30 Sep 2021 - 9:45 p. m.

De la montaña chibcha a la Costa Caribe en bicicleta

Crónica del viaje que, en seis jornadas, llevó a un grupo de aficionados al ciclismo desde Bogotá hasta Santa Marta.

Humberto Mesa, especial para El Espectador

Primer día: Por el altiplano Cundiboyacense

Nuestro acompañante y conductor John Freddy Roa, como siempre puntual, llegó al sitio de partida (Niza) a las 5:10 am. La primera jornada nos debe llevar a Barbosa, Santander. Salimos a las 6:48 mis hijos Juan Esteban y Pablo Santiago y un amigo de ellos, Sergio Porras, para hacer un recorrido programado de 186 Kms.

En la avenida 127 de Bogotá, de manera inesperada, se unieron David (primo de mi esposa) y Juan Camilo (sobrino de ella) para acompañarnos hasta el alto de Tierra Negra en dirección a Ubaté. Metros más adelante se unieron Sebastián Galindo y su novia Alejandra quienes van a hacer la totalidad del recorrido. En la Caro se une Juan De Zubiría quien nos acompañará hasta mediar la jornada el día 3 (Cañón del Chicamocha). Antes de llegar a Zipaquirá doy inicio al recorrido para realizar los 150 kms programados. Nuestra primera parada de reagrupamiento se hizo en El Alto de Tierra Negra, un premio de segunda categoría de 8,5 kms al 5,8 %, muy parecido al Alto de Patios, salvo que 2,5 kms. más largo. Tiempo programado de ascenso para mí, 43:40 (Doble de tiempo de lo que tiene registrado Egan Bernal en la aplicación Strava); al final, 40:40. Mejor de lo esperado.

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Nos despedimos de David (a quien no reconocí por su tapaboca, gafas y tiempo sin verlo) y de Juan Camilo y seguimos para que desayunaran en Sutatuasa quienes no lo habían hecho, alrededor de las 9:40 am. Por mi parte dos tintos y almojábana.

Me adelanté en la salida unos cinco minutos y me alcanzaron antes de iniciar el sector de la Laguna de Fúquene. Las sensaciones para mí no eran las mejores; después de un ligero dolor de cabeza subiendo Tierra Negra, me sentía un poco mareado con un pulso relativamente bajo. Luego de que me alcanzaron, la sensación de mareo desapareció coincidiendo con el aumento de pulso, por el paso que llevaba Juan Esteban. El pulso pasó en este sector de 130 ppm a 145 ppm y con ello la velocidad, de 27 km/hora a 34 km/hora. La travesía de Ubaté a Chiquinquirá es prácticamente plana con unos leves repechos al borde de la Laguna de Fúquene, que cada vez más pierde su espejo de agua. Hacía varios años que no transitaba por el lugar, la eutroficación producida por pesticidas y desechos orgánicos (exceso de nitrógeno y fósforo) van colmatando la laguna y por supuesto los vecinos del lugar van ganado tierra que cultivar, lo que aumenta exponencialmente la pérdida de ese espejo de agua.

La carretera, sin demarcación, en regular estado, por lo que se debía estar atento a los impredecibles baches. Antes de llegar a Chiquinquirá hay una “tachuela” de 1,6 kms al 6,8 % que superamos mucho mejor de lo esperado. Llegaron las buenas sensaciones, empiezo a disfrutar del recorrido, espero que no me pase como al colombiano en su primer invierno canadiense. ¡Qué linda es la bicicleta! Con ello llevo 90 kms, algo más de 3:20 (h:m), mis acompañantes 38 kms más y casi cinco horas.

Con la llegada a Chiquinquirá nos llega la lluvia. El calor que nos había acompañado en todo el recorrido y que no ocultaba la presencia de los nubarrones negros, desapareció y el frío tomó su lugar. Saliendo de Chiquinquirá se inicia un ascenso leve hasta Saboyá que parece no terminar nunca. Alguna rampa de 1 km al 7 % que empieza a hacer estragos. Cedo algo de terreno en este sector que espero recuperar en el descenso. Y más lluvia.

