Un tesoro en el corazón del Sumapaz

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“Nuestro destino nunca es un lugar, sino una nueva forma de ver las cosas”. Henry Miller (leído en una pared de Casa Sumapaz).

… Y vaya que hemos tenido que aprender a ver las cosas de una forma más flexible, más responsable y con la condición de tener que respetar la naturaleza. Creímos que esto se solucionaba rápido, pero, por el contrario, el proceso ha sido lento y con cambios más que bruscos, porque parece que como ciudadanos realmente no hemos podido entender que hacemos parte de una cultura colectiva, que lo que yo haga o deje de hacer impacta al otro. Nada que hacer, los días se alargan, el confinamiento se vuelve un desafío y las lecciones al parecer no se aprenden, pues seguimos como Julio Iglesias: “tropezando con la misma piedra”. En medio de todo, el país necesita encontrar un nuevo nicho para su reactivación, una salida a este inquilino que está más acomodado que hijo Bon Bril.

No salí del país, me comprometí a comprar y comer productos colombianos y, además, me dediqué a buscar lugares mágicos de hospedaje. La semana pasada les compartí un hotel que es un tesoro del Caribe, y hoy quiero presentarles una joya en el corazón del Sumapaz. @casasumapaz es un hotel en medio de las montañas de Arbeláez. Se construyó desde el corazón de una familia que cambió el mundanal ruido de las ciudades por el silencio enriquecedor de un lugar que es ideal para conectarse con la esencia natural y, de paso, recobrar energía física y emocional para este nuevo año que llegó lleno de sorpresas e incertidumbre.

Como dirían los entendidos en temas de ambiente y naturaleza, se trata de un microclima en el que convergen las brisas cálidas que suben del Magdalena y las corrientes frescas del páramo de Sumapaz —para los que no sabían, como yo, es el páramo más grande del mundo—, donde cada paseo o caminata es encontrarse con una paleta de colores increíbles a simple vista, acompañada por una sinfonía de pájaros de más de 100 variedades.

La energía es alucinante. Como bien dicen en Casa Sumapaz, este lugar es para sumar paz y sentir la vida desde que uno se levanta, viendo la inmensidad del paisaje que empieza en un jardín zen en compañía de algunos budas meditando y termina perdiéndose entre cafetales y guaduales. Las mañanas son enérgicas, no hay ganas de dedicarse a la flojera ni mucho menos de quedarse en la cama. Existen espacios para meditar, practicar yoga, arquería y hasta tejo, para los que tenemos esa debilidad por lanzar y reventar mechas.

Y como la tarde tiene muchas horas más, sumado a todo lo que hay en la mañana, pueden animarse al taller de artes y oficios; dedicarle tiempo a la huerta, a lo cual le llaman “voluntariado”, pues tanto el equipo de la casa como los huéspedes pueden contribuir para mantener fresca y surtida la siembra, o simplemente meterse a la piscina natural que invita a tener un momento mágico entre piedras, flores y una vista alucinante.

El hotel tiene su propia dinámica de producción y abastecimiento de la cocina. Su menú es una dieta a base de plantas que siempre cae bien. Sabroso, natural y lleno de corazón en cada bocado que uno se come. Como ven, no es un detox de la ciudad, sino un cambio para el cuidado de sí, del que tiene al lado como huésped y de la naturaleza misma.

Debo reconocer que se quedaron cortos cuando me describieron que era un espacio para encontrarse con uno mismo y buscar paz, pues recarga, llena los pulmones de aire puro y permite darse un viaje a la inmensidad de sus bosques y ecosistemas, lo que al final lleva a algo básico que tanto buscamos por estos días: conectarse con esa naturaleza que el confinamiento nos quitó.

@Chefguty

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