A Leidy Joana López le angustiaba algo que para otras mamás es solo motivo de alegría: que su hijo comiera. A medida que crecía, Sebastián comía cada vez más. Y a medida que lo hacía, ella veía cómo el tarro de su alimentación se iba reduciendo. “Usted no sabe cómo uno sufre cuando esa leche ya está para acabarse. Piensa uno: ‘Dios mío, otro tarro”.
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Sebastián fue prematuro. Nació el 10 de diciembre de 2025 con ocho meses de gestación. “Cuando nació, yo lo alimentaba. Yo nada más le daba senito. Pero yo vi que el niño estaba quedando con hambre”. Lady consultó y le recomendaron complementar con una fórmula de etapa cero, indicada para recién nacidos.
Pero a los 13 días de nacido, Sebastián comenzó a presentar sangre en las deposiciones. Tras varios análisis, los médicos le diagnosticaron una alergia a la leche de vaca, una de las presentaciones más comunes de alergia en la primera infancia. Según estima una investigación publicada en 2024 en World Allergy Organization Journal, afecta al 2% de los lactantes y al 4,5% de los niños.
¿Cómo es posible que un niño sea alérgico a la leche de vaca? La leche contiene diferentes proteínas que pueden desencadenar una respuesta del sistema inmunitario. Las principales pertenecen a dos grupos: las caseínas, que representan el 80 % de las proteínas de la leche, y las proteínas del suero, que constituyen cerca del 20 %. Ambos grupos contienen proteínas que pueden actuar como alérgenos y provocar una reacción en algunos niños.
“Al niño le recetaron una leche hidrolizada”, cuenta la mamá. Mientras que una fórmula no hidrolizada contiene las proteínas de la leche de vaca prácticamente intactas, una fórmula hidrolizada las rompe en fragmentos más pequeños para reducir la posibilidad de que desencadenen una reacción alérgica. Estas últimas hacen parte de lo que en Colombia se conoce como APME, la sigla de Alimentos para Propósitos Médicos Especiales.
Ana María Ángel Correa, nutricionista dietista y presidenta del Colegio Colombiano de Nutricionistas y Dietistas, explica que estos productos son especializados y están diseñados para responder a necesidades específicas de personas que, por una condición de salud, no pueden alimentarse de manera habitual con la alimentación cotidiana.
“No se pueden confundir con los suplementos. Los APME se utilizan bajo la valoración y el seguimiento del equipo de salud. El profesional evalúa al paciente y, de acuerdo con su condición y necesidades, determina qué producto requiere, en qué cantidad y cómo debe suministrarse”.
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Una de esas condiciones de salud es, precisamente, la alergia a la proteína de la leche de vaca, pero hay otras. Los APME pueden ser necesarios, por ejemplo, explica Correa, cuando una enfermedad neurológica dificulta que una persona pueda tragar o digerir los alimentos y necesita recibirlos por una sonda.
También pueden requerirlos algunos pacientes con cáncer de cabeza, cuello o esófago, cuando su vía digestiva no funciona adecuadamente; personas con insuficiencia renal crónica que se encuentran en condiciones avanzadas, como la diálisis; y pacientes con errores innatos del metabolismo, en los que el organismo no puede procesar correctamente determinadas sustancias de los alimentos.
En esos casos, el cuerpo no puede recibir, procesar o aprovechar los nutrientes de la manera habitual. Por eso, dice Correa, estos productos funcionan como una forma de soporte nutricional: pueden complementar o incluso reemplazar la alimentación cotidiana y están formulados específicamente para las necesidades de cada paciente.
La primera leche que le recetaron a Sebastián se llama Nutramigen. La segunda, con el paso de los meses, fue Neocate. La primera costaba alrededor de $140.000 a $150.000 por tarro. La segunda llegó a costar cerca de $300.000, aunque tenía la misma cantidad de producto, según recuerda Lady.
El niño podía tomarse un tarro cada dos días. Aunque en principio Nueva EPS le autorizó siete tarros de leche, Lady asegura ahora que nunca recibió ninguno. La autorización, cuenta, apareció el 3 de enero, pero en ese momento la entidad atravesaba dificultades para entregar medicamentos. “Nunca me dieron nada”.
La crisis toca la puerta
“Los APME no se han visto como una necesidad, como un beneficio para el paciente y como un derecho a recibirlos”, dice Correa. “En estos últimos años, las barreras para acceder se han disparado de manera muy fuerte. En lo que analizamos, nos encontramos con que han aumentado de una manera aterradora”.
Los datos le dan una dimensión concreta a esa percepción. Un análisis del Colegio Colombiano de Nutricionistas y Dietistas, elaborado a partir de la base de Peticiones, Quejas y Reclamos de la Superintendencia Nacional de Salud de 2025, identificó 32.145 casos relacionados con barreras para acceder a APME o a consultas de nutrición.
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Cerca de ocho de cada diez correspondían a dificultades para obtener APME, mientras que la negación de la entrega de tecnologías ya autorizadas, como ocurrió con la familia de Sebastián, que nunca recibió los productos que ya le habían autorizado, fue la barrera más frecuente, con 13.188 casos, el 40,1 % del total.
En los reclamos específicamente relacionados con APME, esa negación llegó al 53,3 %. Los reclamos se mantuvieron durante los 12 meses de 2025: los relacionados con APME oscilaron entre 1.693 y 2.409 mensuales.