Hacia el Km 120, para mí, iniciamos un descenso continuo que terminaría en Puente Nacional. Lluvia hasta unos pocos kilómetros antes. No se veía, en gran parte por las gotas en los lentes, y por supuesto por la neblina y la lluvia. La solución simplemente fue quitarme los lentes. Con ello, después de alcanzarlos unos 2 kms abajo del alto, pude aumentar la velocidad y comencé el descenso en solitario siendo alcanzado en Puente Nacional por Juan Esteban, que una vez más se adelantó en las rampas de salida que hay entre Puente Nacional y Barbosa.

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No me acordaba bien de esta subida, que como todas de aquí en adelante he hecho en la comodidad del carro, pero cada vez y a estas alturas se hacen más duras. Juan Esteban regresa, literalmente, a ubicar a los demás, que ya pierden bastante tiempo. La bajada además de difícil por las condiciones climáticas es peligrosa por los baches. No hay derecho que una carretera de primer orden esté en este estado. Nada de demarcación en piso, pobre en señalización y nada de información. Llegando a Barbosa, y teniendo en cuenta que es domingo, vemos muchos restaurantes y asaderos abarrotados de comensales que, además de concurridos, parecen de buena calidad y muy bien montados.

Por fin llego solo a Barbosa. Paramos con nuestro conductor y comimos los famosos Herpos, ¡nunca los había disfrutado tanto!

Esperamos unos 15 minutos sin recibir información de ellos. John Freddy se queda a esperarlos y yo salgo para el hotel. Sabía que había que subir unos dos kilómetros, al final tres y bien duros. Al estar solo en este sector empiezo a sentir algo de temor, los carros empiezan a pasar muy cerca, no dejan nada de espacio de seguridad y la berma en dirección a Moniquirá no es muy amplia y por un momento recuerdo que es domingo en la tarde, puede que exista algún irresponsable alicorado.

Por fin, los 150 kms programados, con 5.48 (h:m) en movimiento. 1.412 metros de desnivel positivo. Ellos llegaron cerca de 30 minutos después debido a que Alejandra, la novia de Sebastián, pinchó en el descenso. Debo reconocer que Alejandra de alguna manera es mi salvavidas, viene en una bicicleta de montaña con ruedas de ruta, y mantiene una velocidad que hace que a las fieras que van conmigo no les dé por ir más rápido. Al final todos llegamos bien. Salvo una pequeña caída de Sergio llegando a Saboyá, que le costó un rasponazo, y el pinchazo de Alejandra, no se presentó ningún otro incidente.

Dicen que por el desayuno se sabe cómo va a ser la comida. Ojalá sea cierto. Por ahora a descansar; nos alojamos en el Hotel Los Arrayanes, hotel campestre en Moniquirá al que suelo ir cada que estoy por el sector.

Segundo día: Por rutas santandereanas

Salimos a las 8:40 am, con la novedad que Juan de Zubiria se agravó de una molestia en la rodilla, lo que lo hizo devolverse a Bogotá. Su plan era llegar hasta el tercer día y devolverse. Por fortuna llevaba carro acompañante. Tal y como estaba previsto, Sergio nos acompañó solo hasta Barbosa. Con un clima cálido y muy agradable emprendimos la ruta en la cual me figuraba hacer cuatro horas de recorrido hasta el punto en que eso sucediera. Los demás, completar el recorrido hasta Curití en un trayecto de 125 Kms.

Finalmente hice algo más de cinco horas (5:13) con lo cual llegué hasta San Gil, para un total de 115 kms. Mucho sube y baje completando 2.047 metros de desnivel positivo. En general las sensaciones fueron muy buenas, aunque con algo de cansancio de piernas pero muy por debajo del que había presumido.

Tratando en todo momento de no sobrepasar 150 ppm, está claro que debo empezar a ahorrar energía, falta mucho recorrido, y el ahorro de energía es vital para lo que queda; sin embargo, este ahorro pude hacerlo hasta Oiba.

Saliendo de Oiba, la pendiente y la longitud de la subida son a otro precio con lo cual las pulsaciones se fueron hasta 170 ppm. Se me hace largo el puerto, cerca de 7 kms con rampas del 10 % que van desgastando, por lo que parecen más kilómetros.

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El paisaje es de un verdor agresivamente hermoso. Poco viento, baja humedad y ya hacia el mediodía el calor empezaba a notarse. La carretera está en muy mal estado entre Barbosa y Oiba, en especial el sector que baja al río Suárez y sube a Santana; recuerdo que siempre ha sido así en las varias veces que he pasado por allí, y son más de 50 años transitándola con varios años de intervalo. Muchos baches, banca en varios puntos afectada y muy mala señalización.

