
"Este libro me importa porque me permite tener un ciclo completo desde la primera colección, que fue ‘Al pie de un volcán te escribo’, pasando por la segunda, que fue ‘Desde el país de Nunca Jamás’, hasta esta, que está muy actualizada y que incluye la invasión a Venezuela y la extracción de Maduro. Si lo tomas todo junto, pues representa 40 años de historia de América Latina por ‘flashes’, por momentos. Y me pareció importante poder tener un ciclo completo de ese momento en la región, o de esos momentos, y de las cosas que yo había visto directamente”, dijo Guillermoprieto en entrevista para El Espectador.
Mucho y todo el tiempo cambia América Latina, y a lo largo de cuatro décadas han sido muchas las transformaciones que ha tenido la región, aun cuando parece que volvemos a numerosas lógicas y sensaciones del pasado. Para la periodista mexicana, congregar tres libros en uno solo refleja ese curso cambiante de nuestra historia y explica también cómo hemos llegado a un presente que considera perturbador.
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“Todo cambia. Cambio yo como espectadora, adquiero quizás menos ilusiones, pero más experiencia. Cambia América Latina, obviamente, y cambia mucho y muy seguido. Entonces, también por eso es interesante que haya tres libros que reflejan momentos diferentes. Si bien el primer libro marca el final de muchas dictaduras en América Latina y un hecho que parecía esperanzador, como fue el derrocamiento de Somoza en Nicaragua, hoy día yo sí diría que es una época en la que muchos de nosotros, no solo yo, estamos no solo desilusionados, sino asustados. Asustados frente al futuro. Y eso necesariamente se refleja en el intento de entender en el libro cómo hemos llegado a esta situación”.
Asistimos nuevamente a un giro de la política en América Latina. Varios de los países de la región —a excepción de Brasil, que acaba de reelegir a Lula—, han elegido a gobernantes de derecha, tras varios años de líderes que hicieron parte del lado opuesto. Para Guillermoprieto, esto tiene que ver con algo que los teóricos políticos —y ella afirma no ser una— llaman “efecto péndulo”, en el que cada tanto alternamos gobernantes de derecha e izquierda.
“Lo que no se dice es que se elige a un gobernante de derecha y fracasa, y se elige a un gobernante de izquierda y fracasa. Porque quizás este sistema electoral, que es más electoral que democrático, diría yo, no ha sido el adecuado para remediar nuestros males centenarios. Entonces, a la desilusión necesariamente sigue la ilusión y viceversa. Y te repito, estamos en una época no solo de desilusión, sino de sustos verdaderos. ¿Qué va a ocurrir si se logra acabar con el Amazonas, por ejemplo? Si se le entrega esa inmensa riqueza del mundo a la minería en Brasil, ¿qué va a pasar con la inteligencia artificial? Esa es la gran preocupación de hoy, porque es una amenaza muy nueva. ¿Qué va a pasar si hay otra plaga más letal que el COVID?”, aseguró la autora.
Ante esta situación, Guillermoprieto considera que preguntas de esa índole sí marcan el presente que vivimos. “Son mucho más graves, abarcadoras, existenciales, que las que habíamos enfrentado en toda mi vida, me parece. Yo nací después de la Segunda Guerra Mundial, todos nacimos después de la Segunda Guerra Mundial. Y esas preguntas, yo creo que en sí son desestabilizadoras de nuestras sociedades. Ante el miedo que provocan, la gente busca respuestas fáciles. Busca enojarse por una cosa aparentemente más fácil de resolver, como puede ser la migración. Fuera los migrantes, ¿no? No resuelve nada, pero es un objetivo concreto”.
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¿Cómo entra el periodismo a cuestionar estas lógicas y el presente? Para Alma Guillermoprieto, el asunto tampoco es sencillo por dos problemas que ella señala que tiene el oficio. Y si bien en general nos enfrentamos a varios retos, unos nuevos y otros estructurales a nivel de justicia y desigualdad, la autora mexicana se reconoce también como una posibilista, a pesar del susto que afirma que padecemos actualmente.
“La cifra que dio alguien de la Institución de Libertad de Prensa el otro día fue algo así como 500 periodistas asesinados en el hemisferio en los últimos 20 años. Fue una cifra realmente, escandalosamente, alta. El problema de la violencia, del asesinato de nuestros colegas, es muy grande y muy terrible. Pero existe también el problema institucional de gobiernos que deciden que el periodismo libre es una ofensa que no debe existir. Caso notorio: el de Trump. Y caso común, sobre todo en Sudamérica, las amenazas constantes al periodismo vendido, a los sicarios de la palabra… Hay otro insulto que les gusta mucho también, a los que ofenden el poder, etcétera, y que combaten el ejercicio del periodismo a través de las amenazas legales. Y eso es muy importante porque se puede destruir un medio a base de una demanda legal absurda, pero que, por estar el sistema judicial ya totalmente viciado, se le concede al poder. La multa puede destruir un medio y los medios están muy debilitados”, concluyó.
