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El 10 de agosto se oyó un coro de angustia por todo el país. Desde el norte en La Guajira hasta el sur en el Amazonas, desde el occidente en el Chocó hasta el oriente en Vichada: ¡Wiu-uuuh, wiu-uuuh! Cinco minutos, aproximadamente, duró el calvario del terremoto. El mar de gente en las calles. Los edificios resquebrajados. Nadie sabía qué hacer. Un mes después, en Quibdó, el sonido cambió: ya no es el estruendo y sus alarmas, es la lluvia. Cae todas las noches, dice Dirla Rodríguez Córdoba, sentada en donde hace un mes le dio de comer al barrio El Futuro desde un fogón de leña. Sigue ahí. Sigue afuera.
“No hubo normalidad”, responde, cuando le pregunto qué cambió después de que se fueron las cámaras. “Desde entonces he sentido que todo tiembla. Todo se mueve. Uno no sabe”.
En el Chocó, según el último balance de la Gobernación, el sismo dejó 12 personas fallecidas, 357 heridas, ninguna desaparecida y 99.122 personas afectadas en los 30 municipios del departamento —una décima parte de sus cerca de 550.000 habitantes—. 5.221 viviendas quedaron destruidas; 27.283, averiadas.
Inhala… exhala…; inhala… exhala… Dirla tiene que detenerse entre una frase y otra para tomar aire. El asma le corta el ritmo de la conversación, y el polvo de las tormentas nocturnas parece posársele en el pecho como un peso que le dificulta aspirar el último hilo de aire antes de pedir el siguiente. Duerme afuera, fusilada por los mosquitos, con ocho personas de su familia: cinco niños, tres adultos. Dos de ellos, su hija y un vecino, amanecieron con fiebre alta, náuseas y cansancio extremo. Diagnóstico: malaria. Tratamiento: pastillas. Nada más.
No se sabe aún si este caso es aislado o parte de un patrón más amplio después del terremoto.
Come dos veces al día; en la noche, a veces, “algo suavecito”. El agua le cuesta 6.000 pesos cuando la consigue; cuando no, la recoge de la lluvia. Nadie de la Alcaldía ni de la Gobernación ha ido a verla. Sí han ido, dice, influencers, con cámara y mercado.
A pocas calles, Zulia Rodríguez volvió a entrar a su casa, aunque sigue rota y le cae agua por todas partes cuando llueve. Prefiere eso a la intemperie, a los zancudos. Pidió un millón quinientos mil pesos a un “gota a gota” para comprar bloques, cemento, arena y pagar la mano de obra.
“Hay personas que no han tenido ni el privilegio del ‘gota a gota’, porque no conocen a nadie ni nadie les presta”, asegura Rodríguez. “Están sin nada”.
La inseguridad, señalan en El Futuro, empeoró. Hay robos en las casas que quedaron desocupadas porque sus dueños no se han llevado todo lo que dejaron. Por eso muchos, entre el miedo a que la casa se les caiga encima y perder lo poco que les queda del sacudón y las inundaciones, prefieren quedarse adentro. Yina, hermana de Zulia, resolvió volver a su propia casa declarada inhabitable: “Me voy a meter a mi casa a todo riesgo porque hay menos amparo afuera. Cuando sea la hora de que la casa se inunde, me levanto y achico”, dijo.
No exageraba. Ese fue un adelanto del diluvio del fin del mundo que llegó 18 días después.
La segunda ola
El 28 de agosto cayó un aguacero sobre las casas que aún se mantenían en pie y sobre los escombros de las otras; cada gota buscó las grietas que dejó el terremoto, y nadie sabe todavía cuántas heridas siguen abiertas bajo la lluvia. En 24 horas, el Ideam cuantificó 198,7 milímetros, la cifra más alta del país ese día: una lámina de agua que, si se hubiera extendido pareja sobre todo el departamento, habría cubierto los tobillos de cualquier hombre y mujer que caminara por la calle.
La tormenta dejó más de 300 viviendas afectadas en al menos 16 barrios, informó la Alcaldía de Quibdó. En las calles quedaron atrapados carros y motos; en algunos puntos, vecinos tuvieron que meterse en el agua para sacar los vehículos. Mercados enteros, empacados y listos para repartir, flotaban por las calles. Una casa que las propias instituciones ya habían señalado como en riesgo estructural tras el terremoto se cayó por completo.