Ya saliendo de Oiba, la carretera mejora, pero con el agravante que aparecen huecos que vuelven un peligro la vía. Mi gran sorpresa con la poca información que tiene la carretera es que aparecen letreros de “Precaución Banda Sonora”; mi primer pensamiento fue en qué película me había metido. Y aún lo pienso. La banda sonora se refiere a los resaltos continuos que hacen en la vía para “despertar” a los conductores.

Como dato histórico, recién saliendo de El Socorro se encuentra el monumento a la Virgen del Socorro que salva a una niña campesina del demonio. En el monumento se aprecia la virgen, la niña y el demonio. Historia que oigo desde hace muchos años, contada por mi padre cuando pasábamos por el sector. Erigida desde hace unos pocos años como monumento ha reemplazado a la antigua representación que se encontraba tallada en el cerro del otro costado de la carretera.

Una vez llegamos a San Gil y con una merecida cerveza me monté al carro. Los últimos 8 kms son muy duros. Al 8 % con rampas del 12 %. No estaba en mis planes hacerla. La carretera en ese punto se vuelve muy estrecha y peligrosa. Debo reconocer en general el respeto de conductores, principalmente de camiones y tractomulas, sin faltar el idiota del vehículo particular.

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El último kilómetro para llegar al hotel es un infierno, más del 20% de pendiente, en placa huella una parte y terreno suelto el resto. Mis hijos hicieron un sprint digno de Miguel Ángel López ganando una de sus etapas reinas en el Tour o en la Vuelta. Juan Esteban le ganó el embalaje a Pablo por 4 o 5 metros; divertido verlos llegar con un tintico en la mano. Nos alojamos en el Hotel Campestre La Loma con una linda vista donde se aprecia todo Curití. Mañana será otro día. Por lo pronto masaje y a descansar y comer y comer; hay que reponer.

A estas alturas llevo 265 kms de recorrido y los demás 305 Kms. Empiezo a pensar que lo puedo lograr.

Tercer día: Curití-Girón, seguimos por Santander

En realidad la jornada empieza desde la noche anterior. Asistir al conversatorio con Alejandro Gaviria, muy entretenido y enriquecedor, fueron sin embargo tres horas menos de sueño, que a estas alturas hacen mucha falta.

Dejamos Curití, no sin advertir lo curioso del tipo de agua con el que cuenta el municipio. En general uno percibe aguas neutras o incluso duras, de esas con las cuales el jabón de tocador no hace espuma; sin embargo, resulta extraño en nuestro país encontrar aguas blandas, que por más que uno quiera quitarse el jabón lo siente hasta después de secarse.

Hacia las 7.40 am emprendimos el recorrido; mis queridos hijos decidieron que era muy suave y decidieron bajar hasta San Gil para hacer toda la subida al alto de Aratoca. Cerca de 22 kms de ascenso. Nosotros, Sebastián, Alejandra y yo, decidimos hacer los 15 que faltaban desde Curití al alto. Nos gastamos poco más de una hora. Subida discontinua con repechos duros y exigentes que decidimos hacer con bajo pulso. La verdad fui yo quien así lo decidió.

Alejandra empezó a mostrar un rendimiento increíble; le pedí que estuviera a mi rueda, pero se notaba que andaba muy bien. Llegamos al Alto de Aratoca y pocos minutos después llegaron Juan Esteban y Pablo. Están volando. Los 15 kilómetros que hicimos nosotros de recorrido marcaron el mismo tiempo de ellos que hicieron algo más de 22.

Iniciamos el descenso de Pescadero, por el cañón del Chicamocha, para contemplar la imponente geografía que posee esta región. Con razón la han propuesto como una de las maravillas naturales del mundo. Mis recuerdos de esta zona eran de una región muy árida y agreste y en un principio me sorprendió el verde que se aprecia recién se inicia el descenso de casi 20 kms. Unos kilómetros después, quizá dos o tres, la geografía no traiciona la memoria. Bajamos literalmente en ciclopaseo, tomándonos fotos para testificar el encuentro con la región. Por recomendación de Juan Esteban, cambié de camiseta para no iniciar el descenso con ropa húmeda.

