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La artrosis rara vez irrumpe en la vida de una persona: la va estrechando. Primero duele al subir una escalera o levantarse de una silla. Después se camina menos, se rechazan invitaciones y se pide ayuda para lo que antes se hacía solo. Como el cambio es lento, casi nadie mide cuánto perdió. Una frase termina por normalizarlo: “son cosas de la edad”.
Esa frase, a menudo dicha con cariño, les ha costado a muchos su independencia. Envejecer no obliga a entregar la autonomía por cuotas.
Supongamos que alguien consulta y que, después de una conversación seria —y no solo de mirar una radiografía—, se concluye que le conviene una cirugía de reemplazo articular. Aparece entonces una pregunta para la que casi nadie lo preparó: ¿dónde operarse?
Para responder, el paciente cuenta con pocas herramientas: el prestigio del hospital, una recomendación, la confianza que le inspiró el cirujano. Y una pregunta que parece resumir la modernidad: “¿Tienen robot?”.
No es una mala pregunta. Quien la hace intenta distinguir un sitio de otro sin ser médico. Pero también revela una asociación extendida: moderno equivale a tecnológico. Como consumidores, aprendimos que lo nuevo suele ser mejor. En salud, una innovación debe demostrar su valor.
El robot no opera por sí solo. Ayuda al cirujano a planear y ejecutar con mayor precisión algunos pasos, como los cortes del hueso o la posición del implante. Esa precisión es real y valiosa, pero es un resultado intermedio. Nadie se opera para ganar unos milímetros en una imagen; se opera para caminar, dormir sin dolor, volver al trabajo o conservar su independencia.
La cirugía robótica ha demostrado mayor exactitud técnica. Lo que aún no ha demostrado con igual consistencia es una mejoría clínicamente importante en dolor, función, complicaciones o duración de la prótesis. La evidencia puede cambiar con mejores estudios; ese camino aún está por recorrer. Todo indica que los robots llegaron para quedarse y terminarán incorporándose a la práctica habitual. Ese progreso merece entusiasmo, pero también una exigencia: que se traduzca en mejores resultados.
Hay algo, sin embargo, que la pregunta “¿tienen robot?” no alcanza a tocar. Cuando esta tecnología sea parte del estándar, dejará de distinguir a una institución de otra. Por sí sola, seguirá sin decidir quién necesita una cirugía, qué espera recuperar, cómo debe prepararse, cómo reducir complicaciones o si logró volver a hacer aquello que le importa.
Ese es el punto central: la ortopedia moderna necesita tecnología, pero no se define por ella. Su valor está en combinar innovación, criterio clínico y equipos coordinados para devolverles a las personas movimiento, función y autonomía. No basta con una herramienta más precisa; hay que demostrar que produjo una vida mejor.
Dos pacientes sometidos a un reemplazo de rodilla obtienen, a los tres meses, el mismo puntaje en un cuestionario de dolor y función. Una es una maestra jubilada de 74 años que quería recorrer el supermercado sin dolor: está feliz. El otro es un obrero de 58 años que necesitaba volver a subir escaleras cargando herramientas: camina con menos dolor, pero no ha podido regresar a su oficio.
El mismo puntaje representa dos resultados muy distintos. La escala no mintió: simplemente no sabía qué había ido a buscar cada uno.
Por eso, uno de los actos de mayor valor en ortopedia no cuesta un peso. Consiste en hacer, antes de operar, una pregunta de cinco palabras: “¿Qué quiere volver a hacer?”. Y anotar la respuesta. Sin ella, lo que se mida después será apenas una verdad a medias.
La pregunta importa aún más para quien tiene mucho dolor, pero conserva una función razonable. Camina y trabaja, aunque le cueste. No basta con prometerle que el dolor mejorará. Necesita saber si la cirugía le permitirá conservar lo que hoy hace y qué actividades quizá no podrá retomar.
Hoy podemos estimar, antes de operar, la probabilidad de obtener una mejoría relevante. Importan el diagnóstico y la gravedad, pero también la función previa, otras enfermedades, la fragilidad, la salud emocional, la red de apoyo y las expectativas. Usar esos datos para aconsejar —incluso cuando conviene esperar o no operar— distingue una atención de alto valor de otra que simplemente ofrece procedimientos.
Hay un dato incómodo: según los estudios, entre uno de cada diez y uno de cada cinco pacientes no queda satisfecho después de un reemplazo de rodilla, aun con la prótesis bien puesta. Pueden influir las complicaciones, el dolor persistente, la rehabilitación, otras enfermedades y las expectativas. La ansiedad y la depresión previas también se asocian con peores resultados. Y una prótesis no corrige una depresión.
Una ortopedia de alto valor comienza antes del quirófano: con el diagnóstico, la indicación correcta y una decisión compartida. Incluye saber cuándo no operar. Continúa con una buena preparación, un equipo entrenado, protocolos de seguridad y rehabilitación oportuna. Y no termina con el alta: exige seguimiento y la medición del dolor, la función y la calidad de vida desde la perspectiva del paciente.
Nada de esto es tan visible como un robot. Sin embargo, todo ello puede influir mucho más en el resultado. Un hospital puede tener la tecnología más avanzada y aun así ofrecer una atención fragmentada. También puede exhibir una radiografía perfecta sin saber si la persona volvió a vivir como esperaba.
Quienes dirigimos servicios de salud tenemos una responsabilidad adicional. Si esperamos que los pacientes escojan bien, no podemos pedirles que decidan solo con reputación, publicidad y testimonios. Las instituciones deberían medir sus resultados, compararlos, aprender de ellos y explicarlos con claridad. No basta con proclamar excelencia: hay que demostrarla con resultados comprensibles para los pacientes.
Mientras esa transparencia se vuelve la norma, quien considere un reemplazo articular puede llevar cuatro preguntas a la consulta: ¿cuántas de estas cirugías realiza al año este equipo? ¿Conoce sus tasas de infección, complicaciones y reingreso, y sabe cómo se comparan? ¿Evalúa el dolor y la función reportados por sus pacientes antes y después de la cirugía? ¿Me preguntará qué quiero volver a hacer y me acompañará para comprobar si lo logré?
Un equipo que crea valor tiene esas respuestas y no se incomoda al darlas.
La mejor ortopedia no es solo la que incorpora la tecnología más avanzada, sino la que sabe para quién usarla, con qué propósito y qué resultado debe demostrar. Es la que elige bien a quién operar, lo hace con seguridad, mide con honestidad y acompaña la recuperación. Su valor no se mide en milímetros, radiografías o puntajes, sino en movimiento recuperado y posibilidades devueltas. La vara final es sencilla y exigente: ¿pudo esa persona volver a hacer aquello que le importa?
*Jorge Rojas Lievano es jefe del Departamento de Ortopedia y Traumatología de la Fundación Santa Fe de Bogotá.
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