Desde el 10 de agosto, el departamento vive bajo un decreto de calamidad pública, vigente por seis meses, que le da al Gobierno departamental facultades contractuales excepcionales para agilizar la respuesta. La segunda ola llegó dieciocho días después, con esas facultades ya activas, y aun así la capital se inundó. Era de esperarse, pues Quibdó apenas tiene 27,8 % de cobertura en el servicio de alcantarillado, por debajo del 76,6 % del promedio nacional, según el Ministerio de Vivienda.
Pese a todo, la zozobra de los chocoanos continúa sobre la tierra. Entre el 10 y el 31 de agosto, el Servicio Geológico Colombiano registró 1.340 sismos adicionales en la zona, la mayoría réplicas alrededor de San José del Palmar, pero más de 900 concentrados en Sipí, Istmina, Medio San Juan y el Litoral del San Juan, en lo que la entidad describe como un “enjambre sísmico”, un comportamiento distinto activado por la misma ruptura de la placa de Nazca del terremoto que liberó, según el SGC, una energía equivalente a entre 125 y 130 bombas como la de Hiroshima, en Japón, durante la Segunda Guerra Mundial.
“La Unidad de Gestión del Riesgo aún sigue sin identificar las casas que fueron afectadas por el terremoto y que después fueron afectadas también por esta inundación”, señala Andrés Parra, rescatista de la Corporación de Salvamento y Rescate Ave Fénix – Chocó, que hace un mes aseveró a El Espectador que el departamento no estaba preparado para una emergencia de esa magnitud. Sostiene lo mismo hoy: “Seguimos sin tener lo necesario para estar preparados. Esto no avisa, llega repentinamente, y las instituciones actúan luego de, no antes”.
Por eso su corporación, como otras organizaciones en el terreno, ha pedido a empresas y entidades que apoyen con herramientas y equipos para seguir atendiendo a las familias afectadas.
El grupo, que empezó con 25 rescatistas el 10 de agosto, hoy tiene más de 40, la mayoría jóvenes que se sumaron después de ayudar a sacar gente de los escombros con sus propias manos.
¿Llegó o no llegó la reconstrucción?
Didier Rentería, quien apoyó el centro de acopio “Bocachico” desde la primera semana, describe el mismo estancamiento desde otro ángulo. De las 50 o 70 personas que llegaban a las convocatorias de ayuda en agosto, hoy llegan 15 o 20. “Ya estamos en una segunda fase, que es la de reconstrucción”, explica, “y hay que mirar cómo el país, el departamento y los municipios se van a comportar”.
Desde un puerto de tablas con canoas de dos metros de largo parqueadas en paralelo al borde del río Atrato, Mayiris Palma, coordinadora del centro de acopio, cuenta a este diario, un mes después de la última conversación, que han logrado entregar cerca de 500 toneladas en el Chocó. En Quibdó no solo fueron a Las Américas y La Cascorba. También a Las Palmas y Cabí, todos en la zona norte: barrios con carreteras destapadas y techos sostenidos con láminas de zinc. “He estado corriendo estos días con nuevas ayudas”.

Quinientas fueron también las viviendas prefabricadas anunciadas por Grupo Argos y el cantante Nicky Jam para el departamento. El lunes pasado entregaron la primera vivienda a una familia afectada por el terremoto: 66 metros cuadrados con baño, cocina-comedor y tres habitaciones.
Por su parte, la Gobernación también se movió, aunque a otro ritmo. El 18 de agosto, la Gobernación creó por decreto el Banco de Materiales del Chocó, con sistema de inventario, trazabilidad de donaciones y una ruta de atención priorizada para madres cabeza de familia, adultos mayores y personas con discapacidad. A comienzos de septiembre, abrió una convocatoria para repartir 2.400 bultos de cemento entre los municipios. Según la propia Gobernación, ya se han movilizado 305 toneladas de ayuda humanitaria a los 30 municipios habitados del departamento, se destinó un fondo de 1.000 millones de pesos para un piloto de reparaciones menores en Quibdó, y ya está listo el modelo de vivienda rural nueva, con una primera reconstrucción piloto en Salero, corregimiento de Unión Panamericana.
Río arriba, la desconexión es de otra escala. En Medio Atrato, un municipio al que solo se llega por agua —de Quibdó a la cabecera municipal, Bete, entre 45 minutos y una hora en lancha rápida, hasta tres en embarcación de carga, y un día entero para alcanzar las comunidades sobre el río Bebará—, la única ayuda oficial que ha llegado son 240 kits de aseo y 240 mercados, para unas 900 personas afectadas. 16 viviendas quedaron destruidas; 11, inhabitables.
