincia rebelde, que tarde o temprano deberá unirse a la China continental en virtud del principio de “una sola China”, es decir, de la aceptación de que Hong Kong, Macao, Taiwán y sus islas adyacentes hacen parte de un solo Estado-nación cuyo gobierno legítimo está en Pekín (algo que se subraya en el preámbulo y en diferentes artículos de la Constitución de la RPC).

Lo que ocurrió en Hong Kong se comentó considerablemente en Taiwán, pues demostró que la RPC está preparada para manejar crisis internacionales de alto nivel y establecer relaciones de fuerza con cualquier potencia global. Pekín no solo ha estado bloqueando a la diplomacia taiwanesa en varias agencias de la ONU, sino que también ha reforzado su dispositivo militar en el estrecho de Taiwán, algo que puede abrir el camino para el bloqueo de navíos petroleros, el sabotaje de los cables de internet e incluso, según temores confesados por ministros y empresarios taiwaneses, a un sabotaje de la red eléctrica de Taipéi.

El apoyo de los EE. UU. al mantenimiento de Taiwán como territorio independiente y soberano de la RPC es considerado en Pekín como uno de los actos de intervencionismo más palpables de Washington en la historia de Asia. Para EE. UU., en cambio, significó la posibilidad de contener al comunismo en ese continente y es hoy una forma de control sobre la proyección internacional de la RPC en el océano Pacífico. En medio de la confrontación que mantiene con Xi Jinping, Trump ha apoyado incondicionalmente a Taiwán y a veces parece desconocer que en este dossier los chinos no solo creen tener razón, sino que no hay ningún acuerdo o convención internacional que regule el problema. Tanto los chinos como los taiwaneses conocen sus límites frente al problema de la soberanía taiwanesa, ¿pero los conoce el presidente Trump?

Aunque el apoyo a Taiwán pueda interpretarse como un apoyo bien intencionado a un gobierno democrático, no hay, como lo recordó Nicholas Kristof en una columna reciente de The New York Times, “nada más peligroso que un estadounidense con buenas intenciones”.

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