Un par de pinchazos de Sebastián nos hizo esperarlo en el parque del Chicamocha, que en realidad lo tienen precioso. ¡¡¡Toda una obra de buen gusto y majestuosidad, bien por los santandereanos!!! Llegamos a Pescadero a las 12.30, no sin advertir que en las tres primeras horas del recorrido nos hizo un clima muy fresco, con cielo cubierto y algo de humedad producto de las continuas lluvias de la noche anterior.

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La demora en la bajada cambió el clima y la temperatura se elevó. La temperatura sobrepasa los 35°C. ¿A quién se le ocurre iniciar el ascenso a Los Curos a las 12.30?. Parodiando a Miguel Ángel López: “a los idiotas de siempre”. A esa hora ni los carros se atreven a subir y efectivamente en los primeros 5 kms de ascenso rodábamos como en el jardín de la casa.

Ya pasando la 1 pm volvimos a ver y sentir la presencia de los carros, camiones y sobre todo las tractomulas, que tienen que hacer peripecias y maromas en cada una de las curvas del sector. ¡¡¡Mis respetos!!! El alto de los Curos conlleva un ascenso continuo de 15 kms con los primeros 10 en torno del 3 al 4 %, y a partir de allí, rampas esporádicas del 8 %. Los últimos dos se ponen a más del 8 % con alguna rampa del 16 %. En general, dirían los ciclistas, es un ascenso pedaleable.

El ascenso lo hice solo, dado que Pablo pinchó y se quedaron todos mientras cambiaban neumático. Faltando 7 kms, Juan Esteban pasó como una ráfaga, subió y bajó y lo volví a ver cuando me faltaban los últimos dos kilómetros. Él, en tono amable, me dice: “ánimo que ya viene lo duro”. ¡¡¡Muy querido él!!! Pablo me sobrepasa faltando 5 kms y me acompaña unos metros. Lo vuelvo a ver cuando regresa y a mí me falta un kilómetro. Por fin llego a Los Curos.

Recuerdo bien ese sitio por varias razones. La que más recuerdo de ellas es que por allá en los años 70 existía un retén de la aduana que era el dolor de cabeza de los contrabandistas. Alguna vez viniendo con Guillermo Vicaría Saavedra, ingeniero civil, consultor de Insfopal, profesor de Mecánica en la Universidad Nacional y conocedor como el que más sobre los procesos de filtración en plantas de tratamiento para agua potable, a quien por demás aprecié inmensamente y quien me dio mi primer empleo como profesional, pasamos por el retén, lo pararon los guardas y antes de cualquier pregunta él se confesó culpable de contrabando, traía una vajilla para Olguita, su esposa, tres juguetes para sus hijos y una calculadora, adquiridas según él de manera ilegal en Maicao de donde veníamos. Y una caja de Marlboro que le mandaba mi papá a mi mamá con él. Ese era el talante de Guillermo. Los gestos de Guillermo explicando una situación sobre la que no le estaban pidiendo explicaciones aunado a la risa del agente jamás las olvidaré.

Superado este alto sólo faltaban 31 kms que ya eran cuestión de trámite. La carretera utilizada en la jornada está mejor que sus predecesoras y la tienen en mantenimiento, lo cual genera algunos represamientos que como ciclistas podemos sobrepasar sin contratiempos pero tomando mucha precaución. Vimos dos accidentes, uno de una moto que aparentemente fue grave, promediando el descenso de Pescadero, y otro fuerte entrando a Floridablanca, que hizo que nuestro vehículo acompañante se retrasara para llegar a Girón. Nos alojamos en plena plaza principal de este pintoresco y bonito pueblo santandereano.

Al final del día: 90 kms programados y 90 kms pedaleados. 1.608 metros de desnivel positivo. Seguimos acercándonos. Mañana hasta Aguachica. 180 kms, haré solo los últimos 120.

Cuarto día: Buscando las planicies de la Costa Caribe

Ahora que empiezo a escribir ya no estoy muy seguro si es el día tercero o el cuarto. Tengo que revisar bien para darle continuidad. Sí, es el cuarto dia. La jornada nos debe llevar de Girón a Aguachica con una distancia de 180 Kms. Mi intención anoche era hacer los últimos 120 Kms. Al levantarme me siento extrañamente bien. Decido arrancar con ellos y hacer el recorrido duro, que son los primeros 100 km. Incluso tratar de hacerlo todo. Soñar no cuesta nada.