Usted dice que la democracia no solo necesita un campo de juego nivelado y elecciones libres de sobornos y miedos, sino, sobre todo, igualdad entre sus ciudadanos. Y luego menciona una encuesta en la que se señala que menos de la mitad de los latinoamericanos cree que la democracia es la mejor forma de gobierno. ¿Cree que haya alguna manera de recuperarse esa credibilidad?
Los fracasos, sobre todo los fracasos a la hora de mejorar la tremenda desigualdad que nos caracteriza, han llevado a esa desilusión en la democracia, por la democracia. Yo siento que ese sueño democrático lo compartió la ciudadanía de América Latina durante un breve y único periodo de tiempo, que fue la posguerra hasta, digamos, el año 2000, el año 2000 en que el ataque a las Torres Gemelas en Nueva York cambia el mundo. Esos años son épocas extraordinarias en la historia de la civilización, y es un florecimiento de las elecciones, del sueño de la democracia como criterio general para los ciudadanos y para la prensa. La prensa florece y opera en circunstancias parecidas a la libertad en todos nuestros países. Se acaba la posibilidad de alcanzar la igualdad y se cae todo ese sueño.
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En varios de los reportajes hay una preocupación por los jóvenes, por los adolescentes y los niños, y hay incluso reflexiones de algunos personajes. ¿Por qué ese interés que ha tenido siempre por retratar también la realidad de los adolescentes y de los jóvenes en Latinoamérica?
Será porque me llevo muy bien con los jóvenes. Yo creo que tardé muchísimos años en dejar de ser adolescente. Y por eso tal vez tengo un hilo de comunicación fuerte con ellos. Y porque también está relacionado con la angustia que me provoca la falta de oportunidades, la desigualdad en América Latina. Quienes la padecen de la manera más viva y los que sienten la desilusión de la manera más punzante son los jóvenes. Son a los que se les niega un futuro. Me da mucha rabia pensar en lo que podría hacer América Latina si no despreciara tanto a sus pobres. Los jóvenes en la pobreza no tienen acceso a igualdad de oportunidades. Si tuviéramos eso, pues no sé, estaríamos también conquistando el espacio o descubriendo la solución al cáncer.
Pero la gente se pregunta: ¿por qué hacen tan bien las cosas en Europa o en Estados Unidos? Pues por eso, porque aquí no se cuida a la juventud, no se le alienta. Y eso a mí siempre me llena mucho de desesperación: ver cómo se desperdician de manera tan grotesca las posibilidades de nuestro futuro.
Varios reportajes muestran también ese círculo de violencia que se ha instalado en varios países de la región. Pareciera que la venganza se haya convertido en un motivo político para que surgieran fenómenos como el paramilitarismo en Colombia, o líderes que buscaban de alguna forma una retaliación frente a su pasado…
Yo creo que si hubiera sistemas de justicia funcionales, esa sed de venganza por lo menos tendría una manera de encauzarse. Pero como en todos nuestros países el 95 % de los casos criminales no se resuelven, y cuando se resuelven, muchas veces se resuelven arbitraria e injustamente, se condena a cualquier persona para salir del problema y no se busca a los verdaderos culpables. Ante esa casi absoluta falta de justicia legal, institucional, pues la venganza sigue siendo un remedio arcaico.
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Usted se pregunta en el libro: el chavismo, ¿qué será o qué es? ¿Y qué va a pasar también ahí? Quisiera retomar esa pregunta ante el presente que se vive en ese país.
A mí nunca me pareció que un sistema basado en la idolatría pudiera ser funcional. Me parece que cuando gobiernan unos egos inflados casi hasta reventar, caso Chávez, caso Trump, lo que sigue es el desastre, como efectivamente siguió. Y al pobre lelo de Maduro le tocó pagar el precio de todas las deudas que dejó el chavismo. Cuando se murió Hugo Chávez, la economía ya estaba destrozada, ya la había destrozado él, pero no le había tocado empezar a pagar el pato.
Y a Maduro le tocó, y pues resultó como todos los herederos de las personalidades devoradoras, digamos. Pero fue un heredero incapaz, porque Chávez no quería herederos. Chávez lo que quería era perpetuarse en el poder hasta el último día de su vida. Y Maduro, justamente, fue la víctima perfecta de esta invasión contra todo precedente, contra todo respeto por la autonomía de otro país que llevó a cabo Estados Unidos. No era popular y no era legítimo. Era un presidente de facto, presidente al fin y al cabo, pero presidente de facto, después de unas elecciones que, por acuerdo casi mundial, fueron fraudulentas.
