¿Será Dios homofóbico o progay?

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Si en una de esas hermosas parábolas que se inventaba aquel iluminado mechudo de hace casi dos mil años, ese que, aunque hebreo, a los 33 todavía vivía en la casa paterna, era soltero y a quien le gustaba ir donde las putas y tratar con los leprosos, si en una de esas mágicas parábolas uno le pudiera preguntar a Dios qué actitud ante la vida y ante el prójimo lo complace más entre dos jueces colombianos de la última década, ¿qué contestaría el viejo?

Hablo de Ramiro Flórez Torres, juez décimo civil de Cartagena, y de Carlos García Granados, juez sexto de familia, también en Cartagena.

Hace cinco días, Flórez salió en los titulares de prensa pues les negó la posibilidad de unirse en matrimonio a dos mujeres con el argumento de que aquello “contraría mi moral cristiana y va en contra de mis principios esenciales”. Su actitud desconoció todas las jurisprudencias de las cortes colombianas y así lo dejó por escrito en la providencia, para añadir muy al final: “Cuando existe conflicto entre lo que dice la ley humana y lo que dice la ley de Dios, yo prefiero la ley de Dios”.

Cuenta la revista Semana, en un pequeño perfil de este personaje, que en su muro de Facebook es posible encontrar pensamientos acerca de la inminencia del apocalipsis, sobre el gran complot de Bill Gates, uno de los artífices ocultos de esta pandemia, y sobre el arca de Noé que llevaba solo dos ejemplares de cada especie animal, macho y hembra, obviamente.

Intenté entrar a ese muro, pero extrañamente estaba desolado y aparecía solo el rótulo de “No hay publicaciones disponibles”, como si hubiera retirado todo en los últimos días o restringido el acceso al público. Alcancé a ver, eso sí, algunas de las páginas que le gustan y me encontré con la de la Fuerza Democrática Colombiana, una publicación escalofriante con videos del estilo de “La legítima defensa es un derecho”, o denuncias permanentes contra “Farcsantos” y su “Nobel de la coca”, donde se magnifica todo lo bueno de Álvaro Uribe y su grupo, y se destroza a todo aquel que se le oponga.

En la sentencia, el juez Flórez intentó argumentar que sí es posible anteponer una jurisprudencia divina (la que está en la Biblia, supongo) a la de las cortes porque la Constitución colombiana invoca a Dios en su preámbulo, y porque en su artículo 192 dice que el presidente de la República se posesionará recitando: “Juro a Dios y prometo al pueblo…”. En un programa de Blu Radio del miércoles, Vanessa de la Torre le exigió explicar esa posición tan confesional en un Estado laico, y todo terminó con el piii piii de un teléfono que se cuelga y deja al otro hablando solo.

Por casualidades de la vida, o designios de Dios, o del diablo, como se quiera, hace nueve años Flórez fue compañero de juzgado de Carlos García Granados, el otro juez de esta historia, y compartieron secretaria, a veces espacio de trabajo y hasta se vieron en los eventos sociales, cumpleaños, navidades, en aquel despacho.

Meses después, García fue nombrado como juez promiscuo en San Estanislao de Kostka, un municipio de unos 12.000 habitantes, a una hora de Cartagena. Los detalles que vienen ahora los conocí por azar pues los escribió la periodista Laura Robles en una estupenda crónica, aún inédita, realizada a lo largo de los Talleres de Escritura Creativa de Idartes, este 2020.

Cuenta Laura que pocos meses después de instalado García en el pueblo, al que también llaman Arenal por sus calles plenas de polvo y guijarros, comenzó en Bogotá un fuerte debate alrededor del matrimonio igualitario tras un fallo de la Corte Constitucional que conminaba al Congreso a legislar al respecto. En el entretanto, dio luz verde a jueces y notarios para oficializar vínculos de pareja entre personas del mismo sexo.

Como el Congreso finalmente nunca legisló, el procurador Alejandro Ordóñez interpuso todos los obstáculos para que jueces y notarios no les dieran trámite a esos enlaces y empapeló en procesos disciplinarios a varios de ellos, en una persecución sistemática. García lo siguió en las noticias, y se le ocurrió que, a 600 kilómetros de lejanía, en un caserío maltrecho y desconocido, la férula de Ordóñez no alcanzaba a llegar. Contactó a Colombia Diversa y puso su pueblo y su juzgado a disposición para que parejas gais fueran a casarse allá.

Pero, además, se acostumbró a agasajar a los contrayentes con una torta red velvet horneada por él mismo la noche anterior, y festejar con Kola Román al concluir la ceremonia civil. Inclusive varias veces se fue a recogerlos hasta el terminal de buses de Cartagena, no se fueran a extraviar pues hay otro pueblo cuyo nombre de verdad sí es Arenal, pero queda como diez horas más lejos. Y siempre se ponía una gorra para que los contrayentes lo reconocieran al bajar del bus.

Así realizó 31 bodas de gais en menos de dos años, en aquel pueblo sin brisas y a merced del sofoco del canal del Dique. En Cartagena se enteraron, en Bogotá se enteraron, y terminó metido en una indagatoria ante el Consejo Seccional de la Judicatura, cuyas oficinas están, hermosa ironía, en el Palacio de la Inquisición, en el centro del Corralito de Piedra. Parece que la Virgen de Fátima (en la que no cree el juez Flórez pues es cristiano) le ayudó y salió avante de ese mal momento.

Si uno pudiera preguntarle a Dios qué actitud ante la vida y ante el prójimo lo complace más, si la de Ramiro Flórez o la de Carlos García, ¿qué contestaría el viejo?

Misterio insondable, aunque sospecho su contestación. Y sospecho también que no lo hace feliz estar en el preámbulo de una Constitución que poco se cumple, o que un presidente, tipo Duque digamos, lo meta en sus juramentos y sus alocuciones.

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