Salimos 7.25 am. Es difícil salir antes. El desayuno es clave y antes de las 6 am no se consigue. Desayunamos en el acogedor Hotel Las Nieves, muy al estilo de lo que eran los hoteles hace más de 50 años.

Al salir, por cuenta de los desvíos debido a las obras, la jornada deberá alargarse al menos 4 km más, 2 de ellos en una subida tendida que ya pone más de 70 metros de desnivel. En el sector de los parques industriales, trancones que dificultan el avance. Al pasar por el sector de Café Madrid se abre la carretera, una vez más sin señalización y en mal estado. En todo el sector, además del deplorable estado de la carretera, nos acompañan olores desagradables producto de la contaminación por basuras, materia orgánica en descomposición e industrias de concentrados animales y avícola.

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Son varios kilómetros, prácticamente los 31 que separan a Girón hasta llegar a Rionegro. Aunque pareciera descenso para llegar a las planicies del Cesar, son un continuo sube y baje con rampas, las primeras de ellas sorteadas dignamente. Son cerca de 90 Kms con un desnivel positivo de 1.600 metros. ¡¡Quién lo creyera!! Empieza a desaparecer la cordillera y el ánimo parece subir. Sin embargo, nos esperan dos subidas de 2 a 3 kms cada una de ellas, con pendientes superiores al 8 %. Son un infierno literal y figuradamente hablando.

El calor va en aumento y ya llevamos algo más de cuatro horas de pedaleo. Promedio apenas por encima de 20 km/hr por lo duro del recorrido. Aunque habíamos estudiado juiciosamente el perfil, viendo que eran siete cerros a cruzar, en ese momento se pierde cualquier tipo de razonamiento y no se sabe qué es lo que falta.

Cabe anotar que paramos para recargar energías a las 2:30 horas: un delicioso salpicón, adquirimos agua, coca cola en lata, hidratantes comerciales y hielo para recargar la nevera. Una vez superamos las dos diabólicas “tachuelitas”, nos descolgamos hasta San Alberto para completar 110 km. Los últimos 20 kms se hacen muy duros por un dolor en el cuello y decido echar pie en tierra una vez conectamos con la Ruta del Sol.

Debo recordar que nunca he hecho bajadas de más de 15 kilómetros y en este punto llevamos más de 50 kms acumulados de descenso; la posición en la bicicleta cambia, luego los músculos que trabajan son otros. En San Alberto comemos algo ligero. Alejandra, que sufrió también el recorrido, me acompaña en la decisión de dar por terminada la jornada.

A los demás les quedan 66 kms que a primera impresión son planos. ¡¡¡Qué va!!! Son otro infierno con vientos, calor y sobre todo porque las especificaciones de diseño de la Ruta del Sol son conceptualmente diferentes a lo que las carreteras nos tienen acostumbrados. Los registros de temperatura sobrepasan los 40°C. Rampas cortas de 1 km a más del 8 %, encadenadas una tras otra, son, para ellos, dos horas eternas.

La dotación de bebidas se agota; en total más de 25 litros consumidos entre todos. Después de San Alberto no es fácil conseguir avituallamiento. Faltan 10 kms y decido volver a montarme a la bicicleta, quiero llegar con ellos a Aguachica. No es más montarme y empieza un torrencial aguacero acompañado de tormenta y vientos que incluso trataban de tirarme de la bicicleta. A diferencia de los rines de ellos, mis ruedas tienen perfil alto lo que incrementa el riesgo con los vientos. Con la lluvia y la terquedad de Juan Esteban y la mía, según Pablo, se perdieron Juan Esteban y Sebastián, con lo cual se regalaron una subidita de 2 kms que será con la que mañana arrancaremos vía a Bosconia.

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Ya bañado empiezo a notar que la argolla de matrimonio se sale con facilidad; supongo que he perdido al menos tres o cuatro kilos. También se nota en la facilidad para subir. Lo curioso también es que el cuerpo empieza a adaptarse a estas palizas. ¡Quién lo iba a creer! Mañana por lo pronto trataré de hacer seis horas hasta donde eso suceda. Creo que tengo posibilidades de hacer 160 kms.