En uno de los reportajes que hace en Colombia, está hablando más o menos de la época en la que Uribe es presidente, en 2002, y dice que, si alguna vez un país necesitó un salvador, ese país es Colombia. Pero creo que muchos, y no solo pasa en este país, llegan al poder bajo ese discurso y esa figura. ¿Qué opina de esto?
Sí, en nuestros países, con esta desigualdad tan extrema y tan indecente, pues en realidad la ciudadanía propiamente dicha no existe, en el sentido de que no hay una mayoría informada capaz de tomar decisiones calmadas respecto a quién va a ser el siguiente dirigente del país. Todo se vuelve nuevamente ilusiones y falsas promesas que pronto se desbaratan y llegan a la desilusión.
Un sistema tan desigual genera estos liderazgos de temperamento violento que prometen solucionar todos los problemas y no gobernar moderadamente y hacer lo que se pueda, ¿no? En realidad es lo único que se puede hacer.
Usted dice, cuando habla de Nicaragua, que es una historia de más o menos seis apellidos y en la que los traumas familiares tienden a repetirse. Creo que eso ocurre también en otros lugares.
Cuando yo empecé a hacer los talleres en la Fundación Nuevo Periodismo, pues era una oportunidad también inmensa para mí de ir conociendo nuevamente, reconociendo la región, porque siempre había un porcentaje de talleristas colombianos y otro porcentaje de talleristas de todos los demás países, pero era impresionante ver cómo entre los talleristas colombianos todo el mundo tenía un padre secuestrado, un hermano desaparecido, un segundo primo lejano guerrillero. O sea, la participación en la violencia generacional en Colombia era una cosa muy llamativa. Y todos esos muchachos eran sanos, ilusionados, sus ojitos brillaban con la idea de que iban a ser grandes periodistas, como en efecto muchos lo han sido.
Pero para mí el gran misterio era cómo crece una persona así, nuevamente, sin la posibilidad de justicia y con la venganza como único recurso. ¿Cómo se abandona esa manera mala de vivir y se crea un mundo nuevo?
Y tal vez el hecho de que en Colombia el mal de la violencia sea institucional, generacional, también ha hecho que muchas personas se impongan al trauma y descubran una manera de vivir, no sé, con un gran don para la felicidad, diría yo. Y tal vez sean todos ellos los que salen en las protestas a decir “queremos un mundo mejor” y lo hacen con tanta alegría. Estoy especulando.
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En el reportaje “Colombia busca la paz”, Llorente, un personaje, dice: “‘Yo no soy mucho de optimismo’, me dijo Llorente cuando le pregunté cómo veía el futuro. Y dice: ‘Creo más bien en el posibilismo’”. ¿Usted si cree en alguna de esas dos cosas, en el optimismo o en el posibilismo?
Yo también estoy de acuerdo. Yo también creo en el posibilismo, porque en lo que creo es en mi capacidad o mi decisión de hacer algo muy pequeño, pero que de alguna manera sirva para mejorar la situación un poquito. En eso creo. En la capacidad tuya de hacer lo mismo, en la capacidad de cada uno de nosotros de hacer algo muy chiquito, pero que sirva para algo. En ese sentido, soy posibilista.
El libro abarca muchos reportajes y crónicas, pero me llamó la atención un artículo que agregó sobre Roma, la película de Alfonso Cuarón. ¿Por qué lo incluyó?
Bueno, yo he escrito siempre, desde un principio, un poco de todo. Fui la cronista de danza en la revista Proceso, por ahí de 78, 79 también. Y escribo de todo porque en el mundo hay de todo, pero sobre todo porque cuando me levanto con poco optimismo y digo “este mundo realmente se va al carajo”, pues lo que me importa y lo que creo que nos rescata a todos, y lo que queda de nuestro pobre paso por esta tierra, lo que queda de los seres humanos, es la belleza y el arte. y entonces una parte final del libro está dedicada a eso, a lo que deseamos y somos la mayoría, porque no hay que olvidar que la violencia la ejerce una minoría muy pequeña de la sociedad, siempre. Y los demás tratamos de vivir apaciblemente. Y los privilegiados dejan una huella de arte para emocionarnos y saber que lo que dejamos los seres humanos a nuestro paso vale la pena, nos conmueve y nos permite seguir viviendo mejor.
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leunamuno(9808)•Hace 2 horasEnorme e ilustrativo reportaje, mil gracias.