“Hoy estamos en alerta, en un brote de malaria y también de dengue”, confirma a El Espectador el alcalde Yair Diomedes Cuesta, la misma enfermedad que golpeó a la familia de Dirla en Quibdó, a horas de distancia. Cuesta atribuye el aumento de los casos al agua estancada que dejaron el terremoto y la lluvia.
El epicentro del sacudón, San José del Palmar, tiene, al menos, un fondo de gestión del riesgo por 32 millones de pesos. Medio Atrato no tiene ninguno. “Nos pasa a todos los municipios del Chocó de séptima categoría, excepto Quibdó”, dice Cuesta. “No tenemos ese respaldo financiero”.

Pero las promesas aún no se cumplen en El Futuro. Ni en otras partes. Los anuncios, los programas, “el impacto aún no se ha visto”, dice Rentería, y para la muestra un botón: en varios centros de acopio —no en el suyo, aclara— todavía hay alimento y colchonetas sin entregar, semanas después de recibidos. Nadie le ha explicado por qué. Según la Alcaldía, no están represadas: primero reciben, luego trasladan, allí descargan, clasifican y organizan, luego arman los kits y, por último, con la priorización, despachan a las comunidades.
El apoyo, que ha mermado, continúa en los equipos ya consolidados. “Si se hiciera una convocatoria, no creo que acudan en la misma masa”, dice Didier, no por desánimo o desinterés: el Chocó debe reactivarse en todos sus aspectos: económico, laboral, académico. “Esto también dificulta que la actividad humanitaria sea la misma y con la misma constancia de los primeros días”, explica.
Los voluntarios también tienen que resolver sus casas, sus negocios. Deben resolverlo todo al mismo tiempo. La casa de Didier, de más de medio siglo, quedó inhabitable, y diez días después del terremoto, murió su abuela. Un infarto, le dijeron. Él cree que fue otra cosa. “Ella, al ver su casa así, con más de 50 años de construcción desde cero, y ver todo su esfuerzo fracturado, afectada por un evento que nadie pudo prevenir… Creo que la llevó a la tumba”.
“Es tan importante la ayuda psicológica como la entrega de materiales y subsidios para el departamento del Chocó. Así como mi abuela, que no pudo soportar ver su casa así, hay muchos otros adultos mayores”, asegura.
Es la misma advertencia que dio a este diario hace un mes el capitán Anderson Galindo: la fase más peligrosa no es la primera, sino la que viene después, cuando las patologías de base de la población empiezan a descompensarse sin que nadie las monitoree.

Mientras tanto, en el Malecón…
Mientras las familias reconstruyen con bloques comprados a crédito, el país anuncia billones para reconstruir el departamento. El mismo 7 de septiembre en que Rentería contaba esto, en otro punto de Quibdó, el presidente Abelardo de la Espriella cerraba su primer mes de gobierno con una cumbre de los principales empresarios del país —los Gilinski, Alejandro Santo Domingo, Luis Carlos Sarmiento, Fuad Char—, anunciando un “Plan Marshall para el Chocó”: 2 billones de pesos comprometidos por el sector privado para la reconstrucción, 1 billón para infraestructura vial y un aeropuerto, la reactivación del proyecto de canal interoceánico, cien becas y capital semilla para emprendedores.
La escala se mide mejor contra la del daño. El decreto de emergencia económica que el Gobierno Nacional expidió tras el sismo estima el impacto del terremoto, en los 16 departamentos afectados, en al menos 30 billones de pesos. Frente a esa magnitud, los cerca de 3 billones anunciados en Quibdó son una fracción.
Cuesta, el alcalde de Medio Atrato, valora el anuncio, pero con una reserva: ni él ni la mayoría de sus colegas alcaldes del departamento fueron invitados. Solo la gobernadora y el alcalde de Quibdó tuvieron silla en la mesa. “No tuvimos ni una invitación. Creo que fue una falla”, afirma. Tampoco hubo, dice, para lo que el terremoto tumbó: “Las viviendas que están en el piso, ¿cómo las vamos a adelantar si aún no tenemos un plan estratégico de reconstrucción?”.

Es, casi palabra por palabra, lo que los chocoanos llevan pidiendo desde antes del terremoto: vía al mar, mejor servicio de energía, un hospital de tercer nivel, conectividad con Medellín, desarrollo sin daño ambiental. Llevan décadas pidiéndolo y nadie les cumple, ni siquiera cuando todo se desmorona.