El problema atraviesa lo que se conoce como los extremos de la vida y que suelen ser momentos de vulnerabilidad. Las personas mayores de 63 años concentraron 13.510 casos, equivalentes al 42 % del total. De ellos, 11.767 estuvieron relacionados con APME. En estos registros aparecen diagnósticos como desnutrición proteicocalórica y pérdida anormal de peso, así como casos de pacientes con gastrostomía, que pueden requerir soporte nutricional y seguimiento.
Entre los más pequeños, como Sebastián, el problema adquiere una dimensión especialmente delicada. De los 5.865 casos registrados en menores de cinco años, 4.936 estuvieron relacionados con APME. En este grupo, el análisis encontró con mayor frecuencia situaciones como alergias alimentarias, colitis alérgica y malnutrición.
La discapacidad también aparece de manera importante en los registros. En total, se identificaron 7.602 casos correspondientes a personas con discapacidad, el 23,6 % de la base. De ellos, 5.444 estuvieron relacionados con APME. Es una población, explica Correa, en la que pueden coincidir condiciones que dificultan la alimentación por la vía habitual y que, en algunos casos, requieren sondas de alimentación o productos especializados.
Hay otro dato que ayuda a dimensionar la urgencia: más de 18.000 reclamos fueron clasificados como de riesgo priorizado. Es decir, además de la dificultad para acceder al producto o a la consulta, se trataba de casos que el propio sistema había identificado dentro de una categoría que requería atención preferente.
La base de datos de la Supersalud permite saber cuántos reclamos se presentaron, pero no cuántas veces una misma persona tuvo que reclamar ni cuánto duró cada dificultad. Para acercarse a esa dimensión, el Colegio Colombiano de Nutricionistas y Dietistas revisó información complementaria de un programa de soporte a pacientes que acompaña tratamientos específicos, principalmente relacionados con alergias, terapia cetogénica y trastornos metabólicos.
Entre enero de 2024 y diciembre de 2025, 6.023 pacientes de ese programa reportaron al menos una dificultad de acceso. En total se registraron cerca de 35.000 barreras. En promedio, cada paciente afectado enfrentó aproximadamente seis, y uno de cada diez tuvo que sortear 14 o más barreras.
Los tiempos muestran que estas dificultades pueden prolongarse. Las barreras relacionadas con la consecución de una cita médica tardaron, en promedio, 22 días en resolverse. Las dificultades para recibir medicamentos o APME tomaron 18 días y los procesos de autorización, 14 días.
En el extremo de los registros había 68 pacientes con una barrera abierta durante más de 60 días. El caso de mayor duración tardó 223 días en cerrarse: más de siete meses de gestiones alrededor de una necesidad relacionada con su tratamiento.
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Para Correa, además, los APME no pueden entenderse simplemente como un producto que se entrega o no se entrega. Hacen parte de un proceso de soporte nutricional que requiere seguimiento. Explica que es el nutricionista dietista quien evalúa las necesidades del paciente y determina qué producto necesita, en qué cantidad y con qué frecuencia. Luego, hace seguimiento a su evolución para ajustar la indicación cuando sea necesario.
Por eso mismo, las dificultades pueden aparecer en distintos momentos de la atención. Un paciente puede salir de una hospitalización con la indicación de continuar un APME en casa, pero encontrarse con que el producto no está disponible o que recibe solo una parte de la dosis que necesita. Y si, además, no consigue una consulta con nutrición para revisar su evolución, puede terminar recibiendo una cantidad que ya no corresponde a sus necesidades.
“Se van generando dos barreras: una, que no le dan el producto que tiene que seguir recibiendo; otra, que no puede lograr la consulta y le siguen dando una dosis que quizá ya no es suficiente”, explica Correa.
También están los problemas para conseguir y recibir los productos. Correa cuestiona que un paciente tenga que desplazarse de un lugar a otro para buscarlos cuando hacen parte de su tratamiento. “Si aquí no lo tengo disponible, no pongamos a pasear al paciente. Se puede enviar a domicilio”, plantea.
Lo que la presidenta del Colegio Colombiano de Nutricionistas y Dietistas encuentra especialmente difícil de entender en estos casos es que el producto pueda aparecer como no disponible para quien lo recibe por el sistema, pero sí pueda conseguirse cuando alguien intenta comprarlo de manera particular. “No lo hay, pero en ese mismo dispensario usted dice: ‘Como particular voy a comprar’, y ahí sí está”.
Las consecuencias, advierte, pueden ir mucho más allá de que un paciente deje de recibir unas cuantas latas. Interrumpir el soporte nutricional puede significar una regresión en la recuperación y, dependiendo de la condición de cada persona, favorecer un deterioro que termine en una nueva hospitalización. Correa menciona entre las posibles consecuencias la pérdida de masa muscular, el deterioro de las defensas y la aparición de infecciones.
En algunos pacientes, explica, ese deterioro puede llegar a comprometer funciones vitales. De ahí que insista en que el soporte nutricional debe mantenerse también después de la hospitalización y que la atención no puede terminar cuando el paciente sale del hospital.
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Hay, además, una razón económica para garantizar esa continuidad: “El costo en la instancia hospitalaria resulta más alto que el de la entrega de una, dos o tres latas del producto”, dice Correa. “Sale más costoso un reingreso hospitalario que seguirle dando su APME al paciente cuando sale de la instancia hospitalaria”.
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