Quinto día: Entramos en la Costa Caribe

Después de la tormenta de ayer llegando a Aguachica nos despertamos con otro aguacero de esos que suelen caer por esta zona; no es la primera vez que me pasa viajando por estas tierras. Como cosa extraña, el desayuno empezó bien puntual a las 6 am. La lluvia arreciaba pero no había ninguna opción diferente a la de salir para completar los 210 kms entre Aguachica y Bosconia.

Pero la vida le da a uno cierto tipo de compensación. Antes de salir, Pablo recibió un correo de la universidad en la que hará su especialización (Ingeniería Biomédica Computacional) y retrasó la salida cerca de una hora. Con ello desapareció la lluvia.

Finalmente salimos a las 7:36. El programa de ellos era hacer los 210 kms, lo que implicaría cerca de siete horas de pedaleo; en mi caso, hacer las 6 horas, lo que implicaría algo menos de 170 kms. Pero nuevamente el cuerpo sigue respondiendo al esfuerzo, cada vez se hace más fácil, las piernas, aunque adoloridas al inicio de cada jornada, ya no se sienten una vez se entra en calor, y al final decido seguir adelante y retarme en los 210 kms.

Iniciamos con un ascenso de algo más de un kilómetro al 7 %, que finalmente sería el único de la jornada que se pudiera mencionar. Tomamos la Ruta del Sol, que desaparece cada vez que se llega a alguna población. La Playa, Pelaya, la Floresta, Pailitas y…. pailas, la Ruta del Sol desaparece, volvemos a la misma ruta de los últimos 60 años hasta llegar a Curumani.

Desde allí empieza la anarquía total, utilizan una de las calzadas para que circulen en los dos sentidos ¡¡¡y la calzada está perfectamente señalizada para un solo sentido!!! El que no sepa en qué se mete se puede llevar un accidente fatal. En gracia de discusión, las bermas son bien amplías y podemos circular por ellas con buena comodidad.

Ya en movimiento, Alejandra pierde con facilidad el paso y nos adelantamos Juan Esteban, Pablo y yo hasta llegar a Curumaní, con una pequeña parada de 30 minutos para esperarlos en Pailitas y de paso para refrescarnos a las 2:30 horas de recorrido.

Una vez en Curumaní, nuevamente esperamos a Alejandra y Sebastián y decidimos comer algo ligero. ¡¡¡Al unísono, sopa de hueso!!! En ese sitio nos faltan 100 kms para acabar la jornada; antes de retomar la ruta noto que el pasador de las mordazas del freno delantero derecho de la camioneta está prácticamente desalojado, y venía de mantenimiento en Distoyota. John Freddy se queda para revisarla y ajustarla en el “concesionario local”; efectivamente, o no le pusieron el pin de seguridad o se salió; igual, un error sobre el que tendré que poner él reclamo correspondiente.

Retomamos ruta a las 12.30 y Juan Esteban, Pablo y yo ponemos paso redondo entre 30 y 35 km/hr. Continuamos hasta llegar a la Loma, en donde los volvemos a esperar. Algo de refresco y baño. Niños del sector se acercan y vemos la simpatía en su rostro. Con sus prendas raídas y pies descalzos, nos ayudan a ubicar las “prestaciones” del lugar; su simpatía, curiosidad y amabilidad son el reflejo de la personalidad costeña.

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Hay que mencionar el tema de baños en la ruta, simplemente deplorables. Mientras no cambiemos la mentalidad de higiene de cuanto negocio hay en la ruta, el tema de turismo en carretera estará muy lejano. En este sitio nos faltan 55 kms. Salimos pasadas las 3 pm. Juan Esteban decide salir a lo loco y yo con él. Rápidamente dejamos atrás a todos y en pocos kilómetros Juan Esteban me suelta. Pasados unos kilómetros le pido a John que se ponga a 45km/hr y yo hago tras carro unos 20 km hasta volver a alcanzarlo.¡¡¡Ya faltan 13 kms!!!