«El panorama es lamentable: más del 97 % de las viviendas no se han intervenido», dice Jorge Américo, del Comité Cívico de Infraestructura de Quibdó, que lleva años documentando por qué los anuncios de infraestructura en el Chocó rara vez se convierten en obra. «La comunidad está solicitando a gritos moler las casas que están marcadas y que no pueden ser habitadas».
Sobre el nuevo billón anunciado, es escéptico por experiencia: «Si planeas mal, el resto sigue mal: estudios, diseño. Los contratistas, por lo general, presentan las propuestas sin ir a terreno». Su recomendación, un mes después, es conformar veedurías ciudadanas «con personas que tengan conocimiento de dicho sector: zapatero a sus zapatos».
Y es que en el Chocó el dinero no rinde. Mientras en la mayoría de los departamentos la mayor tajada presupuestal va a minas, energía y trabajo, el Chocó resuelve lo esencial: educación. Según datos del DNP, para Quibdó, la prioridad es la inclusión social y la reconciliación; para San José del Palmar, el transporte, porque allí, en ese punto perdido en la espesa selva del Chocó, es más corto el camino hacia Cali, capital del Valle del Cauca, a 161 kilómetros en línea recta y 273 kilómetros en carretera, que los 100 kilómetros en recta a Quibdó y 319 kilómetros en carretera.
Mientras en Quibdó un sol áspero mojado de lluvia se impone en su cumbre, San José del Palmar se recoge en la cordillera bajo un manto de nubes, con un rumor de vientos frescos. El departamento vive, dentro de sí, en permanente condición de paraíso verde, realidades disímiles imposibles de homogeneizar. Se necesita todo y a la vez nada.
Rentería tiene una lectura de lo que este mes sí cambió, y de lo que no. “Colombia se acordó de que nosotros, las personas negras del departamento del Chocó, éramos sus hermanos”, dice. “Eso nos alegró mucho”. Lo que volvió a olvidarse es una deuda histórica: el racismo con el que el país sigue mirando a su propia gente preparada, en un departamento que también tiene doctorados, políglotas, abogados de mérito y una universidad propia.
Solos, como tantas veces; pero con la esperanza terca de que esta vez no sea pasajero. Solos, sí, pero de pie. El Chocó, fuerte y orgulloso, se levanta sobre el estrago, se sacude la lluvia, guarda en la memoria nacional las grietas de la tierra y sigue: hacia el futuro, hacia el país, hacia sí mismo.
Chocó… Chocó…
La última entrega de ayuda a la que Dirla y Zulia tienen registro llegó el domingo 6 de septiembre: comida no perecedera para una, mercado para la otra. Hoy están preparando unas lentejas que trajo la junta de acción comunal. “Han hecho olla comunitaria y han repartido un mercadito”, cuenta Dirla.
Piensa antes de responder qué deberían saber el alcalde, la gobernadora y el presidente, un mes después durmiendo afuera: “Que me colaboraran en lo más que pudieran para yo reconstruir mi techito donde yo echo el sueño”.
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Nelson(11961)•Hace 4 horasMientras, el gobierno de los nunca firme con el espectáculo vacío…y rindiendo cuentas ante su majestad Rubio.
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Carmen(d6co2)•Hace 4 horasQué título tan negativo. No sólo Chocó, todos los departamentos afectados atraviesan la misma suerte. Y todos, sobre todo Chocó, han tenido una respuesta ejemplar de parte del gobierno, de los empresarios, de la población. Se ha hecho muchísimo en tan poco tiempo!
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Atenas(06773)•Hace 5 horasMismo mes q’ ha transcurrido pa el Eje Cafetero, Cali y demás poblaciones afectadas por el terrible terremoto, y en su debida proporción el impacto es el mismo frente a cómo resolver las correspondientes necesidades. A mi me cogió básica/ entre Pereira y Manizales, aún sigo acá y por lo cual he vivido y sentido la actitud del nuevo gbno con menos de 72 horas en el poder habiendo recibido un circo como legado, y en medio del desastre, su despliegue de voluntad y energía ha sido admirable. Atenas
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Carmen(d6co2)•Hace 4 horas100% de acuerdo!
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Carmen(d6co2)•Hace 4 horas100% de acuerdo!
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juan(5824)•Hace 8 horasMilagro: El Espectador, que había olvidado por completo cubrir lo relacionado con el terremoto, de acordó. Y el estúpido lacayo priorizando un malecón en Quibdó, que dicen cuesta 40.000 millones. Los milagros de la patria milagro.