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(Opinión) After party en Bogotá: Los raves ilegales en la hora zanahoria de Mockus (I)

En la década de los 90, Bogotá debía apagarse a la 1:00 de la mañana , pero la otra ciudad empezaba a encenderse en las montañas y casonas del centro. La hora zanahoria cerraba bares, pero abrió la puerta a los inicios de la movida electrónica y sus after party.

Ante las restricciones de horario, durante la llamada hora zanahoria, surgieron en la ciudad espacios para seguir la fiesta hasta el amanecer, conocidos como After Party.
Ante las restricciones de horario, durante la llamada hora zanahoria, surgieron en la ciudad espacios para seguir la fiesta hasta el amanecer, conocidos como After Party.
Foto: Imagen generada con Gemini

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"Primero el sur, el centro, los siete círculos de la explotación y la miseria, los niños en harapos que escarban las canecas de basura, las busetas repletas. Y luego el norte, el cielo, el Unicornio, los lujos corrompidos de la gran burguesía", Antonio Caballero, Sin Remedio. 1984.

Las anteriores administraciones de Bogotá, desde los años 60 aproximadamente, tenían a la Atenas Suramericana en un caos de corrupción y de sálvese quien pueda sin parangón. Los urbanizadores piratas albergaban en su poder las entidades distritales claves para sus negocios; no existía el menor sentido de la pertenencia por la capital; la gente se parqueaba donde le daba la gana; los vendedores informales se ubicaban donde querían, y un semáforo en rojo no significaba nada… ¿Cultura ciudadana? Ni la menor idea qué era.

Ciudad gris por la lluvia y gris con negro por el concreto untado de hollín. No había mucho qué hacer para nadie, además de llegar empapado y oliendo a perro mojado a la casa luego de trabajar. Para los hijos de esos bogotanos el tedio era parecido: del colegio a la casa y de la universidad a la casa. Esa fiebre nostálgica online de ahora es para agarrar likes y views, porque en muchos sentidos no era tan divertida como lo quieren hacer ver.

Pero entonces eligen a Antanas Mockus y se apuesta por el sentido de pertenencia y la cultura ciudadana. El asunto empieza a funcionar, a pesar de las payasadas del lituano. El bufón y burgomaestre de entonces empieza a jugar con la sociedad con experimentos, como el que en ciertas noches solo podían salir de rumba las mujeres y al día siguiente los hombres. Luego, decreta cerrar todo establecimiento nocturno a la 1:00 a.m. El europeo, que creía -y debe creer aun- que en Bogotá todos éramos unos salvajes, se sentía el civilizador de los capitalinos.

En diciembre de 1995 empieza la hora zanahoria, pero desde años antes ya se hacían algunas fiestas electrónicas en el centro. Por eso, querer empatar los inicios de esa movida rave con el decreto no es cierto. Simplemente la ilegalidad le dio un toque atractivo, para que llegara más gente que, como era obvio, a la 1:00 a.m. no se quería ir para la casa.

Crecen los after party

Fue entonces, por amigos entrañables como Dani Broderick (ex Systema Solar) y Rodrigo Saravia, fui testigo y asistente de los after party en dos latitudes: en el centro de Bogotá y en el norte, después del peaje en la séptima, unos metros adelante donde, al no ser Bogotá, la hora zanahoria ya no tenía efecto.

Para ese año y los siguientes nunca se usaba la palabra rave, sino los afters y ya. No existía el P.L.U.R. (Peace, Love Unity and Respect) que eran los derroteros de las fiestas electrónicas en Europa y EEUU, pero en las rumbas del centro si existía la filosofía o intención de no cobrar por la entrada y de ocupar espacios no convencionales como casonas en límites entre La Candelaria y el barrio Egipto. A los tombos les daba pereza pegarse esas trepadas a esas lomas tan bravas a ver qué estaba pasando. Y si lo hacían, en la entrada les explicaban que era un evento privado.

Hubo un festival llamado Techno al aire, en la casa de exalumnos de la Universidad Nacional, en las faldas de Monserrate, que duró dos días. Lo organizaba Mutaxión (hoy Bogotrax), el colectivo de DJ’s colombianos y europeos. Se mezclaba con vinilos solamente y ahí sonaron por primera vez géneros como el Drum and Bass, el cual tenía raíces en el Hip-Hop y el Breakbeat; el Sound System, que era potente y tenía las líneas de bajo características del D&B, que cuando estallaban le ponían color a la Bogotá descrita al principio. Era un poco la experiencia cinestésica (ver colores con el sonido), que se desparramaba del monte hacia la ciudad como una inundación repentina en la madrugada, en la hora ilegal según el alcalde.

Por ser gratis, la fauna era variada: hippies de La Candelaria; hijos de artistas de La Macarena y la Soledad; loquitos del centro, y metaleros aburridos del género, como yo, que veían esto como una absoluta novedad. Ya no era la cuestión fálica del guitarrista apuntándonos con su instrumento a todos en un concierto, sino una persona allá arriba, en un especie de trono con dos tornamesas, y un mezclador el que nos mostraba o nos guiaba la fiesta por diferentes géneros electrónicos. Unos eran ensimismados, casi autistas, y apenas levantaban la vista hacía nosotros. Otros tenían un poco más de conexión con la gente y movían los brazos y sonreían alentándonos.

La otra latitud, el norte, que me mostró Rodrigo Saravia, era otra cosa, a pesar de sonar música electrónica también, pero eso apreciado lector lo contaré, si me lo permiten, en una segunda parte.

Mateo Duarte del Castillo

Por Mateo Duarte del Castillo

Realizador audiovisual con especialización en TV periodística y documental; investigador senior en proyectos de investigación con la Universidad Nacional de Colombia, asistente de investigación en TV cultural (Ministerio de Cultura) y asistente de producción en TV cultural con el maestro Omar Rincón.
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