Decido dejarlo ir y llevar mi paso que no baja de 30 km/hr. Estoy aterrado de cómo se comporta mi cuerpo, no siento cansancio en las piernas, no tengo ningún dolor salvo la entrepierna, el cerebro parece haber cortado el dolor y la fatiga. Pareciera que más que un esfuerzo físico se convirtiera en un ejercicio de relajación mental, a cada pedalazo que hago voy, como lo he hecho estos dos últimos días, configurando y ordenando las ideas para plasmar en estas líneas, tratando de fijar datos, poblaciones, situaciones y mirar con otra óptica el recorrido.

Finalmente llegamos a Bosconia, los últimos 55 km los hice en 1:30. ¡¡A más de 36 km/hr!! Nos alojamos en el Hotel Ruta del Sol, un oasis por estos lugares, especificaciones de hotel tipo Lodge americano. Al menos algo bueno en la Ruta del Sol, que al paso que va en construcción demorará al menos 20 años.

No puedo creerlo. He hecho 209 kms en menos de siete horas (sin incluir las paradas de avituallamiento); para ser exactos, 6:45:58, a una velocidad de 30,8 km/hr. Juan Esteban ha llegado un par de minutos antes, el resto lo hace 22 minutos después, según los registros de Strava.

Sexto día: La llegada

Después de una noche en la que el cansancio empieza a notarse, las señas son insomnio y dolor en las piernas, con lo cual la noche se hace interminable. Finalmente son las 5 am y empiezo a buscar las 6. No hay un horario claro para partir, pero salgo a buscar el desayuno; finalmente saldríamos a las 7:51 para hacer los últimos 150 kms que separan a Bosconia de Santa Marta.

La salida es un caos: tractomulas, camiones, buses, vendedores ambulantes, tricimotos y por supuesto cinco osados ciclistas esquivando baches, huecos en la vía y andenes, si así se le puede llamar a las zonas de aislamiento de la calzada que forman un trancón de más de dos kilómetros.

Tal es el tiempo que se pierde que nuestro carro acompañante nos alcanza después de 30 minutos. La pérdida de tiempo y de combustible en este paso por Bosconia de los cientos de vehículos que se mueven por allí es extraordinaria. La Ruta del Sol, en definitiva y a partir de aquí, ya no existe. A lo largo de los 120 kms que separan a Bosconia de la Ye de Ciénaga veremos algunos sectores en construcción que sin embargo poco obstaculizan la vía existente ya que las obras de la otra calzada son independientes.

Es cierto que están trabajando, pero el ritmo de construcción es muy bajo para una empresa de esta magnitud. Aunque la vía está en buenas condiciones no es lo suficientemente segura para nuestro tránsito por lo que el vehículo acompañante está siempre a la retaguardia. En este sector, en definitiva, es la única opción de practicar el ciclismo.

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Hemos recorrido 30 kms y pasamos por El Copey. Nuevamente el espectáculo de basuras que hay en todas las entradas y por supuesto salidas en los diversos municipios del Cesar es deplorable. Ayer no lo comenté pero puedo citar como ejemplo La Jagua de Ibirico, municipio por el que pasamos ayer, como el símbolo del abandono y dejadez municipal. Y no es reciente. Hace cerca de 10 años tuvimos alguna obra en Gamarra y la situación en todos estos municipios era la misma. Y la Jagua es por supuesto el símbolo de las regalías carboníferas: vaya uno a saber en qué invierten su riqueza, pero seguro no es en sistemas sanitarios.

Retomando la ruta, las sensaciones para mí no son buenas. Me siento fatigado, algo mareado, con un pulso bajo que no pasa de 130 ppm. Saliendo de El Copey, a nuestra mano derecha se asoma la majestuosidad de la Sierra Nevada, su cumbre emerge y la emoción de todos es indescriptible; a todos se nos eriza la piel, nos recibe entre sus montañas colindantes y sus nubes protectoras como un guiño a nuestro periplo.

Los gritos y la alegría parecen ser el preámbulo de lo que resta por venir. Aunque sigo con las malas sensaciones, aspiro a cumplir el recorrido. La llegada a Fundación se hace interminable; en este punto llevamos 65 kms de recorrido, empiezo a pensar en montarme al carro. No sé qué me pasa. Sin embargo, no dejo tampoco de percibir los olores y el estado general del sector: desde El Copey hasta muy adelante de Aracataca, la utilización de pesticidas es abrumadora. Vemos plantaciones de palma y banano en este tramo y por supuesto algunas pistas de aviación y avionetas fumigadoras. El olor no ayuda con mi estado.

De pronto entiendo la situación; ayer me descuidé en la alimentación. Después de los 210 kms del recorrido de ayer, después del desayuno solo comí algo de sopa de hueso y una hamburguesa. Estoy pagando una novatada sobre la que yo mismo con mi incipiente formación técnica le recalqué a Juan Esteban cuando decidió meterse en esto del ciclismo, sobre la importancia de la buena y adecuada alimentación; hoy él ya es mi preparador, entrenador y gregario.

En el cruce del río Sevilla, precisamente en el punto más cercano al pie de la Sierra Nevada y exactamente a medio día, paramos para almorzar. No desperdicio tiempo, sancocho de gallina y una buena porción de pechuga parecen hacerme renacer. Nos faltan 50 kms. Reiniciamos y con el pasar de los kilómetros empieza el cuerpo a responder. Sin embargo, ya el dolor en la entrepierna por estas más de 35 horas de pedaleo empieza a no ser muy agradable y eso que hoy me puse doble badana siguiendo la recomendación del “profe”.

Al salir del almuerzo pasamos por varios caseríos y uno en particular, San Pablo, me llamó mucho la atención. Sus gentes están abandonando sus hogares demoliendo sus casas por la inminente llegada de las obras de la doble calzada. No solo es la demolición física que se erige como símbolo del “progreso” sino el desplazamiento que conlleva su reubicación; suena aterrador pero se ven carretas jaladas por burros y caballos extenuados cargando las pocas pertenencias con ellos. Ver sus caras entristece el alma. En algún caso tres o cuatro sillas, un ventilador y un televisor de caja acompañan a sus dueños quién sabe a dónde; el andar cansino de ellos con sus pertenencias, incluido el animal de tiro, me hacen recordar los cientos de desplazados que a esta hora y por diversos motivos tienen que abandonar sus hogares a lo largo y ancho de este país y de nuestro país vecino y de tantas gentes en este mundo. Se conjuga esta desgarradora imagen con un espectacular complejo deportivo envidia de cualquier equipo profesional de fútbol. El complejo deportivo es Marcelino Cadavid y queda en el corregimiento de Julio Zawady como símbolo de la “inversión social” que hace la industria bananera en la zona.

De pronto, como si la vida quisiera mantenernos en un equilibrio emocional, pasa un motociclista y con júbilo nos sobrepasa y claramente se le escucha: “¡¡Ánimo muchachos, que Dios y la Virgen los acompañen!!”. No soy dado a consideraciones religiosas por mi agnosticismo pero suena reconfortante y muy emotivo.

Empiezan a pasar los kilómetros, aún no vemos el mar, aunque estamos llegando a la Ye de Ciénaga. Nos quedan menos de 20 kms. Son muchos repechos de 300 y 400 metros que empiezo a sortear ya con lo poco que me queda. Los kilómetros pasan muy lentamente, la ansiedad de llegar es muy superior a la velocidad que llevamos, con lo cual este último sector se hace interminable. Vemos el mar, faltan 12 kms; y a partir de allí, si se nos estaba haciendo lento el recorrido, ahora pasa a infinito.

Pero las cosas acaban con este último recorrido de 150 kms, la emoción y el cansancio se funden en una risa misteriosa y cómplice de haberlo podido hacer.

Han sido seis días, 850 kms para mí, 950 kms para mis hijos; 36 horas de pedaleo, más de 40 municipios transitados y seis departamentos; más de 150 litros de bebidas consumidas nos hacen estar orgullosos de nosotros, y seguir pensando en este país al que le debemos tanto. El reconocimiento a nuestra familia, a los lectores que han podido compartir estas líneas, a cada conductor que acepta que, como ciclistas, podamos compartir vías que no están diseñadas ni para ellos, ni menos para nosotros. A la risa humilde de los niños que admiraban nuestras bicicletas y que nos veían como elementos exóticos en su desolador ambiente, a Sebastián y Alejandra, a ella mis respetos y admiración, a John Freddy por su paciencia y apoyo en estos días, a mis hijos Juan Esteban y Pablo Santiago, a él en especial, por ser el promotor de esta locura que hemos realizado y desearle éxitos en su especialización.

Nos espera el próximo año el Camino de Santiago.

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